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domingo, 17 de mayo de 2026

La fiscal y los detectives.


 

La presencia de la fiscal Flores en su oficina le cortó la respiración a Garmendia. Hacía dos semanas que una tonta discusión los había separado y ahora al verla frente a él tan bonita y con una tristeza profunda en sus ojos oscuros le ganó la ternura y quedó mudo, sin saber que decir.

Fue ella la que habló:

—Pedro estoy desesperada, nuevamente me amenazan y no sé quién es…

La abrazó, apenas pudo susurrar unas palabras para que se tranquilizara, el contacto con su cuerpo hizo que olvidara su enojo y solo pensó en quedarse así disfrutando su perfume y el placer de sentirla tan cerca. En ese momento entró Carmona, se detuvo en la puerta sorprendido, sonrió y dijo:

—Mejor me voy del gallego a tomar una cerveza…

Ya se alejaba cuando Emma le dijo que no se vaya.

—Por favor, Carmona, los necesito a los dos, tengo miedo, volvieron las amenazas y esta vez no vienen desde la cárcel.

—¿Qué es lo que recibís, email, celular…?

—Email, los profesionales de la policía investigaron desde dónde llegan y no logran descubrirlo, los mandan, posiblemente de diferentes centros de internet o algún ciber café, por favor, tengo la boca seca...

Tomaron asiento, Garmendia le sirvió un vaso de agua que ella bebió con desesperación, ya más calma les dijo:

—Las amenazas no se limitan con los mensajes, hay un coche que me sigue, no tiene chapa, aparece y cuando un móvil policial se acerca, se pierde en alguna calle con una rapidez increible, ya sucedió tres veces y lo han seguido, se les escapa, es más veloz que los coches policiales.

—¿Qué dicen los emails que mandan?

—Qué deje del caso de los Ramallo, son dos hermanos acusados de matar al presidente de una empresa agrícola, están muy comprometidos y tienen a los dos mejores abogados del estudio Sanguinetti, tengo miedo, alguien entró en casa de mi madre cuando ella había salido y al regresar encontró está carta…

Les entregó una hoja doblada en la que decía:

“Sabemos todos los movimientos de su hija, que se cuide y deje el caso Ramallo”.

—Mi madre me llamó en seguida y le dije que avisara a la policía, ahora hay custodia en su puerta y ella se fue a Montevideo a casa de su hermana.

Emma quedó en silencio y al fin dijo:

—No voy a dejar el caso de los Ramallo, son dos asesinos, este no es el primer caso en que están acusados por un crimen —bebió agua y siguió— hace unos años zafaron de una perpetua porque los mismos abogados que hoy los defienden los sacaron en libertad, esos cuervos son tan malditos como los hermanos Ramallo.

—¿Cómo los sacaron libres...?

—No lo sé, las pruebas eran contundentes pero los jueces no se pusieron de acuerdo y salieron en libertad, hoy buscan hacer lo mismo, posiblemente las mismas amenazas que hoy me aterran a mí, se las hicieron al fiscal y a los jueces de aquel caso.

—¿Cómo fue el caso del que hoy los acusan, debes estar cerca con tus investigaciones para que te amenacen así?

—Entraron dos encapuchados en la casa de Pérez García, el tipo estaba hablando con un amigo en el parque de su casa y lo balearon… al otro nada le hicieron, se fueron tranquilamente en su auto, las cámaras de la casa: apagadas y el guardia tenía el día libre por enfermedad, todo muy bien organizado.

—¿Otras cámaras en el barrio? —preguntó Pedro.

—No hay, es un barrio tranquilo, no viven ricachones, salvo Pérez García esa era su casa familiar, nunca se quiso mudar y vivía solo.

Emma se había serenado. Garmendia le ofreció que se quedara en su departamento y ella aceptó.

Garmendia y Carmona estudiaron el caso, buscaron la ayuda del “tarta”, un soplón que siempre colaboraba con ellos, días más tarde les trajo la novedad que Pérez García tenía una deuda de juego importante con un prestamista conocido, lo llaman Lolo y es una mala persona, no le crean, de todo lo que les diga —les dijo— solo la cuarta parte es cierta.

Lo visitaron, resultó ser un tipo alto, flaco y con cara de cuervo, algo en él mostraba una maldad fría y disimulada tras la sonrisa que no llegaba a sus ojos.

“Al tipo lo conocí —les dijo— me debía varios miles de dólares desde hace mucho tiempo, pero de ahí a matarlo; no, busquen por otro lado —el prestamista sonrió con burla— en la empresa de la que es presidente hizo varios desfalcos y se los perdonaron…los devolvió, tal vez lo hizo de nuevo.”

Fueron a la empresa agrícola, los atendió un gerente que no quiso hablar mucho, solo dijo que Pérez García, en 2020 había realizado compras que no existían, se guardaba el valor de las facturas y lo descubrieron, los dueños de la avícola no quisieron denunciarlo, saldó su deuda y lo perdonaron. No volvió a tener problemas con la empresa.

Entre Emma, Garmendia y Carmona no encontraban la punta del ovillo que acusara a los hermanos Ramallo.

— ¿Por qué detuvieron a los Ramallo si no hay pruebas de que fueron ellos? —preguntó Carmona.

—Si las hay, manejan un Mercedes rojo que estuvo estacionado en la puerta de Pérez García en la hora que el forense calculó su muerte —respondió Emma.

—¿Quién lo vio?

—Un vecino, no puedo dar su nombre, le prometí reserva, después que declaró, desapareció, se escondió por miedo.

—¿Y el amigo de García que estaba conversando con él?

—Dice no saber nada, fue todo muy rápido, entraron encapuchados, lo balearon y se fueron, estaba tan aterrorizado que se le hizo una laguna en su memoria.

Los detectives fueron a visitar el barrio, la casa de Pérez García estaba cerrada y con un policía en la puerta, mientras ellos caminaban observando si había cámaras en las casas vecinas, un coche a gran velocidad subió a la vereda con intención de atropellarlos, los buenos reflejos y un salto en el momento justo los salvó, quedaron caídos sobre el cerco de ligustrina de una casa.

—Estos tipos no se andan con chiquitas —exclamó Garmendia.

—Nos están siguiendo, ya se enteraron de que colaboramos con la fiscal, dentro del juzgado hay más soplones que afuera —exclamó Pedro con rabia.

El juicio se acercaba y las pruebas contra los Ramallo no aparecían, La fiscal Suárez estaba desesperada.

—Van a quedar libres nuevamente —exclamó— ¡Puede ser que el único testigo haya desaparecido!

—¿Quién era? — preguntó Carmona y miró a Emma— sino sabemos nunca lo vamos a encontrar.

—Le prometí que no daría su nombre.

La cara de Carmona estaba tensa cuando le dijo:

—Pero nosotros estamos investigando, ¿o crees que jugamos?

Emma comprendió que ocultando el nombre del testigo no ganaba nada, solo cerraba una puerta para que los detectives trabajen.

—Es Tao el chino del supermercado de la esquina, el vio el Mercedes rojo y a dos jóvenes salir y sacarse la capucha antes de subir al Mercedes.

Carmona fue solo al supermercado, preguntó por Tao y nadie sabía nada de él. Al salir observó con tranquilidad los detalles de la esquina, su paciencia dio resultado sobre el cartel de propaganda dos cámaras pequeñas, una en cada ángulo, se movían en media luna filmando la calle. ¿Por qué las negaron? ¿Cómo nadie las vio?  Sé preguntó, parece que muchos intentan que el caso quede impune.

Con una orden judicial los chinos entregaron la grabación, en la filmación la imagen del Mercedes rojo fue notable, se veía a los dos hermanos saliendo de la casa de Pérez García sacándose las máscaras y subiendo al coche que salió a toda velocidad.

La filmación dejó en claro que los hermanos Ramallo, estuvieron en la casa y salieron sin que nadie los molestara. Está vez sus importantes abogados no lograron sacarlos libres.

Una vez acusados y ante las pruebas, los Ramallo declararon quién los había contratado, el autor intelectual del crimen, resultó ser el prestamista Lolo, el presidente de la empresa avícola le debía dinero, fue detenido y juzgado junto con los hermanos Ramallo.

Por miedo a nuevas amenazas, aunque el caso ya estaba cerrado, Emma se quedó en el departamento de Garmendia, para felicidad de él y reconciliación de los dos.

Las amenazas desaparecieron.

Los que entraron en la casa de la madre de Emma y los autores de los mensajes al correo de la fiscal, no fueron encontrados, la carta no contenía huellas, muy prudentes los mensajeros usaron guantes. La sospecha cayó en los abogados del estudio Sanguinetti, pero sin pruebas no se logró acusarlos, ese tema quedó sin resolver.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

El extraño caso del cementerio.


 

Las hijas lloraban desesperadas, los hijos daban vuelta por la casa sin decir palabra, hasta que el menor dijo:

-Tenemos que aceptar lo que nos piden, si esto llega a los diarios la vergüenza nos va a volver locos.

Sabrina la hija mayor respondió:

-Tenes razón, ¿pero de dónde sacamos el dinero? Es un secuestro imposible de pagar, ni vendiendo la casa de mamá alcanza …

-¿Y si pedimos a un usurero? -dijo Jaime, otro de los hijos de María Teresa Funes.

-Pobre mamá… ¿Quiénes serán esos desgraciados que osan alterar su eterno descanso?

Los hermanos la miraron, la hija menor hablaba como recitando una obra de Shakespeare.

-Los desgraciados son mafiosos que viven del robo y el chantaje, a nosotros nos tocó que secuestraran nuestra madre.

Nuevamente fue Jaime quien exclamó:

-Pero secuestrar un cadáver es inconcebible…

Un llamado en la puerta los sobresaltó. Jaime fue a atender. Un señor alto muy delgado se presentó:

-Soy el detective Pedro Garmendia y mi compañero es Carmona López...

Los hicieron pasar, le informaron que el ataúd con los restos de su madre recientemente fallecida, había desaparecido del panteón familiar y habían recibido un llamado reclamando una cantidad de dólares imposible de pagar.

Garmendia hizo preguntas sobre amigos, enemigos, familiares, intentaba investigar quién podía metido en semejante delito.

-En una época fuimos una familia muy rica -dijo Sabrina- pero mi padre era un jugador empedernido y perdió toda su fortuna jugando al póker y en las apuestas de caballos, nada nos quedó de aquel tiempo brillante, pero la gente no lo sabe, ese es el motivo por el que piden tanto dinero.

Garmendia los escuchaba y Carmona daba vueltas observando las fotografías que lucían sobre un mueble, señaló una foto y pregunto si esa era la madre, respondieron que sí.

-Tienen llave del panteón familiar? ¿cuántas llaves hay?

-Solo una, siempre está en casa.

Uno de los hermanos abrió un cajón y mostró la llave.

-Vamos al cementerio, llévela.

Sin entender que pensaba el detective lo siguieron.

El primero en entrar fue Garmendia, lo siguió Carmona, observaban con detenimiento el piso, parecía buscar algo en las viejas baldosas, los hijos de Maria Teresa nada decían, el silencio flotaba denso. De pronto Garmendia salió del panteón y se alejó rumbo a la oficina de entrada, los presentes se miraron sin entender. Minutos después regresó con el encargado del cementerio, caminaron hasta otra bóveda, la abrieron y Garmendia pidió a los hijos que se acercaran, solo un ataúd acomodado de mala forma se encontraba allí, brillaba su madera nueva y lustrosa, Garmendia preguntó a los jóvenes:

-¿Es el ataúd de su madre?

Ellos se acercaron y corroboraron que en la tapa estaba grabado el nombre. Gritos de alegría y emoción se elevó de sus gargantas, agitando el vuelo de las palomas.

El responsable del cementerio no hallaba explicación estaba rojo y pedía disculpas una y otra vez. Fue Garmendia quien explicó lo sucedido:

“Cuando Carmona vio la foto de María Teresa, comprendio que debía pesar más de cien kilos, así que los ladrones no pudieron ir muy lejos con su ataúd, por eso mirábamos el piso, se notaba que allí habían arrastrado algo, era lógico que no pudieron levantarlo y que muy lejos no pudieron ir con semejante peso, debía estar cerca, en alguna bóveda vacía y así fue, solo los encargados de mantenimiento pueden saber que bóvedas están abandonadas…la policía ya los está investigado.”.

-¿Y la llave, cómo entraron?- preguntó una de las hijas.

- El encargado en jefe tiene una llave maestra para cualquier caso de urgencia que algún familiar se la olvide, los de mantenimiento lo saben y de allí la sacaron.

La familia de María Teresa regresó tranquila cada uno a sus respectivas casas, mientras Garmendia y Carmona enfilaron para el bar del gallego sabían que los estaría esperando con una cervecita helada.

 

Inspirado en un cuento de Maria Rosa Lojo.

 

 

 

martes, 7 de abril de 2026

Historia oscura.


 

 

Salieron de la oficina del jefe Mariani con la rabia entre los dientes.

—Qué se cree este tipo -dijo Carmona- nosotros somos investigadores de crímenes y robos, no de misterios y tiene el coraje de mandarnos a la casa de su familia a descubrir sus problemas oscuros.

—Tenés razón, pero hay que hacerlo, partimos hoy para Saldivar.

 

Los setecientos kilómetros y el calor los agotaron.

Saldivar resultó ser un pueblo en medio de la pampa sin grandes pretensiones. Garmendia miraba a todos lados y dijo en voz alta:

—¿Dónde vivirán los Mariani?

—Él muy maldito nos dijo que preguntemos…todos los conocen.

La respuesta de un paisano de a caballo fue señalar con el brazo hacía el sur.

—Sigan ese camino y los van a encontrar en la lomada, acá no hay calles ni número —exclamó sonriente.

La casa de los Mariani era un casco de estancia encallado sobre una loma, rodeada de eucaliptus y sauces que le daban un aire misterioso. Abrieron la tranquera y entraron. Salió a recibirlos un tipo alto y ancho de cuerpo, junto a una mujer tan alta como él y muy delgada, eran Ramiro y Teresa, los tíos del jefe.

– Nos manda Ramón Mariani -dijo Garmendia.

El hombre sonrió y estrechó la mano de los dos.

Atardecía, un viento frío aliviaba el calor del largo viaje vivido. Les ofrecieron mate y tortas fritas y luego de los saludos, preguntaron cuál era el misterio por el que pidieron ayuda.

—¿Cómo no les dijo? —exclamó Ramiro.

Negaron con la cabeza.

—Han muerto dos personas de manera muy rara, hace años sucedieron otras muertes muy parecidas, situaciones que no tienen explicación, últimamente han llegado a causar algunos estragos peligrosos y comenzamos a sospechar.

—¿Quién produce esos estragos? —preguntó Carmona.

—Cuatro árboles que están camino al río.

Los detectives se miraron, pero quedaron en silencio esperando una mayor definición.

—No piensen que me burlo, es real —dijo Ramiro— son una rara especie que parece ser inteligente y atacan en ciertos días a los que pasan por ese sendero.

Teresa que había permanecido en silencio, habló:

—El primer joven al que dieron muerte fue mi sobrino Lucas, llevaba un rebaño de ovejas y cruzó ese camino, las ramas se desprendieron de los árboles y lo atacaron, fue casi una locura, las hojas rojas, formaron una manta y lo envolvieron, las ramas lo castigaron mientras las ovejas asustadas se dispersaron en distintas direcciones, el muchacho llegó a la estancia, herido y nos contó todo —Teresa hizo silencio el llanto la ahogaba— en las muñecas tenía cortes, por más que lo vendamos perdió mucha sangre, al día siguiente murió.

Quedaron todos en silencio, fue Ramiro quien continuó el relato:

—Dijo el médico que su muerte no fue por la pérdida de sangre, fue envenenamiento, esas hojas largan un líquido rojo que penetra en la piel y es un veneno desconocido y fulminante.

—Dijeron dos muertes… ¿Y qué más? —dijo Pedro.

—El otro fue un médico del pueblo, no sabemos a qué hora sucedió, a la mañana lo encontraron en la orilla del río, con cortes en las muñecas y marcas de golpes en todo el cuerpo, analizaron su sangre y encontraron el mismo veneno que mató a Lucas, los compañeros del hospital dijeron que tenía intenciones de cortar hojas para analizarlas y…murió por eso…

—Aparte —dijo Teresa— desaparecen animales de la estancia y aparecen muertos cerca de los árboles, varias ovejas y dos perros en el último mes…

—Hace años desaparecieron dos chicas y todos creímos que se habían escapado para vivir en la ciudad, el mes pasado encontraron sus restos y se dijo que los lobos las habían atacado, hoy sabemos que no fueron los lobos.

—¿Qué hacen las autoridades?

Pedro se removía en su silla sin poder entender semejante historia.

—Las autoridades no nos creen a todo le encuentran una explicación lógica, dicen que somos supersticiosos, hasta nuestro sobrino no nos cree y es jefe de la policía, Ramón, los mandó para que lo dejemos tranquilo.

Ramiro se encogió de hombros con un gesto de rabia y tristeza.

—Espero que ustedes nos crean y puedan hacer algo —dijo Teresa— mucha gente se fue del pueblo, otros no se acercan al lugar y con eso piensan que ya se pueden quedar tranquilos.

Garmendia todavía incrédulo respondió:

—Vamos a hacer lo posible.

Se acostaron temprano, el viaje largo, el calor y las noticias de esos árboles los había agotado. En el piso superior de la estancia les habían preparado un cuarto cómodo con dos camas, una mesa cerca de la ventana, sillas y un mueble para su ropa.

El canto de un gallo tempranero los despertó. Bajaron y Teresa ya les había preparado el desayuno.

Salieron a conocer a los extraños árboles.

El paisaje de ese principio del verano era agradable, el calor apenas se notaba, caminaron admirando el paisaje, las flores salvajes y los espinillos en flor, eran un deleite a los ojos. Divisaron los árboles por los datos que los Mariani les dieron. Verlos fue peor a cualquier idea que se hubieran formado.

Troncos de color pálido, ramas enormes extendiéndose a los costados se enredaban entre ellas y las hojas grandes como la mano de una persona y rojas, se estremecieron al ver los troncos, un movimiento interno los movía suavemente.

—Parecen respirar —exclamó Pedro— no nos acerquemos.

Recordó que las hojas contenían veneno.  

Se alejaron unos metros, las ramas se agitaban siguiendo sus pasos, el pánico de Carmona lo hizo alejarse más, Garmendia lo siguió.

Las ramas comenzaron a gemir de una forma que ponía la piel de gallina, la respiración de los troncos se elevaba por momentos, se movían, una risa burlona se alzó cerca de ellos, no lograban entender desde dónde llegaba. Lo que creyeron supersticiones del pueblo era una realidad que frente a ellos se alzaba y se burlaba.

—No podemos con esto —dijo Pedro trémulo— mejor regresemos.

El camino de regreso fue diferente, ya no miraron las flores ni el verde paisaje, el pensamiento de ambos estaba en buscar una forma de destruir esa maldad con forma de árbol que acababan de ver.

Subieron a su cuarto sin almorzar, no lograban serenarse, ni articular un pensamiento lógico. De pronto un golpe en los cristales de la ventana los sacudió, eran ramas, las ramas de los árboles, la sorpresa los aturdió, quedaron estáticos sin saber que hacer, si los cristales se rompían estaban perdidos, el ruido fue ensordecedor, los vidrios no soportaron la fuerza de los golpes, en ese momento apareció Ramiro con una guadaña, las fue golpeando hasta hacerlas caer, otras lograron escapar, Ramiro con la fuerza de sus brazos acostumbrados al trabajo del campo las liquidó en segundos. Garmendia y Carmona no lograban volver del espanto vivido, solo al ver las ramas en el piso quietas y sin vida respiraron tranquilos nuevamente.

El terror tardó en dejarlos reaccionar. Bajaron a la cocina, Teresa les sirvió algo fuerte y la conversación con ella y Ramiro los serenó.

—No se puede vivir así, hay que hacer algo, ¿pero, qué?—dijo Pedro— no se me ocurre nada posible para destruirlos.

Fue entonces que Carmona exclamó:

—Tengo una idea, juntemos las ramas que quedaron en el piso las llevamos al campo y probemos con el fuego.

Lo hicieron. Con combustible y algunas maderas, las quemaron. El resultado fue bueno en poco tiempo se consumieron hasta reducirse a cenizas.

—Por lo visto es lo único que puede destruirlos —dijo Carmona —Primero debemos arrancarlos —la voz de Ramiro los trajo a la realidad— ¿Cómo?

Los detectives lo miraron en silencio, era una realidad la que les planteaba.

—Para eso necesitamos maquinaria pesada, para excavar y palanquear y destoconadoras para triturar las raíces subterráneas—dijo Ramiro— ¿Cómo conseguir esa maquinaria? El brazo hidráulico de esas máquinas cava y extrae las raíces.

—Hay que pedir ayuda a Mariani, solo él puede conseguirlas — dijo Pedro.

Fueron al pueblo y desde la única oficina telefónica del lugar, Garmendia habló con el jefe Mariani, que respondió que él no podía conseguir nada, que no tenía fondos y mil excusas.

Pedro furioso le respondió:

—Mariani no podemos hacer nada si no manda ayuda, lo hace o nos vamos y todo queda como está…

Pedro cortó la comunicación.

Días después el pueblo observó extrañado la maquinaria pesada que entraba en Saldivar.

Con las cabinas cerradas de las excavadoras por temor al ataque de las ramas, los operarios comenzaron la tarea llevó casi todo el día arrancarlos, la tierra pareció moverse por la fuerza de los árboles, los gemidos se escuchaban como truenos. Las hojas se desprendieron en un manto que intentó atacar a las máquinas, a medida que pasaba el tiempo y los árboles eran arrancados iban perdiendo fuerza, caían sobre la tierra estremeciéndose en un aullido agónico. Garmendia y Carmona miraban desde su coche y con los nervios a flor de piel, las ventanillas cerradas y el corazón batiendo a mil. Las ramas se retorcieron por horas, una de ellas en un movimiento que no esperaban, se elevó de pronto y se arrojó sobre el coche de Garmendia y Carmona, sin fuerzas resbaló y cayó en tierra.

Al ver a los árboles caídos, sin vida, Teresa y Ramiro no pudieron contener el llanto, la emoción los superaba.

El pueblo de Saldivar fue acercando maderas, cartones y combustible para lograr que el fuego destruyera la maldad que durante tantos años les asoló la vida con el miedo.

Las horas pasaban, las llamas los fueron cubriendo y al día siguiente lograron verlos reducidos a cenizas.

Cubiertos de hollín y agotados los detectives regresaron a la estancia, festejaron, brindaron y luego de un merecido baño durmieron hasta el día siguiente al mediodía que Ramiro los despertó con mate y tortas fritas.

La pregunta salió de Carmona:

—De dónde salieron esos árboles, nunca vi nada igual, si me lo cuentan no lo creo.

—Yo nací en este pueblo —dijo Ramiro— y me contaron mis padres que ya estaban cuando ellos llegaron, solo que en ese entonces o la gente no se daba cuenta o no eran tan agresivos, lo cierto que muchas historias misteriosas se contaban en secreto, pero nadie imaginaba que esas cosas las hacían los árboles.

—Sinceramente todavía estoy asombrado por lo que hemos vivido—exclamó Garmendia.

 

Regresaron a la ciudad, cansados, ojerosos pero felices.

Al verlos, Mariani se acercó y con esa voz chillona y prepotente que lo caracterizaba les dijo:

—Quiero un informe y no me vengan con esa pavada de árboles asesinos, quiero seriedad por favor y nada de andar por los pasillos contando hazañas imaginarias.

La respuesta salió a dúo, pero no se puede reproducir en esté blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Un fantasma en la plaza Echeverría.


 

 

 

No siempre Garmendia y Carmona resuelven sus casos por su astucia, esta vez recibieron ayuda de un fantasma y un simple mortal.

Isaac Gorman sabe que la mezcla de bebidas le hace mal, pero no puede decir que no a las invitaciones de sus amigos, debe ser el vodka y el ron barato, unidos a la cerveza, que lo hacen   caminar a paso lento. La vereda se mueve, o tal vez le parece a él, las vías del tren se ondulan ante sus ojos y se mueven solas. Cruzó a duras penas la estación Urquiza, menos mal que nadie circulaba y que no encontró policías, sino, era seguro que lo encerraban en una celda hasta que se le pasara la mona. Eran las dos de la mañana.

Llegó a la plaza Echeverría, buscó donde sentarse, las rejas que rodean la plaza parecían no tener una puerta de entada, hasta que al fin encontró una, faltaba poco para llegar a su casa, pero la borrachera lo obligó a dejarse caer en un banco.

—Heyyy despierte…

Alguien lo zamarreaba. No lograba abrir los ojos. El otro lo agarró de las solapas del abrigo y lo sentó. Se miraron.

—Qué mierda querés…-dijo furioso.

—Que me ayudes.

Se volvió a acostar y el tipo lo volvió a levantar.

—Borracho del diablo, presta atención, te necesito.

Isaac fue tomando consciencia de que no iba a poder dormir tranquilo, observó al hombre: era muy flaco llevaba un gabán oscuro y fino para el frío que azotaba aquella madrugada de julio y una chalina azul de seda.

—¿No tenés frío? —le preguntó.

—No. Los fantasmas no tenemos frio ni calor.

—¿Fantasmas?

¿Fantasmas, había entendido bien? La borrachera me está volviendo loco, pensó, mientras miraba al otro de arriba abajo.

—¿Por qué no me dejas dormir?

—Ya te dije, me tenés que ayudar, estoy preso en esta plaza, no puedo salir y nadie me ayuda, cada vez que me acercó a alguien y le cuento, escapa asustado, no puedo acceder al mundo de los muertos y descansar en paz.

—Y yo qué culpa tengo, yo solo quiero dormir, quién no te deja acceeer.…

La lengua de Isaac se trababa, era un cartón rígido, no lograba articular bien las palabras y cuando lo lograba, lo hacía con una voz pastosa que apenas se oía. El hombre se sentó a su lado y le dijo:

—No sé bien que me sucedió, solo recuerdo, a una mujer que me pidió ayuda, algo le pasaba, su cara transmitía mucho miedo, y yo la quise ayudar… de pronto apareció un hombre armado con un cuchillo y me atacó, sin decir nada ni preguntarme quién era. Así terminó mi vida en esta plaza y de ella no logro salir…  

Isaac lo miraba sin poder creer lo que estaba escuchando, tambaleando se puso de pie y mientras se alejaba le dijo:

—Soy borracho, pero no estúpido.

Y se fue. El otro quedó mirándolo sin decir nada.

Caminó las pocas cuadras hasta su departamento, el ascensor estaba abierto, subió y apretó el cuarto.   Luego de buscar la llave un largo rato, entró por fin. Sin desvestirse se dejó caer en la cama. Escuchó que las sábanas lo envolvían con un arrullo y se quedó dormido.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, por la ventana el sol del mediodía se adueñaba de los rincones y rebotaba en el espejo como una espada filosa.

Otra vez voy a llegar tarde al trabajo, se dijo. Era vendedor en un local de ropa deportiva.  Preparó un café, se cambió la ropa y las campanas de una Iglesia vecina lo trajeron a la realidad. Era domingo. Se volvió a quitar la ropa y nuevamente se acostó.  

Despertó el domingo al mediodía.   

Regresó a la plaza, un sol dominguero iluminaba los árboles, algunas personas circulaban sin apuro, se sentó en el mismo banco de la madrugada del sábado. Una anciana tejía sentada frente a él. Un grupo de niños corrían, otros jugaban a la paleta. Varias madres conversaban, todo normal, ningún fantasma le salió al encuentro. Aquello debió ser producto de su borrachera.

Fue a comprar unas empanadas para almorzar y cuando regresaba, observó colgada de la rama de un árbol, una chalina azul, recordó al fantasma, la llevaba en el cuello. Entonces no fue una visión de mi borrachera, se dijo. Fue real.

 

Pasó el día tirado en la cama, tratando de recuperarse del malestar que le había dejado la bebida. Llegó la noche y no lograba conciliar el sueño, solo pensaba en ese hombre-fantasma. Iría a la plaza.  

Al llegar observó cada detalle, no había nadie dando vueltas –se dijo-  era hora de dormir no de estar boludeando en la búsqueda de fantasmas.

—Señor…

La voz pareció brotar de la tierra misma.

Se volvió y allí estaba, era el mismo tipo del sábado.

—¿Volvió para ayudarme? —le preguntó.

—No sé cómo ayudarlo…

—El hombre que me atacó, lo hizo presa del odio, creo que me creyó amante de su esposa o que se yo lo que imaginó, yo no la conocía, él escondió mi cuerpo en algún lugar cercano a la plaza, por eso no logro salir de ella. Debo recibir sepultura, para dejar de peregrinar por las noches…

Isaac creyó que le estaba tomando el pelo, ¿buscar un cadáver? Pero la cara nívea del hombre, el tono violáceo que rodeaba sus ojos, demostraba que no era una broma. Sintió pena por ese desecho que había sido humano y le preguntó:

—¿Y cómo busco su cadáver?

—Tengo una esperanza que puede dar resultado y es mi reloj —le mostró la muñeca desnuda— yo lo tenía puesto y sonaba mañana y tarde, siempre a las seis, estaba trabado y no lograba cambiar ese sonido ni apagarlo. Seguramente se me cayó cuando mi asesino me llevaba y se debe seguir escuchando la alarma cada día.

—Pero después de cierto tiempo la alarma se termina junto con las pilas…

—Mi alarma seguía funcionando siempre.

Isaac lo miró sin creer demasiado en sus palabras, ninguna alarma funciona sola, pensó y siguió caminando con su extraño personaje como acompañante. Dieron vueltas y vueltas por la plaza, nada descubrieron. Amanecía cuando el hombre comenzó a cambiar, su figura se fue haciendo transparente hasta convertirse en una bruma gris y desapareció totalmente.

 

Lunes.

Isaac llegó tarde al trabajo, sus ojeras delataban cansancio, el encargado lo observó, pero no dijo nada, entendió que debía haber pasado una noche difícil. El día transcurrió sin problemas, algunas ventas y poca conversación. Algo le sucede a Isaac, comentaron sus compañeros, sin embargo, nadie le preguntó qué le sucedía.

Salió antes de las seis, recorrió el barrio y nada llamó su atención, ningún sonido parecido a la alarma de un reloj se escuchó en la plaza.

Comió unas minutas en el bar de la esquina de su casa y fue directo a su departamento, el agotamiento de su cuerpo le pedía dormir, se acostó temprano.

Martes.

Se despertó a las cinco de la mañana, se vistió apurado y salió. Estaba amaneciendo, un silencio brumoso, rodeaba el barrio, recorrió las calles cercanas a la plaza. Eran casi las seis, creyó que lo mejor era regresar a su casa, desayunar y marchar a su trabajo. De pronto un sonido cruzó el aire. Llegaba de la vereda de enfrente a la Plaza Echeverría. Al acercarse a un negocio con las cortinas bajas y oxidadas, la resonancia fue más clara. Si, no había duda, de allí venia ese sonido parecido a la alarma de un reloj. ¿Cómo entrar? El local estaba cerrado y a simple vista se notaba que hacía mucho tiempo que esas persianas permanecían bajas, la puerta del costado cubierta de telarañas denunciaba el abandono del lugar. Comenzaba a cruzar gente, que iba a su trabajo y lo miraban con desconfianza. Fue a desayunar al café de enfrente.

Le preguntó al mozo de quién era ese negocio.

El mozo gentilmente le contó la historia del local cerrado. Después de un asalto el dueño, don Nicolás Ferrara, decidió cerrarlo. Fingió interés en alquilarlo y obtuvo la dirección del propietario, vivía cerca.

 

Su día de trabajo fue tranquilo, demasiado, solo vendió una remera de los calamares. Su cabeza estaba en otro lado. ¿Qué le iba a decir al dueño del local?

Salió del trabajo, antes de la hora de cierre y fue derecho a la dirección que le había dado el mozo del bar.

Lo atendió un señor mayor, lo escuchó con interés, cuando le dijo que quería ver el local, pero pareció molesto.

—Le puedo mostrar el plano y allí vera los metros del negocio —exclamó Ferrara, sin mucha convicción.

—Imagínese que no puedo alquilar un local que no veo… —le dijo.

Al final y después de hablar largo rato, Ferrara aceptó ir al negocio.

Al costado del local estaba la puerta por la que se entraba a un pasillo y luego otra que daba al local. La dejadez era reina, telarañas, vidrios rotos y hasta lauchas escaparon asustadas al verlos, el olor a encierro y suciedad flotaba en el ambiente. Recorrió los rincones y nada llamó su atención.  El hombre se acercó a una puerta que daba al fondo del terreno, la abrió y le señaló los baños, eran dos, abrió el primero que se veía deteriorado y le dijo:

—Cómo ve, va a tener que hacer algunas reformas.

Al intentar entrar en el otro, la puerta se trabó, Ferrara la forzó, pero algo no permitía el acceso. Con un fuerte empujón cedió y al ver que era lo que la había trabado, el hombre retrocedió espantado. Isaac no necesito mirar, ya sabía qué había causado el pavor de don Nicolás Ferrara.

A partir de ese momento todo se fue desarrollando ante el asombro de Ferrara y de Isaac; llamaron al 911, llegaron los uniformados, la Policía Científica, detectives, forenses, fotógrafos y periodistas.

El detective Pedro Garmendia y Carmona, su ayudante, se hicieron cargo del caso.

La indagación policial, a cargo de Garmendia, sacó a la luz una trama oscura.

¿Cómo llegaron a descubrir al asesino?

Ante las investigaciones del detective, surgieron varias preguntas: ¿Las llaves del local, aparte del dueño, ¿Quién tiene otro juego en su poder?

Garmendia preguntaba sin dejar respirar a Ferrara.

Nadie, dijo Ferrara, pero luego recordó que uno de sus empleados nunca le había devuelto las llaves del negocio, había sido el encargado y se llamaba: Santiago Galíndez.

Santiago era un hombre de mal carácter, enojado con Ferrara por el cierre del local y por dejarlo sin trabajo, no entregó las llaves. Garmendia citó a los tres ex empleados, dos se presentaron, menos Galíndez. El detective preguntó a sus ex compañeros: ¿Cómo era Galíndez? Uno de ellos, recordó que era violento y muy celoso, solía llamar a su esposa varias veces al día para confirmar que estaba en su hogar.  

Necesitaban hablar con Galíndez, fueron Garmendia y su ayudante Carmona a buscarlo a su casa, la esposa los recibió, escuchaba al detective, y se frotaba las manos presa de  angustia, al fin,  ahogada por la culpa de haber callado tanto tiempo la verdad; declaro cómo sucedió el caso.

“Discutimos mi esposo y yo, por una pavada, me había cortado el pelo sin avisarle y él se enojó, dudaba siempre de mi fidelidad, cualquier tema lo irritaba. Esa noche Santiago había bebido más de la cuenta y viendo que yo gritaba más que él, sacó un cuchillo e intento atacarme, escapé a la calle, corrí pidiendo socorro, pero nadie se asomó, era pasada la medianoche, al llegar a la plaza apareció un hombre, lo abracé y recuerdo que le dije: “Mi marido me quiere matar”. Santiago, apareció de golpe, el pobre tipo intentaba calmarlo, al verlo con un arma, le rogó que se tranquilizara, pero Santiago arremetió contra él y sin motivo lo hirió, lo dejó tirado en la plaza, me agarró de un brazo y me llevó a casa, me encerró con llave y salió nuevamente. Cuando regresó me dijo que el hombre estaba muerto y había arrojado el cuerpo en un terreno baldío.”

Se llevaron preso a Galíndez.

El pobre tipo asesinado era Adrián Santeño, un mozo de restaurante que aquella trágica noche, regresaba a su casa después de diez horas de trabajo.

 

 

 Adrián Santeño no tenía familia, una vez que la policía concluyó el peritaje, Isaac se encargó que fuera sepultado tal como el fantasma le había pedido.

Garmendia y Carmona siguieron su vida sin haberse enterado que el caso en realidad lo descubrió un fantasma y un borrachito que a partir de ese momento dejó la bebida.

Hay veces que Isaac recuerda aquella aventura y llega a dudar de que haya sido verdad. Por momentos cree que pudo ser producto de un mal sueño, o de alguna de esas tremendas borracheras, que nunca volvió a repetir, pero al contemplar la chalina azul que quedó colgada en su perchero, no duda, sabe que todo fue real.

 

 

 

 

lunes, 23 de febrero de 2026

Garmendia y el caso de las amenazas.


 


 

La casa de Agustina Velez era antigua, pero se veía bien conservada. Su dueña los recibió con una sonrisa. Los recuerdos afloraron con emoción para Garmendia, esa casa, esa mujer, le recordaron momentos felices de su niñez, la madre de Garmendia y Agustina Velez habían sido muy amigas.

 

-Mi querido Pedro cuantos años sin verte…

Y con esa frase lo abrazó con ganas. Carmona observaba la escena sin decir nada y esperando que Garmendia lo presentara.

-Agus te presento a mi compañero Carmona.

Carmona se acercó amablemente y estampó un beso en la mejilla de la anciana, quien los tomó a cada uno del brazo y con voz angustiada dijo;

-Ay Pedro que días difíciles estoy viviendo, alguien me acosa con amenazas y no sé cuál es el motivo.

Los soltó, quedó frente a ellos, estrujaba sus manos, y al ir recordando las situaciones vividas se le llenaban los ojos de lágrimas.

-Mejor vamos a la cocina y les preparo un cafecito.

En ese momento entró una mujer, tendría unos cuarenta años, sonriente les dijo;

-Soy Lula, acompañante de la señora Agustina, yo me voy a encargar del café.

-Vamos a la cocina, es más cómoda y cálida – dijo la anciana.

Tomaron asiento alrededor de la mesa. Mientras Lula preparaba el café, Agustina les relató su problema;

-Desde hace poco más de un mes recibo amenazas, papeles pegados en la puerta de entrada – hizo silencio tratando de tranquilizar la angustia que la dominaba- mensajes a mi celular, ayer arrojaron una piedra que rompió el vidrio de mi cuarto, venia envuelta en un papel…

Se puso de pie y fue hasta un mueble, sacó una caja y la puso sobre la mesa, dentro estaban los papeles con las amenazas, todos eran iguales, de color blanco sin rayas.

-Aparte me llaman a cualquier hora, dos o tres de la mañana y siempre dicen lo mismo, me acusan de asesina y que voy a pagar el horrendo crimen que cometí…hace unos días fui a visitar a mi amiga Ana que vive enfrente, era de noche y al cruzar miré muy bien, la calle estaba vacía, de pronto un auto que estaba estacionado apareció de golpe e intentó atropellarme, no sé cómo lo hice pero corrí hasta alcanzar la vereda, él subió sobre el césped y me salvó el árbol que lo detuvo, salió a gran velocidad y se perdió calle arriba.

Ya no aguantó más y se largó a llorar. Lula sirvió el café, se acercó y abrazó a Agustina.

-Tranquila Agustina -dijo Garmendia poniéndose de pie y apoyando su mano en el hombro de la anciana- tenés idea de quién puede amenazarte, alguien con quién hayas tenido problemas…tal vez, acusaste a un tipo en tus tiempos de abogada y lo mandaste a la cárcel…

-No, hace casi veinte años que no ejerzo mi cargo, abandoné todo por mis problemas de salud, el estrés que me producía afectó mi corazón y debí elegir, el trabajo o mi salud…

Garmendia asintió a las palabras de Agustina.

-Me voy a llevar la caja, vamos a analizar el caso.

Salieron acompañados de Lula, ya en la puerta le preguntó:

-¿Hace mucho que trabaja con Agustina?

Con una voz que no admitía replica respondió:

-Un  año, ¿qué pasa me considera sospechosa?

-Que susceptible que es usted, el motivo de mi pregunta es otro, puede que Agustina imagine o invente ella misma esas amenazas, usted está todo el día y pudo notar detalles importantes.

Lula se puso roja, con un cambio de voz respondió:

-Me parece una persona muy tranquila, pero es cierto que los llamados y los papeles los pegan por la noche, yo me retiro a las 8;00pm después de servirle la cena y dejar la cocina limpia, no sé quién puede ser....

 

Los investigadores analizaron los papeles, no había huellas, habían usado guantes.

Al día siguiente volvieron a ver a Agustina, las preguntas giraron en torno a su tiempo de abogada, nada importante recordaba, fue necesario visitar al abogado Mancuso, jefe del estudio en que Agustina trabajó durante treinta años. Las palabras del abogado fueron justas:  la mayoría de los casos se extinguieron por haber transcurrido cierto período de tiempo, especialmente un plazo legal previsto por ley, casi todos los protagonistas ya no existen.

 -No creo que nadie tenga alguna bronca almacenada contra Agustina – respondió.

Salieron desilusionados, fueron al bar del gallego, tal vez unas cervecitas les aclararan los sentidos. Mientras bebía, Garmendia recibió un llamado de Mancuso.

“He recordado que hace cuatro años Agustina manejaba su coche y atropelló a un adolescente que cruzó la calle con luz roja, ella frenó, pero el golpe provocó una caída, eso hizo que la cabeza del joven   golpeara contra el cordón de la vereda y su muerte fue instantánea, una desgracia, Agustina quedó absuelta, pero los padres intentaron atacarla cuando salía del juicio, recuerdo que la madre  gritaba como poseída; ¡¡Asesina, lo vas a pagar!! Luego del juicio no volvimos a tener noticias de ellos, creo que se separaron.”

Garmendia pidió los nombres de la pareja y su dirección.

Sus nombres era Juana y Enrique Montiel, a dirección era en Villa Devoto, allá fueron.

-Ya no viven aquí -les dijo el portero del edificio- se separaron después de la muerte del hijo, ella quedó alterada, peleaba con todos los vecinos y al marido lo volvía loco, era rara desde siempre y después de la desgracia vivida, fue peor...

-¿No dejaron la nueva dirección? - preguntó Carmona.

-No, él hombre quedó un tiempo en el departamento y luego se mudó a Mendoza donde viven sus padres, ella no sé, desapareció de un día para otro.

-¿No tenían amigos o parientes?

-No conocí a nadie, puede que la señora Aguirre, la del 5° piso, sepa algo, ellas eran amigas.

Subieron al 5°piso. Explicaron que buscaban a la señora Montiel, la mujer los miró por la mirilla con desconfianza, Garmendia mostró su placa policial, abrió la puerta y los atendió sin hacerlos pasar.

-Juanita se fue sin avisarme, nunca me dijo que pensaba mudarse, estaba mal después de la pérdida de su hijo, quería vengarse de la mujer que manejaba el coche, es de lo único que hablaba.

Salieron del edificio amargados y sin pista que los ayudara, pero algo sonaba en la cabeza de Garmendia y no le encontraba la punta al hilo de semejante ovillo.

-Tengo el pálpito que esa mujer es la culpable del ataque y las amenazas…-dijo Pedro.

-Puede que tengas razón, pero ¿cómo encontrarla?

-Vamos a buscar en internet y en el archivo policial.

Carmona fue al archivo y se encargó de la búsqueda, Garmendia según dijo desapareció tras una corazonada.

Era el final de la tarde cuando Pedro regresó a la oficina, Carmona se estaba preparando para irse, la cara de Garmendia le sugirió que algo bueno había encontrado en su corazonada de visitar el archivo de Clarin.

-En los diarios de dos años atrás, encontré imágenes del juicio, allí descubrí esta joyita -dijo Garmendia mientras desparramaba sobre la mesa varias fotocopias.

Carmona las observó con calma, de pronto separó dos, que lo dejaron con la boca abierta, miró a Pedro y le dijo:

-¡Es la madre del pibe, insultando a Agustina...!

-Vamos, todavía hay tiempo.

Subieron al coche y en pocos minutos llegaron a la casa de Agustina. Les abrió la señora Lula ya lista para irse.

-Qué suerte que la encontramos Lula, queríamos hablar con usted.

Ella los miró asombrada, pasaron los tres, Agustina se acercó sorprendida de verlos a esa hora.

-Siéntese Agustina -dijo Garmendia- usted también señora Lula- Pedro la miraba con gesto hosco.

Lula comprendió y sin replicar tomo asiento. Garmendia sacó las fotocopias de una carpeta y las entregó a Lula.

-¿Qué puede decirme señora?

No respondió. Lo miró desafiante, luego dirigió su mirada a la anciana que los contemplaba a todos sin entender que pasaba.

-Usted es una asesina señora Agustina Velez -dijo Lula-faltó poco para que le hiciera pagar por la vida de mi hijo, ojo por ojo, vida por vida, quería que sufriera, que el miedo la acosara día y noche, pero estos entrometidos derrumbaron mis planes,

La miró con tal odio que Agustina bajó los ojos, luego con voz apenas audible le dijo:

-Fue un accidente, el chico cruzó con el semáforo en rojo y yo no logré frenar a tiempo, hay noches que no logró dormir, la escena de ese día aparece una y otra vez.

-¡No voy a cambiar de idea, usted es una asesina! – los ojos de Lula chispeaban de odio.

Carmona le respondió:

-Creo que usted es la asesina señora Lula, usted preparó, con total alevosía quitar la vida de  Agustina, mientras que la muerte de su hijo fue un accidente, una desgracia por imprudencia.

Garmendia llamó al 911.

Luego que el móvil policial se llevara a Juana Montiel, alias Lula, Agustina entre lágrimas le dijo a Garmendia:

-No voy a acusarla de nada, es una pobre mujer que ha perdido lo mejor de su vida, su hijo y la paz, ya ha sufrido demasiado…

-Está bien Agustina, pero nuestro deber es detenerla, necesita ayuda psiquiátrica y la decisión final no es tuya ni mía, es del juez,