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martes, 7 de abril de 2026

Historia oscura.


 

 

Salieron de la oficina del jefe Mariani con la rabia entre los dientes.

—Qué se cree este tipo -dijo Carmona- nosotros somos investigadores de crímenes y robos, no de misterios y tiene el coraje de mandarnos a la casa de su familia a descubrir sus problemas oscuros.

—Tenés razón, pero hay que hacerlo, partimos hoy para Saldivar.

 

Los setecientos kilómetros y el calor los agotaron.

Saldivar resultó ser un pueblo en medio de la pampa sin grandes pretensiones. Garmendia miraba a todos lados y dijo en voz alta:

—¿Dónde vivirán los Mariani?

—Él muy maldito nos dijo que preguntemos…todos los conocen.

La respuesta de un paisano de a caballo fue señalar con el brazo hacía el sur.

—Sigan ese camino y los van a encontrar en la lomada, acá no hay calles ni número —exclamó sonriente.

La casa de los Mariani era un casco de estancia encallado sobre una loma, rodeada de eucaliptus y sauces que le daban un aire misterioso. Abrieron la tranquera y entraron. Salió a recibirlos un tipo alto y ancho de cuerpo, junto a una mujer tan alta como él y muy delgada, eran Ramiro y Teresa, los tíos del jefe.

– Nos manda Ramón Mariani -dijo Garmendia.

El hombre sonrió y estrechó la mano de los dos.

Atardecía, un viento frío aliviaba el calor del largo viaje vivido. Les ofrecieron mate y tortas fritas y luego de los saludos, preguntaron cuál era el misterio por el que pidieron ayuda.

—¿Cómo no les dijo? —exclamó Ramiro.

Negaron con la cabeza.

—Han muerto dos personas de manera muy rara, hace años sucedieron otras muertes muy parecidas, situaciones que no tienen explicación, últimamente han llegado a causar algunos estragos peligrosos y comenzamos a sospechar.

—¿Quién produce esos estragos? —preguntó Carmona.

—Cuatro árboles que están camino al río.

Los detectives se miraron, pero quedaron en silencio esperando una mayor definición.

—No piensen que me burlo, es real —dijo Ramiro— son una rara especie que parece ser inteligente y atacan en ciertos días a los que pasan por ese sendero.

Teresa que había permanecido en silencio, habló:

—El primer joven al que dieron muerte fue mi sobrino Lucas, llevaba un rebaño de ovejas y cruzó ese camino, las ramas se desprendieron de los árboles y lo atacaron, fue casi una locura, las hojas rojas, formaron una manta y lo envolvieron, las ramas lo castigaron mientras las ovejas asustadas se dispersaron en distintas direcciones, el muchacho llegó a la estancia, herido y nos contó todo —Teresa hizo silencio el llanto la ahogaba— en las muñecas tenía cortes, por más que lo vendamos perdió mucha sangre, al día siguiente murió.

Quedaron todos en silencio, fue Ramiro quien continuó el relato:

—Dijo el médico que su muerte no fue por la pérdida de sangre, fue envenenamiento, esas hojas largan un líquido rojo que penetra en la piel y es un veneno desconocido y fulminante.

—Dijeron dos muertes… ¿Y qué más? —dijo Pedro.

—El otro fue un médico del pueblo, no sabemos a qué hora sucedió, a la mañana lo encontraron en la orilla del río, con cortes en las muñecas y marcas de golpes en todo el cuerpo, analizaron su sangre y encontraron el mismo veneno que mató a Lucas, los compañeros del hospital dijeron que tenía intenciones de cortar hojas para analizarlas y…murió por eso…

—Aparte —dijo Teresa— desaparecen animales de la estancia y aparecen muertos cerca de los árboles, varias ovejas y dos perros en el último mes…

—Hace años desaparecieron dos chicas y todos creímos que se habían escapado para vivir en la ciudad, el mes pasado encontraron sus restos y se dijo que los lobos las habían atacado, hoy sabemos que no fueron los lobos.

—¿Qué hacen las autoridades?

Pedro se removía en su silla sin poder entender semejante historia.

—Las autoridades no nos creen a todo le encuentran una explicación lógica, dicen que somos supersticiosos, hasta nuestro sobrino no nos cree y es jefe de la policía, Ramón, los mandó para que lo dejemos tranquilo.

Ramiro se encogió de hombros con un gesto de rabia y tristeza.

—Espero que ustedes nos crean y puedan hacer algo —dijo Teresa— mucha gente se fue del pueblo, otros no se acercan al lugar y con eso piensan que ya se pueden quedar tranquilos.

Garmendia todavía incrédulo respondió:

—Vamos a hacer lo posible.

Se acostaron temprano, el viaje largo, el calor y las noticias de esos árboles los había agotado. En el piso superior de la estancia les habían preparado un cuarto cómodo con dos camas, una mesa cerca de la ventana, sillas y un mueble para su ropa.

El canto de un gallo tempranero los despertó. Bajaron y Teresa ya les había preparado el desayuno.

Salieron a conocer a los extraños árboles.

El paisaje de ese principio del verano era agradable, el calor apenas se notaba, caminaron admirando el paisaje, las flores salvajes y los espinillos en flor, eran un deleite a los ojos. Divisaron los árboles por los datos que los Mariani les dieron. Verlos fue peor a cualquier idea que se hubieran formado.

Troncos de color pálido, ramas enormes extendiéndose a los costados se enredaban entre ellas y las hojas grandes como la mano de una persona y rojas, se estremecieron al ver los troncos, un movimiento interno los movía suavemente.

—Parecen respirar —exclamó Pedro— no nos acerquemos.

Recordó que las hojas contenían veneno.  

Se alejaron unos metros, las ramas se agitaban siguiendo sus pasos, el pánico de Carmona lo hizo alejarse más, Garmendia lo siguió.

Las ramas comenzaron a gemir de una forma que ponía la piel de gallina, la respiración de los troncos se elevaba por momentos, se movían, una risa burlona se alzó cerca de ellos, no lograban entender desde dónde llegaba. Lo que creyeron supersticiones del pueblo era una realidad que frente a ellos se alzaba y se burlaba.

—No podemos con esto —dijo Pedro trémulo— mejor regresemos.

El camino de regreso fue diferente, ya no miraron las flores ni el verde paisaje, el pensamiento de ambos estaba en buscar una forma de destruir esa maldad con forma de árbol que acababan de ver.

Subieron a su cuarto sin almorzar, no lograban serenarse, ni articular un pensamiento lógico. De pronto un golpe en los cristales de la ventana los sacudió, eran ramas, las ramas de los árboles, la sorpresa los aturdió, quedaron estáticos sin saber que hacer, si los cristales se rompían estaban perdidos, el ruido fue ensordecedor, los vidrios no soportaron la fuerza de los golpes, en ese momento apareció Ramiro con una guadaña, las fue golpeando hasta hacerlas caer, otras lograron escapar, Ramiro con la fuerza de sus brazos acostumbrados al trabajo del campo las liquidó en segundos. Garmendia y Carmona no lograban volver del espanto vivido, solo al ver las ramas en el piso quietas y sin vida respiraron tranquilos nuevamente.

El terror tardó en dejarlos reaccionar. Bajaron a la cocina, Teresa les sirvió algo fuerte y la conversación con ella y Ramiro los serenó.

—No se puede vivir así, hay que hacer algo, ¿pero, qué?—dijo Pedro— no se me ocurre nada posible para destruirlos.

Fue entonces que Carmona exclamó:

—Tengo una idea, juntemos las ramas que quedaron en el piso las llevamos al campo y probemos con el fuego.

Lo hicieron. Con combustible y algunas maderas, las quemaron. El resultado fue bueno en poco tiempo se consumieron hasta reducirse a cenizas.

—Por lo visto es lo único que puede destruirlos —dijo Carmona —Primero debemos arrancarlos —la voz de Ramiro los trajo a la realidad— ¿Cómo?

Los detectives lo miraron en silencio, era una realidad la que les planteaba.

—Para eso necesitamos maquinaria pesada, para excavar y palanquear y destoconadoras para triturar las raíces subterráneas—dijo Ramiro— ¿Cómo conseguir esa maquinaria? El brazo hidráulico de esas máquinas cava y extrae las raíces.

—Hay que pedir ayuda a Mariani, solo él puede conseguirlas — dijo Pedro.

Fueron al pueblo y desde la única oficina telefónica del lugar, Garmendia habló con el jefe Mariani, que respondió que él no podía conseguir nada, que no tenía fondos y mil excusas.

Pedro furioso le respondió:

—Mariani no podemos hacer nada si no manda ayuda, lo hace o nos vamos y todo queda como está…

Pedro cortó la comunicación.

Días después el pueblo observó extrañado la maquinaria pesada que entraba en Saldivar.

Con las cabinas cerradas de las excavadoras por temor al ataque de las ramas, los operarios comenzaron la tarea llevó casi todo el día arrancarlos, la tierra pareció moverse por la fuerza de los árboles, los gemidos se escuchaban como truenos. Las hojas se desprendieron en un manto que intentó atacar a las máquinas, a medida que pasaba el tiempo y los árboles eran arrancados iban perdiendo fuerza, caían sobre la tierra estremeciéndose en un aullido agónico. Garmendia y Carmona miraban desde su coche y con los nervios a flor de piel, las ventanillas cerradas y el corazón batiendo a mil. Las ramas se retorcieron por horas, una de ellas en un movimiento que no esperaban, se elevó de pronto y se arrojó sobre el coche de Garmendia y Carmona, sin fuerzas resbaló y cayó en tierra.

Al ver a los árboles caídos, sin vida, Teresa y Ramiro no pudieron contener el llanto, la emoción los superaba.

El pueblo de Saldivar fue acercando maderas, cartones y combustible para lograr que el fuego destruyera la maldad que durante tantos años les asoló la vida con el miedo.

Las horas pasaban, las llamas los fueron cubriendo y al día siguiente lograron verlos reducidos a cenizas.

Cubiertos de hollín y agotados los detectives regresaron a la estancia, festejaron, brindaron y luego de un merecido baño durmieron hasta el día siguiente al mediodía que Ramiro los despertó con mate y tortas fritas.

La pregunta salió de Carmona:

—De dónde salieron esos árboles, nunca vi nada igual, si me lo cuentan no lo creo.

—Yo nací en este pueblo —dijo Ramiro— y me contaron mis padres que ya estaban cuando ellos llegaron, solo que en ese entonces o la gente no se daba cuenta o no eran tan agresivos, lo cierto que muchas historias misteriosas se contaban en secreto, pero nadie imaginaba que esas cosas las hacían los árboles.

—Sinceramente todavía estoy asombrado por lo que hemos vivido—exclamó Garmendia.

 

Regresaron a la ciudad, cansados, ojerosos pero felices.

Al verlos, Mariani se acercó y con esa voz chillona y prepotente que lo caracterizaba les dijo:

—Quiero un informe y no me vengan con esa pavada de árboles asesinos, quiero seriedad por favor y nada de andar por los pasillos contando hazañas imaginarias.

La respuesta salió a dúo, pero no se puede reproducir en esté blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Un fantasma en la plaza Echeverría.


 

 

 

No siempre Garmendia y Carmona resuelven sus casos por su astucia, esta vez recibieron ayuda de un fantasma y un simple mortal.

Isaac Gorman sabe que la mezcla de bebidas le hace mal, pero no puede decir que no a las invitaciones de sus amigos, debe ser el vodka y el ron barato, unidos a la cerveza, que lo hacen   caminar a paso lento. La vereda se mueve, o tal vez le parece a él, las vías del tren se ondulan ante sus ojos y se mueven solas. Cruzó a duras penas la estación Urquiza, menos mal que nadie circulaba y que no encontró policías, sino, era seguro que lo encerraban en una celda hasta que se le pasara la mona. Eran las dos de la mañana.

Llegó a la plaza Echeverría, buscó donde sentarse, las rejas que rodean la plaza parecían no tener una puerta de entada, hasta que al fin encontró una, faltaba poco para llegar a su casa, pero la borrachera lo obligó a dejarse caer en un banco.

—Heyyy despierte…

Alguien lo zamarreaba. No lograba abrir los ojos. El otro lo agarró de las solapas del abrigo y lo sentó. Se miraron.

—Qué mierda querés…-dijo furioso.

—Que me ayudes.

Se volvió a acostar y el tipo lo volvió a levantar.

—Borracho del diablo, presta atención, te necesito.

Isaac fue tomando consciencia de que no iba a poder dormir tranquilo, observó al hombre: era muy flaco llevaba un gabán oscuro y fino para el frío que azotaba aquella madrugada de julio y una chalina azul de seda.

—¿No tenés frío? —le preguntó.

—No. Los fantasmas no tenemos frio ni calor.

—¿Fantasmas?

¿Fantasmas, había entendido bien? La borrachera me está volviendo loco, pensó, mientras miraba al otro de arriba abajo.

—¿Por qué no me dejas dormir?

—Ya te dije, me tenés que ayudar, estoy preso en esta plaza, no puedo salir y nadie me ayuda, cada vez que me acercó a alguien y le cuento, escapa asustado, no puedo acceder al mundo de los muertos y descansar en paz.

—Y yo qué culpa tengo, yo solo quiero dormir, quién no te deja acceeer.…

La lengua de Isaac se trababa, era un cartón rígido, no lograba articular bien las palabras y cuando lo lograba, lo hacía con una voz pastosa que apenas se oía. El hombre se sentó a su lado y le dijo:

—No sé bien que me sucedió, solo recuerdo, a una mujer que me pidió ayuda, algo le pasaba, su cara transmitía mucho miedo, y yo la quise ayudar… de pronto apareció un hombre armado con un cuchillo y me atacó, sin decir nada ni preguntarme quién era. Así terminó mi vida en esta plaza y de ella no logro salir…  

Isaac lo miraba sin poder creer lo que estaba escuchando, tambaleando se puso de pie y mientras se alejaba le dijo:

—Soy borracho, pero no estúpido.

Y se fue. El otro quedó mirándolo sin decir nada.

Caminó las pocas cuadras hasta su departamento, el ascensor estaba abierto, subió y apretó el cuarto.   Luego de buscar la llave un largo rato, entró por fin. Sin desvestirse se dejó caer en la cama. Escuchó que las sábanas lo envolvían con un arrullo y se quedó dormido.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, por la ventana el sol del mediodía se adueñaba de los rincones y rebotaba en el espejo como una espada filosa.

Otra vez voy a llegar tarde al trabajo, se dijo. Era vendedor en un local de ropa deportiva.  Preparó un café, se cambió la ropa y las campanas de una Iglesia vecina lo trajeron a la realidad. Era domingo. Se volvió a quitar la ropa y nuevamente se acostó.  

Despertó el domingo al mediodía.   

Regresó a la plaza, un sol dominguero iluminaba los árboles, algunas personas circulaban sin apuro, se sentó en el mismo banco de la madrugada del sábado. Una anciana tejía sentada frente a él. Un grupo de niños corrían, otros jugaban a la paleta. Varias madres conversaban, todo normal, ningún fantasma le salió al encuentro. Aquello debió ser producto de su borrachera.

Fue a comprar unas empanadas para almorzar y cuando regresaba, observó colgada de la rama de un árbol, una chalina azul, recordó al fantasma, la llevaba en el cuello. Entonces no fue una visión de mi borrachera, se dijo. Fue real.

 

Pasó el día tirado en la cama, tratando de recuperarse del malestar que le había dejado la bebida. Llegó la noche y no lograba conciliar el sueño, solo pensaba en ese hombre-fantasma. Iría a la plaza.  

Al llegar observó cada detalle, no había nadie dando vueltas –se dijo-  era hora de dormir no de estar boludeando en la búsqueda de fantasmas.

—Señor…

La voz pareció brotar de la tierra misma.

Se volvió y allí estaba, era el mismo tipo del sábado.

—¿Volvió para ayudarme? —le preguntó.

—No sé cómo ayudarlo…

—El hombre que me atacó, lo hizo presa del odio, creo que me creyó amante de su esposa o que se yo lo que imaginó, yo no la conocía, él escondió mi cuerpo en algún lugar cercano a la plaza, por eso no logro salir de ella. Debo recibir sepultura, para dejar de peregrinar por las noches…

Isaac creyó que le estaba tomando el pelo, ¿buscar un cadáver? Pero la cara nívea del hombre, el tono violáceo que rodeaba sus ojos, demostraba que no era una broma. Sintió pena por ese desecho que había sido humano y le preguntó:

—¿Y cómo busco su cadáver?

—Tengo una esperanza que puede dar resultado y es mi reloj —le mostró la muñeca desnuda— yo lo tenía puesto y sonaba mañana y tarde, siempre a las seis, estaba trabado y no lograba cambiar ese sonido ni apagarlo. Seguramente se me cayó cuando mi asesino me llevaba y se debe seguir escuchando la alarma cada día.

—Pero después de cierto tiempo la alarma se termina junto con las pilas…

—Mi alarma seguía funcionando siempre.

Isaac lo miró sin creer demasiado en sus palabras, ninguna alarma funciona sola, pensó y siguió caminando con su extraño personaje como acompañante. Dieron vueltas y vueltas por la plaza, nada descubrieron. Amanecía cuando el hombre comenzó a cambiar, su figura se fue haciendo transparente hasta convertirse en una bruma gris y desapareció totalmente.

 

Lunes.

Isaac llegó tarde al trabajo, sus ojeras delataban cansancio, el encargado lo observó, pero no dijo nada, entendió que debía haber pasado una noche difícil. El día transcurrió sin problemas, algunas ventas y poca conversación. Algo le sucede a Isaac, comentaron sus compañeros, sin embargo, nadie le preguntó qué le sucedía.

Salió antes de las seis, recorrió el barrio y nada llamó su atención, ningún sonido parecido a la alarma de un reloj se escuchó en la plaza.

Comió unas minutas en el bar de la esquina de su casa y fue directo a su departamento, el agotamiento de su cuerpo le pedía dormir, se acostó temprano.

Martes.

Se despertó a las cinco de la mañana, se vistió apurado y salió. Estaba amaneciendo, un silencio brumoso, rodeaba el barrio, recorrió las calles cercanas a la plaza. Eran casi las seis, creyó que lo mejor era regresar a su casa, desayunar y marchar a su trabajo. De pronto un sonido cruzó el aire. Llegaba de la vereda de enfrente a la Plaza Echeverría. Al acercarse a un negocio con las cortinas bajas y oxidadas, la resonancia fue más clara. Si, no había duda, de allí venia ese sonido parecido a la alarma de un reloj. ¿Cómo entrar? El local estaba cerrado y a simple vista se notaba que hacía mucho tiempo que esas persianas permanecían bajas, la puerta del costado cubierta de telarañas denunciaba el abandono del lugar. Comenzaba a cruzar gente, que iba a su trabajo y lo miraban con desconfianza. Fue a desayunar al café de enfrente.

Le preguntó al mozo de quién era ese negocio.

El mozo gentilmente le contó la historia del local cerrado. Después de un asalto el dueño, don Nicolás Ferrara, decidió cerrarlo. Fingió interés en alquilarlo y obtuvo la dirección del propietario, vivía cerca.

 

Su día de trabajo fue tranquilo, demasiado, solo vendió una remera de los calamares. Su cabeza estaba en otro lado. ¿Qué le iba a decir al dueño del local?

Salió del trabajo, antes de la hora de cierre y fue derecho a la dirección que le había dado el mozo del bar.

Lo atendió un señor mayor, lo escuchó con interés, cuando le dijo que quería ver el local, pero pareció molesto.

—Le puedo mostrar el plano y allí vera los metros del negocio —exclamó Ferrara, sin mucha convicción.

—Imagínese que no puedo alquilar un local que no veo… —le dijo.

Al final y después de hablar largo rato, Ferrara aceptó ir al negocio.

Al costado del local estaba la puerta por la que se entraba a un pasillo y luego otra que daba al local. La dejadez era reina, telarañas, vidrios rotos y hasta lauchas escaparon asustadas al verlos, el olor a encierro y suciedad flotaba en el ambiente. Recorrió los rincones y nada llamó su atención.  El hombre se acercó a una puerta que daba al fondo del terreno, la abrió y le señaló los baños, eran dos, abrió el primero que se veía deteriorado y le dijo:

—Cómo ve, va a tener que hacer algunas reformas.

Al intentar entrar en el otro, la puerta se trabó, Ferrara la forzó, pero algo no permitía el acceso. Con un fuerte empujón cedió y al ver que era lo que la había trabado, el hombre retrocedió espantado. Isaac no necesito mirar, ya sabía qué había causado el pavor de don Nicolás Ferrara.

A partir de ese momento todo se fue desarrollando ante el asombro de Ferrara y de Isaac; llamaron al 911, llegaron los uniformados, la Policía Científica, detectives, forenses, fotógrafos y periodistas.

El detective Pedro Garmendia y Carmona, su ayudante, se hicieron cargo del caso.

La indagación policial, a cargo de Garmendia, sacó a la luz una trama oscura.

¿Cómo llegaron a descubrir al asesino?

Ante las investigaciones del detective, surgieron varias preguntas: ¿Las llaves del local, aparte del dueño, ¿Quién tiene otro juego en su poder?

Garmendia preguntaba sin dejar respirar a Ferrara.

Nadie, dijo Ferrara, pero luego recordó que uno de sus empleados nunca le había devuelto las llaves del negocio, había sido el encargado y se llamaba: Santiago Galíndez.

Santiago era un hombre de mal carácter, enojado con Ferrara por el cierre del local y por dejarlo sin trabajo, no entregó las llaves. Garmendia citó a los tres ex empleados, dos se presentaron, menos Galíndez. El detective preguntó a sus ex compañeros: ¿Cómo era Galíndez? Uno de ellos, recordó que era violento y muy celoso, solía llamar a su esposa varias veces al día para confirmar que estaba en su hogar.  

Necesitaban hablar con Galíndez, fueron Garmendia y su ayudante Carmona a buscarlo a su casa, la esposa los recibió, escuchaba al detective, y se frotaba las manos presa de  angustia, al fin,  ahogada por la culpa de haber callado tanto tiempo la verdad; declaro cómo sucedió el caso.

“Discutimos mi esposo y yo, por una pavada, me había cortado el pelo sin avisarle y él se enojó, dudaba siempre de mi fidelidad, cualquier tema lo irritaba. Esa noche Santiago había bebido más de la cuenta y viendo que yo gritaba más que él, sacó un cuchillo e intento atacarme, escapé a la calle, corrí pidiendo socorro, pero nadie se asomó, era pasada la medianoche, al llegar a la plaza apareció un hombre, lo abracé y recuerdo que le dije: “Mi marido me quiere matar”. Santiago, apareció de golpe, el pobre tipo intentaba calmarlo, al verlo con un arma, le rogó que se tranquilizara, pero Santiago arremetió contra él y sin motivo lo hirió, lo dejó tirado en la plaza, me agarró de un brazo y me llevó a casa, me encerró con llave y salió nuevamente. Cuando regresó me dijo que el hombre estaba muerto y había arrojado el cuerpo en un terreno baldío.”

Se llevaron preso a Galíndez.

El pobre tipo asesinado era Adrián Santeño, un mozo de restaurante que aquella trágica noche, regresaba a su casa después de diez horas de trabajo.

 

 

 Adrián Santeño no tenía familia, una vez que la policía concluyó el peritaje, Isaac se encargó que fuera sepultado tal como el fantasma le había pedido.

Garmendia y Carmona siguieron su vida sin haberse enterado que el caso en realidad lo descubrió un fantasma y un borrachito que a partir de ese momento dejó la bebida.

Hay veces que Isaac recuerda aquella aventura y llega a dudar de que haya sido verdad. Por momentos cree que pudo ser producto de un mal sueño, o de alguna de esas tremendas borracheras, que nunca volvió a repetir, pero al contemplar la chalina azul que quedó colgada en su perchero, no duda, sabe que todo fue real.

 

 

 

 

lunes, 23 de febrero de 2026

Garmendia y el caso de las amenazas.


 


 

La casa de Agustina Velez era antigua, pero se veía bien conservada. Su dueña los recibió con una sonrisa. Los recuerdos afloraron con emoción para Garmendia, esa casa, esa mujer, le recordaron momentos felices de su niñez, la madre de Garmendia y Agustina Velez habían sido muy amigas.

 

-Mi querido Pedro cuantos años sin verte…

Y con esa frase lo abrazó con ganas. Carmona observaba la escena sin decir nada y esperando que Garmendia lo presentara.

-Agus te presento a mi compañero Carmona.

Carmona se acercó amablemente y estampó un beso en la mejilla de la anciana, quien los tomó a cada uno del brazo y con voz angustiada dijo;

-Ay Pedro que días difíciles estoy viviendo, alguien me acosa con amenazas y no sé cuál es el motivo.

Los soltó, quedó frente a ellos, estrujaba sus manos, y al ir recordando las situaciones vividas se le llenaban los ojos de lágrimas.

-Mejor vamos a la cocina y les preparo un cafecito.

En ese momento entró una mujer, tendría unos cuarenta años, sonriente les dijo;

-Soy Lula, acompañante de la señora Agustina, yo me voy a encargar del café.

-Vamos a la cocina, es más cómoda y cálida – dijo la anciana.

Tomaron asiento alrededor de la mesa. Mientras Lula preparaba el café, Agustina les relató su problema;

-Desde hace poco más de un mes recibo amenazas, papeles pegados en la puerta de entrada – hizo silencio tratando de tranquilizar la angustia que la dominaba- mensajes a mi celular, ayer arrojaron una piedra que rompió el vidrio de mi cuarto, venia envuelta en un papel…

Se puso de pie y fue hasta un mueble, sacó una caja y la puso sobre la mesa, dentro estaban los papeles con las amenazas, todos eran iguales, de color blanco sin rayas.

-Aparte me llaman a cualquier hora, dos o tres de la mañana y siempre dicen lo mismo, me acusan de asesina y que voy a pagar el horrendo crimen que cometí…hace unos días fui a visitar a mi amiga Ana que vive enfrente, era de noche y al cruzar miré muy bien, la calle estaba vacía, de pronto un auto que estaba estacionado apareció de golpe e intentó atropellarme, no sé cómo lo hice pero corrí hasta alcanzar la vereda, él subió sobre el césped y me salvó el árbol que lo detuvo, salió a gran velocidad y se perdió calle arriba.

Ya no aguantó más y se largó a llorar. Lula sirvió el café, se acercó y abrazó a Agustina.

-Tranquila Agustina -dijo Garmendia poniéndose de pie y apoyando su mano en el hombro de la anciana- tenés idea de quién puede amenazarte, alguien con quién hayas tenido problemas…tal vez, acusaste a un tipo en tus tiempos de abogada y lo mandaste a la cárcel…

-No, hace casi veinte años que no ejerzo mi cargo, abandoné todo por mis problemas de salud, el estrés que me producía afectó mi corazón y debí elegir, el trabajo o mi salud…

Garmendia asintió a las palabras de Agustina.

-Me voy a llevar la caja, vamos a analizar el caso.

Salieron acompañados de Lula, ya en la puerta le preguntó:

-¿Hace mucho que trabaja con Agustina?

Con una voz que no admitía replica respondió:

-Un  año, ¿qué pasa me considera sospechosa?

-Que susceptible que es usted, el motivo de mi pregunta es otro, puede que Agustina imagine o invente ella misma esas amenazas, usted está todo el día y pudo notar detalles importantes.

Lula se puso roja, con un cambio de voz respondió:

-Me parece una persona muy tranquila, pero es cierto que los llamados y los papeles los pegan por la noche, yo me retiro a las 8;00pm después de servirle la cena y dejar la cocina limpia, no sé quién puede ser....

 

Los investigadores analizaron los papeles, no había huellas, habían usado guantes.

Al día siguiente volvieron a ver a Agustina, las preguntas giraron en torno a su tiempo de abogada, nada importante recordaba, fue necesario visitar al abogado Mancuso, jefe del estudio en que Agustina trabajó durante treinta años. Las palabras del abogado fueron justas:  la mayoría de los casos se extinguieron por haber transcurrido cierto período de tiempo, especialmente un plazo legal previsto por ley, casi todos los protagonistas ya no existen.

 -No creo que nadie tenga alguna bronca almacenada contra Agustina – respondió.

Salieron desilusionados, fueron al bar del gallego, tal vez unas cervecitas les aclararan los sentidos. Mientras bebía, Garmendia recibió un llamado de Mancuso.

“He recordado que hace cuatro años Agustina manejaba su coche y atropelló a un adolescente que cruzó la calle con luz roja, ella frenó, pero el golpe provocó una caída, eso hizo que la cabeza del joven   golpeara contra el cordón de la vereda y su muerte fue instantánea, una desgracia, Agustina quedó absuelta, pero los padres intentaron atacarla cuando salía del juicio, recuerdo que la madre  gritaba como poseída; ¡¡Asesina, lo vas a pagar!! Luego del juicio no volvimos a tener noticias de ellos, creo que se separaron.”

Garmendia pidió los nombres de la pareja y su dirección.

Sus nombres era Juana y Enrique Montiel, a dirección era en Villa Devoto, allá fueron.

-Ya no viven aquí -les dijo el portero del edificio- se separaron después de la muerte del hijo, ella quedó alterada, peleaba con todos los vecinos y al marido lo volvía loco, era rara desde siempre y después de la desgracia vivida, fue peor...

-¿No dejaron la nueva dirección? - preguntó Carmona.

-No, él hombre quedó un tiempo en el departamento y luego se mudó a Mendoza donde viven sus padres, ella no sé, desapareció de un día para otro.

-¿No tenían amigos o parientes?

-No conocí a nadie, puede que la señora Aguirre, la del 5° piso, sepa algo, ellas eran amigas.

Subieron al 5°piso. Explicaron que buscaban a la señora Montiel, la mujer los miró por la mirilla con desconfianza, Garmendia mostró su placa policial, abrió la puerta y los atendió sin hacerlos pasar.

-Juanita se fue sin avisarme, nunca me dijo que pensaba mudarse, estaba mal después de la pérdida de su hijo, quería vengarse de la mujer que manejaba el coche, es de lo único que hablaba.

Salieron del edificio amargados y sin pista que los ayudara, pero algo sonaba en la cabeza de Garmendia y no le encontraba la punta al hilo de semejante ovillo.

-Tengo el pálpito que esa mujer es la culpable del ataque y las amenazas…-dijo Pedro.

-Puede que tengas razón, pero ¿cómo encontrarla?

-Vamos a buscar en internet y en el archivo policial.

Carmona fue al archivo y se encargó de la búsqueda, Garmendia según dijo desapareció tras una corazonada.

Era el final de la tarde cuando Pedro regresó a la oficina, Carmona se estaba preparando para irse, la cara de Garmendia le sugirió que algo bueno había encontrado en su corazonada de visitar el archivo de Clarin.

-En los diarios de dos años atrás, encontré imágenes del juicio, allí descubrí esta joyita -dijo Garmendia mientras desparramaba sobre la mesa varias fotocopias.

Carmona las observó con calma, de pronto separó dos, que lo dejaron con la boca abierta, miró a Pedro y le dijo:

-¡Es la madre del pibe, insultando a Agustina...!

-Vamos, todavía hay tiempo.

Subieron al coche y en pocos minutos llegaron a la casa de Agustina. Les abrió la señora Lula ya lista para irse.

-Qué suerte que la encontramos Lula, queríamos hablar con usted.

Ella los miró asombrada, pasaron los tres, Agustina se acercó sorprendida de verlos a esa hora.

-Siéntese Agustina -dijo Garmendia- usted también señora Lula- Pedro la miraba con gesto hosco.

Lula comprendió y sin replicar tomo asiento. Garmendia sacó las fotocopias de una carpeta y las entregó a Lula.

-¿Qué puede decirme señora?

No respondió. Lo miró desafiante, luego dirigió su mirada a la anciana que los contemplaba a todos sin entender que pasaba.

-Usted es una asesina señora Agustina Velez -dijo Lula-faltó poco para que le hiciera pagar por la vida de mi hijo, ojo por ojo, vida por vida, quería que sufriera, que el miedo la acosara día y noche, pero estos entrometidos derrumbaron mis planes,

La miró con tal odio que Agustina bajó los ojos, luego con voz apenas audible le dijo:

-Fue un accidente, el chico cruzó con el semáforo en rojo y yo no logré frenar a tiempo, hay noches que no logró dormir, la escena de ese día aparece una y otra vez.

-¡No voy a cambiar de idea, usted es una asesina! – los ojos de Lula chispeaban de odio.

Carmona le respondió:

-Creo que usted es la asesina señora Lula, usted preparó, con total alevosía quitar la vida de  Agustina, mientras que la muerte de su hijo fue un accidente, una desgracia por imprudencia.

Garmendia llamó al 911.

Luego que el móvil policial se llevara a Juana Montiel, alias Lula, Agustina entre lágrimas le dijo a Garmendia:

-No voy a acusarla de nada, es una pobre mujer que ha perdido lo mejor de su vida, su hijo y la paz, ya ha sufrido demasiado…

-Está bien Agustina, pero nuestro deber es detenerla, necesita ayuda psiquiátrica y la decisión final no es tuya ni mía, es del juez,

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 29 de enero de 2026

La modelo.


 

Los alumnos del taller de dibujo y pintura esperaban, algunos conversaban tranquilos, otros miraban el reloj, habían pasado quince minutos de la primera hora de clase, ni la modelo, ni el profesor aparecían.

Una hora después, ya algunos se habían retirado se presentó Raúl, pálido, desencajado.

Quedó de pie frente a los alumnos, hasta que mirando a uno por uno dijo:

-Ha muerto Doris…

Un murmullo de labios apretados creció en el ambiente.

—¿Qué pasó…? —Preguntó uno de los alumnos.

—No lo sé —la respuesta se confundió con un sollozo— como no asistió al taller, la llamé al celular, no atendió, llamé a la hermana y me dijo que apareció mal herida en la estación de Coghlan… la encontró un cartonero que pasaba y que corrió al hospital Pirovano para avisar, llamaron a la policía y no sé más… el taller se va a cerrar por varios días…

Garmendia y Carmona estudiaban los detalles que les entregó la mujer policía que fue la primera en llegar a la estación de trenes, el reporte decía; Encontré a la joven sin sentido y muy golpeada, minutos después llegó la ambulancia, horas después la joven, falleció debido a los golpes sufridos.

-¿Cómo llegó a la  estación y nadie vio nada?-preguntó Carmona.

--Es una estación con poco movimiento y alguien la estaba esperando -Garmendia comenzó a dar vueltas y pensando en voz alta- ella sale del taller de Galíndez a las 21,00hs, caminó hasta Retiro, son pocas cuadras, y de allí no se sabe nada de ella...

-Trabajaba en la escuela de arte, con el pintor Galíndez y ¿dónde más?

-Según la hermana: modelaba en dos talleres de dibujo y pintura, hasta hace un mes modeló con un tipo que realizaba desnudos en acuarela, dejó porque no le pagaba y siempre discutían, vamos a tener que visitar a todos y ver dónde encontramos la punta del ovillo.

Garmendia encontró el primer taller cerrado y con una cinta negra en la puerta. Un vecino le dio la dirección de Raúl, el encargado y profesor, vivía en una casa cercana al taller.

Raúl se notaba muy apenado y sin ganas de hablar, tendría unos cincuenta años y no podía creer lo sucedido.

Le dijo que Doris era una joven amable y responsable en su trabajo, no le conocía novio ni amoríos y que era poco conversadora y todos los alumnos la apreciaban.

Acompañó a Pedro hasta la puerta y recordó algo que al detective le pareció interesante. Doris solía comentar el mal humor y mal trato de un pintor con el que trabajaba, pero no le dijo a Raúl quién era, a pesar que varias veces le recomendó que lo dejara.

En el segundo taller la profesora Marquesini fue muy parca en sus respuestas, la presentó a la modelo como muy cumplidora en su trabajo, pero poco amable con el alumnado.

-Es que tenía que serlo, todos se enamoraban de ella – la que habló así fue una joven que se acercó a participar de la conversación.

-¿Usted quién es?  -preguntó Garmendia.

-Clara Ríos soy profesora en este taller, Doris era muy bonita y los chicos y los no tan chicos se enamoraban de ella…es muy triste lo que ha pasado.

-¿Alguna de ustedes era amiga de ella?

Las miró a los ojos esperando ver sus reacciones, nada sucedió los dos negaron tener amistad con Doris.

-Éramos compañeras de trabajo -dijo Marquesini -Doris no daba lugar para amistades.

-¿Le parecía antipática? -Preguntó Pedro.

-Antipática no, solo muy reservada, era como si esquivara las preguntas personales.

Clara aprobó sus palabras con un movimiento de cabeza.

Garmendia se despidió y salió pensando que la punta del hilo que desenredara la trama del crimen no aparecía, tal vez Carmona tuviera más suerte.

Esa tarde se encontraron los investigadores en el bar del gallego, pidieron cervezas, cada uno traía su decepción a cuestas.

-Nada que sea interesante -exclamó Carmona- en un rato voy a visitar a Galíndez.

Galíndez vivía sobre la calle Arroyo, un barrio muy elegante para el taller de un pintor desconocido, él lo recibió amablemente. Mientras el pintor preparaba café, Carmona recorría los cuadros, fascinado ante tanto arte no pudo evitar decirle:

-Que buenas pinturas, ¿se especializa en retratos?

-Así es, me alegra que le guste.

Señalando varios retratos de bellas modelos Carmona preguntó:

-¿Cuál de ellas es Doris?

Galíndez retiró la tela blanca de un retrato sin terminar y dijo:

-Ella es Doris.

Carmona quedó admirado por la belleza de la joven y la calidad del retrato.

-Era Hermosa – dijo en un susurro.

-Hermosa y tonta, se metía con tipos que no la merecían, se lo dije varias veces, ese fulano es un vividor, te mereces otra cosa, pero ella no me hacía caso…

Las últimas palabras las dijo con tanta tristeza que la voz se le ahogo en la garganta.

-¿Sabe quién era o al menos el nombre…?

-Si se llama Juan Pablo Castillo y tengo una foto que ella olvidó donde están los dos, ella siempre hablaba que pasaba los fines de semana con él en su departamento de Olivos.

Fue hasta un mueble y sacó una foto que le entregó a Carmona.

- ¿La puedo llevar? - Galíndez asintió.

Al retirarse acompañado por el pintor, Carmona insistió:

-¿No recuerda algo más que pueda ser interesante para la investigación?

El pintor negó con la cabeza, Carmona le entregó una tarjeta con su celular y se fue.

Carmona salió pensado y hablando solo.

-Veremos a ese noviecito… no me resulta muy agradable, hay que averiguar quién es y visitarlo.

No fue difícil, Castillo tenía algunas entradas por robo y su dirección que estaba en el sistema, combinaba con las palabras de Galindez; vivía en Olivos.

Fueron a visitarlo.

Llegaron los dos detectives, pidieron por el portero eléctrico y una voz grave respondió. No les abrió la puerta, y en pocos minutos bajó. La apariencia del joven era desagradable, su ropa daba la impresión de llevarla por semanas y hasta de dormir con ella, barbudo y con los ojos enrojecidos, era deprimente mirarlo. Fueron a un bar cercano y Garmendia le pidió que les dijera su relación con Doris.

-No era nada más que un amorío de poco tiempo, no la conocí bien, no sé qué decirles.

-Una relación de fin de semana durante casi un año… no es un amorío, trate de ser sincero sino le va a ir mal.

La voz de Garmendia fue cortante y su mirada dura no le dejó tiempo a Castillo de seguir mintiendo.

-Es que ella era pesada, quería una relación seria y a mí eso no me interesaba, seguía con ella porque siempre me salvaba de mis problemas con el juego.

Los miró uno a uno y dijo:

-Estoy amenazado, debo mucho dinero y no sé cómo salir de este atolladero, Doris me daba dinero y con eso los calmaba por semanas, luego comenzaban las amenazas de nuevo.

Carmona lo miró con asco.

-No te daba vergüenza vivir a costa de una piba.

Castillo bajó la cabeza, se revolvió el pelo con las manos y sin entender su culpa le respondió:

-Es que el juego es una enfermedad, no puedo salir del pozo en que estoy metido, dos matones vinieron la semana pasada, se metieron en mi departamento, uno de ellos, me amenazó con una navaja, Doris le hizo frente y le arrojó la taza de café caliente en la cara, el tipo enfureció y la agarró del cuello, el otro le dijo que la dejara, que no se metiera en problemas, la soltó y gritando amenazas se fueron.

Garmendia y Carmona se miraron, fue Pedro quién preguntó:

-¿Quiénes son esos tipos?

- No sé sus nombres, solo sé que trabajan con Quintana el dueño del bar “El chamuyo”.

Quintana no solo era el dueño del bar, era prestamista y el dueño de varias casas de juego diseminadas en la ciudad. Su fama era la de un matón asesino que siempre había salido libre de las denuncias que caían sobre él, debido a sus amistades con la mafia y la política.

Garmendia debió buscar la ayuda del “Tarta” un informante que siempre aportaba buenas noticias en los momentos que todo resultaba oscuro.

El “Tarta” le comunicó a Pedro que se había corrido la voz, de que una joven desconocida había enfrentado a los matones de Quintana y que, a uno de ellos le había arrojado café caliente en la cara. El asunto resultó cómico para Quintana, no hubo represalias contra la chica.

Pero el matón apellidado Sardino comentó entre sus compañeros que se la iba a cobrar. Investigar al matón no fue difícil, pero el día de la muerte de Doris estaba en Bragado, su pueblo natal, la coartada fue confirmada por varios comerciantes de la ciudad. Volvían a cero con la investigación.

Algo les había quedado en el olvido a los detectives. El pintor de desnudos. Lo buscaron y lo encontraron en un viejo departamento del barrio de once. Era un hombre robusto, pelo ralo, largo y rubio, mirada esquiva, pero nada aportó que resultara interesante a la investigación, dijo que Doris era de muy mal carácter y siempre quería cobrar más de lo que se merecía, un día discutieron por dinero y no volvió más.

Antes de salir, algo llamó la atención de Carmona, una acuarela, replica de una foto, representaba una plaza, en su centro sobre un monumento se erguía un caballo tamaño natural. Carmona preguntó:

-Qué bonito cuadro ¿Qué representa?

-Es un monumento al caballo, está en la plaza de mi pueblo natal, en Bragado.

Los detectives se miraron de reojo y salieron tranquilos.

No les costó mucho averiguar que el apellido del pintor y el matón era el mismo: Sardino. Eran hermanos.

Visitaron nuevamente al pintor Sardino y como era de esperar negó toda participación en la golpiza que recibió Doris.

-Sin embargo, señor Sardino, un cartonero dijo ver a un hombre de pelo rubio y largo, discutir con una chica en la estación de Coghlan y que luego la golpeó hasta dejarla inconciente en el suelo…las señas que aportó el cartonero dan justo con su perfil -Garmendia hablaba tranquilo, notó que el pintor transpiraba- ¿va a negar que fue usted?

Sardino comenzó a tartamudear, su seguridad de antes había desaparecido.

-Diga la verdad y el juez va a contemplar su situación ¿Fue obligado por su hermano?

Agachó la cabeza.

-Me amenazó, yo debía dinero de las apuestas a Quintana y mi hermano me dijo que saldaría toda mi deuda si le daba una paliza a la piba… pero se me fue la mano…

Garmendia debió contener a Carmona que se había puesto rojo de indignación. Pidieron un móvil policial.

Llegaron los uniformados le pusieron las esposas y mientras salían Garmendia exclamó, esperemos que al juez también se le vaya la mano al condenarlo.

Ya en la oficina y mientras bebían una cerveza helada, Carmona preguntó:

-¿Cuándo el cartonero dijo que vio a un hombre golpear a una joven?

-No sé, me pareció que lo escuché o lo soñé… no me acuerdo bien.

Carmona movió la cabeza y respondió:

-¡No cambias más…!