Los tíos
de Carmona lo invitaron a pasar unos días de descanso en su quinta de Pilar, la
casona estaba en una zona alejada del bullicio de los country y los shoppings, rodeada
de campo donde crecían ciruelos, nogales y otros árboles frutales, criaban
cabras y gallinas, un lugar pacífico y rodeado de un verde brillante que dejó a
Carmona extasiado por su belleza, tan diferente al gris de la ciudad en que
vivía.
Notó en el
mensaje de voz de su tío Adolfo, un nerviosismo al pedirle que fuera lo antes posible,
era extraño pues recordaba a su tío como un ser tranquilo a veces demasiado, aceptó
la invitación y al día siguiente por la tarde se presentó en el caserón.
Hacía
años que no los visitaba, lo recibieron con tanta alegría que se encontró como
en su casa, y olvido la preocupación que notó en el mensaje.
Fue su
prima Gabriela la que comentó que estaban preocupados por la desaparición de
uno de sus ayudantes, un joven que hacía varios años estaba con ellos y se
ocupaba de los trabajos pesados de la quinta.
—Nacho
desapareció hace tres días Tony —dijo el tío Adolfo, Carmona se estremeció al
escuchar su nombre de infancia, hacía años que nadie le decía Tony— fuimos a la
policía y nos dijeron que seguramente se había quedado a dormir en casa de
alguna amiga, no tomaron la denuncia.
Mientras Gabriela
lo acompañaba a ver la casa donde vivía Nacho, le contó que el joven andaba en
amoríos con una mujer de una granja vecina, ella era casada, y Gabriela temía
que el marido, don Funes, los haya descubierto.
Carmona buscó
en la casa y nada encontró que llamara su atención.
Salieron
y fueron a recorrer los alrededores de la quinta, se acercaron con cuidado a la
granja de don Funes, nada sospechoso encontraron, cerca corría un arroyo de
poca profundidad que según le dijo su prima cruzaba gran parte de Pilar, allí encontraron
una cabra mordisqueando un trapo, al acercarse más comprobaron que era una
camisa, Gabriela creyó reconocerla, intentaron quitársela, el animal se espantó
y la llevó arrastrando, mientras escapaba por el campo, corrieron tras ella a
pocos metros la dejó. Gabriela corrió a buscarla, la llevó ante Carmona.
—Mirá
Tony, es de Nacho y esta manchada de sangre y barro.
Con la
camisa fueron a hacer la denuncia, está vez la aceptaron. Gaby declaró que Nacho
llevaba unos meses viéndose a escondidas con la esposa de Funes.
La
policía rastrilló la zona, nada encontraron.
Dos oficiales
y Carmona se acercaron a la granja y pidieron hablar con el dueño. Funes
resultó ser un hombre mayor, de pocas palabras, y apariencia de buena persona.
Los hizo pasar a la casa, los llevó a la cocina y sirvió café, la mujer de
Funes observaba a cierta distancia era joven y muy bonita. El policía a cargo
habló con discreción sobre la desaparición de Nacho. Funes negó conocerlo,
mientras él negaba todo lo que le preguntaban, su mujer se largó a llorar.
Carmona se acercó a ella y le preguntó si sabía algo del joven. Ella entre
hipos y voz entrecortada señaló a su esposo y dijo:
—Él sabe
qué hizo…
Policías
y Carmona se volvieron a don Funes, la cara del hombre estaba crispada, sus
ojos despedían chispas de rabia.
—Ese
mocito recibió su merecido, va a aprender a respetar a la mujer ajena —exclamó con
un tono de enojo que no supo disimular.
Carmona
tragó saliva, mientras uno de los policías tomó a Funes del brazo y le preguntó
casi gritando:
—¿Qué
hiciste con el muchacho?
—Nada, lo
molí a golpes para que tenga y aprenda a respetar.
—¿Dónde
está…? —la voz de Carmona surgió con rabia, lo miraba con una furia rara en él,
que siempre era sereno ante los enojos de Garmendia.
—Lo dejé
en el rancho de la Lechiguana.
Carmona
se volvió a los policías y preguntó;
—¿Quién
es la lechiguana?
—Es una
vieja medio bruja y curandera que vive en los fondos de la ruta ocho —dijo uno
de los agentes— pero primero llevamos a Funes y a la mujer a la comisaría.
La
Lechiguana vivía en un rancho de adobe, encallado en medio de la nada, lejos de
la ruta y sin vecinos a la vista. Los recibió tranquila, parecía que los estaba
esperando, señaló con un gesto de la cabeza el interior y allí lo encontraron, tirado
en un catre, vendado desde la cabeza, hasta las piernas; estaba Nacho. La
paliza había sido brutal, la Lechiguana lo había curado con sus ungüentos y
yuyos y le había salvado la vida evitando infecciones y hemorragias, pero igual
los agentes lo cargaron en el móvil policial rumbo al hospital más cercano.
Don Funes
quedó preso, en la seccional policial por el momento, el juez decidiría que
hacer con él.
Carmona
regresó a la quinta, el tío Adolfo y Gaby lo esperaban inquietos.
Lo apabullaron
con preguntas y les dijo;
—Creo que
a tu ayudante se le van a ir las ganas de meterse con mujeres casadas —dijo
Carmona a su tío— van a tener que operarle la rodilla izquierda y soldarle
algunas costillas, eso le va a llevar algunas semanas de internación.
—Nos
vamos a ocupar de visitarlo y cuidar de él cuando le den el alta —respondió don
Adolfo— este muchacho es muy tonto, todos sabemos que Funes tiene pésimo carácter,
tendría que haberse fijado lo que hacía…
—Por lo
visto el enamoramiento fue más fuerte que la prevención —exclamó Carmona.
Mientras
regresaba de regreso a la capital, Carmona pensaba que gracias a una cabra se había
aclarado el caso. Cuando se lo cuente a Garmendia se va a reír, y hablando solo
exclamó: esas cosas me pasan solo a mí.





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