El jefe Mariani entró en
la oficina de Garmendia y con voz tranquila les dijo:
—Han denunciado un crimen
en el barrio cerrado de Norte azul, llamaron al 911 y la fiscal ya está allí —sonrió con
picardía— creo que es su amiguita.
—No es mi amiguita, es mi
novia… —exclamó Pedro con fastidio y mirándolo a los ojos— más respeto.
Mariani murmuró algo entre
dientes y se fue.
En pocos minutos llegaron.
Emma y su equipo ya habían cercado el interior de la habitación, el forense y
la policía científica hacían su trabajo en silencio.
La mujer asesinada,
Joaquina Velázquez, tenía unos sesenta años, yacía en el piso, dos balazos, la
habían tomado por sorpresa y había caído luego de un giro que la dejó en el
piso como una muñeca rota, las balas llegaron desde arriba, a un metro de ella
estaba su celular.
La fiscal Suárez cubrió el
cuerpo con una tela oscura.
La casa era de dos
plantas. En el piso superior las dos habitaciones se veían cerradas, un pasillo
las separaba de la baranda y desde allí, sentada en una silla de ruedas, una
joven observaba la escena.
Emma le susurró a Pedro:
—Es Lidia la nieta o
sobrina de la muerta, esta convulsionada, mira y no habla.
Pedro preguntó a Emma los
pormenores del caso, Carmona daba vueltas deteniéndose en cada detalle que
llamaba su atención, por ejemplo, una cámara enfocaba solo el salón, el lugar era
un cuarto de estar, amplio, escalera, mesa central, sillas, sillones, macetas
con plantas, nada interesante.
Carmona guardó el celular
caído en un plástico y comentó que la mujer había marcado el 911 pero no llegó
a la tecla verde que comunica.
—¿Entonces quién llamó?
—preguntó Pedro.
—Seguro la nieta
—respondió Emma, encogiéndose de hombros.
Garmendia sin apuro subió
los escalones, al costado había un ascensor para la silla de la joven, la chica
tendría unos veintitantos años, no lo miró, seguía con la mirada fija en el
cuerpo cubierto que yacía en el piso.
—Soy Pedro Garmendia —dijo
mirando a la joven— voy a investigar la muerte de su abuela.
La joven miró a Pedro, y
se volvió a su habitación, Pedro la siguió.
El ambiente del cuarto
estaba desordenado, un escritorio con muchos libros, cajas por el suelo, Garmendia
observó y nada dijo. Una puerta comunicaba con la habitación contigua
—¿Esa puerta va al cuarto
de tu abuela?
—Si. No es mi abuela… —la
voz sonó áspera.
—Teníamos mal la
información entonces, ¿cómo te llamás? —dijo Garmendia.
—Lidia Fuentes Arride. Al
morir mis padres, Joaquina quedó como mi tutora, era prima lejana de mi mamá.
—¿Pudiste ver o escuchar
algo?
—Si… escuché gritos, era
una mujer, no entendí que decían, hablaban un idioma raro, me asomé y vi a la
mujer tomarla de un brazo, sacudía a Joaquina preguntando si yo estaba arriba y
subió la escalera, entré a mi cuarto –– quedó en silencio, le temblaban las
manos— una puerta los comunica, pasé al cuarto de al lado, cerré y la escuché
que daba vueltas y golpeaba cosas, quiso pasar al otro lado y yo había cerrado
con llave….
La joven inclinó el cuerpo
y se agarró la cabeza con las manos. Garmendia no la apuró, guardó silencio,
cuando ella se recompuso, prosiguió:
—Fue el juego del gato y
el ratón, cuando esa mujer entraba en un cuarto yo pasaba al otro por la puerta
intermedia, nunca me vio.
—Fuiste muy audaz, la
adrenalina te motivaba a actuar así…
—Cuando esa mujer salió, me
asomé despacio por la puerta que da al pasillo, ella la había dejado
entrecerrada, la vi levantar un arma y desde arriba disparar a Joaquina, estaba
loca, la escuché gritar: ¡¡Deja ese teléfono!! —el miedo me latía en la cabeza,
temblaba entera— al bajar, miró a
Joaquina y sin decir nada se fue… Yo llamé al 911…
—Notaste algo en esa mujer
que te llamara la atención, algún rasgo, ¿cómo iba vestida…?
—No sé… pantalones, buzo y
nada más… llevaba anteojos de sol puestos en la cabeza, el buzo lo llevaba
remangado y el reloj en la muñeca era grande, me llamó la atención…
Allí Lidia se largó a
llorar, una oficial, a pedido de Pedro se acercó con un vaso de agua y se quedó
con ella serenándola.
Dejaron una oficial para
que acompañe a la joven. La fiscal junto a la policía científica quedó tratando
de rescatar pruebas. Se llevaron el cuerpo.
Los detectives se
retiraron. Su interés por el momento estaba en buscar quién era la señora
Joaquina, saber quién la había nombrado tutora de Lidia y a quién pertenecía la
casa.
Cuando la fiscal Suarez se
reunió con ellos, ya era casi de noche, solo les dijo algo que los preocupo; en
la casa no encontraron huellas de la mujer, era extraño, ya que al ir y venir
de un cuarto a otro sus huellas debieron quedar en el picaporte de la puerta, o
en el pasamanos de la escalera, sin embargo, nada confirmaba su presencia en
esa casa.
El padre de Lidia era
Hernan Fuentes, fueron a su oficina, era despachante de aduana, entre los
papeles de Fuentes, Emma descubrió el nombre y dirección de su abogado: Andrés
Castillo, barrio de Belgrano.
Garmendia y Carmona lo
visitaron, él podía darles datos sobre la joven, la familia y su tutora.
Sorprendido por el crimen
y la visita de los detectives, el abogado, en un primer momento se mostró parco
en sus respuestas, luego fue aflojando su tensión y colaboró con ellos.
Hacía muchos años que era
abogado de la familia Fuentes, él no designo a la tutora de Lidia, fue una de
sus tías y la asistente social de turno, aclaró que pocas veces habló con la
joven Fuentes ya que desde el accidente en que perdieron la vida sus padres,
ella quedó en silla de ruedas y no aceptaba visitas y ninguna conversación
sobre temas que recordara a sus padres. Fuentes era el encargado cada mes de
pasarles una mensualidad que cubría el sueldo de Joaquina y gastos de la joven
y la casa.
—¿De dónde sale esa cuota
mensual? —preguntó Pedro.
—De los alquileres que
pertenecieron al señor Fuentes, varios departamentos e inversiones que yo sigo
manejando y cuidando ya que Fuentes no solo era un cliente, éramos amigos desde
chicos...
Lo dijo con tristeza. Fue
poco lo que pudieron investigar sobre la familia Fuentes, gente normal,
entonces no entendían porque alguien entró en la casa, dando muerte a la
cuidadora he intentado hacer lo mismo con Lidia. Debian investigar a Joaquina
Velázquez, tal vez en ella estaba el porqué de un crimen tan alevoso.
Fue Emma quién trajo
noticias. La encargada de cuidar a Lidia se había dedicado desde su juventud a
cuidar enfermos, siempre conviviendo en la casa que la contrataba, ya que no
tenía familia ni hogar, creció en un orfanato y de allí salió para casarse con
un personaje de mala reputación del que se separó a los pocos años. Sus
referencias eran buenas. Carmona visitó a la tía de Lidia, ella había
recomendado. Las preguntas de Carmona incomodaron a la señora, ya que se
consideraba la única persona que se preocupó por Lidia y no entendía que ahora
le hicieran tantas preguntas.
—Señora es mi deber
investigar un crimen, debo hacer preguntas, ¿Joaquina era familiar de Ana, la
madre de la señorita Fuentes?
—Se había casado con un
primo segundo de Ana, ella se dedicó a cuidar enfermos, por eso la presenté al
abogado de los Fuentes, él revisó sus recomendaciones y estuvo de acuerdo.
—¿Usted las visitaba?
No respondió.
La mujer se movía
nerviosa, Carmona la observaba con interés, algo le despertaba curiosidad, tal
vez sus ojos inquietos que no lo miraban de frente, algo había raro en ella…
—Señora por ahora la dejo
tranquila, pero ante nuevas dudas voy a volver.
La mujer respiro aliviada
ante sus palabras de despedida.
Carmona regresó a la
oficina y conversó con Emma y Pedro el resultado de sus preguntas y la
sensación de molestia de la tía.
Emma visitó a Lidia,
tratando a encontrar datos sobre la misteriosa asesina, pero la joven era escueta
en sus declaraciones, había un temblor en sus manos y en su voz ante cada pregunta
que la fiscal le hacía, al fin, Emma salió de la casa con una conclusión que
solo presentaría a Pedro, antes que a Mariani.
Carmona y Emma llegaron
casi juntos a las oficinas de la seccional. Pedro los escuchó y su confusión se
acentuaba más ante cada conclusión.
—¿Estoy segura de que allí
no hubo ninguna mujer asesina —dijo Emma— Lidia habló de una mujer con buzo
remangado y reloj grande, eso hace suponer que no llevaba guantes, ella lo
hubiera notado, ¿entonces por qué no hay huellas? Y ese juego del gato y el
ratón, del que habló Lidia; ¿no resulta un tanto increíble?
Garmendia y Carmona
asintieron.
—¿Si fue la chica quién
disparó, por qué lo hizo?
La pregunta de Carmona
quedó en el aire, los tres se miraron, confirmando las palabras de Emma.
—Tendremos que revisar las
cámaras de la vigilancia —La voz de Garmendia sonó casi en un susurro— extrañamente
las cámaras de la casa no muestran nada importante.
Al día siguiente los tres
visitaron a Lidia, una nueva asistente la acompañaba. Bajó por el ascensor, muy
calma, diferente a la vez anterior en que se la veía insegura y fastidiada. Los
invitó a tomar asiento, pidió a la asistenta que trajera té y preguntó el
motivo de la visita. Emma comenzó:
—¿Cómo era su relación con
Joaquina?
—Normal, yo pedía y ella
me asistía… ¿A qué viene la pregunta?
—Tenemos una duda
—Prosiguió Emma— no hay pruebas de que haya entrado una mujer en la casa, la
cámara del salón no registró entradas y tampoco encontramos huellas y no me
digas que llevaba guantes porque no lo dijiste, cuando te preguntamos la
primera vez.
La joven fue cambiando
lentamente el color de su rostro, quiso decir algo que no logró coordinar, al
fin dijo:
—¿Qué están inventando? Yo
no tengo armas, ni puedo moverme con libertad, ¿cómo lo haría…?
—Hay una posibilidad
—exclamó Carmona mostrando unas fotos, pero sin acercarlas a Lidia— que tu
silla sea una mentira, que camines normalmente y Joaquina te descubrió.
Le acercó las fotos, tomadas
por el ventanal abierto, las cámaras de la vigilancia grabaron a Lidia
caminando por la casa. Lidia las miró una por una, endureció sus facciones,
miró a la fiscal y a los detectives con furia.
—¡¡Esto no prueba nada!!
—Prueba que mentiste,
estas capacitada para moverte normalmente, ¿porque la mataste?
—Ella y la tía idearon
sacarme de circulación, yo las escuché hablar, mis padres dejaron una gran
fortuna, si yo desaparecía la tía heredaba todo y Joaquina recibiría una parte
importante, varias veces sucedió que la comida me caía mal, se lo dije a un
amigo y él se encargó de llevar muestras a un laboratorio, había pequeñas dosis
de cianuro.
—¿Por qué no las
denunciaste?
—Mi amigo lo hizo y no le
creyeron, ese día Joaquina había salido y descubrí que guardaba un arma en su
cuarto, era una Bersa 22, la tomé y la escondí en una caja de cachivaches del
altillo, Joaquina se dio cuenta y subió furiosa, sospechaba que yo tenía
movilidad —respiró hondo y la voz se le hizo finita, casi ahogada— revolvió
buscándola y al no encontrarla bajó, llamó a la tía y planearon algo que no
entendí, cuando la tía se fue, agarré la 22, me acerqué a la baranda, tomé
puntería y disparé, lo demás ya lo saben, guardé los comprobantes del
laboratorio.
—¿Era necesario matarla…? ¿Cómo
es que la cámara del salón nunca te mostro caminando? —Preguntó Pedro.
—Estaba conectada a mi
celular y yo maniobraba la cámara cuando quería, no me miré así…algo tenía que
hacer, me estaba envenenando y la policía no me creyó, dijeron que los
certificados del laboratorio eran falsos, hacía días que no probaba bocado por
miedo o la mataba o moría de inanición.
—¿Y creíste que nos ibas a
engañar con el tema de la intrusa…?
—Estuve a punto de hacerlo
—respondió burlona.
—¿Dónde está el arma?
—En el altillo.
Lidia se fue esposada en
un coche policial.
Al salir, Garmendia se
detuvo, se volvió a mirar la casa y dijo en voz alta:
—¿Y ahora todo este lujo,
semejante caserón para quién va a quedar, tanta riqueza no le sirvió de nada a
Lidia, ni a la tía, ni a Joaquina, solo logró que la ambición de dos mujeres sacara
lo peor de ellas y obligara a una joven a defenderse de cualquier manera, creo
que el sufrimiento de perder a sus padres le nubló la razón…
Ninguno respondió.
La fiscal Suárez, exhibió
el caso ante el juez Batastini y le pidió consideración para la joven por la
situación vivida con sus padres y por la negación de la policía a escucharla
cuando presentó la denuncia. El accidente la alteró psicológicamente y la única
persona que pudo ayudarla, la tía, intento matarla por su dinero. La tía que
quedó presa.
