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jueves, 29 de octubre de 2026

Las hermanas Arrieta.


 Hoy el detective Garmendia y Carmona se toman un descanso, llegan las hermanas Arrieta, espero les guste.




 

El reloj de la plaza dio las cinco campanadas. Los ecos se fueron disipando en el atardecer de verano. Por la calle que bordea el río, buscando la sombra de los aromos, y con paso lento, van las hermanas Arrieta. Esas, las llaman los paisanos de Villa Pedregal, y cuando hablan de ellas, las voces son susurros.

Elisa lleva el rostro crispado. Avanza erguida, desafiando a los que las observan desde las puertas entreabiertas. Las vecinas disfrutan, saben el dolor que las desgasta. Mañana comentarán lo que vieron, y hasta lo que imaginaron ver. Inés es la menor, el sello de sus lágrimas, parece demacrarla más. El viento mueve su pollera y juega con su pelo negro. Le queda una flor y un pañuelo arrugado de tanto llorar.

Tras las persianas, alguien grita: ¡Se lo merecen, putas de mierda!

Ellas no escuchan. El dolor es demasiado grande, las alejas de la realidad.

Ramón las mira pasar. La angustia le cierra la garganta, le pesa en los hombros; mochila de culpa y plomo. Quiere correr tras ellas. Abrazar a Inés y decirle que no importa lo pasado, que la ama. Sabe que no es el momento. Ellas se alejan, se pierden calle abajo, y él queda con los ojos clavados en ellas. Le llega lejana la voz de su madre, siempre gritando y metiéndose en todo, ahora quiere un árbol de naranjo dulce en la quinta. Un naranjo dulce, repite Ramón en voz baja mientras camina hasta el taller, se detiene, cierra los ojos y sonríe, buena idea la de su madre.

 

Un año atrás, en el baile de la Sociedad de Fomento, festejaban el aniversario de Villa Pedregal. Demasiado vino y alegría, cabrioleaba en las gargantas y en los cuerpos. Esa noche, las guitarras y los acordeones gemían su música fiestera y en sus compases, Elisa y Jacinto, bailando; se descubrieron. Él era un recién llegado. Todas lo miraban. Era buen mozo, alto, el pelo largo, oscuro; era un adonis criollo. Él, sólo vio a Elisa. Se gustaron, ella coqueteaba y él la seguía entre las mesas, había un imán en ella y él era de metal.  Amanecía cuando emprendieron el regreso, Jacinto las acompañó. Inés se alejó y ellos quedaron solos, se detuvieron en la plaza del pueblo, el cálido aliento de la noche de verano se alzaba desde el césped y los envolvía encendiendo sus sentidos. Quedaron en verse al día siguiente.

A orillas del río, entre pasión y ternura los ganó el deseo. El amor creció bajo la sombra cómplice de las acacias y al mes vivían juntos en la casa de las Arrieta.

El hogar de las hermanas, fue diferente.  La felicidad de Elisa y Jacinto, perfumaba la casa, brotaba en los Jazmines y hasta las rosas renovaron el color.

Pero el diablo, viejo ladino, dejo caer su ponzoña, e Inés descubrió en el hombre de su hermana, algo, que en los otros no encontraba.  Una casa, dos mujeres y un hombre: tentación que siembra el coludo.

Jacinto, se fue haciendo dueño del pensamiento de Inés y él aceptó el juego, sin pensar que   se iban enredando en una frescura blanda como el césped que los recibió abrazados por primera vez y del que no lograron salir indemnes.  

Las miradas cómplices, despertaron a Elisa de su ensueño. Algo sucedía entre su hermana y Jacinto, algo que no era bueno y se palpaba en el aire. Elisa preparó una trampa.

Fingió una visita al médico de un pueblo vecino. A la hora regresó. Silenciosamente cruzó la puerta y los encontró amándose. Los gritos de Elisa y sus maldiciones centellaron como rayos. Inés escapó envuelta en una sabana. Jacinto cayó de rodillas ante su mujer.

—Es más fuerte que yo —le dijo— sé que no me vas a entender, pero las amo a las dos.

Elisa pensó en matarlos. Hubiera sido un segundo tomar el arma que había pertenecido a su padre y vengarse. No tuvo fuerzas.

Lloró, hasta quedar con los ojos secos. En los días siguientes, fueron tres sombras mudas, yendo y viniendo por la casa, convertida en un laberinto que los cruzaba y los alejaba a cada paso.

Elisa no lograba vivir sin él, e Inés moría cada noche entre la angustia y el deseo.

Jacinto tomó la decisión de irse. Las quería demasiado para separarlas. Preparó su bolso. Trató de salir sin que lo vieran, no llegó a la puerta. Las dos le cortaron el paso Inés le quitó el bolso.  Elisa lo empujó a la cocina y allí entre platos y manteles le dijeron su verdad, plantadas frente a él.

—Las dos estaremos contigo —dijo Elisa y su hermana asintió.

Así comenzó la locura de amar de a tres. De compartir placer, sudor y sábanas.

Las vecinas del pueblo seguían sus movimientos. Algo sucedía en la casa de las Arrieta, esas dos no eran trigo limpio, murmuraban en voz baja.

Inés dejó de ir a los bailes del pueblo. Los amigos la extrañaban, en especial Ramón. Él la esperaba como antes, por el camino que bordea el río. Ella no volvió a pasar sola, iba siempre acompañada por Jacinto.  Hasta la mirada de Inés era distinta, desafiante, casi burlona.  Ese maldito de Jacinto la había cambiado —pensaba Ramón— le había robado a la mujer que amaba.

 

El cementerio y Jacinto quedaron atrás. Enmudeció la boca querida, y ese cuerpo que amaron hasta el delirio, hoy lo cubre la tierra. Lo amaron. Sí, las dos. Era mejor compartirlo que perderlo. Al llegar a la casa, Inés prepara el té.

—¿Cómo pudo caerse del caballo? —Pregunta Elisa— era un hombre acostumbrado a montar desde pequeño.

—Tal vez alguna serpiente asustó al animal, es una zona difícil, pedregosa…

—No me puedo conformar, no lo puedo creer. Me parece que, de un momento a otro, va entrar y reiremos juntos.

Dos noches atrás, Jacinto no regresaba de su trabajo en el campo de las Arrieta. Había oscurecido, su caballo llegó solo y decidieron salir a buscarlo. Cada una cargó su poncho, una linterna y salieron. Oscuros nubarrones, ocultaban una luna enorme y anunciaban una tormenta que ninguna de las hermanas esperaba. A pesar del verano, soplaba una brisa fría que las hacía estremecer. Siguieron el camino que Jacinto utilizaba para el regreso. En un recodo, donde el sendero se desvanece dando lugar a una zona pedregosa, iluminaron cada rincón, y allí estaba. Era un muñeco desarticulado entre las piedras que bajaban hasta el río, su cuerpo había quedado sostenido por los arbustos. Las nubes se alejaron y un rayo de luna le dio en la cara, parecía flotar.

—¡Jacinto!

El viento llevó la voz de Inés, la enredó en los matorrales y la perdió en el vacío. Él no se movió. Elisa ahogó un grito. Bajó, sujetándose de las malezas, resbalando sobre la hiedra mojada de rocío.  Al llegar acarició la cabeza querida. Estaba frío.

—¡Busca ayuda! —gritó temblando.

Inés corrió al pueblo en busca de un médico. Elisa quedó allí, abrazada a Jacinto, esperando un milagro que no llegó.

A partir de ese momento, todo fue confuso. La llegada del médico y su voz apurada, al decir:

—Ya no hay nada que hacer, está muerto. Fue un accidente, se desvió del sendero y se vino abajo por el pedregal.

Los policías las miraban con ojos cargados de burla, mientras ellas se abrazaban a Jacinto.

—Retírense —dijo el médico y lo cargaron hasta la camioneta policial.

 

 

Ramón esperó que su madre saliera como cada tarde a visitar a las vecinas. Se levantó de la cama en la que había fingido dormir la siesta, y salió por la puerta de atrás. En el galpón estaba el árbol de naranja dulce. De un cajón, extrajo un bulto envuelto en papel de diario.  Fue hasta el huerto. Eligió un lugar y cavó un pozo profundo. Dejó caer el bulto, plantó el naranjo y cubrió la raíz con tierra. El árbol sería el custodio a medida que creciera de la prueba de su delito. Allí quedaría por siempre y él seguiría su vida en paz. ¿En paz? Cada día, lo vivido aquella noche regresaba y le robaba el sueño.

 

La loca idea fue creciendo como planta dañina. Conocía el camino que cada atardecer llevaba de regreso a Jacinto. Estudió el terreno, pensó cada detalle. Eligió la arboleda más tupida, y su mejor posición.

Escondido, lo vio llegar. Esperó a que pasara y disparó. La bala ingresó en la nuca de Jacinto, el caballo se alzó sobre sus patas traseras y Jacinto cayó, rodando hacía el barranco. Ramón esperó unos minutos, ni un quejido, luego se acercó, Jacinto todavía respiraba.  Apoyó la cabeza, sobre una piedra, que se fue tiñendo de rojo. El animal había quedado en el sendero esperando a su dueño, Ramón lo azuzó y el caballo espantado emprendió el galope.

 

—Seguro que venía borracho —dijo el policía.

En Villa Pedregal nada se investiga y menos la muerte de un desgraciado que se acuesta con las hermanas Arrieta.

El médico apuró el trámite, su mujer lo esperaba para cenar y cuando llegaba tarde, el humor de ella era un espanto. La piedra manchada y el pelo negro sucio de barro y sangre, dieron una rápida solución, nadie vio, ni quiso ver la marca en la nuca.

Sólo Ramón sabe y calla.  No logra dormir, la culpa es un demonio cargado en su espalda, cuyos brazos y manos le aferran la garganta, lo ahogan y no lo dejan respirar. No olvida a Jacinto y sus ojos atravesando los suyos. Ahora Jacinto está enterrado y la única prueba, el revólver; también.  Mi vida debe seguir como antes, como si nada hubiera pasado, murmura Ramón intentando convencerse de algo que nunca va a lograr.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 10 de octubre de 2026

Crimen en el barrio cerrado.


 


 

El jefe Mariani entró en la oficina de Garmendia y con voz tranquila les dijo:

—Han denunciado un crimen en el barrio cerrado de Norte azul, llamaron al 911 y la fiscal ya está allí —sonrió con picardía— creo que es su amiguita.

—No es mi amiguita, es mi novia… —exclamó Pedro con fastidio y mirándolo a los ojos— más respeto.

Mariani murmuró algo entre dientes y se fue.

En pocos minutos llegaron. Emma y su equipo ya habían cercado el interior de la habitación, el forense y la policía científica hacían su trabajo en silencio.

La mujer asesinada, Joaquina Velázquez, tenía unos sesenta años, yacía en el piso, dos balazos, la habían tomado por sorpresa y había caído luego de un giro que la dejó en el piso como una muñeca rota, las balas llegaron desde arriba, a un metro de ella estaba su celular.

La fiscal Suárez cubrió el cuerpo con una tela oscura.

La casa era de dos plantas. En el piso superior las dos habitaciones se veían cerradas, un pasillo las separaba de la baranda y desde allí, sentada en una silla de ruedas, una joven observaba la escena.

Emma le susurró a Pedro:

—Es Lidia la nieta o sobrina de la muerta, esta convulsionada, mira y no habla.

Pedro preguntó a Emma los pormenores del caso, Carmona daba vueltas deteniéndose en cada detalle que llamaba su atención, por ejemplo, una cámara enfocaba solo el salón, el lugar era un cuarto de estar, amplio, escalera, mesa central, sillas, sillones, macetas con plantas, nada interesante.

Carmona guardó el celular caído en un plástico y comentó que la mujer había marcado el 911 pero no llegó a la tecla verde que comunica.

—¿Entonces quién llamó? —preguntó Pedro.

—Seguro la nieta —respondió Emma, encogiéndose de hombros.

Garmendia sin apuro subió los escalones, al costado había un ascensor para la silla de la joven, la chica tendría unos veintitantos años, no lo miró, seguía con la mirada fija en el cuerpo cubierto que yacía en el piso.

—Soy Pedro Garmendia —dijo mirando a la joven— voy a investigar la muerte de su abuela.

La joven miró a Pedro, y se volvió a su habitación, Pedro la siguió.

El ambiente del cuarto estaba desordenado, un escritorio con muchos libros, cajas por el suelo, Garmendia observó y nada dijo. Una puerta comunicaba con la habitación contigua

—¿Esa puerta va al cuarto de tu abuela?

—Si. No es mi abuela… —la voz sonó áspera.

—Teníamos mal la información entonces, ¿cómo te llamás? —dijo Garmendia.

—Lidia Fuentes Arride. Al morir mis padres, Joaquina quedó como mi tutora, era prima lejana de mi mamá.

—¿Pudiste ver o escuchar algo?

—Si… escuché gritos, era una mujer, no entendí que decían, hablaban un idioma raro, me asomé y vi a la mujer tomarla de un brazo, sacudía a Joaquina preguntando si yo estaba arriba y subió la escalera, entré a mi cuarto –– quedó en silencio, le temblaban las manos— una puerta los comunica, pasé al cuarto de al lado, cerré y la escuché que daba vueltas y golpeaba cosas, quiso pasar al otro lado y yo había cerrado con llave….

La joven inclinó el cuerpo y se agarró la cabeza con las manos. Garmendia no la apuró, guardó silencio, cuando ella se recompuso, prosiguió:

—Fue el juego del gato y el ratón, cuando esa mujer entraba en un cuarto yo pasaba al otro por la puerta intermedia, nunca me vio.

—Fuiste muy audaz, la adrenalina te motivaba a actuar así…

—Cuando esa mujer salió, me asomé despacio por la puerta que da al pasillo, ella la había dejado entrecerrada, la vi levantar un arma y desde arriba disparar a Joaquina, estaba loca, la escuché gritar: ¡¡Deja ese teléfono!! —el miedo me latía en la cabeza, temblaba entera— al   bajar, miró a Joaquina y sin decir nada se fue… Yo llamé al 911…

—Notaste algo en esa mujer que te llamara la atención, algún rasgo, ¿cómo iba vestida…?

—No sé… pantalones, buzo y nada más… llevaba anteojos de sol puestos en la cabeza, el buzo lo llevaba remangado y el reloj en la muñeca era grande, me llamó la atención…

Allí Lidia se largó a llorar, una oficial, a pedido de Pedro se acercó con un vaso de agua y se quedó con ella serenándola.

Dejaron una oficial para que acompañe a la joven. La fiscal junto a la policía científica quedó tratando de rescatar pruebas. Se llevaron el cuerpo.

Los detectives se retiraron. Su interés por el momento estaba en buscar quién era la señora Joaquina, saber quién la había nombrado tutora de Lidia y a quién pertenecía la casa.

Cuando la fiscal Suarez se reunió con ellos, ya era casi de noche, solo les dijo algo que los preocupo; en la casa no encontraron huellas de la mujer, era extraño, ya que al ir y venir de un cuarto a otro sus huellas debieron quedar en el picaporte de la puerta, o en el pasamanos de la escalera, sin embargo, nada confirmaba su presencia en esa casa.

El padre de Lidia era Hernan Fuentes, fueron a su oficina, era despachante de aduana, entre los papeles de Fuentes, Emma descubrió el nombre y dirección de su abogado: Andrés Castillo, barrio de Belgrano.

Garmendia y Carmona lo visitaron, él podía darles datos sobre la joven, la familia y su tutora.

Sorprendido por el crimen y la visita de los detectives, el abogado, en un primer momento se mostró parco en sus respuestas, luego fue aflojando su tensión y colaboró con ellos.

Hacía muchos años que era abogado de la familia Fuentes, él no designo a la tutora de Lidia, fue una de sus tías y la asistente social de turno, aclaró que pocas veces habló con la joven Fuentes ya que desde el accidente en que perdieron la vida sus padres, ella quedó en silla de ruedas y no aceptaba visitas y ninguna conversación sobre temas que recordara a sus padres. Fuentes era el encargado cada mes de pasarles una mensualidad que cubría el sueldo de Joaquina y gastos de la joven y la casa.

—¿De dónde sale esa cuota mensual? —preguntó Pedro.

—De los alquileres que pertenecieron al señor Fuentes, varios departamentos e inversiones que yo sigo manejando y cuidando ya que Fuentes no solo era un cliente, éramos amigos desde chicos...

Lo dijo con tristeza. Fue poco lo que pudieron investigar sobre la familia Fuentes, gente normal, entonces no entendían porque alguien entró en la casa, dando muerte a la cuidadora he intentado hacer lo mismo con Lidia. Debian investigar a Joaquina Velázquez, tal vez en ella estaba el porqué de un crimen tan alevoso.

Fue Emma quién trajo noticias. La encargada de cuidar a Lidia se había dedicado desde su juventud a cuidar enfermos, siempre conviviendo en la casa que la contrataba, ya que no tenía familia ni hogar, creció en un orfanato y de allí salió para casarse con un personaje de mala reputación del que se separó a los pocos años. Sus referencias eran buenas. Carmona visitó a la tía de Lidia, ella había recomendado. Las preguntas de Carmona incomodaron a la señora, ya que se consideraba la única persona que se preocupó por Lidia y no entendía que ahora le hicieran tantas preguntas.

—Señora es mi deber investigar un crimen, debo hacer preguntas, ¿Joaquina era familiar de Ana, la madre de la señorita Fuentes?

—Se había casado con un primo segundo de Ana, ella se dedicó a cuidar enfermos, por eso la presenté al abogado de los Fuentes, él revisó sus recomendaciones y estuvo de acuerdo.

—¿Usted las visitaba?

No respondió.

La mujer se movía nerviosa, Carmona la observaba con interés, algo le despertaba curiosidad, tal vez sus ojos inquietos que no lo miraban de frente, algo había raro en ella…

—Señora por ahora la dejo tranquila, pero ante nuevas dudas voy a volver.

La mujer respiro aliviada ante sus palabras de despedida.

Carmona regresó a la oficina y conversó con Emma y Pedro el resultado de sus preguntas y la sensación de molestia de la tía.

Emma visitó a Lidia, tratando a encontrar datos sobre la misteriosa asesina, pero la joven era escueta en sus declaraciones, había un temblor en sus manos y en su voz ante cada pregunta que la fiscal le hacía, al fin, Emma salió de la casa con una conclusión que solo presentaría a Pedro, antes que a Mariani.

Carmona y Emma llegaron casi juntos a las oficinas de la seccional. Pedro los escuchó y su confusión se acentuaba más ante cada conclusión.

—¿Estoy segura de que allí no hubo ninguna mujer asesina —dijo Emma— Lidia habló de una mujer con buzo remangado y reloj grande, eso hace suponer que no llevaba guantes, ella lo hubiera notado, ¿entonces por qué no hay huellas? Y ese juego del gato y el ratón, del que habló Lidia; ¿no resulta un tanto increíble?

Garmendia y Carmona asintieron.

—¿Si fue la chica quién disparó, por qué lo hizo?

La pregunta de Carmona quedó en el aire, los tres se miraron, confirmando las palabras de Emma.

—Tendremos que revisar las cámaras de la vigilancia —La voz de Garmendia sonó casi en un susurro— extrañamente las cámaras de la casa no muestran nada importante.

Al día siguiente los tres visitaron a Lidia, una nueva asistente la acompañaba. Bajó por el ascensor, muy calma, diferente a la vez anterior en que se la veía insegura y fastidiada. Los invitó a tomar asiento, pidió a la asistenta que trajera té y preguntó el motivo de la visita. Emma comenzó:

—¿Cómo era su relación con Joaquina?

—Normal, yo pedía y ella me asistía… ¿A qué viene la pregunta?

—Tenemos una duda —Prosiguió Emma— no hay pruebas de que haya entrado una mujer en la casa, la cámara del salón no registró entradas y tampoco encontramos huellas y no me digas que llevaba guantes porque no lo dijiste, cuando te preguntamos la primera vez.

La joven fue cambiando lentamente el color de su rostro, quiso decir algo que no logró coordinar, al fin dijo:

—¿Qué están inventando? Yo no tengo armas, ni puedo moverme con libertad, ¿cómo lo haría…?

—Hay una posibilidad —exclamó Carmona mostrando unas fotos, pero sin acercarlas a Lidia— que tu silla sea una mentira, que camines normalmente y Joaquina te descubrió.

Le acercó las fotos, tomadas por el ventanal abierto, las cámaras de la vigilancia grabaron a Lidia caminando por la casa. Lidia las miró una por una, endureció sus facciones, miró a la fiscal y a los detectives con furia.

—¡¡Esto no prueba nada!!

—Prueba que mentiste, estas capacitada para moverte normalmente, ¿porque la mataste?

—Ella y la tía idearon sacarme de circulación, yo las escuché hablar, mis padres dejaron una gran fortuna, si yo desaparecía la tía heredaba todo y Joaquina recibiría una parte importante, varias veces sucedió que la comida me caía mal, se lo dije a un amigo y él se encargó de llevar muestras a un laboratorio, había pequeñas dosis de cianuro.

—¿Por qué no las denunciaste?

—Mi amigo lo hizo y no le creyeron, ese día Joaquina había salido y descubrí que guardaba un arma en su cuarto, era una Bersa 22, la tomé y la escondí en una caja de cachivaches del altillo, Joaquina se dio cuenta y subió furiosa, sospechaba que yo tenía movilidad —respiró hondo y la voz se le hizo finita, casi ahogada— revolvió buscándola y al no encontrarla bajó, llamó a la tía y planearon algo que no entendí, cuando la tía se fue, agarré la 22, me acerqué a la baranda, tomé puntería y disparé, lo demás ya lo saben, guardé los comprobantes del laboratorio.

—¿Era necesario matarla…? ¿Cómo es que la cámara del salón nunca te mostro caminando? —Preguntó Pedro.

—Estaba conectada a mi celular y yo maniobraba la cámara cuando quería, no me miré así…algo tenía que hacer, me estaba envenenando y la policía no me creyó, dijeron que los certificados del laboratorio eran falsos, hacía días que no probaba bocado por miedo o la mataba o moría de inanición.

—¿Y creíste que nos ibas a engañar con el tema de la intrusa…?

—Estuve a punto de hacerlo —respondió burlona.

—¿Dónde está el arma?

—En el altillo.

Lidia se fue esposada en un coche policial.

Al salir, Garmendia se detuvo, se volvió a mirar la casa y dijo en voz alta:

—¿Y ahora todo este lujo, semejante caserón para quién va a quedar, tanta riqueza no le sirvió de nada a Lidia, ni a la tía, ni a Joaquina, solo logró que la ambición de dos mujeres sacara lo peor de ellas y obligara a una joven a defenderse de cualquier manera, creo que el sufrimiento de perder a sus padres le nubló la razón…  

Ninguno respondió.

 

La fiscal Suárez, exhibió el caso ante el juez Batastini y le pidió consideración para la joven por la situación vivida con sus padres y por la negación de la policía a escucharla cuando presentó la denuncia. El accidente la alteró psicológicamente y la única persona que pudo ayudarla, la tía, intento matarla por su dinero. La tía que quedó presa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Descubriendo misterios.


 


La llamada del jefe Mariani puso a Garmendia nervioso, cada vez que pedía que fuera a su oficina, era problema en puerta.

Carmona recién llegaba de Pilar e intentaba contarle a Pedro, el caso que había investigado y no pudo hacerlo, el jefe los apuraba.

Mariani los recibió con café, era raro en él esa amabilidad. Los invitó a tomar asiento y soltó el rollo:

—Tenemos un caso difícil…el ministro Fontana me pidió que fuera a verlo, allí me enteré cuál era su preocupación, algo grave le sucede a su hermano Santiago y quiere que lo solucionemos —hizo silencio buscando las palabras adecuadas— resulta que… Santiago Fontana compró un caserón antiguo en Villa Ballester, uno de los pocos que quedan en ese barrio…y…hay fantasmas…—la voz sonó filosa como un vidrio roto.

Pedro y Carmona observaron al jefe en silencio, se miraron conteniendo la risa, al fin fue Garmendia quien habló:

—Mariani yo lo respeto a usted, pero nos mandó hace unos meses a su pueblo y nos encontramos con árboles endemoniados, luchamos con ellos y salimos airosos por gracia de Dios, pero fantasmas, ya es demasiado.

Se puso de pie, Carmona lo siguió y salieron de la oficina de Mariani a paso redoblado. El jefe fue tras ellos:

—¡Un momento! Son ordenes de arriba.

—¿Arriba de qué? —preguntó Carmona con fastidio.

—¡De Moreno 1550! —la voz de Mariani fue un chillido.

Los detectives se miraron, fue Garmendia el que dijo:

—¿Adónde hay que ir?

 

2)

El caserón era antiguo, en sus tiempos debió ser una mansión muy elegante, pero los años y el abandono lo mostraban como a un viejo patriarca venido a menos.

Los recibió Santiago Fontana, recorrieron las habitaciones, quedaban pocos muebles. En la biblioteca, habían dejado una bella pintura al óleo, era el retrato de una mujer, morena con ojos muy claros y vestida de azul, a la usanza del 1900, Garmendia sintió un estremecimiento al observarla, quedó impactado ante tal belleza, preguntó quién era y Fontana no supo decirle, debe ser un familiar del primer habitante de esta casa, no tiene autor, solo la fecha 1902— respondió.

Fontana no le dio importancia a la pregunta de Pedro, siguió hablando de lo que a él importaba; la situación que estaba viviendo.

—Me quise quedar a dormir y fue imposible, durante la noche se escuchan corridas en la escalera, gritos ahogados y alguien cambia las cosas de lugar, los vecinos dicen que aquí hay fantasmas desde hace años —hablaba con temblor en la voz, Garmendia comprendió que el temor era real.

Carmona observaba, golpeaba las paredes buscando algún sonido hueco y nada aparecía, estaba seguro de que esos fantasmas eran de carne y hueso.

—En estas casas antiguas suele haber, paredes dobles con molduras en muebles que al empujarlos dejan paso a una habitación escondida —dijo Carmona.

—Lo he revisado todo y nada encontré —la voz de Fontana sonada insegura— tal vez ustedes tengan más suerte y hallen algún pasadizo secreto, por algún lado entran, yo no creo en fantasmas, pero....

Fontana era un tipo normal, nada en él, daba la idea de ser un fabulador. Los detectives decidieron que esos vecinos que hablaban de fantasmas, tal vez les dijeran algo importante. Decidieron visitar un viejo almacén y la ferretería, lugares antiguos del barrio y que sus dueños sabían vida y obra de cada familia. El resultado fue peor o mejor, no sabían qué pensar.

La historia, era casi increíble. Esa casa perteneció a un coronel del ejército de apellido Antunez, nadie recordaba el nombre de pila, el personaje en cuestión pertenecía a una Logia Masónica llamada: “Unión del Plata N°1”. Fue el coronel quien edificó la casona a fines del siglo XIX, eran varios los vecinos pertenecientes a esa Logia y juntos construyeron túneles por los que se conectaban para sus reuniones secretas. Esa era la leyenda, cierta o no, nadie lo sabía, los túneles no se habían encontrado.

—Quiere decir —dijo Garmendia— que, si hay túneles, debe haber una puerta de entrada a la casa, tal vez buscamos adentro lo que está afuera.

Recorrieron cada detalle de la casa y nada encontraron.

Hasta que Garmendia observó que el gran parque que rodeaba la casona ocupaba casi media manzana, los detectives se separaron para recorrerlo, Pedro siguió curioso unas antiguas palmeras que seguían una línea como marcando un camino y terminaban en una de las paredes, allí existía una caseta, era un pequeño galpón de herramientas de jardín. Llamó a Carmona, lo abrieron, encontraron algo raro en semejante lugar; una alfombra.

Al levantarla una puerta trampa apareció ante ellos y una escalera de hierro angosta, bajaba y se perdía, Carmona iluminó con su celular y el panorama ante sus ojos era de película de terror. Oscuridad total.

—Bajo yo solo —dijo Garmendia— ante un peligro, grito y llama al 911.

3

La negrura apenas se quebraba con la luz del celular, parecía un depósito de muebles viejos, la pared recubierta de ladrillos dejaba ver telarañas por todos lados. No era un sótano, era un túnel. El piso de tierra mostraba huellas de zapatillas de tenis, ese túnel debía tener la edad de la casa, difícilmente esas huellas pertenecían a los antiguos habitantes. El pasaje era largo, Pedro lo recorrió durante varios minutos, parecía no tener fin, solo halló una mesa con diarios ya amarillos, en uno se leía con claridad; 16 de julio 1934. Decidió salir. Los fantasmas salían por la caseta y entraban a la casa por la ventana del baño, que vieja por los años, se abría con un simple golpe.

Avisaron a las autoridades, que ellos se ocuparan de ver hasta dónde iba ese túnel, por el momento lo mejor sería trabar la puerta trampa. 

A partir de allí los fantasmas desaparecieron. ¿Cuál era el motivo de asustar al nuevo dueño?  Volvieron a visitar a los vecinos que les habían dado la pista de los túneles, pero ellos, nada pudieron aportar.

Una anciana que llevaba 60 años viviendo frente a la casona fue la que abrió la puerta del misterio.

—Esa casa, pasó por varios dueños, en los últimos años la quiso comprar varias veces el Chino Salgado y el propietario no la quiso vender.

—¿Por qué? —preguntó Carmona.

—Dicen en el barrio que Salgado es el líder de una banda de traficantes de zona norte, eso se dice, nadie tiene pruebas y el dueño se negó a venderla.

—Entonces los túneles existen y abarcan varias manzanas— dijo Pedro— Salgado es conocedor del tema, eso le vendría muy bien para su organización y creyó que aterrorizando al nuevo dueño sería muy fácil que le vendiera la casona.

—Exacto, era pan comido —exclamó la anciana.

4

Debieron sellar con concreto la entrada al túnel.

—Deben existir más túneles, las viejas casas que quedan, guardar sus misterios y sus comunicaciones por esos pasadizos oscuros —dijo Pedro— Ya solucionamos el tema de los fantasmas que asustaban a Fontana, ahora serán las autoridades competentes que investiguen, ese tema ya no es nuestro.

Carmona asintió, el tema no le resultaba agradable, así que con una sonrisa se preparó para irse.

Pero Garmendia volvió a la casa, algo lo perturbaba, había quedado impactado con la pintura que había visto en la biblioteca y que fue la única que se conservó del antiguo esplendor de esa vieja casona, la mujer que sonreía desde la tela era tan real que lo había deslumbrado, Pedro subió las escaleras lentamente, llegó ante la imagen y quedó unos segundos admirando la belleza de esa desconocida. Sus ojos parecían tener vida. Giró para irse y se detuvo en seco, frente a él cruzó una dama con un vestido azul era la mujer del cuadro, el corazón de Pedro golpeaba como un tambor, las piernas se le volvieron de cartón y una transpiración helada le bajó por la espalda, no lograba moverse, ella pasó frente a él y salió por una puerta sin verlo y Garmendia quedó clavado en el piso. Al entrar Carmona, verlo tan quieto y tembloroso mirando el hueco de la puerta le preguntó:

—¿Qué te pasa Pedro, estás blanco?

No pudo responder, la voz se le ahogaba en la garganta.

—Vamos, tranquilo… —exclamó Carmona, comprendiendo que a su compañero le estaba pasando algo serio — fue un día muy largo y Emma te está esperando. Carmona decidió que era mejor que Garmendia no manejara, no le gustó la palidez de su cara, regresaron a la oficina sin cruzar palabra, ya tendría tiempo para contarle a su compañero la experiencia vivida.

A partir de ese momento las noches para Santiago Fontana fueron tranquilas, los fantasmas habían desaparecido, al menos eso creía...

 

“Les cuento que esta historia nació después de leer que en V. Ballester se descubrieron túneles muy antiguos, que cruzan la ciudad y no se conoce el origen, estaban señalados por las palmeras de la plaza Roca.”

 




lunes, 24 de agosto de 2026

Carmona y sus tios.


 

 

 

Los tíos de Carmona lo invitaron a pasar unos días de descanso en su quinta de Pilar, la casona estaba en una zona alejada del bullicio de los country y los shoppings, rodeada de campo donde crecían ciruelos, nogales y otros árboles frutales, criaban cabras y gallinas, un lugar pacífico y rodeado de un verde brillante que dejó a Carmona extasiado por su belleza, tan diferente al gris de la ciudad en que vivía.

Notó en el mensaje de voz de su tío Adolfo, un nerviosismo al pedirle que fuera lo antes posible, era extraño pues recordaba a su tío como un ser tranquilo a veces demasiado, aceptó la invitación y al día siguiente por la tarde se presentó en el caserón.

Hacía años que no los visitaba, lo recibieron con tanta alegría que se encontró como en su casa, y olvido la preocupación que notó en el mensaje.

Fue su prima Gabriela la que comentó que estaban preocupados por la desaparición de uno de sus ayudantes, un joven que hacía varios años estaba con ellos y se ocupaba de los trabajos pesados de la quinta.

—Nacho desapareció hace tres días Tony —dijo el tío Adolfo, Carmona se estremeció al escuchar su nombre de infancia, hacía años que nadie le decía Tony— fuimos a la policía y nos dijeron que seguramente se había quedado a dormir en casa de alguna amiga, no tomaron la denuncia.

Mientras Gabriela lo acompañaba a ver la casa donde vivía Nacho, le contó que el joven andaba en amoríos con una mujer de una granja vecina, ella era casada, y Gabriela temía que el marido, don Funes, los haya descubierto.

Carmona buscó en la casa y nada encontró que llamara su atención.

Salieron y fueron a recorrer los alrededores de la quinta, se acercaron con cuidado a la granja de don Funes, nada sospechoso encontraron, cerca corría un arroyo de poca profundidad que según le dijo su prima cruzaba gran parte de Pilar, allí encontraron una cabra mordisqueando un trapo, al acercarse más comprobaron que era una camisa, Gabriela creyó reconocerla, intentaron quitársela, el animal se espantó y la llevó arrastrando, mientras escapaba por el campo, corrieron tras ella a pocos metros la dejó. Gabriela corrió a buscarla, la llevó ante Carmona.

—Mirá Tony, es de Nacho y esta manchada de sangre y barro.

Con la camisa fueron a hacer la denuncia, está vez la aceptaron. Gaby declaró que Nacho llevaba unos meses viéndose a escondidas con la esposa de Funes.

La policía rastrilló la zona, nada encontraron.

Dos oficiales y Carmona se acercaron a la granja y pidieron hablar con el dueño. Funes resultó ser un hombre mayor, de pocas palabras, y apariencia de buena persona. Los hizo pasar a la casa, los llevó a la cocina y sirvió café, la mujer de Funes observaba a cierta distancia era joven y muy bonita. El policía a cargo habló con discreción sobre la desaparición de Nacho. Funes negó conocerlo, mientras él negaba todo lo que le preguntaban, su mujer se largó a llorar. Carmona se acercó a ella y le preguntó si sabía algo del joven. Ella entre hipos y voz entrecortada señaló a su esposo y dijo:

—Él sabe qué hizo…

Policías y Carmona se volvieron a don Funes, la cara del hombre estaba crispada, sus ojos despedían chispas de rabia.

—Ese mocito recibió su merecido, va a aprender a respetar a la mujer ajena —exclamó con un tono de enojo que no supo disimular.

Carmona tragó saliva, mientras uno de los policías tomó a Funes del brazo y le preguntó casi gritando:

—¿Qué hiciste con el muchacho?

—Nada, lo molí a golpes para que tenga y aprenda a respetar.

—¿Dónde está…? —la voz de Carmona surgió con rabia, lo miraba con una furia rara en él, que siempre era sereno ante los enojos de Garmendia.

—Lo dejé en el rancho de la Lechiguana.

Carmona se volvió a los policías y preguntó;

—¿Quién es la lechiguana?

—Es una vieja medio bruja y curandera que vive en los fondos de la ruta ocho —dijo uno de los agentes— pero primero llevamos a Funes y a la mujer a la comisaría.

La Lechiguana vivía en un rancho de adobe, encallado en medio de la nada, lejos de la ruta y sin vecinos a la vista. Los recibió tranquila, parecía que los estaba esperando, señaló con un gesto de la cabeza el interior y allí lo encontraron, tirado en un catre, vendado desde la cabeza, hasta las piernas; estaba Nacho. La paliza había sido brutal, la Lechiguana lo había curado con sus ungüentos y yuyos y le había salvado la vida evitando infecciones y hemorragias, pero igual los agentes lo cargaron en el móvil policial rumbo al hospital más cercano.

Don Funes quedó preso, en la seccional policial por el momento, el juez decidiría que hacer con él.

Carmona regresó a la quinta, el tío Adolfo y Gaby lo esperaban inquietos.

Lo apabullaron con preguntas y les dijo;

—Creo que a tu ayudante se le van a ir las ganas de meterse con mujeres casadas —dijo Carmona a su tío— van a tener que operarle la rodilla izquierda y soldarle algunas costillas, eso le va a llevar algunas semanas de internación.

—Nos vamos a ocupar de visitarlo y cuidar de él cuando le den el alta —respondió don Adolfo— este muchacho es muy tonto, todos sabemos que Funes tiene pésimo carácter, tendría que haberse fijado lo que hacía…

—Por lo visto el enamoramiento fue más fuerte que la prevención —exclamó Carmona.

Mientras regresaba de regreso a la capital, Carmona pensaba que gracias a una cabra se había aclarado el caso. Cuando se lo cuente a Garmendia se va a reír, y hablando solo exclamó: esas cosas me pasan solo a mí.

 

 

martes, 28 de julio de 2026

Garmendia y Carmona y un turbio drama familiar.


 

Garmendia y Carmona disfrutaban una cervecita helada en el bar del gallego, después de un día de trabajo agotador, una mujer entró y fue directo a ellos.

—Tengo que decirles algo muy importante —dijo con voz entrecortada— el viejo Hermann fue asesinado.

Los detectives se miraron sorprendidos, no entendían de qué hablaba, la cerveza se les ahogó en la garganta, fue Pedro el primero en reaccionar.

—¿De qué habla señora?

—De Julio Hermann el que vivía en la calle Almafuerte a dos cuadras de acá —sin que la invitaran, la mujer tomo asiento frente a ellos— dicen que murió de un infarto, les aseguro que los sobrinos lo asesinaron.

—Nadie hizo una denuncia, no sabemos nada—dijo Carmona.

—Yo lo denuncio. Esos desgraciados le hicieron algo al viejo, siempre fue un hombre fuerte.

Carmona se removió inquieto en su silla y dijo:

—Tranquilícese y cuente despacio por qué piensa que lo asesinaron…

La mujer tomo aire y comenzó a hablar.

—Mi nombre es Mariela Pérez, trabajo en casa de don Julio, lo cuido desde hace muchos años, preparo su comida, lavo su ropa, soy un ama de llaves como se decía antes, conozco al viejo y se sus debilidades, por ejemplo, el vino tinto, pero como le hace mal por la presión, yo le daba un vasito solo los domingos — Mariela hizo silencio, volvió a respirar hondo y prosiguió— hace unos meses dos sobrinos aparecieron con el tema de visitarlo, nunca los había visto, trajeron comida, vino, postres esas cosas que el viejo no puede comer.

Los miró a los ojos y preguntó:

—¿Me creen lo que estoy contando?

Carmona fue rápido en responder:

—Si señora, siga…

—Como les decía, los sobrinos se hicieron dueños de la vida del viejo, últimamente llegaban todos los días con sus vinos de marca, hasta cocinaban y dejaban la cocina hecha un desastre, yo limpiaba todo, en esa tarea encontré un blíster que me llamó la atención y en una de las tablas de cocina quedaban restos de una pastilla a la que picaron con cuchilla —Mariela le hizo señas al mozo y pidió café— lo guardé en el bolsillo de mi delantal, lo lleve a mi pieza y lo escondí, volví a la cocina y seguí limpiando, uno de ellos entró, comenzó a buscar por todos lados, en la mesada, metió las manos en la pileta donde estaban los cacharros que habían dejado y me dijo;

—Váyase yo voy a limpiar.

—Me fui. En el comedor don Julio jugaba a las cartas con el otro sobrino y me dijo que le llevara las pastillas del corazón, tenía taquicardia, se las di y lo convencí para que se acostara, me quedé con él en su pieza, yo leía y vigilaba, ellos se fueron. Desde que esos sobrinos llegaron el viejo comenzó con problemas, varias noches debí llamar a la ambulancia porque se ahogaba, le costaba respirar, la última vez, le dieron una inyección y dijeron que debía cuidarse, descansar y comer liviano.

La mujer revolvía el café, lo fue tomando de a sorbitos pequeños, de pronto abrió la cartera y puso sobre la mesa el blíster, quedaban dos pastillas.

—Esto es lo que encontré en la mesada cuando ellos cocinaron.

—¡Clonazepam de 2mg!

Ella asintió y dijo;

—El viejo murió hace una semana por un infarto, el día del entierro regresaron a la casa y dieron vuelta todo, no sé qué buscaban, me dijeron que me fuera que desde ahora ellos eran los dueños y no me necesitaban y acá estoy…buscando ayuda, yo vivía en una casita en el fondo del terreno, don Julio me dijo que era mía, pero ellos no les interesa lo que dijo el viejo, él ya no está…

La cara flaca de Mariela y sus ojos tristes apenaron a Garmendia.

—Vamos a investigar —le dijo.

Mientras ella se alejaba, Garmendia miró tras el ventanal que la tarde se perdía entre las hojas de un otoño tan frío como su pensamiento, algo en esa historia no le cerraba…

Al día siguiente lo primero que hicieron fue llevar el blíster al Dr. Zaneta, amigo de Garmendia y consultarle si el Clonazepam 2mg, podía causar un infarto.

La respuesta del profesional fue terminante; “Este medicamento, al ser una benzodiazepina, deprime el sistema nervioso central, si es consumido en exceso puede causar un paro cardiaco y combinado con alcohol los riesgos se multiplican”.

Según el forense, el remedio, fue dado sin control y en exceso, el efecto fue lento pero seguro; un infarto.

No fue difícil encontrar a los sobrinos y detenerlos, todo estaba en su contra, al investigar se descubrió que el clonazepam 2mg, lo habían comprado con una receta trucha que un médico les firmó y selló.

El vino, las cenas opulentas y el clonazepam fueron deteriorando el organismo de don Julio hasta llegar a un paro cardiaco.

Los sobrinos negaban todo y acusaban a Mariela.

Pero la firma del médico en la receta y su reconocimiento de que ellos le habían pagado por realizarla; hundió a los sobrinos.

—Debemos investigar que buscaban estos tipos que aparecieron de golpe en la vida de su tío… ¿qué era eso tan importante para dar vuelta la casa?

Esta vez fueron los detectives, los que dieron vuelta la casa tratando de encontrar algo que no sabían qué era.

La búsqueda fue nula. Decidieron hablar con Mariela. Ella debía saber cosas, historias, secretos que don Julio le habría contado y tal vez de allí encontraran una pista posible. La mujer nada recordaba que fuera importante, hasta que Pedro preguntó:

—Hablando con los vecinos para saber si habían visto o escuchado algo, me dijeron que don Julio tenía un acento extranjero, de dónde era.

—Era argentino —exclamó Mariela— solo que sus padres desde pequeño lo obligaban hablar en su idioma paterno, le quedó el acento, eran alemanes.

—¿Cuándo llegaron al país? —Preguntó Carmona.

—Meses antes que el viejo naciera, así me contó él, creo que fue en el 35, escaparon de una Alemania que ya anunciaba una convulsión política.

—¿Eran judíos?

—Creo que sí, no estoy segura, don Julio no hablaba del tema.

—¿Sabe si los padres eran personas de un buen pasar económico?

Mariela quedó pensando.

—Me contaba que sus padres hablaban de haber sido muy ricos y que cuando llegaron a nuestro país, vivían en un bajo perfil, lo obligaban a no hacer ostentación de dinero.

—¿Le dijo por qué?

—No, a veces resultaba un poco raro, era muy bueno, pero tenía cosas que yo no entendía, era cerrado en ciertos temas.

—¿Qué temas? —preguntó Carmona.

—Ya le dije, no gastaba de más, recibía una pensión importante y tenía su jubilación, no sé qué hacía con el dinero, no se relacionaba con los vecinos, no me dejaba arreglar su dormitorio, era él quien lo limpiaba y ordenaba, no sé de qué tenía miedo, jamás le faltó nada mientras trabajé con él…

—¿La pensión de qué era?

—No lo sé, pero una vez encontré una carta con estampillado de Alemania que olvidó abierta sobre la mesa, no entendí el escrito, pero vi una lista de depósitos de euros en un banco privado de Argentina, no pude ver más porque él entró y guardó todo en su cuarto.

—¿Una pensión…? —Garmendia quedó pensativo—Eso lo reciben los que estuvieron en la guerra, pero el viejo nació aquí, no pasó ninguna guerra, que extraño resulta todo, ¿cada cuánto tiempo llegaba ese dinero?

Mariela se encogió de hombros y respondió que no lo sabía.

—¿Sabe dónde guardaba don Julio los comprobantes de esos depósitos? —volvió a preguntar Garmendia.

—No, esos papeles desaparecían en sus manos, sólo él manejaba sus documentos.

—Los sobrinos sabían que algo importante debía guardar el viejo, por eso apenas murió se dedicaron a buscar en la casa —La voz de Carmona sonó hueca— voy al dormitorio, tal vez tenga suerte y encuentre el plano de un tesoro.

Garmendia y Mariela rieron ante semejante frase.

Mariela preguntó a Pedro:

—¿Qué van a hacer con la casa? Si los sobrinos quedan presos por asesinato, nadie se va a ocupar de ella… y yo no tengo donde ir…

—Veremos que dice el juez, tal vez acceda a dejarla como cuidadora.

Un grito de Carmona los hizo estremecer, corrieron al cuarto de don Julio, encontraron al detective sentado en el piso, había arrancado varios zócalos y de un hueco en la pared se veía una caja de madera, la sacó, pidió a Mariela una cuchilla y con ella forzó la cerradura, dentro y ante el asombro de los tres; aparecieron varios lingotes de oro.

Quedaron mudos.

A partir de esa novedad el caso se agilizó. Los sobrinos confesaron que tenían noticias que el tío guardaba un “tesoro”, era casi leyenda familiar que los padres al escapar de Alemania habían fundido el oro que acumularon, los sobrinos quisieron adueñarse del “tesoro” que según ellos el viejo guardaba. Con el clonazepam intentaban doparlo, pero se les fue la mano.

 

El oro fue secuestrado por orden del juez y depositado en cuentas judiciales, hasta que se decidiera su destino, sobre los depósitos que el viejo recibía nada se supo, los bancos en esas situaciones no permiten abrir las cajas de seguridad, el magistrado declaró la casa como “herencia vacante” hasta nueva decisión la entregó a Mariela, esperando que se la reconozca como nueva propietaria titular siempre y cuando no aparezcan herederos directos.

Intentaron investigar quién enviaba ese dinero desde Alemania, no obtuvieron respuesta de los bancos consultados, no encontraron familiares de don Julio Hermann, ni en Argentina ni en otro país, los únicos eran sus dos sobrinos presos.

El tema que comenzó para Garmendia y Carmona como un caso simple, resulto un crimen alevoso. Para sus sobrinos el fiscal pidió perpetua, toda decisión y condena final quedó en manos del juez.