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jueves, 29 de enero de 2026

La modelo.


 

Los alumnos del taller de dibujo y pintura esperaban, algunos conversaban tranquilos, otros miraban el reloj, habían pasado quince minutos de la primera hora de clase, ni la modelo, ni el profesor aparecían.

Una hora después, ya algunos se habían retirado se presentó Raúl, pálido, desencajado.

Quedó de pie frente a los alumnos, hasta que mirando a uno por uno dijo:

-Ha muerto Doris…

Un murmullo de labios apretados creció en el ambiente.

—¿Qué pasó…? —Preguntó uno de los alumnos.

—No lo sé —la respuesta se confundió con un sollozo— como no asistió al taller, la llamé al celular, no atendió, llamé a la hermana y me dijo que apareció mal herida en la estación de Coghlan… la encontró un cartonero que pasaba y que corrió al hospital Pirovano para avisar, llamaron a la policía y no sé más… el taller se va a cerrar por varios días…

Garmendia y Carmona estudiaban los detalles que les entregó la mujer policía que fue la primera en llegar a la estación de trenes, el reporte decía; Encontré a la joven sin sentido y muy golpeada, minutos después llegó la ambulancia, horas después la joven, falleció debido a los golpes sufridos.

-¿Cómo llegó a la  estación y nadie vio nada?-preguntó Carmona.

--Es una estación con poco movimiento y alguien la estaba esperando -Garmendia comenzó a dar vueltas y pensando en voz alta- ella sale del taller de Galíndez a las 21,00hs, caminó hasta Retiro, son pocas cuadras, y de allí no se sabe nada de ella...

-Trabajaba en la escuela de arte, con el pintor Galíndez y ¿dónde más?

-Según la hermana: modelaba en dos talleres de dibujo y pintura, hasta hace un mes modeló con un tipo que realizaba desnudos en acuarela, dejó porque no le pagaba y siempre discutían, vamos a tener que visitar a todos y ver dónde encontramos la punta del ovillo.

Garmendia encontró el primer taller cerrado y con una cinta negra en la puerta. Un vecino le dio la dirección de Raúl, el encargado y profesor, vivía en una casa cercana al taller.

Raúl se notaba muy apenado y sin ganas de hablar, tendría unos cincuenta años y no podía creer lo sucedido.

Le dijo que Doris era una joven amable y responsable en su trabajo, no le conocía novio ni amoríos y que era poco conversadora y todos los alumnos la apreciaban.

Acompañó a Pedro hasta la puerta y recordó algo que al detective le pareció interesante. Doris solía comentar el mal humor y mal trato de un pintor con el que trabajaba, pero no le dijo a Raúl quién era, a pesar que varias veces le recomendó que lo dejara.

En el segundo taller la profesora Marquesini fue muy parca en sus respuestas, la presentó a la modelo como muy cumplidora en su trabajo, pero poco amable con el alumnado.

-Es que tenía que serlo, todos se enamoraban de ella – la que habló así fue una joven que se acercó a participar de la conversación.

-¿Usted quién es?  -preguntó Garmendia.

-Clara Ríos soy profesora en este taller, Doris era muy bonita y los chicos y los no tan chicos se enamoraban de ella…es muy triste lo que ha pasado.

-¿Alguna de ustedes era amiga de ella?

Las miró a los ojos esperando ver sus reacciones, nada sucedió los dos negaron tener amistad con Doris.

-Éramos compañeras de trabajo -dijo Marquesini -Doris no daba lugar para amistades.

-¿Le parecía antipática? -Preguntó Pedro.

-Antipática no, solo muy reservada, era como si esquivara las preguntas personales.

Clara aprobó sus palabras con un movimiento de cabeza.

Garmendia se despidió y salió pensando que la punta del hilo que desenredara la trama del crimen no aparecía, tal vez Carmona tuviera más suerte.

Esa tarde se encontraron los investigadores en el bar del gallego, pidieron cervezas, cada uno traía su decepción a cuestas.

-Nada que sea interesante -exclamó Carmona- en un rato voy a visitar a Galíndez.

Galíndez vivía sobre la calle Arroyo, un barrio muy elegante para el taller de un pintor desconocido, él lo recibió amablemente. Mientras el pintor preparaba café, Carmona recorría los cuadros, fascinado ante tanto arte no pudo evitar decirle:

-Que buenas pinturas, ¿se especializa en retratos?

-Así es, me alegra que le guste.

Señalando varios retratos de bellas modelos Carmona preguntó:

-¿Cuál de ellas es Doris?

Galíndez retiró la tela blanca de un retrato sin terminar y dijo:

-Ella es Doris.

Carmona quedó admirado por la belleza de la joven y la calidad del retrato.

-Era Hermosa – dijo en un susurro.

-Hermosa y tonta, se metía con tipos que no la merecían, se lo dije varias veces, ese fulano es un vividor, te mereces otra cosa, pero ella no me hacía caso…

Las últimas palabras las dijo con tanta tristeza que la voz se le ahogo en la garganta.

-¿Sabe quién era o al menos el nombre…?

-Si se llama Juan Pablo Castillo y tengo una foto que ella olvidó donde están los dos, ella siempre hablaba que pasaba los fines de semana con él en su departamento de Olivos.

Fue hasta un mueble y sacó una foto que le entregó a Carmona.

- ¿La puedo llevar? - Galíndez asintió.

Al retirarse acompañado por el pintor, Carmona insistió:

-¿No recuerda algo más que pueda ser interesante para la investigación?

El pintor negó con la cabeza, Carmona le entregó una tarjeta con su celular y se fue.

Carmona salió pensado y hablando solo.

-Veremos a ese noviecito… no me resulta muy agradable, hay que averiguar quién es y visitarlo.

No fue difícil, Castillo tenía algunas entradas por robo y su dirección que estaba en el sistema, combinaba con las palabras de Galindez; vivía en Olivos.

Fueron a visitarlo.

Llegaron los dos detectives, pidieron por el portero eléctrico y una voz grave respondió. No les abrió la puerta, y en pocos minutos bajó. La apariencia del joven era desagradable, su ropa daba la impresión de llevarla por semanas y hasta de dormir con ella, barbudo y con los ojos enrojecidos, era deprimente mirarlo. Fueron a un bar cercano y Garmendia le pidió que les dijera su relación con Doris.

-No era nada más que un amorío de poco tiempo, no la conocí bien, no sé qué decirles.

-Una relación de fin de semana durante casi un año… no es un amorío, trate de ser sincero sino le va a ir mal.

La voz de Garmendia fue cortante y su mirada dura no le dejó tiempo a Castillo de seguir mintiendo.

-Es que ella era pesada, quería una relación seria y a mí eso no me interesaba, seguía con ella porque siempre me salvaba de mis problemas con el juego.

Los miró uno a uno y dijo:

-Estoy amenazado, debo mucho dinero y no sé cómo salir de este atolladero, Doris me daba dinero y con eso los calmaba por semanas, luego comenzaban las amenazas de nuevo.

Carmona lo miró con asco.

-No te daba vergüenza vivir a costa de una piba.

Castillo bajó la cabeza, se revolvió el pelo con las manos y sin entender su culpa le respondió:

-Es que el juego es una enfermedad, no puedo salir del pozo en que estoy metido, dos matones vinieron la semana pasada, se metieron en mi departamento, uno de ellos, me amenazó con una navaja, Doris le hizo frente y le arrojó la taza de café caliente en la cara, el tipo enfureció y la agarró del cuello, el otro le dijo que la dejara, que no se metiera en problemas, la soltó y gritando amenazas se fueron.

Garmendia y Carmona se miraron, fue Pedro quién preguntó:

-¿Quiénes son esos tipos?

- No sé sus nombres, solo sé que trabajan con Quintana el dueño del bar “El chamuyo”.

Quintana no solo era el dueño del bar, era prestamista y el dueño de varias casas de juego diseminadas en la ciudad. Su fama era la de un matón asesino que siempre había salido libre de las denuncias que caían sobre él, debido a sus amistades con la mafia y la política.

Garmendia debió buscar la ayuda del “Tarta” un informante que siempre aportaba buenas noticias en los momentos que todo resultaba oscuro.

El “Tarta” le comunicó a Pedro que se había corrido la voz, de que una joven desconocida había enfrentado a los matones de Quintana y que, a uno de ellos le había arrojado café caliente en la cara. El asunto resultó cómico para Quintana, no hubo represalias contra la chica.

Pero el matón apellidado Sardino comentó entre sus compañeros que se la iba a cobrar. Investigar al matón no fue difícil, pero el día de la muerte de Doris estaba en Bragado, su pueblo natal, la coartada fue confirmada por varios comerciantes de la ciudad. Volvían a cero con la investigación.

Algo les había quedado en el olvido a los detectives. El pintor de desnudos. Lo buscaron y lo encontraron en un viejo departamento del barrio de once. Era un hombre robusto, pelo ralo, largo y rubio, mirada esquiva, pero nada aportó que resultara interesante a la investigación, dijo que Doris era de muy mal carácter y siempre quería cobrar más de lo que se merecía, un día discutieron por dinero y no volvió más.

Antes de salir, algo llamó la atención de Carmona, una acuarela, replica de una foto, representaba una plaza, en su centro sobre un monumento se erguía un caballo tamaño natural. Carmona preguntó:

-Qué bonito cuadro ¿Qué representa?

-Es un monumento al caballo, está en la plaza de mi pueblo natal, en Bragado.

Los detectives se miraron de reojo y salieron tranquilos.

No les costó mucho averiguar que el apellido del pintor y el matón era el mismo: Sardino. Eran hermanos.

Visitaron nuevamente al pintor Sardino y como era de esperar negó toda participación en la golpiza que recibió Doris.

-Sin embargo, señor Sardino, un cartonero dijo ver a un hombre de pelo rubio y largo, discutir con una chica en la estación de Coghlan y que luego la golpeó hasta dejarla inconciente en el suelo…las señas que aportó el cartonero dan justo con su perfil -Garmendia hablaba tranquilo, notó que el pintor transpiraba- ¿va a negar que fue usted?

Sardino comenzó a tartamudear, su seguridad de antes había desaparecido.

-Diga la verdad y el juez va a contemplar su situación ¿Fue obligado por su hermano?

Agachó la cabeza.

-Me amenazó, yo debía dinero de las apuestas a Quintana y mi hermano me dijo que saldaría toda mi deuda si le daba una paliza a la piba… pero se me fue la mano…

Garmendia debió contener a Carmona que se había puesto rojo de indignación. Pidieron un móvil policial.

Llegaron los uniformados le pusieron las esposas y mientras salían Garmendia exclamó, esperemos que al juez también se le vaya la mano al condenarlo.

Ya en la oficina y mientras bebían una cerveza helada, Carmona preguntó:

-¿Cuándo el cartonero dijo que vio a un hombre golpear a una joven?

-No sé, me pareció que lo escuché o lo soñé… no me acuerdo bien.

Carmona movió la cabeza y respondió:

-¡No cambias más…!

 

 

 

 

 

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