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sábado, 10 de octubre de 2026

Crimen en el barrio cerrado.


 


 

El jefe Mariani entró en la oficina de Garmendia y con voz tranquila les dijo:

—Han denunciado un crimen en el barrio cerrado de Norte azul, llamaron al 911 y la fiscal ya está allí —sonrió con picardía— creo que es su amiguita.

—No es mi amiguita, es mi novia… —exclamó Pedro con fastidio y mirándolo a los ojos— más respeto.

Mariani murmuró algo entre dientes y se fue.

En pocos minutos llegaron. Emma y su equipo ya habían cercado el interior de la habitación, el forense y la policía científica hacían su trabajo en silencio.

La mujer asesinada, Joaquina Velázquez, tenía unos sesenta años, yacía en el piso, dos balazos, la habían tomado por sorpresa y había caído luego de un giro que la dejó en el piso como una muñeca rota, las balas llegaron desde arriba, a un metro de ella estaba su celular.

La fiscal Suárez cubrió el cuerpo con una tela oscura.

La casa era de dos plantas. En el piso superior las dos habitaciones se veían cerradas, un pasillo las separaba de la baranda y desde allí, sentada en una silla de ruedas, una joven observaba la escena.

Emma le susurró a Pedro:

—Es Lidia la nieta o sobrina de la muerta, esta convulsionada, mira y no habla.

Pedro preguntó a Emma los pormenores del caso, Carmona daba vueltas deteniéndose en cada detalle que llamaba su atención, por ejemplo, una cámara enfocaba solo el salón, el lugar era un cuarto de estar, amplio, escalera, mesa central, sillas, sillones, macetas con plantas, nada interesante.

Carmona guardó el celular caído en un plástico y comentó que la mujer había marcado el 911 pero no llegó a la tecla verde que comunica.

—¿Entonces quién llamó? —preguntó Pedro.

—Seguro la nieta —respondió Emma, encogiéndose de hombros.

Garmendia sin apuro subió los escalones, al costado había un ascensor para la silla de la joven, la chica tendría unos veintitantos años, no lo miró, seguía con la mirada fija en el cuerpo cubierto que yacía en el piso.

—Soy Pedro Garmendia —dijo mirando a la joven— voy a investigar la muerte de su abuela.

La joven miró a Pedro, y se volvió a su habitación, Pedro la siguió.

El ambiente del cuarto estaba desordenado, un escritorio con muchos libros, cajas por el suelo, Garmendia observó y nada dijo. Una puerta comunicaba con la habitación contigua

—¿Esa puerta va al cuarto de tu abuela?

—Si. No es mi abuela… —la voz sonó áspera.

—Teníamos mal la información entonces, ¿cómo te llamás? —dijo Garmendia.

—Lidia Fuentes Arride. Al morir mis padres, Joaquina quedó como mi tutora, era prima lejana de mi mamá.

—¿Pudiste ver o escuchar algo?

—Si… escuché gritos, era una mujer, no entendí que decían, hablaban un idioma raro, me asomé y vi a la mujer tomarla de un brazo, sacudía a Joaquina preguntando si yo estaba arriba y subió la escalera, entré a mi cuarto –– quedó en silencio, le temblaban las manos— una puerta los comunica, pasé al cuarto de al lado, cerré y la escuché que daba vueltas y golpeaba cosas, quiso pasar al otro lado y yo había cerrado con llave….

La joven inclinó el cuerpo y se agarró la cabeza con las manos. Garmendia no la apuró, guardó silencio, cuando ella se recompuso, prosiguió:

—Fue el juego del gato y el ratón, cuando esa mujer entraba en un cuarto yo pasaba al otro por la puerta intermedia, nunca me vio.

—Fuiste muy audaz, la adrenalina te motivaba a actuar así…

—Cuando esa mujer salió, me asomé despacio por la puerta que da al pasillo, ella la había dejado entrecerrada, la vi levantar un arma y desde arriba disparar a Joaquina, estaba loca, la escuché gritar: ¡¡Deja ese teléfono!! —el miedo me latía en la cabeza, temblaba entera— al   bajar, miró a Joaquina y sin decir nada se fue… Yo llamé al 911…

—Notaste algo en esa mujer que te llamara la atención, algún rasgo, ¿cómo iba vestida…?

—No sé… pantalones, buzo y nada más… llevaba anteojos de sol puestos en la cabeza, el buzo lo llevaba remangado y el reloj en la muñeca era grande, me llamó la atención…

Allí Lidia se largó a llorar, una oficial, a pedido de Pedro se acercó con un vaso de agua y se quedó con ella serenándola.

Dejaron una oficial para que acompañe a la joven. La fiscal junto a la policía científica quedó tratando de rescatar pruebas. Se llevaron el cuerpo.

Los detectives se retiraron. Su interés por el momento estaba en buscar quién era la señora Joaquina, saber quién la había nombrado tutora de Lidia y a quién pertenecía la casa.

Cuando la fiscal Suarez se reunió con ellos, ya era casi de noche, solo les dijo algo que los preocupo; en la casa no encontraron huellas de la mujer, era extraño, ya que al ir y venir de un cuarto a otro sus huellas debieron quedar en el picaporte de la puerta, o en el pasamanos de la escalera, sin embargo, nada confirmaba su presencia en esa casa.

El padre de Lidia era Hernan Fuentes, fueron a su oficina, era despachante de aduana, entre los papeles de Fuentes, Emma descubrió el nombre y dirección de su abogado: Andrés Castillo, barrio de Belgrano.

Garmendia y Carmona lo visitaron, él podía darles datos sobre la joven, la familia y su tutora.

Sorprendido por el crimen y la visita de los detectives, el abogado, en un primer momento se mostró parco en sus respuestas, luego fue aflojando su tensión y colaboró con ellos.

Hacía muchos años que era abogado de la familia Fuentes, él no designo a la tutora de Lidia, fue una de sus tías y la asistente social de turno, aclaró que pocas veces habló con la joven Fuentes ya que desde el accidente en que perdieron la vida sus padres, ella quedó en silla de ruedas y no aceptaba visitas y ninguna conversación sobre temas que recordara a sus padres. Fuentes era el encargado cada mes de pasarles una mensualidad que cubría el sueldo de Joaquina y gastos de la joven y la casa.

—¿De dónde sale esa cuota mensual? —preguntó Pedro.

—De los alquileres que pertenecieron al señor Fuentes, varios departamentos e inversiones que yo sigo manejando y cuidando ya que Fuentes no solo era un cliente, éramos amigos desde chicos...

Lo dijo con tristeza. Fue poco lo que pudieron investigar sobre la familia Fuentes, gente normal, entonces no entendían porque alguien entró en la casa, dando muerte a la cuidadora he intentado hacer lo mismo con Lidia. Debian investigar a Joaquina Velázquez, tal vez en ella estaba el porqué de un crimen tan alevoso.

Fue Emma quién trajo noticias. La encargada de cuidar a Lidia se había dedicado desde su juventud a cuidar enfermos, siempre conviviendo en la casa que la contrataba, ya que no tenía familia ni hogar, creció en un orfanato y de allí salió para casarse con un personaje de mala reputación del que se separó a los pocos años. Sus referencias eran buenas. Carmona visitó a la tía de Lidia, ella había recomendado. Las preguntas de Carmona incomodaron a la señora, ya que se consideraba la única persona que se preocupó por Lidia y no entendía que ahora le hicieran tantas preguntas.

—Señora es mi deber investigar un crimen, debo hacer preguntas, ¿Joaquina era familiar de Ana, la madre de la señorita Fuentes?

—Se había casado con un primo segundo de Ana, ella se dedicó a cuidar enfermos, por eso la presenté al abogado de los Fuentes, él revisó sus recomendaciones y estuvo de acuerdo.

—¿Usted las visitaba?

No respondió.

La mujer se movía nerviosa, Carmona la observaba con interés, algo le despertaba curiosidad, tal vez sus ojos inquietos que no lo miraban de frente, algo había raro en ella…

—Señora por ahora la dejo tranquila, pero ante nuevas dudas voy a volver.

La mujer respiro aliviada ante sus palabras de despedida.

Carmona regresó a la oficina y conversó con Emma y Pedro el resultado de sus preguntas y la sensación de molestia de la tía.

Emma visitó a Lidia, tratando a encontrar datos sobre la misteriosa asesina, pero la joven era escueta en sus declaraciones, había un temblor en sus manos y en su voz ante cada pregunta que la fiscal le hacía, al fin, Emma salió de la casa con una conclusión que solo presentaría a Pedro, antes que a Mariani.

Carmona y Emma llegaron casi juntos a las oficinas de la seccional. Pedro los escuchó y su confusión se acentuaba más ante cada conclusión.

—¿Estoy segura de que allí no hubo ninguna mujer asesina —dijo Emma— Lidia habló de una mujer con buzo remangado y reloj grande, eso hace suponer que no llevaba guantes, ella lo hubiera notado, ¿entonces por qué no hay huellas? Y ese juego del gato y el ratón, del que habló Lidia; ¿no resulta un tanto increíble?

Garmendia y Carmona asintieron.

—¿Si fue la chica quién disparó, por qué lo hizo?

La pregunta de Carmona quedó en el aire, los tres se miraron, confirmando las palabras de Emma.

—Tendremos que revisar las cámaras de la vigilancia —La voz de Garmendia sonó casi en un susurro— extrañamente las cámaras de la casa no muestran nada importante.

Al día siguiente los tres visitaron a Lidia, una nueva asistente la acompañaba. Bajó por el ascensor, muy calma, diferente a la vez anterior en que se la veía insegura y fastidiada. Los invitó a tomar asiento, pidió a la asistenta que trajera té y preguntó el motivo de la visita. Emma comenzó:

—¿Cómo era su relación con Joaquina?

—Normal, yo pedía y ella me asistía… ¿A qué viene la pregunta?

—Tenemos una duda —Prosiguió Emma— no hay pruebas de que haya entrado una mujer en la casa, la cámara del salón no registró entradas y tampoco encontramos huellas y no me digas que llevaba guantes porque no lo dijiste, cuando te preguntamos la primera vez.

La joven fue cambiando lentamente el color de su rostro, quiso decir algo que no logró coordinar, al fin dijo:

—¿Qué están inventando? Yo no tengo armas, ni puedo moverme con libertad, ¿cómo lo haría…?

—Hay una posibilidad —exclamó Carmona mostrando unas fotos, pero sin acercarlas a Lidia— que tu silla sea una mentira, que camines normalmente y Joaquina te descubrió.

Le acercó las fotos, tomadas por el ventanal abierto, las cámaras de la vigilancia grabaron a Lidia caminando por la casa. Lidia las miró una por una, endureció sus facciones, miró a la fiscal y a los detectives con furia.

—¡¡Esto no prueba nada!!

—Prueba que mentiste, estas capacitada para moverte normalmente, ¿porque la mataste?

—Ella y la tía idearon sacarme de circulación, yo las escuché hablar, mis padres dejaron una gran fortuna, si yo desaparecía la tía heredaba todo y Joaquina recibiría una parte importante, varias veces sucedió que la comida me caía mal, se lo dije a un amigo y él se encargó de llevar muestras a un laboratorio, había pequeñas dosis de cianuro.

—¿Por qué no las denunciaste?

—Mi amigo lo hizo y no le creyeron, ese día Joaquina había salido y descubrí que guardaba un arma en su cuarto, era una Bersa 22, la tomé y la escondí en una caja de cachivaches del altillo, Joaquina se dio cuenta y subió furiosa, sospechaba que yo tenía movilidad —respiró hondo y la voz se le hizo finita, casi ahogada— revolvió buscándola y al no encontrarla bajó, llamó a la tía y planearon algo que no entendí, cuando la tía se fue, agarré la 22, me acerqué a la baranda, tomé puntería y disparé, lo demás ya lo saben, guardé los comprobantes del laboratorio.

—¿Era necesario matarla…? ¿Cómo es que la cámara del salón nunca te mostro caminando? —Preguntó Pedro.

—Estaba conectada a mi celular y yo maniobraba la cámara cuando quería, no me miré así…algo tenía que hacer, me estaba envenenando y la policía no me creyó, dijeron que los certificados del laboratorio eran falsos, hacía días que no probaba bocado por miedo o la mataba o moría de inanición.

—¿Y creíste que nos ibas a engañar con el tema de la intrusa…?

—Estuve a punto de hacerlo —respondió burlona.

—¿Dónde está el arma?

—En el altillo.

Lidia se fue esposada en un coche policial.

Al salir, Garmendia se detuvo, se volvió a mirar la casa y dijo en voz alta:

—¿Y ahora todo este lujo, semejante caserón para quién va a quedar, tanta riqueza no le sirvió de nada a Lidia, ni a la tía, ni a Joaquina, solo logró que la ambición de dos mujeres sacara lo peor de ellas y obligara a una joven a defenderse de cualquier manera, creo que el sufrimiento de perder a sus padres le nubló la razón…  

Ninguno respondió.

 

La fiscal Suárez, exhibió el caso ante el juez Batastini y le pidió consideración para la joven por la situación vivida con sus padres y por la negación de la policía a escucharla cuando presentó la denuncia. El accidente la alteró psicológicamente y la única persona que pudo ayudarla, la tía, intento matarla por su dinero. La tía que quedó presa.