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lunes, 8 de junio de 2026

La señora Carmela.


 

 

La fiscal Suarez estaba furiosa, el disgusto le brotaba por los ojos cuando dijo:

—Esa mujer es el mismo diablo, detrás de esa personita dulce se esconde una asesina.

Emma daba vueltas en la oficina de Garmendia agitando los brazos y con la cara roja de ira.

Carmona la miraba divertido. Garmendia intentó apaciguar su enojo.

—Emma tranquilízate, vamos a investigar y tal vez las cosas no son tan terribles como las imaginas.

—No imagino, he visto los documentos que le hizo firmar a Soledad antes de morir, fue todo premeditado y ahora las hermanas han quedado en la calle, Soledad era amiga de mi madre durante años, la conocí bien, nunca le hubiera hecho algo tan sucio a sus hermanas, fue engañada y quién sabe con qué patraña.

Carmona pareció interesarse en el tema.

—¿De qué murió la señora Soledad?

—Eso también me preocupa —dijo Emma— Soledad era diabética, pero sabía cuidarse, se medicaba bajo control médico, nunca fue descuidada con su salud, no puede ser que de la noche a la mañana…haya aparecido muerta.

—¿Se hizo autopsia? —insistió Carmona.

—No. La señora Carmela se negó y el doctor que vino con la ambulancia, aceptó sus palabras, las hermanas estaban tan aturdidas que aceptaron que ella decidiera no hacer la autopsia por respeto a la persona, no fue respeto —dijo Emma con ironía—fue cálculo.

Garmendia se puso serio, intentaba entender el planteamiento de Emma y nada le quedaba claro.

—A ver si entiendo lo que sucedió: Soledad y sus dos hermanas vivían en la casa de la calle Serrano en Palermo, esa vivienda perteneció a los padres. Ellos la pusieron a nombre de la mayor, Soledad muere y allí aparece la señora Carmela diciendo que Soledad le dejó esa casa… con documentos firmados ante escribano público y vos decís que eso es imposible, que nunca hubiera dejado a sus hermanas en la calle —Pedro respiró hondo y prosiguió— tus dudas nacen de que esta señora no te parece confiable, ¿por qué?

Emma suspiró y le dijo:

—Carmela se metió en la casa con cara de buena vecina que quiere ayudar, con la intención de cuidar a Soledad, lo hizo por un año, diciendo que había sido enfermera en el hospital clínicas, averigüé y ella nunca trabajó allí, para completar las mentiras les dijo que tenía conocimiento de cocina para diabéticos, que hizo cursos en la clínica del Dr Castelli, eso falta investigarlo.

—¿Y por qué mentiría? —Carmona miraba a los ojos a Emma tratando de entender el sentido de tanto enojo —es una anciana agradable, no da apariencia de asesina…

Emma alzó los brazos y respondió:

—¡¡Carmona no seas inocente!! Entre ella y el escribano quieren esa propiedad, si la venden se salvan de por vida, es pleno Palermo, uno de los barrios más caros de la ciudad.

Quedaron los tres en silencio, cada uno con su pensamiento, tratando de razonar.

Garmendia fue el primero en hablar.

—Vamos a ver, Emma y yo vamos a visitar al médico de cabecera de Soledad, según lo que él nos diga pediremos al juez la exhumación del cuerpo, así sabremos de qué murió Soledad, Carmona vas a investigar a la señora Carmela y al escribano, manos a la obra...

Carmona investigó en varios hospitales y clínicas de la ciudad, la señora Carmela Calabrese no figuraba en el historial de enfermeras de ninguno de ellos, tampoco las escuelas de enfermería la habían contado entre su alumnado. Las dudas de Emma se estaban confirmando. Carmona visitó la escuela de cocina del Dr. Castelli, Carmela no participó en ningún curso para diabéticos, sus títulos de cocina eran falsos. El historial del escribano fue más oscuro. Trabajó en varios estudios de abogados como asesor y en todos lo habían dejado cesante, la respuesta en todos ellos fue que el escribano Martínez resultó ser un estafador. Una entrada en la policía por adulterar documentos completó la investigación. Carmela y Escribano con legajos turbios y confirmados.

Cuando la fiscal y Garmendia hablaron con el médico que atendía a Soledad y le dijeron que estaban investigando la muerte de su paciente, el profesional se mostró asombrado, Soledad tenía una diabetes tipo 2, controlada, era muy cuidadosa con su enfermedad. Explicaron al especialista sus dudas y que necesitaban una conformidad médica para que el juez firme una orden y exhumar el cuerpo. Con los papeles firmados por el médico fueron a ver al juez Batastini.

Obtuvieron la orden, el juez se interesó en el caso, ya que conocía el historial de Carmela Calabrese, se les había escapado muchas veces con artilugios de sus abogados.

El legajo policial de la señora Calabrese era rico en estafas y robos, los últimos años se encontraba retiraba del delito, pero por lo visto en sus setenta y cinco había reincidido.

El resultado de la autopsia rebeló un exceso de glucosa en sangre que dañó y obstruyó los vasos sanguíneos, eso elevó drásticamente el riesgo y Soledad sufrió un infarto del miocardio que provocó su muerte instantánea.

Fueron las dos hermanas de Soledad las que dieron la pista sobre como Carmela atiborró a Soledad de dulces y carbohidratos.

—Sole no nos hacía caso, nos decía que nosotros no sabíamos nada, que Carmela era enfermera y conocía las formas de amasar pan y masitas sin harina de trigo, ni azúcar —Nilda la menor de las hermanas hablaba y lloraba— esa mujer la tenía engatusada.

Una sonrisa pobre, rota por los bordes surgió en la cara de Nilda.

Emma trató de calmarla y le dijo que pronto, Carmela iba a recibir su castigo.

Y lo recibió.

Con los informes de la autopsia, Carmela fue detenida, juzgada y penada a quince años, tuvo la suerte que por su edad recibió condena domiciliaria. El escribano no tuvo tanta suerte fue condenado a diez años en el Complejo Penitenciario de Batán.

La donación de la casa fue considerada nula, fue delito bajo coacción.

Las hermanas de Soledad recuperaron su vida de antes, solo que faltaba en el hogar la hermana mayor que era la que dirigía todo y el alma de la casa.

 

—Tenías razón Emma —dijo Carmona— pero te juro que cuando te vi tan enojada por la muerte de Soledad, me pareciste una exagerada, ahora comprendo que tenías razón —sonrió—parecías una loca.

Emma no hizo caso de Carmona, tomó a los dos detectives del brazo los invitó al bar del gallego, les hacía falta una cerveza bien helada. Se fueron los tres del brazo calle arriba.

 

 

 

 


domingo, 17 de mayo de 2026

La fiscal y los detectives.


 

La presencia de la fiscal Suarez en su oficina le cortó la respiración a Garmendia. Hacía dos semanas que una tonta discusión los había separado y ahora al verla frente a él tan bonita y con una tristeza profunda en sus ojos oscuros le ganó la ternura y quedó mudo, sin saber que decir.

Fue ella la que habló:

—Pedro estoy desesperada, nuevamente me amenazan y no sé quién es…

La abrazó, apenas pudo susurrar unas palabras para que se tranquilizara, el contacto con su cuerpo hizo que olvidara su enojo y solo pensó en quedarse así disfrutando su perfume y el placer de sentirla tan cerca. En ese momento entró Carmona, se detuvo en la puerta sorprendido, sonrió y dijo:

—Mejor me voy del gallego a tomar una cerveza…

Ya se alejaba cuando Emma le dijo que no se vaya.

—Por favor, Carmona, los necesito a los dos, tengo miedo, volvieron las amenazas y esta vez no vienen desde la cárcel.

—¿Qué es lo que recibís, email, celular…?

—Email, los profesionales de la policía investigaron desde dónde llegan y no logran descubrirlo, los mandan, posiblemente de diferentes centros de internet o algún ciber café, por favor, tengo la boca seca...

Tomaron asiento, Garmendia le sirvió un vaso de agua que ella bebió con desesperación, ya más calma les dijo:

—Las amenazas no se limitan con los mensajes, hay un coche que me sigue, no tiene chapa, aparece y cuando un móvil policial se acerca, se pierde en alguna calle con una rapidez increíble, ya sucedió tres veces y lo han seguido, se les escapa, es más veloz que los coches policiales.

—¿Qué dicen los emails que mandan?

—Qué deje del caso de los Ramallo, son dos hermanos acusados de matar al presidente de una empresa agrícola, están muy comprometidos y tienen a los dos mejores abogados del estudio Sanguinetti, tengo miedo, alguien entró en casa de mi madre cuando ella había salido y al regresar encontró está carta…

Les entregó una hoja doblada en la que decía:

“Sabemos todos los movimientos de su hija, que se cuide y deje el caso Ramallo”.

—Mi madre me llamó en seguida y le dije que avisara a la policía, ahora hay custodia en su puerta y ella se fue a Montevideo a casa de su hermana.

Emma quedó en silencio y al fin dijo:

—No voy a dejar el caso de los Ramallo, son dos asesinos, este no es el primer caso en que están acusados por un crimen —bebió agua y siguió— hace unos años zafaron de una perpetua porque los mismos abogados que hoy los defienden los sacaron en libertad, esos cuervos son tan malditos como los hermanos Ramallo.

—¿Cómo los sacaron libres...?

—No lo sé, las pruebas eran contundentes pero los jueces no se pusieron de acuerdo y salieron en libertad, hoy buscan hacer lo mismo, posiblemente las mismas amenazas que hoy me aterran a mí, se las hicieron al fiscal y a los jueces de aquel caso.

—¿Cómo fue el caso del que hoy los acusan, debes estar cerca con tus investigaciones para que te amenacen así?

—Entraron dos encapuchados en la casa de Pérez García, el tipo estaba hablando con un amigo en el parque de su casa y lo balearon… al otro nada le hicieron, se fueron tranquilamente en su auto, las cámaras de la casa: apagadas y el guardia tenía el día libre por enfermedad, todo muy bien organizado.

—¿Otras cámaras en el barrio? —preguntó Pedro.

—No hay, es un barrio tranquilo, no viven ricachones, salvo Pérez García esa era su casa familiar, nunca se quiso mudar y vivía solo.

Emma se había serenado. Garmendia le ofreció que se quedara en su departamento y ella aceptó.

Garmendia y Carmona estudiaron el caso, buscaron la ayuda del “tarta”, un soplón que siempre colaboraba con ellos, días más tarde les trajo la novedad que Pérez García tenía una deuda de juego importante con un prestamista conocido, lo llaman Lolo y es una mala persona, no le crean, de todo lo que les diga —les dijo— solo la cuarta parte es cierta.

Lo visitaron, resultó ser un tipo alto, flaco y con cara de cuervo, algo en él mostraba una maldad fría y disimulada tras la sonrisa que no llegaba a sus ojos.

“Al tipo lo conocí —les dijo— me debía varios miles de dólares desde hace mucho tiempo, pero de ahí a matarlo; no, busquen por otro lado —el prestamista sonrió con burla— en la empresa de la que es presidente hizo varios desfalcos y se los perdonaron…los devolvió, tal vez lo hizo de nuevo.”

Fueron a la empresa agrícola, los atendió un gerente que no quiso hablar mucho, solo dijo que Pérez García, en 2020 había realizado compras que no existían, se guardaba el valor de las facturas y lo descubrieron, los dueños de la avícola no quisieron denunciarlo, saldó su deuda y lo perdonaron. No volvió a tener problemas con la empresa.

Entre Emma, Garmendia y Carmona no encontraban la punta del ovillo que acusara a los hermanos Ramallo.

— ¿Por qué detuvieron a los Ramallo si no hay pruebas de que fueron ellos? —preguntó Carmona.

—Si las hay, manejan un Mercedes rojo que estuvo estacionado en la puerta de Pérez García en la hora que el forense calculó su muerte —respondió Emma.

—¿Quién lo vio?

—Un vecino, no puedo dar su nombre, le prometí reserva, después que declaró, desapareció, se escondió por miedo.

—¿Y el amigo de García que estaba conversando con él?

—Dice no saber nada, fue todo muy rápido, entraron encapuchados, lo balearon y se fueron, estaba tan aterrorizado que se le hizo una laguna en su memoria.

Los detectives fueron a visitar el barrio, la casa de Pérez García estaba cerrada y con un policía en la puerta, mientras ellos caminaban observando si había cámaras en las casas vecinas, un coche a gran velocidad subió a la vereda con intención de atropellarlos, los buenos reflejos y un salto en el momento justo los salvó, quedaron caídos sobre el cerco de ligustrina de una casa.

—Estos tipos no se andan con chiquitas —exclamó Garmendia.

—Nos están siguiendo, ya se enteraron de que colaboramos con la fiscal, dentro del juzgado hay más soplones que afuera —exclamó Pedro con rabia.

El juicio se acercaba y las pruebas contra los Ramallo no aparecían, La fiscal Suárez estaba desesperada.

—Van a quedar libres nuevamente —exclamó— ¡Puede ser que el único testigo haya desaparecido!

—¿Quién era? — preguntó Carmona y miró a Emma— sino sabemos nunca lo vamos a encontrar.

—Le prometí que no daría su nombre.

La cara de Carmona estaba tensa cuando le dijo:

—Pero nosotros estamos investigando, ¿o crees que jugamos?

Emma comprendió que ocultando el nombre del testigo no ganaba nada, solo cerraba una puerta para que los detectives trabajen.

—Es Tao el chino del supermercado de la esquina, el vio el Mercedes rojo y a dos jóvenes salir y sacarse la capucha antes de subir al Mercedes.

Carmona fue solo al supermercado, preguntó por Tao y nadie sabía nada de él. Al salir observó con tranquilidad los detalles de la esquina, su paciencia dio resultado sobre el cartel de propaganda dos cámaras pequeñas, una en cada ángulo, se movían en media luna filmando la calle. ¿Por qué las negaron? ¿Cómo nadie las vio?  Sé preguntó, parece que muchos intentan que el caso quede impune.

Con una orden judicial los chinos entregaron la grabación, en la filmación la imagen del Mercedes rojo fue notable, se veía a los dos hermanos saliendo de la casa de Pérez García sacándose las máscaras y subiendo al coche que salió a toda velocidad.

La filmación dejó en claro que los hermanos Ramallo, estuvieron en la casa y salieron sin que nadie los molestara. Está vez sus importantes abogados no lograron sacarlos libres.

Una vez acusados y ante las pruebas, los Ramallo declararon quién los había contratado, el autor intelectual del crimen, resultó ser el prestamista Lolo, el presidente de la empresa avícola le debía dinero, fue detenido y juzgado junto con los hermanos Ramallo.

Por miedo a nuevas amenazas, aunque el caso ya estaba cerrado, Emma se quedó en el departamento de Garmendia, para felicidad de él y reconciliación de los dos.

Las amenazas desaparecieron.

Los que entraron en la casa de la madre de Emma y los autores de los mensajes al correo de la fiscal, no fueron encontrados, la carta no contenía huellas, muy prudentes los mensajeros usaron guantes. La sospecha cayó en los abogados del estudio Sanguinetti, pero sin pruebas no se logró acusarlos, ese tema quedó sin resolver.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

El extraño caso del cementerio.


 

Las hijas lloraban desesperadas, los hijos daban vuelta por la casa sin decir palabra, hasta que el menor dijo:

-Tenemos que aceptar lo que nos piden, si esto llega a los diarios la vergüenza nos va a volver locos.

Sabrina la hija mayor respondió:

-Tenes razón, ¿pero de dónde sacamos el dinero? Es un secuestro imposible de pagar, ni vendiendo la casa de mamá alcanza …

-¿Y si pedimos a un usurero? -dijo Jaime, otro de los hijos de María Teresa Funes.

-Pobre mamá… ¿Quiénes serán esos desgraciados que osan alterar su eterno descanso?

Los hermanos la miraron, la hija menor hablaba como recitando una obra de Shakespeare.

-Los desgraciados son mafiosos que viven del robo y el chantaje, a nosotros nos tocó que secuestraran nuestra madre.

Nuevamente fue Jaime quien exclamó:

-Pero secuestrar un cadáver es inconcebible…

Un llamado en la puerta los sobresaltó. Jaime fue a atender. Un señor alto muy delgado se presentó:

-Soy el detective Pedro Garmendia y mi compañero es Carmona López...

Los hicieron pasar, le informaron que el ataúd con los restos de su madre recientemente fallecida, había desaparecido del panteón familiar y habían recibido un llamado reclamando una cantidad de dólares imposible de pagar.

Garmendia hizo preguntas sobre amigos, enemigos, familiares, intentaba investigar quién podía metido en semejante delito.

-En una época fuimos una familia muy rica -dijo Sabrina- pero mi padre era un jugador empedernido y perdió toda su fortuna jugando al póker y en las apuestas de caballos, nada nos quedó de aquel tiempo brillante, pero la gente no lo sabe, ese es el motivo por el que piden tanto dinero.

Garmendia los escuchaba y Carmona daba vueltas observando las fotografías que lucían sobre un mueble, señaló una foto y pregunto si esa era la madre, respondieron que sí.

-Tienen llave del panteón familiar? ¿cuántas llaves hay?

-Solo una, siempre está en casa.

Uno de los hermanos abrió un cajón y mostró la llave.

-Vamos al cementerio, llévela.

Sin entender que pensaba el detective lo siguieron.

El primero en entrar fue Garmendia, lo siguió Carmona, observaban con detenimiento el piso, parecía buscar algo en las viejas baldosas, los hijos de Maria Teresa nada decían, el silencio flotaba denso. De pronto Garmendia salió del panteón y se alejó rumbo a la oficina de entrada, los presentes se miraron sin entender. Minutos después regresó con el encargado del cementerio, caminaron hasta otra bóveda, la abrieron y Garmendia pidió a los hijos que se acercaran, solo un ataúd acomodado de mala forma se encontraba allí, brillaba su madera nueva y lustrosa, Garmendia preguntó a los jóvenes:

-¿Es el ataúd de su madre?

Ellos se acercaron y corroboraron que en la tapa estaba grabado el nombre. Gritos de alegría y emoción se elevó de sus gargantas, agitando el vuelo de las palomas.

El responsable del cementerio no hallaba explicación estaba rojo y pedía disculpas una y otra vez. Fue Garmendia quien explicó lo sucedido:

“Cuando Carmona vio la foto de María Teresa, comprendio que debía pesar más de cien kilos, así que los ladrones no pudieron ir muy lejos con su ataúd, por eso mirábamos el piso, se notaba que allí habían arrastrado algo, era lógico que no pudieron levantarlo y que muy lejos no pudieron ir con semejante peso, debía estar cerca, en alguna bóveda vacía y así fue, solo los encargados de mantenimiento pueden saber que bóvedas están abandonadas…la policía ya los está investigado.”.

-¿Y la llave, cómo entraron?- preguntó una de las hijas.

- El encargado en jefe tiene una llave maestra para cualquier caso de urgencia que algún familiar se la olvide, los de mantenimiento lo saben y de allí la sacaron.

La familia de María Teresa regresó tranquila cada uno a sus respectivas casas, mientras Garmendia y Carmona enfilaron para el bar del gallego sabían que los estaría esperando con una cervecita helada.

 

Inspirado en un cuento de Maria Rosa Lojo.

 

 

 

martes, 7 de abril de 2026

Historia oscura.


 

 

Salieron de la oficina del jefe Mariani con la rabia entre los dientes.

—Qué se cree este tipo -dijo Carmona- nosotros somos investigadores de crímenes y robos, no de misterios y tiene el coraje de mandarnos a la casa de su familia a descubrir sus problemas oscuros.

—Tenés razón, pero hay que hacerlo, partimos hoy para Saldivar.

 

Los setecientos kilómetros y el calor los agotaron.

Saldivar resultó ser un pueblo en medio de la pampa sin grandes pretensiones. Garmendia miraba a todos lados y dijo en voz alta:

—¿Dónde vivirán los Mariani?

—Él muy maldito nos dijo que preguntemos…todos los conocen.

La respuesta de un paisano de a caballo fue señalar con el brazo hacía el sur.

—Sigan ese camino y los van a encontrar en la lomada, acá no hay calles ni número —exclamó sonriente.

La casa de los Mariani era un casco de estancia encallado sobre una loma, rodeada de eucaliptus y sauces que le daban un aire misterioso. Abrieron la tranquera y entraron. Salió a recibirlos un tipo alto y ancho de cuerpo, junto a una mujer tan alta como él y muy delgada, eran Ramiro y Teresa, los tíos del jefe.

– Nos manda Ramón Mariani -dijo Garmendia.

El hombre sonrió y estrechó la mano de los dos.

Atardecía, un viento frío aliviaba el calor del largo viaje vivido. Les ofrecieron mate y tortas fritas y luego de los saludos, preguntaron cuál era el misterio por el que pidieron ayuda.

—¿Cómo no les dijo? —exclamó Ramiro.

Negaron con la cabeza.

—Han muerto dos personas de manera muy rara, hace años sucedieron otras muertes muy parecidas, situaciones que no tienen explicación, últimamente han llegado a causar algunos estragos peligrosos y comenzamos a sospechar.

—¿Quién produce esos estragos? —preguntó Carmona.

—Cuatro árboles que están camino al río.

Los detectives se miraron, pero quedaron en silencio esperando una mayor definición.

—No piensen que me burlo, es real —dijo Ramiro— son una rara especie que parece ser inteligente y atacan en ciertos días a los que pasan por ese sendero.

Teresa que había permanecido en silencio, habló:

—El primer joven al que dieron muerte fue mi sobrino Lucas, llevaba un rebaño de ovejas y cruzó ese camino, las ramas se desprendieron de los árboles y lo atacaron, fue casi una locura, las hojas rojas, formaron una manta y lo envolvieron, las ramas lo castigaron mientras las ovejas asustadas se dispersaron en distintas direcciones, el muchacho llegó a la estancia, herido y nos contó todo —Teresa hizo silencio el llanto la ahogaba— en las muñecas tenía cortes, por más que lo vendamos perdió mucha sangre, al día siguiente murió.

Quedaron todos en silencio, fue Ramiro quien continuó el relato:

—Dijo el médico que su muerte no fue por la pérdida de sangre, fue envenenamiento, esas hojas largan un líquido rojo que penetra en la piel y es un veneno desconocido y fulminante.

—Dijeron dos muertes… ¿Y qué más? —dijo Pedro.

—El otro fue un médico del pueblo, no sabemos a qué hora sucedió, a la mañana lo encontraron en la orilla del río, con cortes en las muñecas y marcas de golpes en todo el cuerpo, analizaron su sangre y encontraron el mismo veneno que mató a Lucas, los compañeros del hospital dijeron que tenía intenciones de cortar hojas para analizarlas y…murió por eso…

—Aparte —dijo Teresa— desaparecen animales de la estancia y aparecen muertos cerca de los árboles, varias ovejas y dos perros en el último mes…

—Hace años desaparecieron dos chicas y todos creímos que se habían escapado para vivir en la ciudad, el mes pasado encontraron sus restos y se dijo que los lobos las habían atacado, hoy sabemos que no fueron los lobos.

—¿Qué hacen las autoridades?

Pedro se removía en su silla sin poder entender semejante historia.

—Las autoridades no nos creen a todo le encuentran una explicación lógica, dicen que somos supersticiosos, hasta nuestro sobrino no nos cree y es jefe de la policía, Ramón, los mandó para que lo dejemos tranquilo.

Ramiro se encogió de hombros con un gesto de rabia y tristeza.

—Espero que ustedes nos crean y puedan hacer algo —dijo Teresa— mucha gente se fue del pueblo, otros no se acercan al lugar y con eso piensan que ya se pueden quedar tranquilos.

Garmendia todavía incrédulo respondió:

—Vamos a hacer lo posible.

Se acostaron temprano, el viaje largo, el calor y las noticias de esos árboles los había agotado. En el piso superior de la estancia les habían preparado un cuarto cómodo con dos camas, una mesa cerca de la ventana, sillas y un mueble para su ropa.

El canto de un gallo tempranero los despertó. Bajaron y Teresa ya les había preparado el desayuno.

Salieron a conocer a los extraños árboles.

El paisaje de ese principio del verano era agradable, el calor apenas se notaba, caminaron admirando el paisaje, las flores salvajes y los espinillos en flor, eran un deleite a los ojos. Divisaron los árboles por los datos que los Mariani les dieron. Verlos fue peor a cualquier idea que se hubieran formado.

Troncos de color pálido, ramas enormes extendiéndose a los costados se enredaban entre ellas y las hojas grandes como la mano de una persona y rojas, se estremecieron al ver los troncos, un movimiento interno los movía suavemente.

—Parecen respirar —exclamó Pedro— no nos acerquemos.

Recordó que las hojas contenían veneno.  

Se alejaron unos metros, las ramas se agitaban siguiendo sus pasos, el pánico de Carmona lo hizo alejarse más, Garmendia lo siguió.

Las ramas comenzaron a gemir de una forma que ponía la piel de gallina, la respiración de los troncos se elevaba por momentos, se movían, una risa burlona se alzó cerca de ellos, no lograban entender desde dónde llegaba. Lo que creyeron supersticiones del pueblo era una realidad que frente a ellos se alzaba y se burlaba.

—No podemos con esto —dijo Pedro trémulo— mejor regresemos.

El camino de regreso fue diferente, ya no miraron las flores ni el verde paisaje, el pensamiento de ambos estaba en buscar una forma de destruir esa maldad con forma de árbol que acababan de ver.

Subieron a su cuarto sin almorzar, no lograban serenarse, ni articular un pensamiento lógico. De pronto un golpe en los cristales de la ventana los sacudió, eran ramas, las ramas de los árboles, la sorpresa los aturdió, quedaron estáticos sin saber que hacer, si los cristales se rompían estaban perdidos, el ruido fue ensordecedor, los vidrios no soportaron la fuerza de los golpes, en ese momento apareció Ramiro con una guadaña, las fue golpeando hasta hacerlas caer, otras lograron escapar, Ramiro con la fuerza de sus brazos acostumbrados al trabajo del campo las liquidó en segundos. Garmendia y Carmona no lograban volver del espanto vivido, solo al ver las ramas en el piso quietas y sin vida respiraron tranquilos nuevamente.

El terror tardó en dejarlos reaccionar. Bajaron a la cocina, Teresa les sirvió algo fuerte y la conversación con ella y Ramiro los serenó.

—No se puede vivir así, hay que hacer algo, ¿pero, qué?—dijo Pedro— no se me ocurre nada posible para destruirlos.

Fue entonces que Carmona exclamó:

—Tengo una idea, juntemos las ramas que quedaron en el piso las llevamos al campo y probemos con el fuego.

Lo hicieron. Con combustible y algunas maderas, las quemaron. El resultado fue bueno en poco tiempo se consumieron hasta reducirse a cenizas.

—Por lo visto es lo único que puede destruirlos —dijo Carmona —Primero debemos arrancarlos —la voz de Ramiro los trajo a la realidad— ¿Cómo?

Los detectives lo miraron en silencio, era una realidad la que les planteaba.

—Para eso necesitamos maquinaria pesada, para excavar y palanquear y destoconadoras para triturar las raíces subterráneas—dijo Ramiro— ¿Cómo conseguir esa maquinaria? El brazo hidráulico de esas máquinas cava y extrae las raíces.

—Hay que pedir ayuda a Mariani, solo él puede conseguirlas — dijo Pedro.

Fueron al pueblo y desde la única oficina telefónica del lugar, Garmendia habló con el jefe Mariani, que respondió que él no podía conseguir nada, que no tenía fondos y mil excusas.

Pedro furioso le respondió:

—Mariani no podemos hacer nada si no manda ayuda, lo hace o nos vamos y todo queda como está…

Pedro cortó la comunicación.

Días después el pueblo observó extrañado la maquinaria pesada que entraba en Saldivar.

Con las cabinas cerradas de las excavadoras por temor al ataque de las ramas, los operarios comenzaron la tarea llevó casi todo el día arrancarlos, la tierra pareció moverse por la fuerza de los árboles, los gemidos se escuchaban como truenos. Las hojas se desprendieron en un manto que intentó atacar a las máquinas, a medida que pasaba el tiempo y los árboles eran arrancados iban perdiendo fuerza, caían sobre la tierra estremeciéndose en un aullido agónico. Garmendia y Carmona miraban desde su coche y con los nervios a flor de piel, las ventanillas cerradas y el corazón batiendo a mil. Las ramas se retorcieron por horas, una de ellas en un movimiento que no esperaban, se elevó de pronto y se arrojó sobre el coche de Garmendia y Carmona, sin fuerzas resbaló y cayó en tierra.

Al ver a los árboles caídos, sin vida, Teresa y Ramiro no pudieron contener el llanto, la emoción los superaba.

El pueblo de Saldivar fue acercando maderas, cartones y combustible para lograr que el fuego destruyera la maldad que durante tantos años les asoló la vida con el miedo.

Las horas pasaban, las llamas los fueron cubriendo y al día siguiente lograron verlos reducidos a cenizas.

Cubiertos de hollín y agotados los detectives regresaron a la estancia, festejaron, brindaron y luego de un merecido baño durmieron hasta el día siguiente al mediodía que Ramiro los despertó con mate y tortas fritas.

La pregunta salió de Carmona:

—De dónde salieron esos árboles, nunca vi nada igual, si me lo cuentan no lo creo.

—Yo nací en este pueblo —dijo Ramiro— y me contaron mis padres que ya estaban cuando ellos llegaron, solo que en ese entonces o la gente no se daba cuenta o no eran tan agresivos, lo cierto que muchas historias misteriosas se contaban en secreto, pero nadie imaginaba que esas cosas las hacían los árboles.

—Sinceramente todavía estoy asombrado por lo que hemos vivido—exclamó Garmendia.

 

Regresaron a la ciudad, cansados, ojerosos pero felices.

Al verlos, Mariani se acercó y con esa voz chillona y prepotente que lo caracterizaba les dijo:

—Quiero un informe y no me vengan con esa pavada de árboles asesinos, quiero seriedad por favor y nada de andar por los pasillos contando hazañas imaginarias.

La respuesta salió a dúo, pero no se puede reproducir en esté blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Un fantasma en la plaza Echeverría.


 

 

 

No siempre Garmendia y Carmona resuelven sus casos por su astucia, esta vez recibieron ayuda de un fantasma y un simple mortal.

Isaac Gorman sabe que la mezcla de bebidas le hace mal, pero no puede decir que no a las invitaciones de sus amigos, debe ser el vodka y el ron barato, unidos a la cerveza, que lo hacen   caminar a paso lento. La vereda se mueve, o tal vez le parece a él, las vías del tren se ondulan ante sus ojos y se mueven solas. Cruzó a duras penas la estación Urquiza, menos mal que nadie circulaba y que no encontró policías, sino, era seguro que lo encerraban en una celda hasta que se le pasara la mona. Eran las dos de la mañana.

Llegó a la plaza Echeverría, buscó donde sentarse, las rejas que rodean la plaza parecían no tener una puerta de entada, hasta que al fin encontró una, faltaba poco para llegar a su casa, pero la borrachera lo obligó a dejarse caer en un banco.

—Heyyy despierte…

Alguien lo zamarreaba. No lograba abrir los ojos. El otro lo agarró de las solapas del abrigo y lo sentó. Se miraron.

—Qué mierda querés…-dijo furioso.

—Que me ayudes.

Se volvió a acostar y el tipo lo volvió a levantar.

—Borracho del diablo, presta atención, te necesito.

Isaac fue tomando consciencia de que no iba a poder dormir tranquilo, observó al hombre: era muy flaco llevaba un gabán oscuro y fino para el frío que azotaba aquella madrugada de julio y una chalina azul de seda.

—¿No tenés frío? —le preguntó.

—No. Los fantasmas no tenemos frio ni calor.

—¿Fantasmas?

¿Fantasmas, había entendido bien? La borrachera me está volviendo loco, pensó, mientras miraba al otro de arriba abajo.

—¿Por qué no me dejas dormir?

—Ya te dije, me tenés que ayudar, estoy preso en esta plaza, no puedo salir y nadie me ayuda, cada vez que me acercó a alguien y le cuento, escapa asustado, no puedo acceder al mundo de los muertos y descansar en paz.

—Y yo qué culpa tengo, yo solo quiero dormir, quién no te deja acceeer.…

La lengua de Isaac se trababa, era un cartón rígido, no lograba articular bien las palabras y cuando lo lograba, lo hacía con una voz pastosa que apenas se oía. El hombre se sentó a su lado y le dijo:

—No sé bien que me sucedió, solo recuerdo, a una mujer que me pidió ayuda, algo le pasaba, su cara transmitía mucho miedo, y yo la quise ayudar… de pronto apareció un hombre armado con un cuchillo y me atacó, sin decir nada ni preguntarme quién era. Así terminó mi vida en esta plaza y de ella no logro salir…  

Isaac lo miraba sin poder creer lo que estaba escuchando, tambaleando se puso de pie y mientras se alejaba le dijo:

—Soy borracho, pero no estúpido.

Y se fue. El otro quedó mirándolo sin decir nada.

Caminó las pocas cuadras hasta su departamento, el ascensor estaba abierto, subió y apretó el cuarto.   Luego de buscar la llave un largo rato, entró por fin. Sin desvestirse se dejó caer en la cama. Escuchó que las sábanas lo envolvían con un arrullo y se quedó dormido.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, por la ventana el sol del mediodía se adueñaba de los rincones y rebotaba en el espejo como una espada filosa.

Otra vez voy a llegar tarde al trabajo, se dijo. Era vendedor en un local de ropa deportiva.  Preparó un café, se cambió la ropa y las campanas de una Iglesia vecina lo trajeron a la realidad. Era domingo. Se volvió a quitar la ropa y nuevamente se acostó.  

Despertó el domingo al mediodía.   

Regresó a la plaza, un sol dominguero iluminaba los árboles, algunas personas circulaban sin apuro, se sentó en el mismo banco de la madrugada del sábado. Una anciana tejía sentada frente a él. Un grupo de niños corrían, otros jugaban a la paleta. Varias madres conversaban, todo normal, ningún fantasma le salió al encuentro. Aquello debió ser producto de su borrachera.

Fue a comprar unas empanadas para almorzar y cuando regresaba, observó colgada de la rama de un árbol, una chalina azul, recordó al fantasma, la llevaba en el cuello. Entonces no fue una visión de mi borrachera, se dijo. Fue real.

 

Pasó el día tirado en la cama, tratando de recuperarse del malestar que le había dejado la bebida. Llegó la noche y no lograba conciliar el sueño, solo pensaba en ese hombre-fantasma. Iría a la plaza.  

Al llegar observó cada detalle, no había nadie dando vueltas –se dijo-  era hora de dormir no de estar boludeando en la búsqueda de fantasmas.

—Señor…

La voz pareció brotar de la tierra misma.

Se volvió y allí estaba, era el mismo tipo del sábado.

—¿Volvió para ayudarme? —le preguntó.

—No sé cómo ayudarlo…

—El hombre que me atacó, lo hizo presa del odio, creo que me creyó amante de su esposa o que se yo lo que imaginó, yo no la conocía, él escondió mi cuerpo en algún lugar cercano a la plaza, por eso no logro salir de ella. Debo recibir sepultura, para dejar de peregrinar por las noches…

Isaac creyó que le estaba tomando el pelo, ¿buscar un cadáver? Pero la cara nívea del hombre, el tono violáceo que rodeaba sus ojos, demostraba que no era una broma. Sintió pena por ese desecho que había sido humano y le preguntó:

—¿Y cómo busco su cadáver?

—Tengo una esperanza que puede dar resultado y es mi reloj —le mostró la muñeca desnuda— yo lo tenía puesto y sonaba mañana y tarde, siempre a las seis, estaba trabado y no lograba cambiar ese sonido ni apagarlo. Seguramente se me cayó cuando mi asesino me llevaba y se debe seguir escuchando la alarma cada día.

—Pero después de cierto tiempo la alarma se termina junto con las pilas…

—Mi alarma seguía funcionando siempre.

Isaac lo miró sin creer demasiado en sus palabras, ninguna alarma funciona sola, pensó y siguió caminando con su extraño personaje como acompañante. Dieron vueltas y vueltas por la plaza, nada descubrieron. Amanecía cuando el hombre comenzó a cambiar, su figura se fue haciendo transparente hasta convertirse en una bruma gris y desapareció totalmente.

 

Lunes.

Isaac llegó tarde al trabajo, sus ojeras delataban cansancio, el encargado lo observó, pero no dijo nada, entendió que debía haber pasado una noche difícil. El día transcurrió sin problemas, algunas ventas y poca conversación. Algo le sucede a Isaac, comentaron sus compañeros, sin embargo, nadie le preguntó qué le sucedía.

Salió antes de las seis, recorrió el barrio y nada llamó su atención, ningún sonido parecido a la alarma de un reloj se escuchó en la plaza.

Comió unas minutas en el bar de la esquina de su casa y fue directo a su departamento, el agotamiento de su cuerpo le pedía dormir, se acostó temprano.

Martes.

Se despertó a las cinco de la mañana, se vistió apurado y salió. Estaba amaneciendo, un silencio brumoso, rodeaba el barrio, recorrió las calles cercanas a la plaza. Eran casi las seis, creyó que lo mejor era regresar a su casa, desayunar y marchar a su trabajo. De pronto un sonido cruzó el aire. Llegaba de la vereda de enfrente a la Plaza Echeverría. Al acercarse a un negocio con las cortinas bajas y oxidadas, la resonancia fue más clara. Si, no había duda, de allí venia ese sonido parecido a la alarma de un reloj. ¿Cómo entrar? El local estaba cerrado y a simple vista se notaba que hacía mucho tiempo que esas persianas permanecían bajas, la puerta del costado cubierta de telarañas denunciaba el abandono del lugar. Comenzaba a cruzar gente, que iba a su trabajo y lo miraban con desconfianza. Fue a desayunar al café de enfrente.

Le preguntó al mozo de quién era ese negocio.

El mozo gentilmente le contó la historia del local cerrado. Después de un asalto el dueño, don Nicolás Ferrara, decidió cerrarlo. Fingió interés en alquilarlo y obtuvo la dirección del propietario, vivía cerca.

 

Su día de trabajo fue tranquilo, demasiado, solo vendió una remera de los calamares. Su cabeza estaba en otro lado. ¿Qué le iba a decir al dueño del local?

Salió del trabajo, antes de la hora de cierre y fue derecho a la dirección que le había dado el mozo del bar.

Lo atendió un señor mayor, lo escuchó con interés, cuando le dijo que quería ver el local, pero pareció molesto.

—Le puedo mostrar el plano y allí vera los metros del negocio —exclamó Ferrara, sin mucha convicción.

—Imagínese que no puedo alquilar un local que no veo… —le dijo.

Al final y después de hablar largo rato, Ferrara aceptó ir al negocio.

Al costado del local estaba la puerta por la que se entraba a un pasillo y luego otra que daba al local. La dejadez era reina, telarañas, vidrios rotos y hasta lauchas escaparon asustadas al verlos, el olor a encierro y suciedad flotaba en el ambiente. Recorrió los rincones y nada llamó su atención.  El hombre se acercó a una puerta que daba al fondo del terreno, la abrió y le señaló los baños, eran dos, abrió el primero que se veía deteriorado y le dijo:

—Cómo ve, va a tener que hacer algunas reformas.

Al intentar entrar en el otro, la puerta se trabó, Ferrara la forzó, pero algo no permitía el acceso. Con un fuerte empujón cedió y al ver que era lo que la había trabado, el hombre retrocedió espantado. Isaac no necesito mirar, ya sabía qué había causado el pavor de don Nicolás Ferrara.

A partir de ese momento todo se fue desarrollando ante el asombro de Ferrara y de Isaac; llamaron al 911, llegaron los uniformados, la Policía Científica, detectives, forenses, fotógrafos y periodistas.

El detective Pedro Garmendia y Carmona, su ayudante, se hicieron cargo del caso.

La indagación policial, a cargo de Garmendia, sacó a la luz una trama oscura.

¿Cómo llegaron a descubrir al asesino?

Ante las investigaciones del detective, surgieron varias preguntas: ¿Las llaves del local, aparte del dueño, ¿Quién tiene otro juego en su poder?

Garmendia preguntaba sin dejar respirar a Ferrara.

Nadie, dijo Ferrara, pero luego recordó que uno de sus empleados nunca le había devuelto las llaves del negocio, había sido el encargado y se llamaba: Santiago Galíndez.

Santiago era un hombre de mal carácter, enojado con Ferrara por el cierre del local y por dejarlo sin trabajo, no entregó las llaves. Garmendia citó a los tres ex empleados, dos se presentaron, menos Galíndez. El detective preguntó a sus ex compañeros: ¿Cómo era Galíndez? Uno de ellos, recordó que era violento y muy celoso, solía llamar a su esposa varias veces al día para confirmar que estaba en su hogar.  

Necesitaban hablar con Galíndez, fueron Garmendia y su ayudante Carmona a buscarlo a su casa, la esposa los recibió, escuchaba al detective, y se frotaba las manos presa de  angustia, al fin,  ahogada por la culpa de haber callado tanto tiempo la verdad; declaro cómo sucedió el caso.

“Discutimos mi esposo y yo, por una pavada, me había cortado el pelo sin avisarle y él se enojó, dudaba siempre de mi fidelidad, cualquier tema lo irritaba. Esa noche Santiago había bebido más de la cuenta y viendo que yo gritaba más que él, sacó un cuchillo e intento atacarme, escapé a la calle, corrí pidiendo socorro, pero nadie se asomó, era pasada la medianoche, al llegar a la plaza apareció un hombre, lo abracé y recuerdo que le dije: “Mi marido me quiere matar”. Santiago, apareció de golpe, el pobre tipo intentaba calmarlo, al verlo con un arma, le rogó que se tranquilizara, pero Santiago arremetió contra él y sin motivo lo hirió, lo dejó tirado en la plaza, me agarró de un brazo y me llevó a casa, me encerró con llave y salió nuevamente. Cuando regresó me dijo que el hombre estaba muerto y había arrojado el cuerpo en un terreno baldío.”

Se llevaron preso a Galíndez.

El pobre tipo asesinado era Adrián Santeño, un mozo de restaurante que aquella trágica noche, regresaba a su casa después de diez horas de trabajo.

 

 

 Adrián Santeño no tenía familia, una vez que la policía concluyó el peritaje, Isaac se encargó que fuera sepultado tal como el fantasma le había pedido.

Garmendia y Carmona siguieron su vida sin haberse enterado que el caso en realidad lo descubrió un fantasma y un borrachito que a partir de ese momento dejó la bebida.

Hay veces que Isaac recuerda aquella aventura y llega a dudar de que haya sido verdad. Por momentos cree que pudo ser producto de un mal sueño, o de alguna de esas tremendas borracheras, que nunca volvió a repetir, pero al contemplar la chalina azul que quedó colgada en su perchero, no duda, sabe que todo fue real.