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martes, 28 de julio de 2026

Garmendia y Carmona y un turbio drama familiar.


 

Garmendia y Carmona disfrutaban una cervecita helada en el bar del gallego, después de un día de trabajo agotador, una mujer entró y fue directo a ellos.

—Tengo que decirles algo muy importante —dijo con voz entrecortada— el viejo Hermann fue asesinado.

Los detectives se miraron sorprendidos, no entendían de qué hablaba, la cerveza se les ahogó en la garganta, fue Pedro el primero en reaccionar.

—¿De qué habla señora?

—De Julio Hermann el que vivía en la calle Almafuerte a dos cuadras de acá —sin que la invitaran, la mujer tomo asiento frente a ellos— dicen que murió de un infarto, les aseguro que los sobrinos lo asesinaron.

—Nadie hizo una denuncia, no sabemos nada—dijo Carmona.

—Yo lo denuncio. Esos desgraciados le hicieron algo al viejo, siempre fue un hombre fuerte.

Carmona se removió inquieto en su silla y dijo:

—Tranquilícese y cuente despacio por qué piensa que lo asesinaron…

La mujer tomo aire y comenzó a hablar.

—Mi nombre es Mariela Pérez, trabajo en casa de don Julio, lo cuido desde hace muchos años, preparo su comida, lavo su ropa, soy un ama de llaves como se decía antes, conozco al viejo y se sus debilidades, por ejemplo, el vino tinto, pero como le hace mal por la presión, yo le daba un vasito solo los domingos — Mariela hizo silencio, volvió a respirar hondo y prosiguió— hace unos meses dos sobrinos aparecieron con el tema de visitarlo, nunca los había visto, trajeron comida, vino, postres esas cosas que el viejo no puede comer.

Los miró a los ojos y preguntó:

—¿Me creen lo que estoy contando?

Carmona fue rápido en responder:

—Si señora, siga…

—Como les decía, los sobrinos se hicieron dueños de la vida del viejo, últimamente llegaban todos los días con sus vinos de marca, hasta cocinaban y dejaban la cocina hecha un desastre, yo limpiaba todo, en esa tarea encontré un blíster que me llamó la atención y en una de las tablas de cocina quedaban restos de una pastilla a la que picaron con cuchilla —Mariela le hizo señas al mozo y pidió café— lo guardé en el bolsillo de mi delantal, lo lleve a mi pieza y lo escondí, volví a la cocina y seguí limpiando, uno de ellos entró, comenzó a buscar por todos lados, en la mesada, metió las manos en la pileta donde estaban los cacharros que habían dejado y me dijo;

—Váyase yo voy a limpiar.

—Me fui. En el comedor don Julio jugaba a las cartas con el otro sobrino y me dijo que le llevara las pastillas del corazón, tenía taquicardia, se las di y lo convencí para que se acostara, me quedé con él en su pieza, yo leía y vigilaba, ellos se fueron. Desde que esos sobrinos llegaron el viejo comenzó con problemas, varias noches debí llamar a la ambulancia porque se ahogaba, le costaba respirar, la última vez, le dieron una inyección y dijeron que debía cuidarse, descansar y comer liviano.

La mujer revolvía el café, lo fue tomando de a sorbitos pequeños, de pronto abrió la cartera y puso sobre la mesa el blíster, quedaban dos pastillas.

—Esto es lo que encontré en la mesada cuando ellos cocinaron.

—¡Clonazepam de 2mg!

Ella asintió y dijo;

—El viejo murió hace una semana por un infarto, el día del entierro regresaron a la casa y dieron vuelta todo, no sé qué buscaban, me dijeron que me fuera que desde ahora ellos eran los dueños y no me necesitaban y acá estoy…buscando ayuda, yo vivía en una casita en el fondo del terreno, don Julio me dijo que era mía, pero ellos no les interesa lo que dijo el viejo, él ya no está…

La cara flaca de Mariela y sus ojos tristes apenaron a Garmendia.

—Vamos a investigar —le dijo.

Mientras ella se alejaba, Garmendia miró tras el ventanal que la tarde se perdía entre las hojas de un otoño tan frío como su pensamiento, algo en esa historia no le cerraba…

Al día siguiente lo primero que hicieron fue llevar el blíster al Dr. Zaneta, amigo de Garmendia y consultarle si el Clonazepam 2mg, podía causar un infarto.

La respuesta del profesional fue terminante; “Este medicamento, al ser una benzodiazepina, deprime el sistema nervioso central, si es consumido en exceso puede causar un paro cardiaco y combinado con alcohol los riesgos se multiplican”.

Según el forense, el remedio, fue dado sin control y en exceso, el efecto fue lento pero seguro; un infarto.

No fue difícil encontrar a los sobrinos y detenerlos, todo estaba en su contra, al investigar se descubrió que el clonazepam 2mg, lo habían comprado con una receta trucha que un médico les firmó y selló.

El vino, las cenas opulentas y el clonazepam fueron deteriorando el organismo de don Julio hasta llegar a un paro cardiaco.

Los sobrinos negaban todo y acusaban a Mariela.

Pero la firma del médico en la receta y su reconocimiento de que ellos le habían pagado por realizarla; hundió a los sobrinos.

—Debemos investigar que buscaban estos tipos que aparecieron de golpe en la vida de su tío… ¿qué era eso tan importante para dar vuelta la casa?

Esta vez fueron los detectives, los que dieron vuelta la casa tratando de encontrar algo que no sabían qué era.

La búsqueda fue nula. Decidieron hablar con Mariela. Ella debía saber cosas, historias, secretos que don Julio le habría contado y tal vez de allí encontraran una pista posible. La mujer nada recordaba que fuera importante, hasta que Pedro preguntó:

—Hablando con los vecinos para saber si habían visto o escuchado algo, me dijeron que don Julio tenía un acento extranjero, de dónde era.

—Era argentino —exclamó Mariela— solo que sus padres desde pequeño lo obligaban hablar en su idioma paterno, le quedó el acento, eran alemanes.

—¿Cuándo llegaron al país? —Preguntó Carmona.

—Meses antes que el viejo naciera, así me contó él, creo que fue en el 35, escaparon de una Alemania que ya anunciaba una convulsión política.

—¿Eran judíos?

—Creo que sí, no estoy segura, don Julio no hablaba del tema.

—¿Sabe si los padres eran personas de un buen pasar económico?

Mariela quedó pensando.

—Me contaba que sus padres hablaban de haber sido muy ricos y que cuando llegaron a nuestro país, vivían en un bajo perfil, lo obligaban a no hacer ostentación de dinero.

—¿Le dijo por qué?

—No, a veces resultaba un poco raro, era muy bueno, pero tenía cosas que yo no entendía, era cerrado en ciertos temas.

—¿Qué temas? —preguntó Carmona.

—Ya le dije, no gastaba de más, recibía una pensión importante y tenía su jubilación, no sé qué hacía con el dinero, no se relacionaba con los vecinos, no me dejaba arreglar su dormitorio, era él quien lo limpiaba y ordenaba, no sé de qué tenía miedo, jamás le faltó nada mientras trabajé con él…

—¿La pensión de qué era?

—No lo sé, pero una vez encontré una carta con estampillado de Alemania que olvidó abierta sobre la mesa, no entendí el escrito, pero vi una lista de depósitos de euros en un banco privado de Argentina, no pude ver más porque él entró y guardó todo en su cuarto.

—¿Una pensión…? —Garmendia quedó pensativo—Eso lo reciben los que estuvieron en la guerra, pero el viejo nació aquí, no pasó ninguna guerra, que extraño resulta todo, ¿cada cuánto tiempo llegaba ese dinero?

Mariela se encogió de hombros y respondió que no lo sabía.

—¿Sabe dónde guardaba don Julio los comprobantes de esos depósitos? —volvió a preguntar Garmendia.

—No, esos papeles desaparecían en sus manos, sólo él manejaba sus documentos.

—Los sobrinos sabían que algo importante debía guardar el viejo, por eso apenas murió se dedicaron a buscar en la casa —La voz de Carmona sonó hueca— voy al dormitorio, tal vez tenga suerte y encuentre el plano de un tesoro.

Garmendia y Mariela rieron ante semejante frase.

Mariela preguntó a Pedro:

—¿Qué van a hacer con la casa? Si los sobrinos quedan presos por asesinato, nadie se va a ocupar de ella… y yo no tengo donde ir…

—Veremos que dice el juez, tal vez acceda a dejarla como cuidadora.

Un grito de Carmona los hizo estremecer, corrieron al cuarto de don Julio, encontraron al detective sentado en el piso, había arrancado varios zócalos y de un hueco en la pared se veía una caja de madera, la sacó, pidió a Mariela una cuchilla y con ella forzó la cerradura, dentro y ante el asombro de los tres; aparecieron varios lingotes de oro.

Quedaron mudos.

A partir de esa novedad el caso se agilizó. Los sobrinos confesaron que tenían noticias que el tío guardaba un “tesoro”, era casi leyenda familiar que los padres al escapar de Alemania habían fundido el oro que acumularon, los sobrinos quisieron adueñarse del “tesoro” que según ellos el viejo guardaba. Con el clonazepam intentaban doparlo, pero se les fue la mano.

 

El oro fue secuestrado por orden del juez y depositado en cuentas judiciales, hasta que se decidiera su destino, sobre los depósitos que el viejo recibía nada se supo, los bancos en esas situaciones no permiten abrir las cajas de seguridad, el magistrado declaró la casa como “herencia vacante” hasta nueva decisión la entregó a Mariela, esperando que se la reconozca como nueva propietaria titular siempre y cuando no aparezcan herederos directos.

Intentaron investigar quién enviaba ese dinero desde Alemania, no obtuvieron respuesta de los bancos consultados, no encontraron familiares de don Julio Hermann, ni en Argentina ni en otro país, los únicos eran sus dos sobrinos presos.

El tema que comenzó para Garmendia y Carmona como un caso simple, resulto un crimen alevoso. Para sus sobrinos el fiscal pidió perpetua, toda decisión y condena final quedó en manos del juez.

 

 

 

 

miércoles, 1 de julio de 2026

Benicio.

 






El barrio se fue alborotando a medida que la noticia se extendía.

Encontraron a don Benicio Torres sin vida en el jardín de su casa. Un balazo en pleno corazón lo quitó de su mundo tranquilo, lo alejó de sus partidas de naipes en el café, de sus plantas que tanto cuidaba, de ese mundo simple en el que sus setenta años disfrutaban la vida.

¿Quién lo mató? La pregunta no encontraba respuesta, todos lo querían, lo respetaban, la inseguridad se extendió entre los habitantes del barrio.

Cuando Garmendia y Carmona llegaron, ya los vecinos habían pisado y borrado del jardín cualquier prueba que pudiera analizarse.

Alguien con precaución había cerrado la casa con llave, al menos allí todo estaba según Benicio lo había dejado.

Era la casa de un solterón jubilado, un desorden caótico. Ropa arrojada sobre una silla, zapatillas, ojotas, olor nauseabundo en la cocina, todo señalaba a un hombre al que cuidar de su casa no le importaba, nada se encontró que pudiera señalar una pista. Después de una búsqueda sin resultados, visitaron a los vecinos, todos lo presentaban como una buena persona, desde hacía dos décadas vivía en esa casa y jamás le conocieron familiares, amigos, solo los del barrio lo visitaban, era como si su vida anterior a esos veinte años no hubiera existido, solo la vecina de enfrente no quiso recibirlos, dijo sentirse muy engripada.

¿Novias? Preguntó Carmona a un vecino. La Pocha, respondió, pero hacía meses que ella se había ido a la casa de la hija y no volvió por el barrio. Los más cercanos dijeron que Benicio era muy buen amigo, generoso con su tiempo y dinero con los que estaban en problemas, pero no era igual con las mujeres, la única que duró a su lado fue Pocha, las demás, al mes volaban.

Garmendia averiguó la dirección y fue a visitarla. Carmona por su lado quedó en la casa revisando cajones y buscando en carpetas viejas algún indicio de familiares a los que avisar de su muerte.

La señora Pocha resultó ser una persona agradable, con tranquilidad le refirió a Garmendia que su convivencia con Benicio había durado ocho años, que fue difícil y que su hija la quitó de su lado porque no aceptaba verla siempre llorando.

—¿Benicio era de mal carácter —preguntó Garmendia?

—En realidad era malo, yo lo amaba y buscaba disculparlo, pero se enojaba por todo, si el café no tenía el azúcar justo como él quería, la falta de sal en la comida, todo era motivo de pelea. Con sus amigos era lo contrario, de la casa para afuera era todo sonrisa y amabilidad.

—¿Por eso su hija la sacó de su lado?

—Me enfermé, mi presión estaba siempre por las nubes, así que me vine a vivir con ella.

—De su vida anterior a llegar al barrio, le refirió algo.

—No, Benicio nunca hablaba del pasado, es más una vez insistí preguntando si tenía hermanos y respondió que ese tiempo estaba borrado de su vida, una vez vino un joven a hablar con él y lo echó de mala manera, cuando le pregunté quién era me dijo que no me metiera en sus cosas.

Nada importante les dejó la conversación con la ex novia de Benicio, sólo que era un ser de pésimo carácter. La hija se acercó a al detective y le dijo:

—Ese tipo era loco, gritaba a mi mamá por todo, la trataba peor que a un animal de carga.

La última frase revolvió el estómago de Garmendia, se alejó pensando en lo raras que pueden ser algunas personas cuando se las va conociendo a fondo.

Entre los papeles de Benicio aparecieron varias fotos viejas con una mujer, se los veía jóvenes a los dos.

—Quién puede ser —dijo Garmendia en voz alta— son fotos antiguas, por la moda que están vestidos, deben tener unos treinta años.

Carmona observaba con atención una foto.

—En esta, están en la puerta de un bar, se llama “El esquinazo” voy a buscar en Internet, puede que todavía exista.

El bar estaba cerrado desde hacía años, pero la imagen en Google apareció sin mucho buscar.

—Estaba en el barrio de Almagro —dijo Carmona sonriente— sobre la calle Guardia Vieja, vamos…puede que alguien los recuerde.

En la cortina cerrada del bar, las telarañas y el óxido habían dejado su marca. Preguntaron a los vecinos, les mostraron las fotos y una mujer les dijo:

—Es Marina muy joven, la cuñada del farmacéutico, vive en la otra cuadra, vamos, los acompaño.

Llegaron a una antigua casa pintada de amarillo. La vecina tocó timbre y al segundo se asomó una mujer, era la misma de la foto con muchos años más.

—Marina esta gente te busca -le dijo y se alejó.

La mujer miró a los detectives con desconfianza:

—¿Qué quieren?

Garmendia sacó las fotos, le mostró a la mujer y preguntó:

—¿Reconoce a este hombre?

La cara de Marina al instante se puso roja, le temblaron las manos y sin apartar los ojos de la imagen, dijo:

—Lo reconozco, pero hace muchos años que no lo veo…

Garmendia mostró su placa y pidió permiso para pasar y hacerle preguntas, mientras avanzaban por el pasillo notó que la mujer arrastraba la pierna derecha.

En una pequeña cocina tomaron asiento, mientras ella preparaba café le preguntaron por Benicio.

—Fue mi esposo varios años, hasta que… se fue. Desapareció.

—¿Cómo lo recuerda?

—Mal, mi problema en la pierna se lo debo a sus golpes, era violento.

En ese momento entró un hombre de unos treinta años, los miró sorprendido.

—Es mi hijo Claudio — dijo Marina.

Garmendia y Carmona se presentaron, la cara sonriente con que Claudio había entrado cambió.

—¿Qué buscan? —Dijo con voz tajante.

Garmendia fue explicando el motivo, querían saber quién era Benicio, ya que investigaban su muerte, luego de explicar los detalles de cómo lo encontraron y el desconocimiento sobre su vida anterior, esperaron que Marina dijera al menos unas palabras que los ayudara en la investigación.

La conversación fue densa, Marina no guardaba un buen recuerdo de Benicio, era parca o le costaba hablar, ya que al hacerlo por momentos tartamudeaba. Claudio los miraba con desconfianza y les dijo:

—Ese tipo era una mala persona, dejó a mi mamá en la calle sin tener familia que la ayudara, sola, menos mal que mi tío se apiadó de ella y se quedó en esta casa, ella estaba embarazada de tres meses cuando la abandonó.

La cara del joven se crispaba al hablar.

—¿Era tu padre? —preguntó Carmona.

—Desgraciadamente si, una vez, tendría quince años lo fui a ver, quería conocerlo y me sacó a empujones de su casa, dijo que no quería saber nada de mí ni de mi madre…era una basura…

—¿Tú tío y Benicio se trataban?

—No, desgraciadamente mi tío murió hace tres años, le avisamos y él no se acercó, ni al cementerio…

Garmendia y Carmona se miraron entendiendo que era mejor irse, Marina y su hijo estaban nerviosos, sin querer habían destapado un drama familiar que les hacía mal.

En el viaje de regreso fue Pedro el que comentó:

—Te fijaste que ese muchacho tenía un color amarillento, parecía enfermo…

—Pensé que sería producto de la furia que tenía recordando a su padre.

—Puede que tengas razón.

En los días que siguieron nada nuevo surgió sobre el asesinato de Benicio.

Se encontraban en un laberinto donde la investigación se trababa por momentos; unos odiaban a Benicio y para otros era un santo.

En la casa encontraron escrituras de propiedades, casas que pertenecían a Benicio y entre esos documentos hallaron la libreta de matrimonio de Benicio y Marina.

Pedro se acercó a la casa donde Marina y su hijo vivían, no los encontró, quería entregarle los documentos y escrituras a la mujer, seguramente esas propiedades, podían ser un desahogo a sus problemas económicos. Mientras caminaba hacía su coche, se acercó la misma vecina que había reconocido a Marina en la foto.

—No están —dijo con tristeza —Claudio se descompensó, vino la ambulancia y lo llevaron, quedó internado, pobre chico… que mala suerte.

—¿Qué le pasa? —Garmendia preguntó con temor.

—Está muy enfermo, lo internaron en el Clínicas.

Garmendia fue directo al hospital, preguntó por Claudio Torres y le dijeron que estaba en terapia. Buscó a Marina y la encontró sentada en uno de los pasillos, su cara era el reflejo del dolor más hondo. La mujer le dijo que Claudio padecía una rara enfermedad y que para su tratamiento debía viajar a Méjico, cosa que era imposible; pagar viaje y tratamiento.

Pedro le explicó las propiedades que Benicio había dejado y que ella y su hijo eran los únicos herederos.

A partir de esa noticia y en pocas semanas Marina y su hijo partieron a Méjico a iniciar el tratamiento.

Pero el crimen de Benicio seguía en su misterio.

Fue la vecina de enfrente, la misma que no había querido hablar con los detectives, quien dijo a Carmona que ella había observado una fuerte discusión de su vecino con una mujer y que antes no lo dijo por miedo.

—Eran cerca de las tres de la mañana cuando escuché una discusión, era en la casa de Benicio, creí que otra vez peleaba con la Pocha, pero no era su voz, la mujer gritaba: “Es tu hijo y se está muriendo”

Carmona quedó helado escuchando a la vecina que se estremecía recordando.

—La mujer lloraba y él la insultaba por lo bajo, pero yo lo escuchaba, luego la empujó, ella cayó al piso y escuché un tiro, corrí la cortina no quería que me vieran, no pude ver la cara de la mujer, solo noté que al irse arrastraba una pierna.

 

Garmendia observaba estremecido a Carmona mientras relataba lo que la vecina había escuchado y visto.

—¿Qué hacemos? —la voz de Carmona era un susurro, Garmendia se dejó caer en una silla, movía la cabeza como buscando una idea que lo sacara de tal atolladero.

—Ella está en Méjico, tratando de conseguir una nueva oportunidad de vida para su hijo, tal vez, nunca regresen… dejemos que la cosas fluyan, seguramente la vecina escuchó mal, era de madrugada, estaba algo dormida e imaginó voces y palabras.…

Los dos se miraron, salieron de la oficina en silencio rumbo cada uno a su casa, no era día de cervecitas en lo del gallego, la conciencia les batallaba entre el deber y los sentimientos…cabizbajos, se perdieron calle arriba.