La
presencia de la fiscal Flores en su oficina le cortó la respiración a
Garmendia. Hacía dos semanas que una tonta discusión los había separado y ahora
al verla frente a él tan bonita y con una tristeza profunda en sus ojos oscuros
le ganó la ternura y quedó mudo, sin saber que decir.
Fue ella
la que habló:
—Pedro estoy
desesperada, nuevamente me amenazan y no sé quién es…
La abrazó,
apenas pudo susurrar unas palabras para que se tranquilizara, el contacto con
su cuerpo hizo que olvidara su enojo y solo pensó en quedarse así disfrutando
su perfume y el placer de sentirla tan cerca. En ese momento entró Carmona, se
detuvo en la puerta sorprendido, sonrió y dijo:
—Mejor me
voy del gallego a tomar una cerveza…
Ya se
alejaba cuando Emma le dijo que no se vaya.
—Por
favor, Carmona, los necesito a los dos, tengo miedo, volvieron las amenazas y
esta vez no vienen desde la cárcel.
—¿Qué es
lo que recibís, email, celular…?
—Email,
los profesionales de la policía investigaron desde dónde llegan y no logran
descubrirlo, los mandan, posiblemente de diferentes centros de internet o algún
ciber café, por favor, tengo la boca seca...
Tomaron
asiento, Garmendia le sirvió un vaso de agua que ella bebió con desesperación,
ya más calma les dijo:
—Las
amenazas no se limitan con los mensajes, hay un coche que me sigue, no tiene
chapa, aparece y cuando un móvil policial se acerca, se pierde en alguna calle
con una rapidez increible, ya sucedió tres veces y lo han seguido, se les
escapa, es más veloz que los coches policiales.
—¿Qué
dicen los emails que mandan?
—Qué deje
del caso de los Ramallo, son dos hermanos acusados de matar al presidente de
una empresa agrícola, están muy comprometidos y tienen a los dos mejores
abogados del estudio Sanguinetti, tengo miedo, alguien entró en casa de mi
madre cuando ella había salido y al regresar encontró está carta…
Les
entregó una hoja doblada en la que decía:
“Sabemos
todos los movimientos de su hija, que se cuide y deje el caso Ramallo”.
—Mi madre
me llamó en seguida y le dije que avisara a la policía, ahora hay custodia en su
puerta y ella se fue a Montevideo a casa de su hermana.
Emma
quedó en silencio y al fin dijo:
—No voy a
dejar el caso de los Ramallo, son dos asesinos, este no es el primer caso en
que están acusados por un crimen —bebió agua y siguió— hace unos años zafaron
de una perpetua porque los mismos abogados que hoy los defienden los sacaron en
libertad, esos cuervos son tan malditos como los hermanos Ramallo.
—¿Cómo
los sacaron libres...?
—No lo
sé, las pruebas eran contundentes pero los jueces no se pusieron de acuerdo y salieron
en libertad, hoy buscan hacer lo mismo, posiblemente las mismas amenazas que
hoy me aterran a mí, se las hicieron al fiscal y a los jueces de aquel caso.
—¿Cómo
fue el caso del que hoy los acusan, debes estar cerca con tus investigaciones
para que te amenacen así?
—Entraron
dos encapuchados en la casa de Pérez García, el tipo estaba hablando con un
amigo en el parque de su casa y lo balearon… al otro nada le hicieron, se
fueron tranquilamente en su auto, las cámaras de la casa: apagadas y el guardia
tenía el día libre por enfermedad, todo muy bien organizado.
—¿Otras
cámaras en el barrio? —preguntó Pedro.
—No hay,
es un barrio tranquilo, no viven ricachones, salvo Pérez García esa era su casa
familiar, nunca se quiso mudar y vivía solo.
Emma se
había serenado. Garmendia le ofreció que se quedara en su departamento y ella
aceptó.
Garmendia
y Carmona estudiaron el caso, buscaron la ayuda del “tarta”, un soplón que
siempre colaboraba con ellos, días más tarde les trajo la novedad que Pérez
García tenía una deuda de juego importante con un prestamista conocido, lo
llaman Lolo y es una mala persona, no le crean, de todo lo que les diga —les
dijo— solo la cuarta parte es cierta.
Lo
visitaron, resultó ser un tipo alto, flaco y con cara de cuervo, algo en él mostraba
una maldad fría y disimulada tras la sonrisa que no llegaba a sus ojos.
“Al tipo
lo conocí —les dijo— me debía varios miles de dólares desde hace mucho tiempo, pero
de ahí a matarlo; no, busquen por otro lado —el prestamista sonrió con burla—
en la empresa de la que es presidente hizo varios desfalcos y se los
perdonaron…los devolvió, tal vez lo hizo de nuevo.”
Fueron a
la empresa agrícola, los atendió un gerente que no quiso hablar mucho, solo
dijo que Pérez García, en 2020 había realizado compras que no existían, se
guardaba el valor de las facturas y lo descubrieron, los dueños de la avícola no
quisieron denunciarlo, saldó su deuda y lo perdonaron. No volvió a tener
problemas con la empresa.
Entre
Emma, Garmendia y Carmona no encontraban la punta del ovillo que acusara a los
hermanos Ramallo.
— ¿Por
qué detuvieron a los Ramallo si no hay pruebas de que fueron ellos? —preguntó
Carmona.
—Si las
hay, manejan un Mercedes rojo que estuvo estacionado en la puerta de Pérez
García en la hora que el forense calculó su muerte —respondió Emma.
—¿Quién
lo vio?
—Un
vecino, no puedo dar su nombre, le prometí reserva, después que declaró,
desapareció, se escondió por miedo.
—¿Y el
amigo de García que estaba conversando con él?
—Dice no
saber nada, fue todo muy rápido, entraron encapuchados, lo balearon y se
fueron, estaba tan aterrorizado que se le hizo una laguna en su memoria.
Los
detectives fueron a visitar el barrio, la casa de Pérez García estaba cerrada y
con un policía en la puerta, mientras ellos caminaban observando si había
cámaras en las casas vecinas, un coche a gran velocidad subió a la vereda con
intención de atropellarlos, los buenos reflejos y un salto en el momento justo
los salvó, quedaron caídos sobre el cerco de ligustrina de una casa.
—Estos tipos
no se andan con chiquitas —exclamó Garmendia.
—Nos
están siguiendo, ya se enteraron de que colaboramos con la fiscal, dentro del
juzgado hay más soplones que afuera —exclamó Pedro con rabia.
El juicio
se acercaba y las pruebas contra los Ramallo no aparecían, La fiscal Suárez
estaba desesperada.
—Van a
quedar libres nuevamente —exclamó— ¡Puede ser que el único testigo haya
desaparecido!
—¿Quién era?
— preguntó Carmona y miró a Emma— sino sabemos nunca lo vamos a encontrar.
—Le
prometí que no daría su nombre.
La cara
de Carmona estaba tensa cuando le dijo:
—Pero
nosotros estamos investigando, ¿o crees que jugamos?
Emma
comprendió que ocultando el nombre del testigo no ganaba nada, solo cerraba una
puerta para que los detectives trabajen.
—Es Tao
el chino del supermercado de la esquina, el vio el Mercedes rojo y a dos
jóvenes salir y sacarse la capucha antes de subir al Mercedes.
Carmona
fue solo al supermercado, preguntó por Tao y nadie sabía nada de él. Al salir
observó con tranquilidad los detalles de la esquina, su paciencia dio resultado
sobre el cartel de propaganda dos cámaras pequeñas, una en cada ángulo, se
movían en media luna filmando la calle. ¿Por qué las negaron? ¿Cómo nadie las
vio? Sé preguntó, parece que muchos
intentan que el caso quede impune.
Con una
orden judicial los chinos entregaron la grabación, en la filmación la imagen
del Mercedes rojo fue notable, se veía a los dos hermanos saliendo de la casa
de Pérez García sacándose las máscaras y subiendo al coche que salió a toda
velocidad.
La
filmación dejó en claro que los hermanos Ramallo, estuvieron en la casa y
salieron sin que nadie los molestara. Está vez sus importantes abogados no
lograron sacarlos libres.
Una vez
acusados y ante las pruebas, los Ramallo declararon quién los había contratado,
el autor intelectual del crimen, resultó ser el prestamista Lolo, el presidente
de la empresa avícola le debía dinero, fue detenido y juzgado junto con los
hermanos Ramallo.
Por miedo
a nuevas amenazas, aunque el caso ya estaba cerrado, Emma se quedó en el
departamento de Garmendia, para felicidad de él y reconciliación de los dos.
Las
amenazas desaparecieron.
Los que
entraron en la casa de la madre de Emma y los autores de los mensajes al correo
de la fiscal, no fueron encontrados, la carta no contenía huellas, muy
prudentes los mensajeros usaron guantes. La sospecha cayó en los abogados del
estudio Sanguinetti, pero sin pruebas no se logró acusarlos, ese tema quedó sin
resolver.
