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jueves, 29 de enero de 2026

La modelo.


 

Los alumnos del taller de dibujo y pintura esperaban, algunos conversaban tranquilos, otros miraban el reloj, habían pasado quince minutos de la primera hora de clase, ni la modelo, ni el profesor aparecían.

Una hora después, ya algunos se habían retirado se presentó Raúl, pálido, desencajado.

Quedó de pie frente a los alumnos, hasta que mirando a uno por uno dijo:

-Ha muerto Doris…

Un murmullo de labios apretados creció en el ambiente.

—¿Qué pasó…? —Preguntó uno de los alumnos.

—No lo sé —la respuesta se confundió con un sollozo— como no asistió al taller, la llamé al celular, no atendió, llamé a la hermana y me dijo que apareció mal herida en la estación de Coghlan… la encontró un cartonero que pasaba y que corrió al hospital Pirovano para avisar, llamaron a la policía y no sé más… el taller se va a cerrar por varios días…

Garmendia y Carmona estudiaban los detalles que les entregó la mujer policía que fue la primera en llegar a la estación de trenes, el reporte decía; Encontré a la joven sin sentido y muy golpeada, minutos después llegó la ambulancia, horas después la joven, falleció debido a los golpes sufridos.

-¿Cómo llegó a la  estación y nadie vio nada?-preguntó Carmona.

--Es una estación con poco movimiento y alguien la estaba esperando -Garmendia comenzó a dar vueltas y pensando en voz alta- ella sale del taller de Galíndez a las 21,00hs, caminó hasta Retiro, son pocas cuadras, y de allí no se sabe nada de ella...

-Trabajaba en la escuela de arte, con el pintor Galíndez y ¿dónde más?

-Según la hermana: modelaba en dos talleres de dibujo y pintura, hasta hace un mes modeló con un tipo que realizaba desnudos en acuarela, dejó porque no le pagaba y siempre discutían, vamos a tener que visitar a todos y ver dónde encontramos la punta del ovillo.

Garmendia encontró el primer taller cerrado y con una cinta negra en la puerta. Un vecino le dio la dirección de Raúl, el encargado y profesor, vivía en una casa cercana al taller.

Raúl se notaba muy apenado y sin ganas de hablar, tendría unos cincuenta años y no podía creer lo sucedido.

Le dijo que Doris era una joven amable y responsable en su trabajo, no le conocía novio ni amoríos y que era poco conversadora y todos los alumnos la apreciaban.

Acompañó a Pedro hasta la puerta y recordó algo que al detective le pareció interesante. Doris solía comentar el mal humor y mal trato de un pintor con el que trabajaba, pero no le dijo a Raúl quién era, a pesar que varias veces le recomendó que lo dejara.

En el segundo taller la profesora Marquesini fue muy parca en sus respuestas, la presentó a la modelo como muy cumplidora en su trabajo, pero poco amable con el alumnado.

-Es que tenía que serlo, todos se enamoraban de ella – la que habló así fue una joven que se acercó a participar de la conversación.

-¿Usted quién es?  -preguntó Garmendia.

-Clara Ríos soy profesora en este taller, Doris era muy bonita y los chicos y los no tan chicos se enamoraban de ella…es muy triste lo que ha pasado.

-¿Alguna de ustedes era amiga de ella?

Las miró a los ojos esperando ver sus reacciones, nada sucedió los dos negaron tener amistad con Doris.

-Éramos compañeras de trabajo -dijo Marquesini -Doris no daba lugar para amistades.

-¿Le parecía antipática? -Preguntó Pedro.

-Antipática no, solo muy reservada, era como si esquivara las preguntas personales.

Clara aprobó sus palabras con un movimiento de cabeza.

Garmendia se despidió y salió pensando que la punta del hilo que desenredara la trama del crimen no aparecía, tal vez Carmona tuviera más suerte.

Esa tarde se encontraron los investigadores en el bar del gallego, pidieron cervezas, cada uno traía su decepción a cuestas.

-Nada que sea interesante -exclamó Carmona- en un rato voy a visitar a Galíndez.

Galíndez vivía sobre la calle Arroyo, un barrio muy elegante para el taller de un pintor desconocido, él lo recibió amablemente. Mientras el pintor preparaba café, Carmona recorría los cuadros, fascinado ante tanto arte no pudo evitar decirle:

-Que buenas pinturas, ¿se especializa en retratos?

-Así es, me alegra que le guste.

Señalando varios retratos de bellas modelos Carmona preguntó:

-¿Cuál de ellas es Doris?

Galíndez retiró la tela blanca de un retrato sin terminar y dijo:

-Ella es Doris.

Carmona quedó admirado por la belleza de la joven y la calidad del retrato.

-Era Hermosa – dijo en un susurro.

-Hermosa y tonta, se metía con tipos que no la merecían, se lo dije varias veces, ese fulano es un vividor, te mereces otra cosa, pero ella no me hacía caso…

Las últimas palabras las dijo con tanta tristeza que la voz se le ahogo en la garganta.

-¿Sabe quién era o al menos el nombre…?

-Si se llama Juan Pablo Castillo y tengo una foto que ella olvidó donde están los dos, ella siempre hablaba que pasaba los fines de semana con él en su departamento de Olivos.

Fue hasta un mueble y sacó una foto que le entregó a Carmona.

- ¿La puedo llevar? - Galíndez asintió.

Al retirarse acompañado por el pintor, Carmona insistió:

-¿No recuerda algo más que pueda ser interesante para la investigación?

El pintor negó con la cabeza, Carmona le entregó una tarjeta con su celular y se fue.

Carmona salió pensado y hablando solo.

-Veremos a ese noviecito… no me resulta muy agradable, hay que averiguar quién es y visitarlo.

No fue difícil, Castillo tenía algunas entradas por robo y su dirección que estaba en el sistema, combinaba con las palabras de Galindez; vivía en Olivos.

Fueron a visitarlo.

Llegaron los dos detectives, pidieron por el portero eléctrico y una voz grave respondió. No les abrió la puerta, y en pocos minutos bajó. La apariencia del joven era desagradable, su ropa daba la impresión de llevarla por semanas y hasta de dormir con ella, barbudo y con los ojos enrojecidos, era deprimente mirarlo. Fueron a un bar cercano y Garmendia le pidió que les dijera su relación con Doris.

-No era nada más que un amorío de poco tiempo, no la conocí bien, no sé qué decirles.

-Una relación de fin de semana durante casi un año… no es un amorío, trate de ser sincero sino le va a ir mal.

La voz de Garmendia fue cortante y su mirada dura no le dejó tiempo a Castillo de seguir mintiendo.

-Es que ella era pesada, quería una relación seria y a mí eso no me interesaba, seguía con ella porque siempre me salvaba de mis problemas con el juego.

Los miró uno a uno y dijo:

-Estoy amenazado, debo mucho dinero y no sé cómo salir de este atolladero, Doris me daba dinero y con eso los calmaba por semanas, luego comenzaban las amenazas de nuevo.

Carmona lo miró con asco.

-No te daba vergüenza vivir a costa de una piba.

Castillo bajó la cabeza, se revolvió el pelo con las manos y sin entender su culpa le respondió:

-Es que el juego es una enfermedad, no puedo salir del pozo en que estoy metido, dos matones vinieron la semana pasada, se metieron en mi departamento, uno de ellos, me amenazó con una navaja, Doris le hizo frente y le arrojó la taza de café caliente en la cara, el tipo enfureció y la agarró del cuello, el otro le dijo que la dejara, que no se metiera en problemas, la soltó y gritando amenazas se fueron.

Garmendia y Carmona se miraron, fue Pedro quién preguntó:

-¿Quiénes son esos tipos?

- No sé sus nombres, solo sé que trabajan con Quintana el dueño del bar “El chamuyo”.

Quintana no solo era el dueño del bar, era prestamista y el dueño de varias casas de juego diseminadas en la ciudad. Su fama era la de un matón asesino que siempre había salido libre de las denuncias que caían sobre él, debido a sus amistades con la mafia y la política.

Garmendia debió buscar la ayuda del “Tarta” un informante que siempre aportaba buenas noticias en los momentos que todo resultaba oscuro.

El “Tarta” le comunicó a Pedro que se había corrido la voz, de que una joven desconocida había enfrentado a los matones de Quintana y que, a uno de ellos le había arrojado café caliente en la cara. El asunto resultó cómico para Quintana, no hubo represalias contra la chica.

Pero el matón apellidado Sardino comentó entre sus compañeros que se la iba a cobrar. Investigar al matón no fue difícil, pero el día de la muerte de Doris estaba en Bragado, su pueblo natal, la coartada fue confirmada por varios comerciantes de la ciudad. Volvían a cero con la investigación.

Algo les había quedado en el olvido a los detectives. El pintor de desnudos. Lo buscaron y lo encontraron en un viejo departamento del barrio de once. Era un hombre robusto, pelo ralo, largo y rubio, mirada esquiva, pero nada aportó que resultara interesante a la investigación, dijo que Doris era de muy mal carácter y siempre quería cobrar más de lo que se merecía, un día discutieron por dinero y no volvió más.

Antes de salir, algo llamó la atención de Carmona, una acuarela, replica de una foto, representaba una plaza, en su centro sobre un monumento se erguía un caballo tamaño natural. Carmona preguntó:

-Qué bonito cuadro ¿Qué representa?

-Es un monumento al caballo, está en la plaza de mi pueblo natal, en Bragado.

Los detectives se miraron de reojo y salieron tranquilos.

No les costó mucho averiguar que el apellido del pintor y el matón era el mismo: Sardino. Eran hermanos.

Visitaron nuevamente al pintor Sardino y como era de esperar negó toda participación en la golpiza que recibió Doris.

-Sin embargo, señor Sardino, un cartonero dijo ver a un hombre de pelo rubio y largo, discutir con una chica en la estación de Coghlan y que luego la golpeó hasta dejarla inconciente en el suelo…las señas que aportó el cartonero dan justo con su perfil -Garmendia hablaba tranquilo, notó que el pintor transpiraba- ¿va a negar que fue usted?

Sardino comenzó a tartamudear, su seguridad de antes había desaparecido.

-Diga la verdad y el juez va a contemplar su situación ¿Fue obligado por su hermano?

Agachó la cabeza.

-Me amenazó, yo debía dinero de las apuestas a Quintana y mi hermano me dijo que saldaría toda mi deuda si le daba una paliza a la piba… pero se me fue la mano…

Garmendia debió contener a Carmona que se había puesto rojo de indignación. Pidieron un móvil policial.

Llegaron los uniformados le pusieron las esposas y mientras salían Garmendia exclamó, esperemos que al juez también se le vaya la mano al condenarlo.

Ya en la oficina y mientras bebían una cerveza helada, Carmona preguntó:

-¿Cuándo el cartonero dijo que vio a un hombre golpear a una joven?

-No sé, me pareció que lo escuché o lo soñé… no me acuerdo bien.

Carmona movió la cabeza y respondió:

-¡No cambias más…!

 

 

 

 

 

jueves, 13 de noviembre de 2025

La fiesta.


 

Pedro Garmendia bebía su café con tanta lentitud que Carmona lo observaba curioso, al fin preguntó:

- ¿Qué te pasa Pedro?

-El caso que nos dejó Mendizábal como regalo me tiene preocupado…es muy desagradable.  

-Todo sucedió hace siete años, en ese momento cerraron todo y ahora lo retoman… ¿Qué ha pasado?

-Una madre, quiere saber quién mató a su hija y parece que movió el avispero de arriba y la orden no se hizo esperar, hay que investigar.

-Por lo que leí en el informe del caso – dijo Carmona- era una piba de dieciséis años, estaba en una fiesta de cumpleaños y cuando amaneció mientras los demás desayunaban, notaron su falta, recorrieron la casa y la hallaron muerta, en la parte de atrás cerca de la pileta… con un golpe fuerte en la cabeza…

Garmendia asintió con un gesto, terminó su café y con una voz que se le ahogaba en la garganta exclamó:

-Dieciséis años… pobre piba… quien pudo ser tan desgraciado, pero lo que me extraña es que hayan cerrado el caso sin solucionarlo, no quiero pensar mal, pero creo que una mano misteriosa anduvo en ese caso.

Salieron y sin hablar llegaron hasta la casa de la madre de Soledad Carpi, la joven asesinada.

Las fotos de Soledad cubrían las paredes del salón, los ojos de su mamá eran un claro mensaje de que el dolor seguía tan vivo en ella como el primer día.

-Hay dolores que los años no calman, y es la impotencia que lo agrava y lo mantiene latente- dijo la mujer.

-Tiene alguna sospecha -pregunto Pedro-.

- No sé, era un grupo que parecía llevarse bien, lo que siempre llamó mi atención era la competencia que había entre las chicas, especialmente entre mi hija y Violeta, competían por las notas y por los chicos, especialmente por Matías.

-¿Quién es Matías?

-Mati era el amor de todas -dijo la señora Carpi- él se sabía buscado y salía un tiempo con una y pronto la dejaba y salía con otra…era un adolescente casanova.

Pedro y Carmona tomaron nota de los detalles que la señora Carpi conocía, junto con los nombres de los jóvenes que estuvieron presentes en aquel cumpleaños.

Apenas ocho, entre chicos y chicas, los padres de la joven dueña de casa, en ese momento estaban de vacaciones en el Caribe.

Citaron a todos jóvenes por e-mail, menos a Santiago Fuentes que había salido del país en el 2023 y se desconocía su paradero.

Dos de las chicas se presentaron al día siguiente, Ceci y Luna. Eran médicas, trabajaban juntas en el mismo hospital, respondieron a las preguntas con tranquilidad, no recordaban mucho, - así declararon- habían tomado demasiado esa noche y mientras los demás desayunaban, ellas dormían, aportaron un detalle importante, Sole y Violeta peleaban continuamente por Matías. Las mismas palabras había dicho la mamá de Sole.

Violeta no respondió al e-mail, así que fueron a buscarla a la oficina donde trabajaba, era escribana. Le preguntaron por qué no había respondido al mensaje.

-Estoy muy ocupada – dijo con una sonrisa compradora- me falta el tiempo, aparte debo viajar a Chile el fin de semana.

Pedro con la misma sonrisa amable exclamó:

-No hay problemas, si no viene, la venimos a buscar con un móvil policial y dos oficiales la acompañaran a la seccional.

Se puso seria, no le gustó el tomo irónico de Garmendia.

-¿Después de siete años que quieren probar? -Pregunto Violeta cerrando su notebook de un golpe.

-Se reabrió el caso señorita, todos los presentes en esa fatídica noche tienen que volver a declarar.

Violeta enrojeció, se frotaba las manos, se la notaba enojada y dijo con tono de fastidio:

-Todos vimos que esa noche Soledad había bebido de más, no se mantenía en pie y sola cayó, el golpe en la cabeza fue con el borde de cemento.

-Mañana a las diez horas la esperamos, si no quiere venir la venimos a buscar.

La cara de Garmendia había perdido la sonrisa, la miraba a los ojos, muy serio, demostrando desgana por la frialdad de la joven.

 

Antes de las diez, Violeta se hizo presente. Fina, elegante con ropa cara, tomó asiento, cruzó las manos sobre la mesa y esperó, en apariencia se veía tranquila.

-¿Cómo era su relación con Sole?-preguntó Carmona.

Hizo un mohín.

-No era ni buena ni mala, solo nos gustaba competir, por Matías, por la ropa, cualquier tema era bueno.

-¿Qué pasaba entre usted, Matías y ella?

-Él jugaba con las dos, unos meses estaba con ella y otro tiempo conmigo y las dos éramos chicas, no nos dábamos cuenta de que era un desgraciado, Soledad se enamoró en serio.

-¿Y los demás chicos que estuvieron en la fiesta, alguno pudo ser culpable de la muerte de Sole? -La voz de Carmona sonó dura, sus ojos parecían traspasar los de Violeta, ella se sintió amenazada y dijo:

-Eran buenos pibes, no había drogas entre ellos y aunque usted no lo crea, la única que se drogaba era Sole…

-Es fácil decirlo -respondió Pedro- ella no puede defenderse, aparte no es motivo para matarla.

-No sé qué más quieren de mi - ella los observó a los dos detectives con un gesto ambiguo, no se sabía si era desidia o enojo- esa noche peleamos como lo hacíamos siempre, nos agarrábamos de los pelos, nos insultamos y nada más, no recuerdo otra cosa.

 

Faltaba declarar a Valeria que resultó ser sobrina de un ministro del gobierno anterior, comprendieron el motivo por el que, siete años atrás se había cerrado el caso tan rápido.

Sus palabras no aportaron nada, ella estuvo toda la noche con su novio Santi, declaró que Sole y Violeta se pelearon, como siempre, no recordaba nada más, hasta el momento en que desayunaban y alguien gritó, porque encontró a Sole muerta.

Por la tarde llegó Lucas, era alto, flaco, desalineado y de fea apariencia, maquinista en el ferrocarril, no tenía ni treinta años y sus sienes estaban pobladas de canas.

Miraba a los detectives con curiosidad, no entendía el motivo por el que se reabrió el caso. Se lo explicaron y respondió que estaba dispuesto a declarar, se acomodó en la silla y dijo:

-No recuerdo gran cosa, había bebido demasiado y Sole estaba pasada de droga…

-¿Esta seguro que estaba drogada?

-Claro que estoy seguro, nos drogábamos juntos, ella conseguía buena merca, la compartía conmigo, pero esa noche no quise acompañarla -se encogió de hombros e hizo un gesto ambiguo- los otros la miraban con asco, pero esa noche estaba mal, Matías la había despreciado delante mío y ella tomaba vodka y luego vi que tomó dos pastillas…

- ¿Está seguro que era droga?

- Ella dijo que era buena y me ofreció, yo había tomado demasiado y no acepté – quedó en silencio- insistió que tomara y… me la saqué de encima con un empujón, trastabilló, estaba tan en pedo que no logró sostenerse, quise sujetarla y se me escapó, cayó sobre el borde de la pileta y no se levantó más, recuerdo que grité y grité, vinieron todos y yo pedía una ambulancia, Matías le tomó el pulso…- Lucas se agarró la cabeza y largó el llanto contenido por años, luego de varios minutos, se calmó y continuó hablando- Valeria dijo qué no convenia llamar a la ambulancia, que ya no había nada que hacer que mejor avisaba a su tío.

-¿El ministro? -preguntó Garmendia.

-Sí. Vino acompañado de otro tipo y no recuerdo muy bien, creo que ellos arreglaron todo, llamaron a una ambulancia y dijeron que Sole se había caído, que había bebido mucho, nos dijeron que no abriéramos la boca, que ellos nos iban a decir que declarar.

-Por qué no dijiste la verdad en ese momento?

-No pude, tenía diecisiete años, el miedo me paralizaba y el abogado me dijo que no hablara o la iba a pasar mal. No tuve la culpa, fue un accidente o que se yo…Sole estaba dada vuelta.

Cuando llegó Matías, elegante con un portafolio que debía valer el sueldo de Garmendia, repitió la misma historia de Lucas.

Garmendia lo observó directo a los ojos:

-¿Estás seguro que fue accidente?

-No estaba presente, pero creo en las palabras de Lucas, aparte nos dijo tantas cosas el abogado sobre lo que debíamos declarar que la verdad y la mentira se unen en una niebla en mi cabeza.

Perdió la compostura elegante con la que había entrado, cambiaba de posición en su silla muy inquieto.

-Esa fatídica madrugada nos cambió la vida a todos, en vez de unirnos ante el dolor, cada uno tomó un camino diferente.

- Seguramente verse era recordar el drama vivido…y la cobardía de todos ustedes-la voz de Garmendia sonó dura.

Matías pareció alterarse ante las palabras de Pedro:

-Es fácil juzgar ahora, pero en ese momento estábamos muertos de miedo y el tío de Valeria y el abogado nos manejaron a su gusto.

 

Todos quedaron detenidos, el ex ministro y su abogado también, el fiscal de turno se hizo cargo de ellos.

-Al fin todos son culpables -exclamó Garmendia- por desidia, comenzando por los padres que sabían la verdad y guardaron silencio.

-No entiendo -dijo Carmona-taparon todo, un grupo de adolescentes solos en una casa, con abundancia de bebidas y una de las pibas repartiendo pastillas de quién sabe qué droga, ¿El forense no se dio cuenta que la chica estaba drogada y alcoholizada?

-No hubo autopsia, las influencias del ministro lograron que no se realizara y también que el caso se cerrara sin investigación, las coimas pueden tapar cualquier caso, pero la consciencia tarde o temprano saca a la luz las culpas- respondió Garmendia.

-Si la madre de Sole no hubiera pedido reabrir el caso todo quedaba en la oscuridad…después de esta investigación, tal vez la señora Carpi encuentre la paz o no, quién sabe.

- La paz no sé -dijo Pedro- tal vez un poco de consuelo.

 



jueves, 23 de octubre de 2025

La rubia del 5° C.


 

 

 

1

La señora Falcone despertó empapada en sudor, le dolía cada articulación, cada hueso. Intentó levantarse, todo parecía girar en la habitación.

Se sentó al borde de la cama, y al desperezarse la vio: una mancha oscura, en la manga de su bata azul. Curioso: se había quedado dormida con la bata puesta.

Miró sus manos, también manchadas de rojo.

Corrió a la pileta del baño. Se lavó, restregó el cepillo por su piel mientras se esforzaba en recordar. No, no lograba hilvanar sus pensamientos. Algo había sucedido, pero… ¿qué?

Se miró en el espejo, su imagen la asustó.

Fue a la cocina a prepararse un café.  Aparecieron imágenes, golpes de luz.

La discusión con su esposo, sus palabras ofensivas al decirle que estaba cansado de ella, de su carácter. Cuando le dijo que otra lo había enamorado, comprendió que su mundo se hacía añicos. Lloró, lloró sin control. Y él la miraba impasible, casi con burla, sin decir una palabra hasta que salió dando un portazo.

Ella quedó de pie, mirando la puerta cerrada. Él nunca iba a entender cuánto lo amaba, se dijo en voz baja.

2

El detective y el portero abrieron la puerta del 5°C y el cuadro los impresionó. La mujer en el suelo bañada en sangre era el resultado de un ataque brutal.

- ¿Quién era? _ preguntó Garmendia al portero que miraba la escena impasible, como si no le importara.

-Se llamaba Olga Morrison -respondió- hace un año que vino a vivir acá, era un tanto extravagante, al vestir, no se daba con nadie, solo la vi conversar con el tipo del 5° D, parecían amigos.

Mientras hablaban, llegó Carmona e informó que alguien del edificio, escuchó un grito en la mañana muy temprano, observó por la mirilla de la puerta y creyó ver a alguien cruzar con una bata azul. Cuando llegaron los de la policía científica y el forense los tres, fueron al 5°D.

 

3

Se recordó hurgando entre los papeles de su marido.  Buscaba un indicio, un nombre. No lo halló. A punto de darse por vencida, encontró una foto en el bolsillo interior de uno de sus sacos y leyó la dedicatoria del reverso. La reconoció: la rubia del 5C.

¿Y después? ¿Qué había sucedido después?

Recordó el pasillo como a través de una bruma, o un sueño.

Tomó el café amargo, se sintió mejor. Yendo a su cuarto se quitó la bata, la hizo un bollo, la llevó al baño. Notó algo frío en el bolsillo: una navaja. Su padre se la había regalado años atrás. ¿Qué hacía ahí?

Comenzó a transpirar, un temblor la recorría, no lograba controlar sus manos. Respiró hondo y pausadamente. El timbre del departamento la sobresaltó. Se puso una bata blanca y se alisó el pelo.

Miró por el visillo de la puerta y encontró la cara del portero y dos desconocidos. Abrió. Ramón y uno de ellos que dijo ser detective, la saludaron.

—Necesito hacerle algunas preguntas señora Falcone, me llamo Pedro Garmendia —dijo el detective con tono inquisidor y mostrando una credencial—. ¿Quiere responder?

—Adelante —ella los hizo pasar, mientras ignoraba la mirada tonta del portero que la recorría de arriba a abajo—. ¿Qué quiere saber?

— ¿Oyó algún ruido extraño durante la madrugada?

Ella se cerró el cuello de la bata.

—No… no escuché nada.

— ¿Recibió algún llamado en su puerta?

—No entiendo.

—Digo —Garmendia se mostró impaciente, y Ramón soltó una risita estúpida—, digo si no la llamaron o le tocaron el timbre.

— ¿De qué se trata?

—Queremos saber si usted escuchó o vio algo.

—No. ¿Pero que sucedió?

—No podemos informar —respondió el detective—. Estamos investigando ¿Vive sola?

—Con mi esposo, pero él se fue a trabajar muy temprano. ¿Qué pasa?

El detective Garmendia la miraba a los ojos: buscaba en ella, dudas, temor.

Viendo que no quedaba nada por preguntar, se retiraron. Desde el recodo del pasillo, Garmendia se dio vuelta y le preguntó, señalando su bata:

— ¿Tiene una bata azul, señora Falcone?

—No —mintió—. ¿Por qué?

—Por nada.

Mientras caminaban por el pasillo rumbo al ascensor, Garmendia dijo a su compañero:

-Esta señora está demasiado nerviosa, algo sabe y calla, vamos a tener que citarla en la seccional.

-¿Te parece? -preguntó Carmona.

-Algo noté en sus ojos, algo parecido al miedo…quiero que la oficial Rosales la vigile, dónde va, qué hace, hasta quienes la visitan.

 

4

 

 

Ahora los temblores se acentuaron. Sudaba, las imágenes volvían como si alguien pasara una película ante sus ojos, la mujer caída, la sangre, la había tocado y vio que estaba muerta, salió corriendo del departamento.

Se dio una ducha. Se vistió.

En un rincón del baño, arrugada como un desecho, estaba la bata azul. Debía deshacerse de ella, pero ¿cómo?

La idea surgió rápida, dejarla en un conteiner, recordó que a varias cuadras de su casa había uno enorme. La envolvió en un papel film y la guardó en una bolsa de zapatos nueva, no llamaría la atención.

Caminó varias cuadras hasta llegar al lugar indicado, arrojó la bolsa y desandando las calles hasta el edificio, creyó ver un coche policial en la esquina, estarían de ronda, pensó desechando una mala idea.

La oficial Rosales llegó a la oficina de Garmendia con una bolsa de zapatos, Carmona la miró sonriente.  Y le dijo:

-Te gastaste el sueldo, esa casa de calzado es carísima…

-No -respondió Rosales- se van a sorprender con lo que hay adentro.

Garmendia rompió el papel film y ante sus ojos la bata azul manchada de sangre apareció como un regalo sorpresa.

-Lo sabía —dijo Garmendia— esa mujer me resultó sospechosa.

-¿Y si lo niega y dice que esa bata no es de ella?

-El forense va analizar la sangre de las mangas y la que encontramos en el mueble del 5°C y se va a comparar con la de la señora, hay que detenerla.

Falcone fue detenida, y no quiso declarar, se le hicieron pruebas de sangre, solo quedaba esperar el resultado del laboratorio.

El resultado del análisis fue una sorpresa, la sangre de la bata azul era de la mujer asesinada, y la sangre que encontraron en los muebles no pertenecía a ninguna de las dos mujeres.

-Hubo otra persona en esa habitación- dijo Pedro- ¿Quién fue?

Los dos detectives quedaron en silencio. Volvieron a interrogar a la señora Falcone.

-Díganos que recuerda de esa mañana…

La mujer estaba pálida, retorcía sus manos, las lágrimas rodaban lentas por sus mejillas. Al fin habló lo poco que recordaba, la sangre en su bata, en sus manos y el miedo de que su esposo la abandone por esa mujer del 5° C.

—¿Dónde está su esposo?

—No sé, después de insultarme y decir que no quería seguir a mi lado, se fue y no volvió.

—¿Quién le dijo que él la engañaba con la señora Morrison?

—Encontré una foto de ella en el bolsillo de su saco con una frase romántica, sólo recuerdo que salí furiosa, la puerta del departamento estaba abierta, entré y nada más...

Falcone se agarró la cabeza, gemía con un llanto de animal herido.

—No sé, estaba tan aturdida, tampoco recuerdo haber agarrado la navaja, era un recuerdo de mi padre y estaba guardada desde hacía años en la parte de arriba de un mueble, no sé cómo apareció en mi bolsillo.

Garmendia y Carmona se miraron, por un momento le dijeron a la mujer que descansara y salieron fuera de la sala de interrogatorio.

—Hay que encontrar al esposo de Falcone -dijo Garmendia- creo que él puede aportar algunas luces en este caso.

7

   Lo encontraron en la casa de sus padres. Dijo que se quedaba con ellos porque no aguantaba más a su mujer. Cuando le preguntaron por la señora Morrison, dijo conocerla de vista, sabia que era vecina de su piso, pero nada más. Eso hizo dudar a los detectives, una simple vecina no escribe palabras de amor en una foto a un vecino. Fue detenido. Al analizar su sangre resulto ser del mismo grupo y factor a las encontradas en el departamento.

¿Cuál de los dos había dado muerte a la señora Morrison?

¿Falcone o su esposo?

8

    Garmendia se acercó al portero, quién mejor que él para conocer las historias de los habitantes del edificio.

Luego de hablar de futbol le preguntó que pensaba del tipo del 5°D.

-Es un sinvergüenza, está casado y la engaña a su mujer con cualquiera, primero lo hacía con la doctora del 1° B, ella lo dejo porque era violento, luego con una maestra del edificio de enfrente – se apoyaba en la pared y bajaba la voz comunicando su secreto, así Garmendia se enteró de las varias personitas a las que había enamorado ese tipo.

Al entrevistarlas, Carmona se puso al corriente que la mayoría de ellas, lo dejaron por violento.

-Parece que casi lo tenemos, habrá que apretarlo un poco -dijo Pedro.

Al interrogarlo, le dijeron que alguien del edificio lo vio salir del 5°C muy temprano, ¿Qué estaba haciendo? Es más, escucharon gritos…

-Mienten, nadie me vio, porque no fui -dijo con tono burlón, ustedes saben que fue mi mujer, la navaja en su bata lo prueba.

Garmendia sonrió.

-Nunca dije que la habían matado con una navaja y que estaba en la bata de su esposa, ¿cómo lo sabía?

-Ella me lo dijo.

-Miente. Usted no vio a su esposa desde el día que se fue de su casa dando un portazo.

-Usted me está embarullando… quiere acusarme de algo que no hice…

-Ha mentido demasiado señor Falcone, sus “novias” lo acusan de violento, a su esposa la trata como a un trapo de piso… ¿a la señora Morrison por qué la mató?

    La rabia le salía por los ojos, se puso de pie e intentó golpear a Garmendia, Carmona lo tomó por atrás y lo calmó con su fuerza.

-Era una loca, como todas, quería contarle a mi esposa y luego al portero para que él lo publicara en todo el edificio, estaba piantada, quise calmarla y se me fue la mano.

Carmona lo sentó y no se movió de su lado.

-Usted fue preparado para matarla, no fue una casualidad, ¿por qué llevó la navaja?

-Para asustarla, pero ella me hizo frente, me arrojó una estatuilla de bronce, si no la esquivo me mata, estaba fuera de sí -se ponía rojo de rabia recordando aquella situación- la amenacé con la navaja y se lanzó sobre mi como una fiera, estaba loca, le corté en el brazo y en el costado, me fui y ella estaba herida, pero no de muerte.

-Eso creyó usted, pero la abandonó y le había cortado la arteria braquial, ella se desangró.

La cara de Manuel Falcone se contrajo, cambió de color.

-Yo no sabía, fue un accidente…

-Usted fue con la intención de darle una paliza y amenazarla con la navaja, La Morrison lo enfrentó y se creyó el justiciero, no iba a permitir que una mujer no le tuviera miedo como pasó con sus otros amores clandestino, esta vez lo enfrentaron y no lo soportó.

-Ahora va a enfrentar al juez -dijo Carmona- veremos dónde va a parar su machismo prepotente.

Manuel Falcone quedó en manos del juez de turno, acusado del asesinato de  Olga Morrison.

La señora Falcone regresó a su hogar libre de culpa y cargo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                    

sábado, 27 de septiembre de 2025

Desde el Norte.


 


 

Mendizábal les dio un papel con un nombre y una dirección: Cornelia Guantay, calle Lima 19...

Garmendia lo interrogó sin palabras.

-Vayan a verla.

Sin explicaciones se fue. Accedieron de mala gana, Pedro y Carmona sabían que los casos de Mendizábal siempre eran problemáticos, casos que nadie quería aceptar, causas serias o complicadas. Salieron a buscar la dirección.

La casa era muy vieja, usada como pensión, como tanta que hay en Bs Aires, preguntaron al que parecía ser el encargado, y les señaló el fondo.

-Las tobas, pieza 16 – dijo.

El lugar era deprimente, cuartos pegados uno al lado del otro, niños llorando, el pasillo cubierto de papeles, latas de cerveza y el aire cargado de gritos, un borracho pasó, los miró torvamente y siguió su camino.

Golpearon la puerta, con pintura roja se leía; 16.

Una joven abrió, se presentaron, los hizo pasar, dentro los recibió una anciana sentada en el borde de la cama, los miró con ojos donde la tristeza parecía vivir desde siempre. La que habló fue la joven:

-Soy Lucia, Cornelia es mi mamá, mí naa, vinimos porque hace un año no sabemos nada de mi hermana Chola, hace tres, se vino a trabajar a la ciudad, nos escribía diciendo que estaba muy bien, tenía trabajo…

Hizo silencio y continuó la madre:

-Algo le a pasado, hace un año que no escribe, ella no es así, en la última carta nos decía que quería volver, que tenía mucho miedo -miró a Garmendia llorando- no entendimos a qué tenía miedo, no lo decía…

Los detectives salieron de la pensión con angustia, llevaban una foto de la joven, el dolor de esa madre y hermana era difícil de evitar, lo sintieron propio.

Garmendia comprendía después de hablar con las dos mujeres, por qué Mendizábal les había dado el caso.

Con la foto de la joven y los datos armaron un desparramado tablero, sus cartas, un collar de piedras de la montaña y una oración, los Tobas rezan al Dios Kharta, no tiene imagen, ellas le contaron que oran mirando el cielo, que es su morada. La anciana le había entregado la oración; rece, le dijo.

Comenzaron preguntando a sus amigos del bajo; nadie la conocía. Debieron buscar en los burdeles, mostrar la foto a las chicas de la noche que pululaban por la Panamericana, por Constitución. Hasta que una de ellas, mirando de reojo a un hombre que caminaba cerca y que comprendieron que era su proxeneta, les paso sutilmente, un número de celular. Al día siguiente la llamaron, los citó en un bar del barrio de Once, alejado del tumulto del centro.

La joven de rasgos norteños y muy bonita les dijo:

-La conozco, trabajó conmigo en un burdel del centro, no le gustaba la vida que hacemos, algunas nos acostumbramos, otras quieren irse, pero los mandamases no te dejan. Creo que la mandaron a Santa Fe, no supe más de ella.

Garmendia le dejo su número de celular, por si había novedades, al día siguiente Lucia apareció en la oficina.

Comunicaron las noticias a la hermana, quien sorprendida les rogó que no dijeran nada delante de la madre. Algo enojada les dijo:

-Nunca sospeché que hacía esa vida… mañana regresamos a nuestra casa, no podemos aguantar en la ciudad, tenemos animales que cuidar… gracias…- les dejó su dirección- cualquier novedad nos avisan, en nuestros pueblos perdidos las cartas tardan, pero llegan...

Salió de la oficina con la cabeza gacha, se la notaba apesadumbrada.

Carmona se comunicó con un investigador de Santa Fe que conocía los barrios bajos al dedillo, prometió ocuparse.

En el decurso de los días, ninguna novedad apareció, perecía que a la Chola se la había tragado la tierra.

De Santa fe llegó una noticia, la joven había sido trasladada por su proxeneta a Bs Aires, posiblemente al barrio de Las cañitas y junto a ese informe llegó otro más cruel, en la morgue judicial de San Fernando había entrado un cuerpo sin datos, las señas revelaban que podía ser la que buscaban.

Era Chola Guantay. Era hermosa, rostro moreno, ojos aindiados y un cabello renegrido y sedoso. Quedaron helados al reconocerla por la foto.

-¿Qué le sucedió? – pregunto Pedro conmovido ante la imagen.

-Una paliza brutal, el desgraciado era su proxeneta, ya tienen los datos, lo están buscando respondió el médico forense.

A los pocos días fue reconocido en un control de alcoholemia, mientras viajaba en su coche con dos menores de edad y fue llevado ante las autoridades.

Semanas después de escribir la carta con la triste noticia, Lucia se presentó en la oficina de Garmendia.  Los detectives quedaron sorprendidos con su presencia, sus ojos demostraban la misma tristeza que en la visita a la pensión vieron en su madre.

-Mi naa ha muerto, estaba enferma, por suerte no llegó a saber de la muerte de mi hermana, pero hay algo que no logro entender, por eso he venido, mi naa rezaba día y noche, sabía que su salud se deterioraba – hizo silencio, la emoción le brotaba por los ojos- le rogaba a Kharta que le dejara ver a su Cholita antes de morir.

Lucia estalló en un sollozo que pareció un lamento ahogado. Le alcanzaron un vaso de agua y se fue serenando.

-¿Qué día murió mi hermana?

Carmona buscó en los informes y leyó:

-14 de abril. Entre las 2 y 4 de la mañana.

Lucia se aclaró la voz:

-No lo puedo entender… el sábado 19 de abril, Chola llegó a mi casa, los gritos de alegría de mi madre resuenan aún en mi cabeza -miró a los detectives, extendió las manos como intentando aferrar el aire y entre lágrimas dijo- ¡¡Estaba muerta y vino a ver a mi naa…!!

Su llanto era desgarrador, los detectives la observaban sin saber que decir.

Carmona y Garmendia estaban desorientados, incrédulos. Pedro dio unos pasos inciertos, sin saber que hacer ni decir, la situación lo sobrepasaba. Lucía continúo:

-Al día siguiente, Chola se fue, no quiso que la acompañáramos hasta la ruta, nos quedamos en la puerta de casa mirándola partir, caminaba despacio y de pronto se desvaneció en el aire, ante nuestros ojos, como la luz de un fosforo, dos días después la naa partió al cielo, agradeciendo a  Kharta haber podido ver a su Cholita, y yo he quedado sola.

- ¿Qué va a hacer ahora Lucia? -preguntó Carmona.

-Volver a mi pueblo, tengo mi casa, mi tierra, mis animales, me llevaré las cenizas de mi hermana y quería contarles lo que había pasado y que yo no puedo entender…

Garmendia movió la cabeza en señal de desconcierto y dijo:

-Nosotros tampoco, tal vez las oraciones de su madre llevaron de alguna manera a que esto sucediera…no sé, nunca escuche nada igual, solo en las películas pasan estas cosas…

Lucia se fue, dejando a Garmendia y a Carmona apabullados y sin saber qué decir, fue Pedro quién tratando de salir de la situación, dijo:

-Vamos al bar del gallego, un café doble tal vez nos haga bien.

Y se fueron calle abajo, cabizbajos y contando las baldosas para no hablar.