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martes, 28 de julio de 2026

Garmendia y Carmona y un turbio drama familiar.


 

Garmendia y Carmona disfrutaban una cervecita helada en el bar del gallego, después de un día de trabajo agotador, una mujer entró y fue directo a ellos.

—Tengo que decirles algo muy importante —dijo con voz entrecortada— el viejo Hermann fue asesinado.

Los detectives se miraron sorprendidos, no entendían de qué hablaba, la cerveza se les ahogó en la garganta, fue Pedro el primero en reaccionar.

—¿De qué habla señora?

—De Julio Hermann el que vivía en la calle Almafuerte a dos cuadras de acá —sin que la invitaran, la mujer tomo asiento frente a ellos— dicen que murió de un infarto, les aseguro que los sobrinos lo asesinaron.

—Nadie hizo una denuncia, no sabemos nada—dijo Carmona.

—Yo lo denuncio. Esos desgraciados le hicieron algo al viejo, siempre fue un hombre fuerte.

Carmona se removió inquieto en su silla y dijo:

—Tranquilícese y cuente despacio por qué piensa que lo asesinaron…

La mujer tomo aire y comenzó a hablar.

—Mi nombre es Mariela Pérez, trabajo en casa de don Julio, lo cuido desde hace muchos años, preparo su comida, lavo su ropa, soy un ama de llaves como se decía antes, conozco al viejo y se sus debilidades, por ejemplo, el vino tinto, pero como le hace mal por la presión, yo le daba un vasito solo los domingos — Mariela hizo silencio, volvió a respirar hondo y prosiguió— hace unos meses dos sobrinos aparecieron con el tema de visitarlo, nunca los había visto, trajeron comida, vino, postres esas cosas que el viejo no puede comer.

Los miró a los ojos y preguntó:

—¿Me creen lo que estoy contando?

Carmona fue rápido en responder:

—Si señora, siga…

—Como les decía, los sobrinos se hicieron dueños de la vida del viejo, últimamente llegaban todos los días con sus vinos de marca, hasta cocinaban y dejaban la cocina hecha un desastre, yo limpiaba todo, en esa tarea encontré un blíster que me llamó la atención y en una de las tablas de cocina quedaban restos de una pastilla a la que picaron con cuchilla —Mariela le hizo señas al mozo y pidió café— lo guardé en el bolsillo de mi delantal, lo lleve a mi pieza y lo escondí, volví a la cocina y seguí limpiando, uno de ellos entró, comenzó a buscar por todos lados, en la mesada, metió las manos en la pileta donde estaban los cacharros que habían dejado y me dijo;

—Váyase yo voy a limpiar.

—Me fui. En el comedor don Julio jugaba a las cartas con el otro sobrino y me dijo que le llevara las pastillas del corazón, tenía taquicardia, se las di y lo convencí para que se acostara, me quedé con él en su pieza, yo leía y vigilaba, ellos se fueron. Desde que esos sobrinos llegaron el viejo comenzó con problemas, varias noches debí llamar a la ambulancia porque se ahogaba, le costaba respirar, la última vez, le dieron una inyección y dijeron que debía cuidarse, descansar y comer liviano.

La mujer revolvía el café, lo fue tomando de a sorbitos pequeños, de pronto abrió la cartera y puso sobre la mesa el blíster, quedaban dos pastillas.

—Esto es lo que encontré en la mesada cuando ellos cocinaron.

—¡Clonazepam de 2mg!

Ella asintió y dijo;

—El viejo murió hace una semana por un infarto, el día del entierro regresaron a la casa y dieron vuelta todo, no sé qué buscaban, me dijeron que me fuera que desde ahora ellos eran los dueños y no me necesitaban y acá estoy…buscando ayuda, yo vivía en una casita en el fondo del terreno, don Julio me dijo que era mía, pero ellos no les interesa lo que dijo el viejo, él ya no está…

La cara flaca de Mariela y sus ojos tristes apenaron a Garmendia.

—Vamos a investigar —le dijo.

Mientras ella se alejaba, Garmendia miró tras el ventanal que la tarde se perdía entre las hojas de un otoño tan frío como su pensamiento, algo en esa historia no le cerraba…

Al día siguiente lo primero que hicieron fue llevar el blíster al Dr. Zaneta, amigo de Garmendia y consultarle si el Clonazepam 2mg, podía causar un infarto.

La respuesta del profesional fue terminante; “Este medicamento, al ser una benzodiazepina, deprime el sistema nervioso central, si es consumido en exceso puede causar un paro cardiaco y combinado con alcohol los riesgos se multiplican”.

Según el forense, el remedio, fue dado sin control y en exceso, el efecto fue lento pero seguro; un infarto.

No fue difícil encontrar a los sobrinos y detenerlos, todo estaba en su contra, al investigar se descubrió que el clonazepam 2mg, lo habían comprado con una receta trucha que un médico les firmó y selló.

El vino, las cenas opulentas y el clonazepam fueron deteriorando el organismo de don Julio hasta llegar a un paro cardiaco.

Los sobrinos negaban todo y acusaban a Mariela.

Pero la firma del médico en la receta y su reconocimiento de que ellos le habían pagado por realizarla; hundió a los sobrinos.

—Debemos investigar que buscaban estos tipos que aparecieron de golpe en la vida de su tío… ¿qué era eso tan importante para dar vuelta la casa?

Esta vez fueron los detectives, los que dieron vuelta la casa tratando de encontrar algo que no sabían qué era.

La búsqueda fue nula. Decidieron hablar con Mariela. Ella debía saber cosas, historias, secretos que don Julio le habría contado y tal vez de allí encontraran una pista posible. La mujer nada recordaba que fuera importante, hasta que Pedro preguntó:

—Hablando con los vecinos para saber si habían visto o escuchado algo, me dijeron que don Julio tenía un acento extranjero, de dónde era.

—Era argentino —exclamó Mariela— solo que sus padres desde pequeño lo obligaban hablar en su idioma paterno, le quedó el acento, eran alemanes.

—¿Cuándo llegaron al país? —Preguntó Carmona.

—Meses antes que el viejo naciera, así me contó él, creo que fue en el 35, escaparon de una Alemania que ya anunciaba una convulsión política.

—¿Eran judíos?

—Creo que sí, no estoy segura, don Julio no hablaba del tema.

—¿Sabe si los padres eran personas de un buen pasar económico?

Mariela quedó pensando.

—Me contaba que sus padres hablaban de haber sido muy ricos y que cuando llegaron a nuestro país, vivían en un bajo perfil, lo obligaban a no hacer ostentación de dinero.

—¿Le dijo por qué?

—No, a veces resultaba un poco raro, era muy bueno, pero tenía cosas que yo no entendía, era cerrado en ciertos temas.

—¿Qué temas? —preguntó Carmona.

—Ya le dije, no gastaba de más, recibía una pensión importante y tenía su jubilación, no sé qué hacía con el dinero, no se relacionaba con los vecinos, no me dejaba arreglar su dormitorio, era él quien lo limpiaba y ordenaba, no sé de qué tenía miedo, jamás le faltó nada mientras trabajé con él…

—¿La pensión de qué era?

—No lo sé, pero una vez encontré una carta con estampillado de Alemania que olvidó abierta sobre la mesa, no entendí el escrito, pero vi una lista de depósitos de euros en un banco privado de Argentina, no pude ver más porque él entró y guardó todo en su cuarto.

—¿Una pensión…? —Garmendia quedó pensativo—Eso lo reciben los que estuvieron en la guerra, pero el viejo nació aquí, no pasó ninguna guerra, que extraño resulta todo, ¿cada cuánto tiempo llegaba ese dinero?

Mariela se encogió de hombros y respondió que no lo sabía.

—¿Sabe dónde guardaba don Julio los comprobantes de esos depósitos? —volvió a preguntar Garmendia.

—No, esos papeles desaparecían en sus manos, sólo él manejaba sus documentos.

—Los sobrinos sabían que algo importante debía guardar el viejo, por eso apenas murió se dedicaron a buscar en la casa —La voz de Carmona sonó hueca— voy al dormitorio, tal vez tenga suerte y encuentre el plano de un tesoro.

Garmendia y Mariela rieron ante semejante frase.

Mariela preguntó a Pedro:

—¿Qué van a hacer con la casa? Si los sobrinos quedan presos por asesinato, nadie se va a ocupar de ella… y yo no tengo donde ir…

—Veremos que dice el juez, tal vez acceda a dejarla como cuidadora.

Un grito de Carmona los hizo estremecer, corrieron al cuarto de don Julio, encontraron al detective sentado en el piso, había arrancado varios zócalos y de un hueco en la pared se veía una caja de madera, la sacó, pidió a Mariela una cuchilla y con ella forzó la cerradura, dentro y ante el asombro de los tres; aparecieron varios lingotes de oro.

Quedaron mudos.

A partir de esa novedad el caso se agilizó. Los sobrinos confesaron que tenían noticias que el tío guardaba un “tesoro”, era casi leyenda familiar que los padres al escapar de Alemania habían fundido el oro que acumularon, los sobrinos quisieron adueñarse del “tesoro” que según ellos el viejo guardaba. Con el clonazepam intentaban doparlo, pero se les fue la mano.

 

El oro fue secuestrado por orden del juez y depositado en cuentas judiciales, hasta que se decidiera su destino, sobre los depósitos que el viejo recibía nada se supo, los bancos en esas situaciones no permiten abrir las cajas de seguridad, el magistrado declaró la casa como “herencia vacante” hasta nueva decisión la entregó a Mariela, esperando que se la reconozca como nueva propietaria titular siempre y cuando no aparezcan herederos directos.

Intentaron investigar quién enviaba ese dinero desde Alemania, no obtuvieron respuesta de los bancos consultados, no encontraron familiares de don Julio Hermann, ni en Argentina ni en otro país, los únicos eran sus dos sobrinos presos.

El tema que comenzó para Garmendia y Carmona como un caso simple, resulto un crimen alevoso. Para sus sobrinos el fiscal pidió perpetua, toda decisión y condena final quedó en manos del juez.

 

 

 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

Benicio.

 






El barrio se fue alborotando a medida que la noticia se extendía.

Encontraron a don Benicio Torres sin vida en el jardín de su casa. Un balazo en pleno corazón lo quitó de su mundo tranquilo, lo alejó de sus partidas de naipes en el café, de sus plantas que tanto cuidaba, de ese mundo simple en el que sus setenta años disfrutaban la vida.

¿Quién lo mató? La pregunta no encontraba respuesta, todos lo querían, lo respetaban, la inseguridad se extendió entre los habitantes del barrio.

Cuando Garmendia y Carmona llegaron, ya los vecinos habían pisado y borrado del jardín cualquier prueba que pudiera analizarse.

Alguien con precaución había cerrado la casa con llave, al menos allí todo estaba según Benicio lo había dejado.

Era la casa de un solterón jubilado, un desorden caótico. Ropa arrojada sobre una silla, zapatillas, ojotas, olor nauseabundo en la cocina, todo señalaba a un hombre al que cuidar de su casa no le importaba, nada se encontró que pudiera señalar una pista. Después de una búsqueda sin resultados, visitaron a los vecinos, todos lo presentaban como una buena persona, desde hacía dos décadas vivía en esa casa y jamás le conocieron familiares, amigos, solo los del barrio lo visitaban, era como si su vida anterior a esos veinte años no hubiera existido, solo la vecina de enfrente no quiso recibirlos, dijo sentirse muy engripada.

¿Novias? Preguntó Carmona a un vecino. La Pocha, respondió, pero hacía meses que ella se había ido a la casa de la hija y no volvió por el barrio. Los más cercanos dijeron que Benicio era muy buen amigo, generoso con su tiempo y dinero con los que estaban en problemas, pero no era igual con las mujeres, la única que duró a su lado fue Pocha, las demás, al mes volaban.

Garmendia averiguó la dirección y fue a visitarla. Carmona por su lado quedó en la casa revisando cajones y buscando en carpetas viejas algún indicio de familiares a los que avisar de su muerte.

La señora Pocha resultó ser una persona agradable, con tranquilidad le refirió a Garmendia que su convivencia con Benicio había durado ocho años, que fue difícil y que su hija la quitó de su lado porque no aceptaba verla siempre llorando.

—¿Benicio era de mal carácter —preguntó Garmendia?

—En realidad era malo, yo lo amaba y buscaba disculparlo, pero se enojaba por todo, si el café no tenía el azúcar justo como él quería, la falta de sal en la comida, todo era motivo de pelea. Con sus amigos era lo contrario, de la casa para afuera era todo sonrisa y amabilidad.

—¿Por eso su hija la sacó de su lado?

—Me enfermé, mi presión estaba siempre por las nubes, así que me vine a vivir con ella.

—De su vida anterior a llegar al barrio, le refirió algo.

—No, Benicio nunca hablaba del pasado, es más una vez insistí preguntando si tenía hermanos y respondió que ese tiempo estaba borrado de su vida, una vez vino un joven a hablar con él y lo echó de mala manera, cuando le pregunté quién era me dijo que no me metiera en sus cosas.

Nada importante les dejó la conversación con la ex novia de Benicio, sólo que era un ser de pésimo carácter. La hija se acercó a al detective y le dijo:

—Ese tipo era loco, gritaba a mi mamá por todo, la trataba peor que a un animal de carga.

La última frase revolvió el estómago de Garmendia, se alejó pensando en lo raras que pueden ser algunas personas cuando se las va conociendo a fondo.

Entre los papeles de Benicio aparecieron varias fotos viejas con una mujer, se los veía jóvenes a los dos.

—Quién puede ser —dijo Garmendia en voz alta— son fotos antiguas, por la moda que están vestidos, deben tener unos treinta años.

Carmona observaba con atención una foto.

—En esta, están en la puerta de un bar, se llama “El esquinazo” voy a buscar en Internet, puede que todavía exista.

El bar estaba cerrado desde hacía años, pero la imagen en Google apareció sin mucho buscar.

—Estaba en el barrio de Almagro —dijo Carmona sonriente— sobre la calle Guardia Vieja, vamos…puede que alguien los recuerde.

En la cortina cerrada del bar, las telarañas y el óxido habían dejado su marca. Preguntaron a los vecinos, les mostraron las fotos y una mujer les dijo:

—Es Marina muy joven, la cuñada del farmacéutico, vive en la otra cuadra, vamos, los acompaño.

Llegaron a una antigua casa pintada de amarillo. La vecina tocó timbre y al segundo se asomó una mujer, era la misma de la foto con muchos años más.

—Marina esta gente te busca -le dijo y se alejó.

La mujer miró a los detectives con desconfianza:

—¿Qué quieren?

Garmendia sacó las fotos, le mostró a la mujer y preguntó:

—¿Reconoce a este hombre?

La cara de Marina al instante se puso roja, le temblaron las manos y sin apartar los ojos de la imagen, dijo:

—Lo reconozco, pero hace muchos años que no lo veo…

Garmendia mostró su placa y pidió permiso para pasar y hacerle preguntas, mientras avanzaban por el pasillo notó que la mujer arrastraba la pierna derecha.

En una pequeña cocina tomaron asiento, mientras ella preparaba café le preguntaron por Benicio.

—Fue mi esposo varios años, hasta que… se fue. Desapareció.

—¿Cómo lo recuerda?

—Mal, mi problema en la pierna se lo debo a sus golpes, era violento.

En ese momento entró un hombre de unos treinta años, los miró sorprendido.

—Es mi hijo Claudio — dijo Marina.

Garmendia y Carmona se presentaron, la cara sonriente con que Claudio había entrado cambió.

—¿Qué buscan? —Dijo con voz tajante.

Garmendia fue explicando el motivo, querían saber quién era Benicio, ya que investigaban su muerte, luego de explicar los detalles de cómo lo encontraron y el desconocimiento sobre su vida anterior, esperaron que Marina dijera al menos unas palabras que los ayudara en la investigación.

La conversación fue densa, Marina no guardaba un buen recuerdo de Benicio, era parca o le costaba hablar, ya que al hacerlo por momentos tartamudeaba. Claudio los miraba con desconfianza y les dijo:

—Ese tipo era una mala persona, dejó a mi mamá en la calle sin tener familia que la ayudara, sola, menos mal que mi tío se apiadó de ella y se quedó en esta casa, ella estaba embarazada de tres meses cuando la abandonó.

La cara del joven se crispaba al hablar.

—¿Era tu padre? —preguntó Carmona.

—Desgraciadamente si, una vez, tendría quince años lo fui a ver, quería conocerlo y me sacó a empujones de su casa, dijo que no quería saber nada de mí ni de mi madre…era una basura…

—¿Tú tío y Benicio se trataban?

—No, desgraciadamente mi tío murió hace tres años, le avisamos y él no se acercó, ni al cementerio…

Garmendia y Carmona se miraron entendiendo que era mejor irse, Marina y su hijo estaban nerviosos, sin querer habían destapado un drama familiar que les hacía mal.

En el viaje de regreso fue Pedro el que comentó:

—Te fijaste que ese muchacho tenía un color amarillento, parecía enfermo…

—Pensé que sería producto de la furia que tenía recordando a su padre.

—Puede que tengas razón.

En los días que siguieron nada nuevo surgió sobre el asesinato de Benicio.

Se encontraban en un laberinto donde la investigación se trababa por momentos; unos odiaban a Benicio y para otros era un santo.

En la casa encontraron escrituras de propiedades, casas que pertenecían a Benicio y entre esos documentos hallaron la libreta de matrimonio de Benicio y Marina.

Pedro se acercó a la casa donde Marina y su hijo vivían, no los encontró, quería entregarle los documentos y escrituras a la mujer, seguramente esas propiedades, podían ser un desahogo a sus problemas económicos. Mientras caminaba hacía su coche, se acercó la misma vecina que había reconocido a Marina en la foto.

—No están —dijo con tristeza —Claudio se descompensó, vino la ambulancia y lo llevaron, quedó internado, pobre chico… que mala suerte.

—¿Qué le pasa? —Garmendia preguntó con temor.

—Está muy enfermo, lo internaron en el Clínicas.

Garmendia fue directo al hospital, preguntó por Claudio Torres y le dijeron que estaba en terapia. Buscó a Marina y la encontró sentada en uno de los pasillos, su cara era el reflejo del dolor más hondo. La mujer le dijo que Claudio padecía una rara enfermedad y que para su tratamiento debía viajar a Méjico, cosa que era imposible; pagar viaje y tratamiento.

Pedro le explicó las propiedades que Benicio había dejado y que ella y su hijo eran los únicos herederos.

A partir de esa noticia y en pocas semanas Marina y su hijo partieron a Méjico a iniciar el tratamiento.

Pero el crimen de Benicio seguía en su misterio.

Fue la vecina de enfrente, la misma que no había querido hablar con los detectives, quien dijo a Carmona que ella había observado una fuerte discusión de su vecino con una mujer y que antes no lo dijo por miedo.

—Eran cerca de las tres de la mañana cuando escuché una discusión, era en la casa de Benicio, creí que otra vez peleaba con la Pocha, pero no era su voz, la mujer gritaba: “Es tu hijo y se está muriendo”

Carmona quedó helado escuchando a la vecina que se estremecía recordando.

—La mujer lloraba y él la insultaba por lo bajo, pero yo lo escuchaba, luego la empujó, ella cayó al piso y escuché un tiro, corrí la cortina no quería que me vieran, no pude ver la cara de la mujer, solo noté que al irse arrastraba una pierna.

 

Garmendia observaba estremecido a Carmona mientras relataba lo que la vecina había escuchado y visto.

—¿Qué hacemos? —la voz de Carmona era un susurro, Garmendia se dejó caer en una silla, movía la cabeza como buscando una idea que lo sacara de tal atolladero.

—Ella está en Méjico, tratando de conseguir una nueva oportunidad de vida para su hijo, tal vez, nunca regresen… dejemos que la cosas fluyan, seguramente la vecina escuchó mal, era de madrugada, estaba algo dormida e imaginó voces y palabras.…

Los dos se miraron, salieron de la oficina en silencio rumbo cada uno a su casa, no era día de cervecitas en lo del gallego, la conciencia les batallaba entre el deber y los sentimientos…cabizbajos, se perdieron calle arriba.

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 8 de junio de 2026

La señora Carmela.


 

 

La fiscal Suarez estaba furiosa, el disgusto le brotaba por los ojos cuando dijo:

—Esa mujer es el mismo diablo, detrás de esa personita dulce se esconde una asesina.

Emma daba vueltas en la oficina de Garmendia agitando los brazos y con la cara roja de ira.

Carmona la miraba divertido. Garmendia intentó apaciguar su enojo.

—Emma tranquilízate, vamos a investigar y tal vez las cosas no son tan terribles como las imaginas.

—No imagino, he visto los documentos que le hizo firmar a Soledad antes de morir, fue todo premeditado y ahora las hermanas han quedado en la calle, Soledad era amiga de mi madre durante años, la conocí bien, nunca le hubiera hecho algo tan sucio a sus hermanas, fue engañada y quién sabe con qué patraña.

Carmona pareció interesarse en el tema.

—¿De qué murió la señora Soledad?

—Eso también me preocupa —dijo Emma— Soledad era diabética, pero sabía cuidarse, se medicaba bajo control médico, nunca fue descuidada con su salud, no puede ser que de la noche a la mañana…haya aparecido muerta.

—¿Se hizo autopsia? —insistió Carmona.

—No. La señora Carmela se negó y el doctor que vino con la ambulancia, aceptó sus palabras, las hermanas estaban tan aturdidas que aceptaron que ella decidiera no hacer la autopsia por respeto a la persona, no fue respeto —dijo Emma con ironía—fue cálculo.

Garmendia se puso serio, intentaba entender el planteamiento de Emma y nada le quedaba claro.

—A ver si entiendo lo que sucedió: Soledad y sus dos hermanas vivían en la casa de la calle Serrano en Palermo, esa vivienda perteneció a los padres. Ellos la pusieron a nombre de la mayor, Soledad muere y allí aparece la señora Carmela diciendo que Soledad le dejó esa casa… con documentos firmados ante escribano público y vos decís que eso es imposible, que nunca hubiera dejado a sus hermanas en la calle —Pedro respiró hondo y prosiguió— tus dudas nacen de que esta señora no te parece confiable, ¿por qué?

Emma suspiró y le dijo:

—Carmela se metió en la casa con cara de buena vecina que quiere ayudar, con la intención de cuidar a Soledad, lo hizo por un año, diciendo que había sido enfermera en el hospital clínicas, averigüé y ella nunca trabajó allí, para completar las mentiras les dijo que tenía conocimiento de cocina para diabéticos, que hizo cursos en la clínica del Dr Castelli, eso falta investigarlo.

—¿Y por qué mentiría? —Carmona miraba a los ojos a Emma tratando de entender el sentido de tanto enojo —es una anciana agradable, no da apariencia de asesina…

Emma alzó los brazos y respondió:

—¡¡Carmona no seas inocente!! Entre ella y el escribano quieren esa propiedad, si la venden se salvan de por vida, es pleno Palermo, uno de los barrios más caros de la ciudad.

Quedaron los tres en silencio, cada uno con su pensamiento, tratando de razonar.

Garmendia fue el primero en hablar.

—Vamos a ver, Emma y yo vamos a visitar al médico de cabecera de Soledad, según lo que él nos diga pediremos al juez la exhumación del cuerpo, así sabremos de qué murió Soledad, Carmona vas a investigar a la señora Carmela y al escribano, manos a la obra...

Carmona investigó en varios hospitales y clínicas de la ciudad, la señora Carmela Calabrese no figuraba en el historial de enfermeras de ninguno de ellos, tampoco las escuelas de enfermería la habían contado entre su alumnado. Las dudas de Emma se estaban confirmando. Carmona visitó la escuela de cocina del Dr. Castelli, Carmela no participó en ningún curso para diabéticos, sus títulos de cocina eran falsos. El historial del escribano fue más oscuro. Trabajó en varios estudios de abogados como asesor y en todos lo habían dejado cesante, la respuesta en todos ellos fue que el escribano Martínez resultó ser un estafador. Una entrada en la policía por adulterar documentos completó la investigación. Carmela y Escribano con legajos turbios y confirmados.

Cuando la fiscal y Garmendia hablaron con el médico que atendía a Soledad y le dijeron que estaban investigando la muerte de su paciente, el profesional se mostró asombrado, Soledad tenía una diabetes tipo 2, controlada, era muy cuidadosa con su enfermedad. Explicaron al especialista sus dudas y que necesitaban una conformidad médica para que el juez firme una orden y exhumar el cuerpo. Con los papeles firmados por el médico fueron a ver al juez Batastini.

Obtuvieron la orden, el juez se interesó en el caso, ya que conocía el historial de Carmela Calabrese, se les había escapado muchas veces con artilugios de sus abogados.

El legajo policial de la señora Calabrese era rico en estafas y robos, los últimos años se encontraba retiraba del delito, pero por lo visto en sus setenta y cinco había reincidido.

El resultado de la autopsia rebeló un exceso de glucosa en sangre que dañó y obstruyó los vasos sanguíneos, eso elevó drásticamente el riesgo y Soledad sufrió un infarto del miocardio que provocó su muerte instantánea.

Fueron las dos hermanas de Soledad las que dieron la pista sobre como Carmela atiborró a Soledad de dulces y carbohidratos.

—Sole no nos hacía caso, nos decía que nosotros no sabíamos nada, que Carmela era enfermera y conocía las formas de amasar pan y masitas sin harina de trigo, ni azúcar —Nilda la menor de las hermanas hablaba y lloraba— esa mujer la tenía engatusada.

Una sonrisa pobre, rota por los bordes surgió en la cara de Nilda.

Emma trató de calmarla y le dijo que pronto, Carmela iba a recibir su castigo.

Y lo recibió.

Con los informes de la autopsia, Carmela fue detenida, juzgada y penada a quince años, tuvo la suerte que por su edad recibió condena domiciliaria. El escribano no tuvo tanta suerte fue condenado a diez años en el Complejo Penitenciario de Batán.

La donación de la casa fue considerada nula, fue delito bajo coacción.

Las hermanas de Soledad recuperaron su vida de antes, solo que faltaba en el hogar la hermana mayor que era la que dirigía todo y el alma de la casa.

 

—Tenías razón Emma —dijo Carmona— pero te juro que cuando te vi tan enojada por la muerte de Soledad, me pareciste una exagerada, ahora comprendo que tenías razón —sonrió—parecías una loca.

Emma no hizo caso de Carmona, tomó a los dos detectives del brazo los invitó al bar del gallego, les hacía falta una cerveza bien helada. Se fueron los tres del brazo calle arriba.

 

 

 

 


domingo, 17 de mayo de 2026

La fiscal y los detectives.


 

La presencia de la fiscal Suarez en su oficina le cortó la respiración a Garmendia. Hacía dos semanas que una tonta discusión los había separado y ahora al verla frente a él tan bonita y con una tristeza profunda en sus ojos oscuros le ganó la ternura y quedó mudo, sin saber que decir.

Fue ella la que habló:

—Pedro estoy desesperada, nuevamente me amenazan y no sé quién es…

La abrazó, apenas pudo susurrar unas palabras para que se tranquilizara, el contacto con su cuerpo hizo que olvidara su enojo y solo pensó en quedarse así disfrutando su perfume y el placer de sentirla tan cerca. En ese momento entró Carmona, se detuvo en la puerta sorprendido, sonrió y dijo:

—Mejor me voy del gallego a tomar una cerveza…

Ya se alejaba cuando Emma le dijo que no se vaya.

—Por favor, Carmona, los necesito a los dos, tengo miedo, volvieron las amenazas y esta vez no vienen desde la cárcel.

—¿Qué es lo que recibís, email, celular…?

—Email, los profesionales de la policía investigaron desde dónde llegan y no logran descubrirlo, los mandan, posiblemente de diferentes centros de internet o algún ciber café, por favor, tengo la boca seca...

Tomaron asiento, Garmendia le sirvió un vaso de agua que ella bebió con desesperación, ya más calma les dijo:

—Las amenazas no se limitan con los mensajes, hay un coche que me sigue, no tiene chapa, aparece y cuando un móvil policial se acerca, se pierde en alguna calle con una rapidez increíble, ya sucedió tres veces y lo han seguido, se les escapa, es más veloz que los coches policiales.

—¿Qué dicen los emails que mandan?

—Qué deje del caso de los Ramallo, son dos hermanos acusados de matar al presidente de una empresa agrícola, están muy comprometidos y tienen a los dos mejores abogados del estudio Sanguinetti, tengo miedo, alguien entró en casa de mi madre cuando ella había salido y al regresar encontró está carta…

Les entregó una hoja doblada en la que decía:

“Sabemos todos los movimientos de su hija, que se cuide y deje el caso Ramallo”.

—Mi madre me llamó en seguida y le dije que avisara a la policía, ahora hay custodia en su puerta y ella se fue a Montevideo a casa de su hermana.

Emma quedó en silencio y al fin dijo:

—No voy a dejar el caso de los Ramallo, son dos asesinos, este no es el primer caso en que están acusados por un crimen —bebió agua y siguió— hace unos años zafaron de una perpetua porque los mismos abogados que hoy los defienden los sacaron en libertad, esos cuervos son tan malditos como los hermanos Ramallo.

—¿Cómo los sacaron libres...?

—No lo sé, las pruebas eran contundentes pero los jueces no se pusieron de acuerdo y salieron en libertad, hoy buscan hacer lo mismo, posiblemente las mismas amenazas que hoy me aterran a mí, se las hicieron al fiscal y a los jueces de aquel caso.

—¿Cómo fue el caso del que hoy los acusan, debes estar cerca con tus investigaciones para que te amenacen así?

—Entraron dos encapuchados en la casa de Pérez García, el tipo estaba hablando con un amigo en el parque de su casa y lo balearon… al otro nada le hicieron, se fueron tranquilamente en su auto, las cámaras de la casa: apagadas y el guardia tenía el día libre por enfermedad, todo muy bien organizado.

—¿Otras cámaras en el barrio? —preguntó Pedro.

—No hay, es un barrio tranquilo, no viven ricachones, salvo Pérez García esa era su casa familiar, nunca se quiso mudar y vivía solo.

Emma se había serenado. Garmendia le ofreció que se quedara en su departamento y ella aceptó.

Garmendia y Carmona estudiaron el caso, buscaron la ayuda del “tarta”, un soplón que siempre colaboraba con ellos, días más tarde les trajo la novedad que Pérez García tenía una deuda de juego importante con un prestamista conocido, lo llaman Lolo y es una mala persona, no le crean, de todo lo que les diga —les dijo— solo la cuarta parte es cierta.

Lo visitaron, resultó ser un tipo alto, flaco y con cara de cuervo, algo en él mostraba una maldad fría y disimulada tras la sonrisa que no llegaba a sus ojos.

“Al tipo lo conocí —les dijo— me debía varios miles de dólares desde hace mucho tiempo, pero de ahí a matarlo; no, busquen por otro lado —el prestamista sonrió con burla— en la empresa de la que es presidente hizo varios desfalcos y se los perdonaron…los devolvió, tal vez lo hizo de nuevo.”

Fueron a la empresa agrícola, los atendió un gerente que no quiso hablar mucho, solo dijo que Pérez García, en 2020 había realizado compras que no existían, se guardaba el valor de las facturas y lo descubrieron, los dueños de la avícola no quisieron denunciarlo, saldó su deuda y lo perdonaron. No volvió a tener problemas con la empresa.

Entre Emma, Garmendia y Carmona no encontraban la punta del ovillo que acusara a los hermanos Ramallo.

— ¿Por qué detuvieron a los Ramallo si no hay pruebas de que fueron ellos? —preguntó Carmona.

—Si las hay, manejan un Mercedes rojo que estuvo estacionado en la puerta de Pérez García en la hora que el forense calculó su muerte —respondió Emma.

—¿Quién lo vio?

—Un vecino, no puedo dar su nombre, le prometí reserva, después que declaró, desapareció, se escondió por miedo.

—¿Y el amigo de García que estaba conversando con él?

—Dice no saber nada, fue todo muy rápido, entraron encapuchados, lo balearon y se fueron, estaba tan aterrorizado que se le hizo una laguna en su memoria.

Los detectives fueron a visitar el barrio, la casa de Pérez García estaba cerrada y con un policía en la puerta, mientras ellos caminaban observando si había cámaras en las casas vecinas, un coche a gran velocidad subió a la vereda con intención de atropellarlos, los buenos reflejos y un salto en el momento justo los salvó, quedaron caídos sobre el cerco de ligustrina de una casa.

—Estos tipos no se andan con chiquitas —exclamó Garmendia.

—Nos están siguiendo, ya se enteraron de que colaboramos con la fiscal, dentro del juzgado hay más soplones que afuera —exclamó Pedro con rabia.

El juicio se acercaba y las pruebas contra los Ramallo no aparecían, La fiscal Suárez estaba desesperada.

—Van a quedar libres nuevamente —exclamó— ¡Puede ser que el único testigo haya desaparecido!

—¿Quién era? — preguntó Carmona y miró a Emma— sino sabemos nunca lo vamos a encontrar.

—Le prometí que no daría su nombre.

La cara de Carmona estaba tensa cuando le dijo:

—Pero nosotros estamos investigando, ¿o crees que jugamos?

Emma comprendió que ocultando el nombre del testigo no ganaba nada, solo cerraba una puerta para que los detectives trabajen.

—Es Tao el chino del supermercado de la esquina, el vio el Mercedes rojo y a dos jóvenes salir y sacarse la capucha antes de subir al Mercedes.

Carmona fue solo al supermercado, preguntó por Tao y nadie sabía nada de él. Al salir observó con tranquilidad los detalles de la esquina, su paciencia dio resultado sobre el cartel de propaganda dos cámaras pequeñas, una en cada ángulo, se movían en media luna filmando la calle. ¿Por qué las negaron? ¿Cómo nadie las vio?  Sé preguntó, parece que muchos intentan que el caso quede impune.

Con una orden judicial los chinos entregaron la grabación, en la filmación la imagen del Mercedes rojo fue notable, se veía a los dos hermanos saliendo de la casa de Pérez García sacándose las máscaras y subiendo al coche que salió a toda velocidad.

La filmación dejó en claro que los hermanos Ramallo, estuvieron en la casa y salieron sin que nadie los molestara. Está vez sus importantes abogados no lograron sacarlos libres.

Una vez acusados y ante las pruebas, los Ramallo declararon quién los había contratado, el autor intelectual del crimen, resultó ser el prestamista Lolo, el presidente de la empresa avícola le debía dinero, fue detenido y juzgado junto con los hermanos Ramallo.

Por miedo a nuevas amenazas, aunque el caso ya estaba cerrado, Emma se quedó en el departamento de Garmendia, para felicidad de él y reconciliación de los dos.

Las amenazas desaparecieron.

Los que entraron en la casa de la madre de Emma y los autores de los mensajes al correo de la fiscal, no fueron encontrados, la carta no contenía huellas, muy prudentes los mensajeros usaron guantes. La sospecha cayó en los abogados del estudio Sanguinetti, pero sin pruebas no se logró acusarlos, ese tema quedó sin resolver.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

El extraño caso del cementerio.


 

Las hijas lloraban desesperadas, los hijos daban vuelta por la casa sin decir palabra, hasta que el menor dijo:

-Tenemos que aceptar lo que nos piden, si esto llega a los diarios la vergüenza nos va a volver locos.

Sabrina la hija mayor respondió:

-Tenes razón, ¿pero de dónde sacamos el dinero? Es un secuestro imposible de pagar, ni vendiendo la casa de mamá alcanza …

-¿Y si pedimos a un usurero? -dijo Jaime, otro de los hijos de María Teresa Funes.

-Pobre mamá… ¿Quiénes serán esos desgraciados que osan alterar su eterno descanso?

Los hermanos la miraron, la hija menor hablaba como recitando una obra de Shakespeare.

-Los desgraciados son mafiosos que viven del robo y el chantaje, a nosotros nos tocó que secuestraran nuestra madre.

Nuevamente fue Jaime quien exclamó:

-Pero secuestrar un cadáver es inconcebible…

Un llamado en la puerta los sobresaltó. Jaime fue a atender. Un señor alto muy delgado se presentó:

-Soy el detective Pedro Garmendia y mi compañero es Carmona López...

Los hicieron pasar, le informaron que el ataúd con los restos de su madre recientemente fallecida, había desaparecido del panteón familiar y habían recibido un llamado reclamando una cantidad de dólares imposible de pagar.

Garmendia hizo preguntas sobre amigos, enemigos, familiares, intentaba investigar quién podía metido en semejante delito.

-En una época fuimos una familia muy rica -dijo Sabrina- pero mi padre era un jugador empedernido y perdió toda su fortuna jugando al póker y en las apuestas de caballos, nada nos quedó de aquel tiempo brillante, pero la gente no lo sabe, ese es el motivo por el que piden tanto dinero.

Garmendia los escuchaba y Carmona daba vueltas observando las fotografías que lucían sobre un mueble, señaló una foto y pregunto si esa era la madre, respondieron que sí.

-Tienen llave del panteón familiar? ¿cuántas llaves hay?

-Solo una, siempre está en casa.

Uno de los hermanos abrió un cajón y mostró la llave.

-Vamos al cementerio, llévela.

Sin entender que pensaba el detective lo siguieron.

El primero en entrar fue Garmendia, lo siguió Carmona, observaban con detenimiento el piso, parecía buscar algo en las viejas baldosas, los hijos de Maria Teresa nada decían, el silencio flotaba denso. De pronto Garmendia salió del panteón y se alejó rumbo a la oficina de entrada, los presentes se miraron sin entender. Minutos después regresó con el encargado del cementerio, caminaron hasta otra bóveda, la abrieron y Garmendia pidió a los hijos que se acercaran, solo un ataúd acomodado de mala forma se encontraba allí, brillaba su madera nueva y lustrosa, Garmendia preguntó a los jóvenes:

-¿Es el ataúd de su madre?

Ellos se acercaron y corroboraron que en la tapa estaba grabado el nombre. Gritos de alegría y emoción se elevó de sus gargantas, agitando el vuelo de las palomas.

El responsable del cementerio no hallaba explicación estaba rojo y pedía disculpas una y otra vez. Fue Garmendia quien explicó lo sucedido:

“Cuando Carmona vio la foto de María Teresa, comprendio que debía pesar más de cien kilos, así que los ladrones no pudieron ir muy lejos con su ataúd, por eso mirábamos el piso, se notaba que allí habían arrastrado algo, era lógico que no pudieron levantarlo y que muy lejos no pudieron ir con semejante peso, debía estar cerca, en alguna bóveda vacía y así fue, solo los encargados de mantenimiento pueden saber que bóvedas están abandonadas…la policía ya los está investigado.”.

-¿Y la llave, cómo entraron?- preguntó una de las hijas.

- El encargado en jefe tiene una llave maestra para cualquier caso de urgencia que algún familiar se la olvide, los de mantenimiento lo saben y de allí la sacaron.

La familia de María Teresa regresó tranquila cada uno a sus respectivas casas, mientras Garmendia y Carmona enfilaron para el bar del gallego sabían que los estaría esperando con una cervecita helada.

 

Inspirado en un cuento de Maria Rosa Lojo.

 

 

 

martes, 7 de abril de 2026

Historia oscura.


 

 

Salieron de la oficina del jefe Mariani con la rabia entre los dientes.

—Qué se cree este tipo -dijo Carmona- nosotros somos investigadores de crímenes y robos, no de misterios y tiene el coraje de mandarnos a la casa de su familia a descubrir sus problemas oscuros.

—Tenés razón, pero hay que hacerlo, partimos hoy para Saldivar.

 

Los setecientos kilómetros y el calor los agotaron.

Saldivar resultó ser un pueblo en medio de la pampa sin grandes pretensiones. Garmendia miraba a todos lados y dijo en voz alta:

—¿Dónde vivirán los Mariani?

—Él muy maldito nos dijo que preguntemos…todos los conocen.

La respuesta de un paisano de a caballo fue señalar con el brazo hacía el sur.

—Sigan ese camino y los van a encontrar en la lomada, acá no hay calles ni número —exclamó sonriente.

La casa de los Mariani era un casco de estancia encallado sobre una loma, rodeada de eucaliptus y sauces que le daban un aire misterioso. Abrieron la tranquera y entraron. Salió a recibirlos un tipo alto y ancho de cuerpo, junto a una mujer tan alta como él y muy delgada, eran Ramiro y Teresa, los tíos del jefe.

– Nos manda Ramón Mariani -dijo Garmendia.

El hombre sonrió y estrechó la mano de los dos.

Atardecía, un viento frío aliviaba el calor del largo viaje vivido. Les ofrecieron mate y tortas fritas y luego de los saludos, preguntaron cuál era el misterio por el que pidieron ayuda.

—¿Cómo no les dijo? —exclamó Ramiro.

Negaron con la cabeza.

—Han muerto dos personas de manera muy rara, hace años sucedieron otras muertes muy parecidas, situaciones que no tienen explicación, últimamente han llegado a causar algunos estragos peligrosos y comenzamos a sospechar.

—¿Quién produce esos estragos? —preguntó Carmona.

—Cuatro árboles que están camino al río.

Los detectives se miraron, pero quedaron en silencio esperando una mayor definición.

—No piensen que me burlo, es real —dijo Ramiro— son una rara especie que parece ser inteligente y atacan en ciertos días a los que pasan por ese sendero.

Teresa que había permanecido en silencio, habló:

—El primer joven al que dieron muerte fue mi sobrino Lucas, llevaba un rebaño de ovejas y cruzó ese camino, las ramas se desprendieron de los árboles y lo atacaron, fue casi una locura, las hojas rojas, formaron una manta y lo envolvieron, las ramas lo castigaron mientras las ovejas asustadas se dispersaron en distintas direcciones, el muchacho llegó a la estancia, herido y nos contó todo —Teresa hizo silencio el llanto la ahogaba— en las muñecas tenía cortes, por más que lo vendamos perdió mucha sangre, al día siguiente murió.

Quedaron todos en silencio, fue Ramiro quien continuó el relato:

—Dijo el médico que su muerte no fue por la pérdida de sangre, fue envenenamiento, esas hojas largan un líquido rojo que penetra en la piel y es un veneno desconocido y fulminante.

—Dijeron dos muertes… ¿Y qué más? —dijo Pedro.

—El otro fue un médico del pueblo, no sabemos a qué hora sucedió, a la mañana lo encontraron en la orilla del río, con cortes en las muñecas y marcas de golpes en todo el cuerpo, analizaron su sangre y encontraron el mismo veneno que mató a Lucas, los compañeros del hospital dijeron que tenía intenciones de cortar hojas para analizarlas y…murió por eso…

—Aparte —dijo Teresa— desaparecen animales de la estancia y aparecen muertos cerca de los árboles, varias ovejas y dos perros en el último mes…

—Hace años desaparecieron dos chicas y todos creímos que se habían escapado para vivir en la ciudad, el mes pasado encontraron sus restos y se dijo que los lobos las habían atacado, hoy sabemos que no fueron los lobos.

—¿Qué hacen las autoridades?

Pedro se removía en su silla sin poder entender semejante historia.

—Las autoridades no nos creen a todo le encuentran una explicación lógica, dicen que somos supersticiosos, hasta nuestro sobrino no nos cree y es jefe de la policía, Ramón, los mandó para que lo dejemos tranquilo.

Ramiro se encogió de hombros con un gesto de rabia y tristeza.

—Espero que ustedes nos crean y puedan hacer algo —dijo Teresa— mucha gente se fue del pueblo, otros no se acercan al lugar y con eso piensan que ya se pueden quedar tranquilos.

Garmendia todavía incrédulo respondió:

—Vamos a hacer lo posible.

Se acostaron temprano, el viaje largo, el calor y las noticias de esos árboles los había agotado. En el piso superior de la estancia les habían preparado un cuarto cómodo con dos camas, una mesa cerca de la ventana, sillas y un mueble para su ropa.

El canto de un gallo tempranero los despertó. Bajaron y Teresa ya les había preparado el desayuno.

Salieron a conocer a los extraños árboles.

El paisaje de ese principio del verano era agradable, el calor apenas se notaba, caminaron admirando el paisaje, las flores salvajes y los espinillos en flor, eran un deleite a los ojos. Divisaron los árboles por los datos que los Mariani les dieron. Verlos fue peor a cualquier idea que se hubieran formado.

Troncos de color pálido, ramas enormes extendiéndose a los costados se enredaban entre ellas y las hojas grandes como la mano de una persona y rojas, se estremecieron al ver los troncos, un movimiento interno los movía suavemente.

—Parecen respirar —exclamó Pedro— no nos acerquemos.

Recordó que las hojas contenían veneno.  

Se alejaron unos metros, las ramas se agitaban siguiendo sus pasos, el pánico de Carmona lo hizo alejarse más, Garmendia lo siguió.

Las ramas comenzaron a gemir de una forma que ponía la piel de gallina, la respiración de los troncos se elevaba por momentos, se movían, una risa burlona se alzó cerca de ellos, no lograban entender desde dónde llegaba. Lo que creyeron supersticiones del pueblo era una realidad que frente a ellos se alzaba y se burlaba.

—No podemos con esto —dijo Pedro trémulo— mejor regresemos.

El camino de regreso fue diferente, ya no miraron las flores ni el verde paisaje, el pensamiento de ambos estaba en buscar una forma de destruir esa maldad con forma de árbol que acababan de ver.

Subieron a su cuarto sin almorzar, no lograban serenarse, ni articular un pensamiento lógico. De pronto un golpe en los cristales de la ventana los sacudió, eran ramas, las ramas de los árboles, la sorpresa los aturdió, quedaron estáticos sin saber que hacer, si los cristales se rompían estaban perdidos, el ruido fue ensordecedor, los vidrios no soportaron la fuerza de los golpes, en ese momento apareció Ramiro con una guadaña, las fue golpeando hasta hacerlas caer, otras lograron escapar, Ramiro con la fuerza de sus brazos acostumbrados al trabajo del campo las liquidó en segundos. Garmendia y Carmona no lograban volver del espanto vivido, solo al ver las ramas en el piso quietas y sin vida respiraron tranquilos nuevamente.

El terror tardó en dejarlos reaccionar. Bajaron a la cocina, Teresa les sirvió algo fuerte y la conversación con ella y Ramiro los serenó.

—No se puede vivir así, hay que hacer algo, ¿pero, qué?—dijo Pedro— no se me ocurre nada posible para destruirlos.

Fue entonces que Carmona exclamó:

—Tengo una idea, juntemos las ramas que quedaron en el piso las llevamos al campo y probemos con el fuego.

Lo hicieron. Con combustible y algunas maderas, las quemaron. El resultado fue bueno en poco tiempo se consumieron hasta reducirse a cenizas.

—Por lo visto es lo único que puede destruirlos —dijo Carmona —Primero debemos arrancarlos —la voz de Ramiro los trajo a la realidad— ¿Cómo?

Los detectives lo miraron en silencio, era una realidad la que les planteaba.

—Para eso necesitamos maquinaria pesada, para excavar y palanquear y destoconadoras para triturar las raíces subterráneas—dijo Ramiro— ¿Cómo conseguir esa maquinaria? El brazo hidráulico de esas máquinas cava y extrae las raíces.

—Hay que pedir ayuda a Mariani, solo él puede conseguirlas — dijo Pedro.

Fueron al pueblo y desde la única oficina telefónica del lugar, Garmendia habló con el jefe Mariani, que respondió que él no podía conseguir nada, que no tenía fondos y mil excusas.

Pedro furioso le respondió:

—Mariani no podemos hacer nada si no manda ayuda, lo hace o nos vamos y todo queda como está…

Pedro cortó la comunicación.

Días después el pueblo observó extrañado la maquinaria pesada que entraba en Saldivar.

Con las cabinas cerradas de las excavadoras por temor al ataque de las ramas, los operarios comenzaron la tarea llevó casi todo el día arrancarlos, la tierra pareció moverse por la fuerza de los árboles, los gemidos se escuchaban como truenos. Las hojas se desprendieron en un manto que intentó atacar a las máquinas, a medida que pasaba el tiempo y los árboles eran arrancados iban perdiendo fuerza, caían sobre la tierra estremeciéndose en un aullido agónico. Garmendia y Carmona miraban desde su coche y con los nervios a flor de piel, las ventanillas cerradas y el corazón batiendo a mil. Las ramas se retorcieron por horas, una de ellas en un movimiento que no esperaban, se elevó de pronto y se arrojó sobre el coche de Garmendia y Carmona, sin fuerzas resbaló y cayó en tierra.

Al ver a los árboles caídos, sin vida, Teresa y Ramiro no pudieron contener el llanto, la emoción los superaba.

El pueblo de Saldivar fue acercando maderas, cartones y combustible para lograr que el fuego destruyera la maldad que durante tantos años les asoló la vida con el miedo.

Las horas pasaban, las llamas los fueron cubriendo y al día siguiente lograron verlos reducidos a cenizas.

Cubiertos de hollín y agotados los detectives regresaron a la estancia, festejaron, brindaron y luego de un merecido baño durmieron hasta el día siguiente al mediodía que Ramiro los despertó con mate y tortas fritas.

La pregunta salió de Carmona:

—De dónde salieron esos árboles, nunca vi nada igual, si me lo cuentan no lo creo.

—Yo nací en este pueblo —dijo Ramiro— y me contaron mis padres que ya estaban cuando ellos llegaron, solo que en ese entonces o la gente no se daba cuenta o no eran tan agresivos, lo cierto que muchas historias misteriosas se contaban en secreto, pero nadie imaginaba que esas cosas las hacían los árboles.

—Sinceramente todavía estoy asombrado por lo que hemos vivido—exclamó Garmendia.

 

Regresaron a la ciudad, cansados, ojerosos pero felices.

Al verlos, Mariani se acercó y con esa voz chillona y prepotente que lo caracterizaba les dijo:

—Quiero un informe y no me vengan con esa pavada de árboles asesinos, quiero seriedad por favor y nada de andar por los pasillos contando hazañas imaginarias.

La respuesta salió a dúo, pero no se puede reproducir en esté blog.