El barrio
se fue alborotando a medida que la noticia se extendía.
Encontraron
a don Benicio Torres sin vida en el jardín de su casa. Un balazo en pleno
corazón lo quitó de su mundo tranquilo, lo alejó de sus partidas de naipes en
el café, de sus plantas que tanto cuidaba, de ese mundo simple en el que sus
setenta años disfrutaban la vida.
¿Quién lo
mató? La pregunta no encontraba respuesta, todos lo querían, lo respetaban, la
inseguridad se extendió entre los habitantes del barrio.
Cuando
Garmendia y Carmona llegaron, ya los vecinos habían pisado y borrado del jardín
cualquier prueba que pudiera analizarse.
Alguien
con precaución había cerrado la casa con llave, al menos allí todo estaba según
Benicio lo había dejado.
Era la
casa de un solterón jubilado, un desorden caótico. Ropa arrojada sobre una
silla, zapatillas, ojotas, olor nauseabundo en la cocina, todo señalaba a un
hombre al que cuidar de su casa no le importaba, nada se encontró que pudiera
señalar una pista. Después de una búsqueda sin resultados, visitaron a los
vecinos, todos lo presentaban como una buena persona, desde hacía dos décadas
vivía en esa casa y jamás le conocieron familiares, amigos, solo los del barrio
lo visitaban, era como si su vida anterior a esos veinte años no hubiera
existido, solo la vecina de enfrente no quiso recibirlos, dijo sentirse muy
engripada.
¿Novias?
Preguntó Carmona a un vecino. La Pocha, respondió, pero hacía meses que ella se
había ido a la casa de la hija y no volvió por el barrio. Los más cercanos
dijeron que Benicio era muy buen amigo, generoso con su tiempo y dinero con los
que estaban en problemas, pero no era igual con las mujeres, la única que duró
a su lado fue Pocha, las demás, al mes volaban.
Garmendia
averiguó la dirección y fue a visitarla. Carmona por su lado quedó en la casa
revisando cajones y buscando en carpetas viejas algún indicio de familiares a
los que avisar de su muerte.
La señora
Pocha resultó ser una persona agradable, con tranquilidad le refirió a
Garmendia que su convivencia con Benicio había durado ocho años, que fue difícil
y que su hija la quitó de su lado porque no aceptaba verla siempre llorando.
—¿Benicio
era de mal carácter —preguntó Garmendia?
—En
realidad era malo, yo lo amaba y buscaba disculparlo, pero se enojaba por todo,
si el café no tenía el azúcar justo como él quería, la falta de sal en la
comida, todo era motivo de pelea. Con sus amigos era lo contrario, de la casa
para afuera era todo sonrisa y amabilidad.
—¿Por eso
su hija la sacó de su lado?
—Me
enfermé, mi presión estaba siempre por las nubes, así que me vine a vivir con
ella.
—De su
vida anterior a llegar al barrio, le refirió algo.
—No, Benicio
nunca hablaba del pasado, es más una vez insistí preguntando si tenía hermanos
y respondió que ese tiempo estaba borrado de su vida, una vez vino un joven a
hablar con él y lo echó de mala manera, cuando le pregunté quién era me dijo que
no me metiera en sus cosas.
Nada importante
les dejó la conversación con la ex novia de Benicio, sólo que era un ser de
pésimo carácter. La hija se acercó a al detective y le dijo:
—Ese tipo
era loco, gritaba a mi mamá por todo, la trataba peor que a un animal de carga.
La última
frase revolvió el estómago de Garmendia, se alejó pensando en lo raras que
pueden ser algunas personas cuando se las va conociendo a fondo.
Entre los
papeles de Benicio aparecieron varias fotos viejas con una mujer, se los veía
jóvenes a los dos.
—Quién
puede ser —dijo Garmendia en voz alta— son fotos antiguas, por la moda que
están vestidos, deben tener unos treinta años.
Carmona
observaba con atención una foto.
—En esta,
están en la puerta de un bar, se llama “El esquinazo” voy a buscar en Internet,
puede que todavía exista.
El bar
estaba cerrado desde hacía años, pero la imagen en Google apareció sin mucho
buscar.
—Estaba
en el barrio de Almagro —dijo Carmona sonriente— sobre la calle Guardia Vieja,
vamos…puede que alguien los recuerde.
En la
cortina cerrada del bar, las telarañas y el óxido habían dejado su marca.
Preguntaron a los vecinos, les mostraron las fotos y una mujer les dijo:
—Es
Marina muy joven, la cuñada del farmacéutico, vive en la otra cuadra, vamos,
los acompaño.
Llegaron
a una antigua casa pintada de amarillo. La vecina tocó timbre y al segundo se
asomó una mujer, era la misma de la foto con muchos años más.
—Marina
esta gente te busca -le dijo y se alejó.
La mujer
miró a los detectives con desconfianza:
—¿Qué quieren?
Garmendia
sacó las fotos, le mostró a la mujer y preguntó:
—¿Reconoce
a este hombre?
La cara
de Marina al instante se puso roja, le temblaron las manos y sin apartar los
ojos de la imagen, dijo:
—Lo reconozco,
pero hace muchos años que no lo veo…
Garmendia
mostró su placa y pidió permiso para pasar y hacerle preguntas, mientras
avanzaban por el pasillo notó que la mujer arrastraba la pierna derecha.
En una
pequeña cocina tomaron asiento, mientras ella preparaba café le preguntaron por
Benicio.
—Fue mi
esposo varios años, hasta que… se fue. Desapareció.
—¿Cómo lo
recuerda?
—Mal, mi
problema en la pierna se lo debo a sus golpes, era violento.
En ese
momento entró un hombre de unos treinta años, los miró sorprendido.
—Es mi
hijo Claudio — dijo Marina.
Garmendia
y Carmona se presentaron, la cara sonriente con que Claudio había entrado
cambió.
—¿Qué
buscan? —Dijo con voz tajante.
Garmendia
fue explicando el motivo, querían saber quién era Benicio, ya que investigaban
su muerte, luego de explicar los detalles de cómo lo encontraron y el
desconocimiento sobre su vida anterior, esperaron que Marina dijera al menos
unas palabras que los ayudara en la investigación.
La
conversación fue densa, Marina no guardaba un buen recuerdo de Benicio, era
parca o le costaba hablar, ya que al hacerlo por momentos tartamudeaba. Claudio
los miraba con desconfianza y les dijo:
—Ese tipo
era una mala persona, dejó a mi mamá en la calle sin tener familia que la
ayudara, sola, menos mal que mi tío se apiadó de ella y se quedó en esta casa,
ella estaba embarazada de tres meses cuando la abandonó.
La cara
del joven se crispaba al hablar.
—¿Era tu
padre? —preguntó Carmona.
—Desgraciadamente
si, una vez, tendría quince años lo fui a ver, quería conocerlo y me sacó a
empujones de su casa, dijo que no quería saber nada de mí ni de mi madre…era
una basura…
—¿Tú tío
y Benicio se trataban?
—No,
desgraciadamente mi tío murió hace tres años, le avisamos y él no se acercó, ni
al cementerio…
Garmendia
y Carmona se miraron entendiendo que era mejor irse, Marina y su hijo estaban nerviosos,
sin querer habían destapado un drama familiar que les hacía mal.
En el
viaje de regreso fue Pedro el que comentó:
—Te
fijaste que ese muchacho tenía un color amarillento, parecía enfermo…
—Pensé
que sería producto de la furia que tenía recordando a su padre.
—Puede
que tengas razón.
En los
días que siguieron nada nuevo surgió sobre el asesinato de Benicio.
Se
encontraban en un laberinto donde la investigación se trababa por momentos; unos
odiaban a Benicio y para otros era un santo.
En la
casa encontraron escrituras de propiedades, casas que pertenecían a Benicio y
entre esos documentos hallaron la libreta de matrimonio de Benicio y Marina.
Pedro se
acercó a la casa donde Marina y su hijo vivían, no los encontró, quería
entregarle los documentos y escrituras a la mujer, seguramente esas propiedades,
podían ser un desahogo a sus problemas económicos. Mientras caminaba hacía su
coche, se acercó la misma vecina que había reconocido a Marina en la foto.
—No están
—dijo con tristeza —Claudio se descompensó, vino la ambulancia y lo llevaron,
quedó internado, pobre chico… que mala suerte.
—¿Qué le
pasa? —Garmendia preguntó con temor.
—Está muy
enfermo, lo internaron en el Clínicas.
Garmendia
fue directo al hospital, preguntó por Claudio Torres y le dijeron que estaba en
terapia. Buscó a Marina y la encontró sentada en uno de los pasillos, su cara
era el reflejo del dolor más hondo. La mujer le dijo que Claudio padecía una
rara enfermedad y que para su tratamiento debía viajar a Méjico, cosa que era
imposible; pagar viaje y tratamiento.
Pedro le
explicó las propiedades que Benicio había dejado y que ella y su hijo eran los
únicos herederos.
A partir
de esa noticia y en pocas semanas Marina y su hijo partieron a Méjico a iniciar
el tratamiento.
Pero el
crimen de Benicio seguía en su misterio.
Fue la
vecina de enfrente, la misma que no había querido hablar con los detectives,
quien dijo a Carmona que ella había observado una fuerte discusión de su vecino
con una mujer y que antes no lo dijo por miedo.
—Eran
cerca de las tres de la mañana cuando escuché una discusión, era en la casa de
Benicio, creí que otra vez peleaba con la Pocha, pero no era su voz, la mujer gritaba:
“Es tu hijo y se está muriendo”
Carmona
quedó helado escuchando a la vecina que se estremecía recordando.
—La mujer
lloraba y él la insultaba por lo bajo, pero yo lo escuchaba, luego la empujó,
ella cayó al piso y escuché un tiro, corrí la cortina no quería que me vieran,
no pude ver la cara de la mujer, solo noté que al irse arrastraba una pierna.
Garmendia
observaba estremecido a Carmona mientras relataba lo que la vecina había
escuchado y visto.
—¿Qué
hacemos? —la voz de Carmona era un susurro, Garmendia se dejó caer en una silla,
movía la cabeza como buscando una idea que lo sacara de tal atolladero.
—Ella está
en Méjico, tratando de conseguir una nueva oportunidad de vida para su hijo,
tal vez, nunca regresen… dejemos que la cosas fluyan, seguramente la vecina escuchó
mal, era de madrugada, estaba algo dormida e imaginó voces y palabras.…
Los dos
se miraron, salieron de la oficina en silencio rumbo cada uno a su casa, no era
día de cervecitas en lo del gallego, la conciencia les batallaba entre el deber
y los sentimientos…cabizbajos, se perdieron calle arriba.



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