La fiscal Suarez estaba furiosa,
el disgusto le brotaba por los ojos cuando dijo:
—Esa mujer es el mismo diablo,
detrás de esa personita dulce se esconde una asesina.
Emma daba vueltas en la oficina
de Garmendia agitando los brazos y con la cara roja de ira.
Carmona la miraba divertido.
Garmendia intentó apaciguar su enojo.
—Emma tranquilízate, vamos a
investigar y tal vez las cosas no son tan terribles como las imaginas.
—No imagino, he visto los documentos
que le hizo firmar a Soledad antes de morir, fue todo premeditado y ahora las
hermanas han quedado en la calle, Soledad era amiga de mi madre durante años,
la conocí bien, nunca le hubiera hecho algo tan sucio a sus hermanas, fue
engañada y quién sabe con qué patraña.
Carmona pareció interesarse en el
tema.
—¿De qué murió la señora Soledad?
—Eso también me preocupa —dijo
Emma— Soledad era diabética, pero sabía cuidarse, se medicaba bajo control médico,
nunca fue descuidada con su salud, no puede ser que de la noche a la mañana…haya
aparecido muerta.
—¿Se hizo autopsia? —insistió
Carmona.
—No. La señora Carmela se negó y
el doctor que vino con la ambulancia, aceptó sus palabras, las hermanas estaban
tan aturdidas que aceptaron que ella decidiera no hacer la autopsia por respeto
a la persona, no fue respeto —dijo Emma con ironía—fue cálculo.
Garmendia se puso serio,
intentaba entender el planteamiento de Emma y nada le quedaba claro.
—A ver si entiendo lo que sucedió:
Soledad y sus dos hermanas vivían en la casa de la calle Serrano en Palermo,
esa vivienda perteneció a los padres. Ellos la pusieron a nombre de la mayor, Soledad
muere y allí aparece la señora Carmela diciendo que Soledad le dejó esa casa…
con documentos firmados ante escribano público y vos decís que eso es
imposible, que nunca hubiera dejado a sus hermanas en la calle —Pedro respiró
hondo y prosiguió— tus dudas nacen de que esta señora no te parece confiable,
¿por qué?
Emma suspiró y le dijo:
—Carmela se metió en la casa con
cara de buena vecina que quiere ayudar, con la intención de cuidar a Soledad, lo
hizo por un año, diciendo que había sido enfermera en el hospital clínicas, averigüé
y ella nunca trabajó allí, para completar las mentiras les dijo que tenía
conocimiento de cocina para diabéticos, que hizo cursos en la clínica del Dr Castelli,
eso falta investigarlo.
—¿Y por qué mentiría? —Carmona
miraba a los ojos a Emma tratando de entender el sentido de tanto enojo —es una
anciana agradable, no da apariencia de asesina…
Emma alzó los brazos y respondió:
—¡¡Carmona no seas inocente!! Entre
ella y el escribano quieren esa propiedad, si la venden se salvan de por vida,
es pleno Palermo, uno de los barrios más caros de la ciudad.
Quedaron los tres en silencio,
cada uno con su pensamiento, tratando de razonar.
Garmendia fue el primero en
hablar.
—Vamos a ver, Emma y yo vamos a visitar
al médico de cabecera de Soledad, según lo que él nos diga pediremos al juez la
exhumación del cuerpo, así sabremos de qué murió Soledad, Carmona vas a
investigar a la señora Carmela y al escribano, manos a la obra...
Carmona investigó en varios
hospitales y clínicas de la ciudad, la señora Carmela Calabrese no figuraba en
el historial de enfermeras de ninguno de ellos, tampoco las escuelas de
enfermería la habían contado entre su alumnado. Las dudas de Emma se estaban confirmando.
Carmona visitó la escuela de cocina del Dr. Castelli, Carmela no participó en
ningún curso para diabéticos, sus títulos de cocina eran falsos. El historial
del escribano fue más oscuro. Trabajó en varios estudios de abogados como
asesor y en todos lo habían dejado cesante, la respuesta en todos ellos fue que
el escribano Martínez resultó ser un estafador. Una entrada en la policía por adulterar
documentos completó la investigación. Carmela y Escribano con legajos turbios y
confirmados.
Cuando la fiscal y Garmendia
hablaron con el médico que atendía a Soledad y le dijeron que estaban
investigando la muerte de su paciente, el profesional se mostró asombrado, Soledad
tenía una diabetes tipo 2, controlada, era muy cuidadosa con su enfermedad.
Explicaron al especialista sus dudas y que necesitaban una conformidad médica
para que el juez firme una orden y exhumar el cuerpo. Con los papeles firmados
por el médico fueron a ver al juez Batastini.
Obtuvieron la orden, el juez se
interesó en el caso, ya que conocía el historial de Carmela Calabrese, se les
había escapado muchas veces con artilugios de sus abogados.
El legajo policial de la señora
Calabrese era rico en estafas y robos, los últimos años se encontraba retiraba
del delito, pero por lo visto en sus setenta y cinco había reincidido.
El resultado de la autopsia rebeló
un exceso de glucosa en sangre que dañó y obstruyó los vasos sanguíneos, eso elevó
drásticamente el riesgo y Soledad sufrió un infarto del miocardio que provocó
su muerte instantánea.
Fueron las dos hermanas de
Soledad las que dieron la pista sobre como Carmela atiborró a Soledad de dulces
y carbohidratos.
—Sole no nos hacía caso, nos
decía que nosotros no sabíamos nada, que Carmela era enfermera y conocía las
formas de amasar pan y masitas sin harina de trigo, ni azúcar —Nilda la menor
de las hermanas hablaba y lloraba— esa mujer la tenía engatusada.
Una sonrisa pobre, rota por los
bordes surgió en la cara de Nilda.
Emma trató de calmarla y le dijo
que pronto, Carmela iba a recibir su castigo.
Y lo recibió.
Con los informes de la autopsia, Carmela
fue detenida, juzgada y penada a quince años, tuvo la suerte que por su edad recibió
condena domiciliaria. El escribano no tuvo tanta suerte fue condenado a diez
años en el Complejo Penitenciario de Batán.
La donación de la casa fue
considerada nula, fue delito bajo coacción.
Las hermanas de Soledad
recuperaron su vida de antes, solo que faltaba en el hogar la hermana mayor que
era la que dirigía todo y el alma de la casa.
—Tenías razón Emma —dijo Carmona—
pero te juro que cuando te vi tan enojada por la muerte de Soledad, me
pareciste una exagerada, ahora comprendo que tenías razón —sonrió—parecías una
loca.
Emma no hizo caso de Carmona,
tomó a los dos detectives del brazo los invitó al bar del gallego, les hacía
falta una cerveza bien helada. Se fueron los tres del brazo calle arriba.
