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miércoles, 18 de marzo de 2026

Un fantasma en la plaza Echeverría.


 

 

 

No siempre Garmendia y Carmona resuelven sus casos por su astucia, esta vez recibieron ayuda de un fantasma y un simple mortal.

Isaac Gorman sabe que la mezcla de bebidas le hace mal, pero no puede decir que no a las invitaciones de sus amigos, debe ser el vodka y el ron barato, unidos a la cerveza, que lo hacen   caminar a paso lento. La vereda se mueve, o tal vez le parece a él, las vías del tren se ondulan ante sus ojos y se mueven solas. Cruzó a duras penas la estación Urquiza, menos mal que nadie circulaba y que no encontró policías, sino, era seguro que lo encerraban en una celda hasta que se le pasara la mona. Eran las dos de la mañana.

Llegó a la plaza Echeverría, buscó donde sentarse, las rejas que rodean la plaza parecían no tener una puerta de entada, hasta que al fin encontró una, faltaba poco para llegar a su casa, pero la borrachera lo obligó a dejarse caer en un banco.

—Heyyy despierte…

Alguien lo zamarreaba. No lograba abrir los ojos. El otro lo agarró de las solapas del abrigo y lo sentó. Se miraron.

—Qué mierda querés…-dijo furioso.

—Que me ayudes.

Se volvió a acostar y el tipo lo volvió a levantar.

—Borracho del diablo, presta atención, te necesito.

Isaac fue tomando consciencia de que no iba a poder dormir tranquilo, observó al hombre: era muy flaco llevaba un gabán oscuro y fino para el frío que azotaba aquella madrugada de julio y una chalina azul de seda.

—¿No tenés frío? —le preguntó.

—No. Los fantasmas no tenemos frio ni calor.

—¿Fantasmas?

¿Fantasmas, había entendido bien? La borrachera me está volviendo loco, pensó, mientras miraba al otro de arriba abajo.

—¿Por qué no me dejas dormir?

—Ya te dije, me tenés que ayudar, estoy preso en esta plaza, no puedo salir y nadie me ayuda, cada vez que me acercó a alguien y le cuento, escapa asustado, no puedo acceder al mundo de los muertos y descansar en paz.

—Y yo qué culpa tengo, yo solo quiero dormir, quién no te deja acceeer.…

La lengua de Isaac se trababa, era un cartón rígido, no lograba articular bien las palabras y cuando lo lograba, lo hacía con una voz pastosa que apenas se oía. El hombre se sentó a su lado y le dijo:

—No sé bien que me sucedió, solo recuerdo, a una mujer que me pidió ayuda, algo le pasaba, su cara transmitía mucho miedo, y yo la quise ayudar… de pronto apareció un hombre armado con un cuchillo y me atacó, sin decir nada ni preguntarme quién era. Así terminó mi vida en esta plaza y de ella no logro salir…  

Isaac lo miraba sin poder creer lo que estaba escuchando, tambaleando se puso de pie y mientras se alejaba le dijo:

—Soy borracho, pero no estúpido.

Y se fue. El otro quedó mirándolo sin decir nada.

Caminó las pocas cuadras hasta su departamento, el ascensor estaba abierto, subió y apretó el cuarto.   Luego de buscar la llave un largo rato, entró por fin. Sin desvestirse se dejó caer en la cama. Escuchó que las sábanas lo envolvían con un arrullo y se quedó dormido.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, por la ventana el sol del mediodía se adueñaba de los rincones y rebotaba en el espejo como una espada filosa.

Otra vez voy a llegar tarde al trabajo, se dijo. Era vendedor en un local de ropa deportiva.  Preparó un café, se cambió la ropa y las campanas de una Iglesia vecina lo trajeron a la realidad. Era domingo. Se volvió a quitar la ropa y nuevamente se acostó.  

Despertó el domingo al mediodía.   

Regresó a la plaza, un sol dominguero iluminaba los árboles, algunas personas circulaban sin apuro, se sentó en el mismo banco de la madrugada del sábado. Una anciana tejía sentada frente a él. Un grupo de niños corrían, otros jugaban a la paleta. Varias madres conversaban, todo normal, ningún fantasma le salió al encuentro. Aquello debió ser producto de su borrachera.

Fue a comprar unas empanadas para almorzar y cuando regresaba, observó colgada de la rama de un árbol, una chalina azul, recordó al fantasma, la llevaba en el cuello. Entonces no fue una visión de mi borrachera, se dijo. Fue real.

 

Pasó el día tirado en la cama, tratando de recuperarse del malestar que le había dejado la bebida. Llegó la noche y no lograba conciliar el sueño, solo pensaba en ese hombre-fantasma. Iría a la plaza.  

Al llegar observó cada detalle, no había nadie dando vueltas –se dijo-  era hora de dormir no de estar boludeando en la búsqueda de fantasmas.

—Señor…

La voz pareció brotar de la tierra misma.

Se volvió y allí estaba, era el mismo tipo del sábado.

—¿Volvió para ayudarme? —le preguntó.

—No sé cómo ayudarlo…

—El hombre que me atacó, lo hizo presa del odio, creo que me creyó amante de su esposa o que se yo lo que imaginó, yo no la conocía, él escondió mi cuerpo en algún lugar cercano a la plaza, por eso no logro salir de ella. Debo recibir sepultura, para dejar de peregrinar por las noches…

Isaac creyó que le estaba tomando el pelo, ¿buscar un cadáver? Pero la cara nívea del hombre, el tono violáceo que rodeaba sus ojos, demostraba que no era una broma. Sintió pena por ese desecho que había sido humano y le preguntó:

—¿Y cómo busco su cadáver?

—Tengo una esperanza que puede dar resultado y es mi reloj —le mostró la muñeca desnuda— yo lo tenía puesto y sonaba mañana y tarde, siempre a las seis, estaba trabado y no lograba cambiar ese sonido ni apagarlo. Seguramente se me cayó cuando mi asesino me llevaba y se debe seguir escuchando la alarma cada día.

—Pero después de cierto tiempo la alarma se termina junto con las pilas…

—Mi alarma seguía funcionando siempre.

Isaac lo miró sin creer demasiado en sus palabras, ninguna alarma funciona sola, pensó y siguió caminando con su extraño personaje como acompañante. Dieron vueltas y vueltas por la plaza, nada descubrieron. Amanecía cuando el hombre comenzó a cambiar, su figura se fue haciendo transparente hasta convertirse en una bruma gris y desapareció totalmente.

 

Lunes.

Isaac llegó tarde al trabajo, sus ojeras delataban cansancio, el encargado lo observó, pero no dijo nada, entendió que debía haber pasado una noche difícil. El día transcurrió sin problemas, algunas ventas y poca conversación. Algo le sucede a Isaac, comentaron sus compañeros, sin embargo, nadie le preguntó qué le sucedía.

Salió antes de las seis, recorrió el barrio y nada llamó su atención, ningún sonido parecido a la alarma de un reloj se escuchó en la plaza.

Comió unas minutas en el bar de la esquina de su casa y fue directo a su departamento, el agotamiento de su cuerpo le pedía dormir, se acostó temprano.

Martes.

Se despertó a las cinco de la mañana, se vistió apurado y salió. Estaba amaneciendo, un silencio brumoso, rodeaba el barrio, recorrió las calles cercanas a la plaza. Eran casi las seis, creyó que lo mejor era regresar a su casa, desayunar y marchar a su trabajo. De pronto un sonido cruzó el aire. Llegaba de la vereda de enfrente a la Plaza Echeverría. Al acercarse a un negocio con las cortinas bajas y oxidadas, la resonancia fue más clara. Si, no había duda, de allí venia ese sonido parecido a la alarma de un reloj. ¿Cómo entrar? El local estaba cerrado y a simple vista se notaba que hacía mucho tiempo que esas persianas permanecían bajas, la puerta del costado cubierta de telarañas denunciaba el abandono del lugar. Comenzaba a cruzar gente, que iba a su trabajo y lo miraban con desconfianza. Fue a desayunar al café de enfrente.

Le preguntó al mozo de quién era ese negocio.

El mozo gentilmente le contó la historia del local cerrado. Después de un asalto el dueño, don Nicolás Ferrara, decidió cerrarlo. Fingió interés en alquilarlo y obtuvo la dirección del propietario, vivía cerca.

 

Su día de trabajo fue tranquilo, demasiado, solo vendió una remera de los calamares. Su cabeza estaba en otro lado. ¿Qué le iba a decir al dueño del local?

Salió del trabajo, antes de la hora de cierre y fue derecho a la dirección que le había dado el mozo del bar.

Lo atendió un señor mayor, lo escuchó con interés, cuando le dijo que quería ver el local, pero pareció molesto.

—Le puedo mostrar el plano y allí vera los metros del negocio —exclamó Ferrara, sin mucha convicción.

—Imagínese que no puedo alquilar un local que no veo… —le dijo.

Al final y después de hablar largo rato, Ferrara aceptó ir al negocio.

Al costado del local estaba la puerta por la que se entraba a un pasillo y luego otra que daba al local. La dejadez era reina, telarañas, vidrios rotos y hasta lauchas escaparon asustadas al verlos, el olor a encierro y suciedad flotaba en el ambiente. Recorrió los rincones y nada llamó su atención.  El hombre se acercó a una puerta que daba al fondo del terreno, la abrió y le señaló los baños, eran dos, abrió el primero que se veía deteriorado y le dijo:

—Cómo ve, va a tener que hacer algunas reformas.

Al intentar entrar en el otro, la puerta se trabó, Ferrara la forzó, pero algo no permitía el acceso. Con un fuerte empujón cedió y al ver que era lo que la había trabado, el hombre retrocedió espantado. Isaac no necesito mirar, ya sabía qué había causado el pavor de don Nicolás Ferrara.

A partir de ese momento todo se fue desarrollando ante el asombro de Ferrara y de Isaac; llamaron al 911, llegaron los uniformados, la Policía Científica, detectives, forenses, fotógrafos y periodistas.

El detective Pedro Garmendia y Carmona, su ayudante, se hicieron cargo del caso.

La indagación policial, a cargo de Garmendia, sacó a la luz una trama oscura.

¿Cómo llegaron a descubrir al asesino?

Ante las investigaciones del detective, surgieron varias preguntas: ¿Las llaves del local, aparte del dueño, ¿Quién tiene otro juego en su poder?

Garmendia preguntaba sin dejar respirar a Ferrara.

Nadie, dijo Ferrara, pero luego recordó que uno de sus empleados nunca le había devuelto las llaves del negocio, había sido el encargado y se llamaba: Santiago Galíndez.

Santiago era un hombre de mal carácter, enojado con Ferrara por el cierre del local y por dejarlo sin trabajo, no entregó las llaves. Garmendia citó a los tres ex empleados, dos se presentaron, menos Galíndez. El detective preguntó a sus ex compañeros: ¿Cómo era Galíndez? Uno de ellos, recordó que era violento y muy celoso, solía llamar a su esposa varias veces al día para confirmar que estaba en su hogar.  

Necesitaban hablar con Galíndez, fueron Garmendia y su ayudante Carmona a buscarlo a su casa, la esposa los recibió, escuchaba al detective, y se frotaba las manos presa de  angustia, al fin,  ahogada por la culpa de haber callado tanto tiempo la verdad; declaro cómo sucedió el caso.

“Discutimos mi esposo y yo, por una pavada, me había cortado el pelo sin avisarle y él se enojó, dudaba siempre de mi fidelidad, cualquier tema lo irritaba. Esa noche Santiago había bebido más de la cuenta y viendo que yo gritaba más que él, sacó un cuchillo e intento atacarme, escapé a la calle, corrí pidiendo socorro, pero nadie se asomó, era pasada la medianoche, al llegar a la plaza apareció un hombre, lo abracé y recuerdo que le dije: “Mi marido me quiere matar”. Santiago, apareció de golpe, el pobre tipo intentaba calmarlo, al verlo con un arma, le rogó que se tranquilizara, pero Santiago arremetió contra él y sin motivo lo hirió, lo dejó tirado en la plaza, me agarró de un brazo y me llevó a casa, me encerró con llave y salió nuevamente. Cuando regresó me dijo que el hombre estaba muerto y había arrojado el cuerpo en un terreno baldío.”

Se llevaron preso a Galíndez.

El pobre tipo asesinado era Adrián Santeño, un mozo de restaurante que aquella trágica noche, regresaba a su casa después de diez horas de trabajo.

 

 

 Adrián Santeño no tenía familia, una vez que la policía concluyó el peritaje, Isaac se encargó que fuera sepultado tal como el fantasma le había pedido.

Garmendia y Carmona siguieron su vida sin haberse enterado que el caso en realidad lo descubrió un fantasma y un borrachito que a partir de ese momento dejó la bebida.

Hay veces que Isaac recuerda aquella aventura y llega a dudar de que haya sido verdad. Por momentos cree que pudo ser producto de un mal sueño, o de alguna de esas tremendas borracheras, que nunca volvió a repetir, pero al contemplar la chalina azul que quedó colgada en su perchero, no duda, sabe que todo fue real.