La casa
de Agustina Velez era antigua, pero se veía bien conservada. Su dueña los
recibió con una sonrisa. Los recuerdos afloraron con emoción para Garmendia,
esa casa, esa mujer, le recordaron momentos felices de su niñez, la madre de
Garmendia y Agustina Velez habían sido muy amigas.
-Mi
querido Pedro cuantos años sin verte…
Y con esa
frase lo abrazó con ganas. Carmona observaba la escena sin decir nada y
esperando que Garmendia lo presentara.
-Agus te
presento a mi compañero Carmona.
Carmona
se acercó amablemente y estampó un beso en la mejilla de la anciana, quien los
tomó a cada uno del brazo y con voz angustiada dijo;
-Ay Pedro
que días difíciles estoy viviendo, alguien me acosa con amenazas y no sé cuál
es el motivo.
Los soltó,
quedó frente a ellos, estrujaba sus manos, y al ir recordando las situaciones
vividas se le llenaban los ojos de lágrimas.
-Mejor
vamos a la cocina y les preparo un cafecito.
En ese
momento entró una mujer, tendría unos cuarenta años, sonriente les dijo;
-Soy
Lula, acompañante de la señora Agustina, yo me voy a encargar del café.
-Vamos a
la cocina, es más cómoda y cálida – dijo la anciana.
Tomaron
asiento alrededor de la mesa. Mientras Lula preparaba el café, Agustina les
relató su problema;
-Desde
hace poco más de un mes recibo amenazas, papeles pegados en la puerta de
entrada – hizo silencio tratando de tranquilizar la angustia que la dominaba- mensajes
a mi celular, ayer arrojaron una piedra que rompió el vidrio de mi cuarto,
venia envuelta en un papel…
Se puso
de pie y fue hasta un mueble, sacó una caja y la puso sobre la mesa, dentro
estaban los papeles con las amenazas, todos eran iguales, de color blanco sin rayas.
-Aparte
me llaman a cualquier hora, dos o tres de la mañana y siempre dicen lo mismo,
me acusan de asesina y que voy a pagar el horrendo crimen que cometí…hace unos
días fui a visitar a mi amiga Ana que vive enfrente, era de noche y al cruzar
miré muy bien, la calle estaba vacía, de pronto un auto que estaba estacionado apareció
de golpe e intentó atropellarme, no sé cómo lo hice pero corrí hasta alcanzar
la vereda, él subió sobre el césped y me salvó el árbol que lo detuvo, salió a
gran velocidad y se perdió calle arriba.
Ya no
aguantó más y se largó a llorar. Lula sirvió el café, se acercó y abrazó a
Agustina.
-Tranquila
Agustina -dijo Garmendia poniéndose de pie y apoyando su mano en el hombro de
la anciana- tenés idea de quién puede amenazarte, alguien con quién hayas
tenido problemas…tal vez, acusaste a un tipo en tus tiempos de abogada y lo
mandaste a la cárcel…
-No, hace
casi veinte años que no ejerzo mi cargo, abandoné todo por mis problemas de
salud, el estrés que me producía afectó mi corazón y debí elegir, el trabajo o
mi salud…
Garmendia
asintió a las palabras de Agustina.
-Me voy a
llevar la caja, vamos a analizar el caso.
Salieron
acompañados de Lula, ya en la puerta le preguntó:
-¿Hace
mucho que trabaja con Agustina?
Con una
voz que no admitía replica respondió:
-Un año, ¿qué pasa me considera sospechosa?
-Que
susceptible que es usted, el motivo de mi pregunta es otro, puede que Agustina
imagine o invente ella misma esas amenazas, usted está todo el día y pudo notar
detalles importantes.
Lula se
puso roja, con un cambio de voz respondió:
-Me
parece una persona muy tranquila, pero es cierto que los llamados y los papeles
los pegan por la noche, yo me retiro a las 8;00pm después de servirle la cena y
dejar la cocina limpia, no sé quién puede ser....
Los
investigadores analizaron los papeles, no había huellas, habían usado guantes.
Al día
siguiente volvieron a ver a Agustina, las preguntas giraron en torno a su
tiempo de abogada, nada importante recordaba, fue necesario visitar al abogado
Mancuso, jefe del estudio en que Agustina trabajó durante treinta años. Las
palabras del abogado fueron justas:
la
mayoría de los casos se extinguieron por haber transcurrido cierto período de
tiempo, especialmente un plazo legal previsto por ley, casi todos los
protagonistas ya no existen.
-No creo que nadie tenga alguna bronca
almacenada contra Agustina – respondió.
Salieron
desilusionados, fueron al bar del gallego, tal vez unas cervecitas les
aclararan los sentidos. Mientras bebía, Garmendia recibió un llamado de Mancuso.
“He
recordado que hace cuatro años Agustina manejaba su coche y atropelló a un adolescente
que cruzó la calle con luz roja, ella frenó, pero el golpe provocó una caída,
eso hizo que la cabeza del joven golpeara contra el cordón de la vereda y su
muerte fue instantánea, una desgracia, Agustina quedó absuelta, pero los padres
intentaron atacarla cuando salía del juicio, recuerdo que la madre gritaba como poseída; ¡¡Asesina, lo vas a
pagar!! Luego del juicio no volvimos a tener noticias de ellos, creo que se
separaron.”
Garmendia
pidió los nombres de la pareja y su dirección.
Sus
nombres era Juana y Enrique Montiel, a dirección era en Villa Devoto, allá
fueron.
-Ya no
viven aquí -les dijo el portero del edificio- se separaron después de la muerte
del hijo, ella quedó alterada, peleaba con todos los vecinos y al marido lo
volvía loco, era rara desde siempre y después de la desgracia vivida, fue
peor...
-¿No
dejaron la nueva dirección? - preguntó Carmona.
-No, él
hombre quedó un tiempo en el departamento y luego se mudó a Mendoza donde viven
sus padres, ella no sé, desapareció de un día para otro.
-¿No
tenían amigos o parientes?
-No
conocí a nadie, puede que la señora Aguirre, la del 5° piso, sepa algo, ellas eran
amigas.
Subieron
al 5°piso. Explicaron que buscaban a la señora Montiel, la mujer los miró por
la mirilla con desconfianza, Garmendia mostró su placa policial, abrió la
puerta y los atendió sin hacerlos pasar.
-Juanita
se fue sin avisarme, nunca me dijo que pensaba mudarse, estaba mal después de
la pérdida de su hijo, quería vengarse de la mujer que manejaba el coche, es de
lo único que hablaba.
Salieron
del edificio amargados y sin pista que los ayudara, pero algo sonaba en la
cabeza de Garmendia y no le encontraba la punta al hilo de semejante ovillo.
-Tengo el
pálpito que esa mujer es la culpable del ataque y las amenazas…-dijo Pedro.
-Puede
que tengas razón, pero ¿cómo encontrarla?
-Vamos a
buscar en internet y en el archivo policial.
Carmona
fue al archivo y se encargó de la búsqueda, Garmendia según dijo desapareció tras
una corazonada.
Era el
final de la tarde cuando Pedro regresó a la oficina, Carmona se estaba
preparando para irse, la cara de Garmendia le sugirió que algo bueno había
encontrado en su corazonada de visitar el archivo de Clarin.
-En los
diarios de dos años atrás, encontré imágenes del juicio, allí descubrí esta
joyita -dijo Garmendia mientras desparramaba sobre la mesa varias fotocopias.
Carmona
las observó con calma, de pronto separó dos, que lo dejaron con la boca abierta,
miró a Pedro y le dijo:
-¡Es la
madre del pibe, insultando a Agustina...!
-Vamos, todavía
hay tiempo.
Subieron
al coche y en pocos minutos llegaron a la casa de Agustina. Les abrió la señora
Lula ya lista para irse.
-Qué
suerte que la encontramos Lula, queríamos hablar con usted.
Ella los
miró asombrada, pasaron los tres, Agustina se acercó sorprendida de verlos a
esa hora.
-Siéntese
Agustina -dijo Garmendia- usted también señora Lula- Pedro la miraba con gesto
hosco.
Lula
comprendió y sin replicar tomo asiento. Garmendia sacó las fotocopias de una
carpeta y las entregó a Lula.
-¿Qué
puede decirme señora?
No
respondió. Lo miró desafiante, luego dirigió su mirada a la anciana que los contemplaba
a todos sin entender que pasaba.
-Usted es
una asesina señora Agustina Velez -dijo Lula-faltó poco para que le hiciera
pagar por la vida de mi hijo, ojo por ojo, vida por vida, quería que sufriera,
que el miedo la acosara día y noche, pero estos entrometidos derrumbaron mis
planes,
La miró
con tal odio que Agustina bajó los ojos, luego con voz apenas audible le dijo:
-Fue un
accidente, el chico cruzó con el semáforo en rojo y yo no logré frenar a tiempo,
hay noches que no logró dormir, la escena de ese día aparece una y otra vez.
-¡No voy
a cambiar de idea, usted es una asesina! – los ojos de Lula chispeaban de odio.
Carmona
le respondió:
-Creo que
usted es la asesina señora Lula, usted preparó, con total alevosía quitar la
vida de Agustina, mientras que la muerte
de su hijo fue un accidente, una desgracia por imprudencia.
Garmendia
llamó al 911.
Luego que
el móvil policial se llevara a Juana Montiel, alias Lula, Agustina entre
lágrimas le dijo a Garmendia:
-No voy a
acusarla de nada, es una pobre mujer que ha perdido lo mejor de su vida, su hijo
y la paz, ya ha sufrido demasiado…
-Está
bien Agustina, pero nuestro deber es detenerla, necesita ayuda psiquiátrica y
la decisión final no es tuya ni mía, es del juez,

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