Garmendia
y Carmona disfrutaban una cervecita helada en el bar del gallego, después de un
día de trabajo agotador, una mujer entró y fue directo a ellos.
—Tengo
que decirles algo muy importante —dijo con voz entrecortada— el viejo Hermann
fue asesinado.
Los
detectives se miraron sorprendidos, no entendían de qué hablaba, la cerveza se
les ahogó en la garganta, fue Pedro el primero en reaccionar.
—¿De qué
habla señora?
—De Julio
Hermann el que vivía en la calle Almafuerte a dos cuadras de acá —sin que la
invitaran, la mujer tomo asiento frente a ellos— dicen que murió de un infarto,
les aseguro que los sobrinos lo asesinaron.
—Nadie
hizo una denuncia, no sabemos nada—dijo Carmona.
—Yo lo
denuncio. Esos desgraciados le hicieron algo al viejo, siempre fue un hombre
fuerte.
Carmona
se removió inquieto en su silla y dijo:
—Tranquilícese
y cuente despacio por qué piensa que lo asesinaron…
La mujer
tomo aire y comenzó a hablar.
—Mi
nombre es Mariela Pérez, trabajo en casa de don Julio, lo cuido desde hace
muchos años, preparo su comida, lavo su ropa, soy un ama de llaves como se
decía antes, conozco al viejo y se sus debilidades, por ejemplo, el vino tinto,
pero como le hace mal por la presión, yo le daba un vasito solo los domingos —
Mariela hizo silencio, volvió a respirar hondo y prosiguió— hace unos meses dos
sobrinos aparecieron con el tema de visitarlo, nunca los había visto, trajeron
comida, vino, postres esas cosas que el viejo no puede comer.
Los miró
a los ojos y preguntó:
—¿Me
creen lo que estoy contando?
Carmona
fue rápido en responder:
—Si
señora, siga…
—Como les
decía, los sobrinos se hicieron dueños de la vida del viejo, últimamente
llegaban todos los días con sus vinos de marca, hasta cocinaban y dejaban la
cocina hecha un desastre, yo limpiaba todo, en esa tarea encontré un blíster
que me llamó la atención y en una de las tablas de cocina quedaban restos de
una pastilla a la que picaron con cuchilla —Mariela le hizo señas al mozo y
pidió café— lo guardé en el bolsillo de mi delantal, lo lleve a mi pieza y lo
escondí, volví a la cocina y seguí limpiando, uno de ellos entró, comenzó a
buscar por todos lados, en la mesada, metió las manos en la pileta donde
estaban los cacharros que habían dejado y me dijo;
—Váyase
yo voy a limpiar.
—Me fui.
En el comedor don Julio jugaba a las cartas con el otro sobrino y me dijo que
le llevara las pastillas del corazón, tenía taquicardia, se las di y lo convencí
para que se acostara, me quedé con él en su pieza, yo leía y vigilaba, ellos se
fueron. Desde que esos sobrinos llegaron el viejo comenzó con problemas, varias
noches debí llamar a la ambulancia porque se ahogaba, le costaba respirar, la
última vez, le dieron una inyección y dijeron que debía cuidarse, descansar y
comer liviano.
La mujer
revolvía el café, lo fue tomando de a sorbitos pequeños, de pronto abrió la
cartera y puso sobre la mesa el blíster, quedaban dos pastillas.
—Esto es
lo que encontré en la mesada cuando ellos cocinaron.
—¡Clonazepam
de 2mg!
Ella
asintió y dijo;
—El viejo
murió hace una semana por un infarto, el día del entierro regresaron a la casa
y dieron vuelta todo, no sé qué buscaban, me dijeron que me fuera que desde
ahora ellos eran los dueños y no me necesitaban y acá estoy…buscando ayuda, yo
vivía en una casita en el fondo del terreno, don Julio me dijo que era mía,
pero ellos no les interesa lo que dijo el viejo, él ya no está…
La cara
flaca de Mariela y sus ojos tristes apenaron a Garmendia.
—Vamos a
investigar —le dijo.
Mientras
ella se alejaba, Garmendia miró tras el ventanal que la tarde se perdía entre
las hojas de un otoño tan frío como su pensamiento, algo en esa historia no le
cerraba…
Al día
siguiente lo primero que hicieron fue llevar el blíster al Dr. Zaneta, amigo de
Garmendia y consultarle si el Clonazepam 2mg, podía causar un infarto.
La
respuesta del profesional fue terminante; “Este medicamento, al ser una
benzodiazepina, deprime el sistema nervioso central, si es consumido en exceso
puede causar un paro cardiaco y combinado con alcohol los riesgos se
multiplican”.
Según el
forense, el remedio, fue dado sin control y en exceso, el efecto fue lento pero
seguro; un infarto.
No fue
difícil encontrar a los sobrinos y detenerlos, todo estaba en su contra, al
investigar se descubrió que el clonazepam 2mg, lo habían comprado con una
receta trucha que un médico les firmó y selló.
El vino,
las cenas opulentas y el clonazepam fueron deteriorando el organismo de don
Julio hasta llegar a un paro cardiaco.
Los
sobrinos negaban todo y acusaban a Mariela.
Pero la
firma del médico en la receta y su reconocimiento de que ellos le habían pagado
por realizarla; hundió a los sobrinos.
—Debemos investigar
que buscaban estos tipos que aparecieron de golpe en la vida de su tío… ¿qué
era eso tan importante para dar vuelta la casa?
Esta vez
fueron los detectives, los que dieron vuelta la casa tratando de encontrar algo
que no sabían qué era.
La
búsqueda fue nula. Decidieron hablar con Mariela. Ella debía saber cosas,
historias, secretos que don Julio le habría contado y tal vez de allí
encontraran una pista posible. La mujer nada recordaba que fuera importante,
hasta que Pedro preguntó:
—Hablando
con los vecinos para saber si habían visto o escuchado algo, me dijeron que don
Julio tenía un acento extranjero, de dónde era.
—Era
argentino —exclamó Mariela— solo que sus padres desde pequeño lo obligaban hablar
en su idioma paterno, le quedó el acento, eran alemanes.
—¿Cuándo
llegaron al país? —Preguntó Carmona.
—Meses
antes que el viejo naciera, así me contó él, creo que fue en el 35, escaparon
de una Alemania que ya anunciaba una convulsión política.
—¿Eran
judíos?
—Creo que
sí, no estoy segura, don Julio no hablaba del tema.
—¿Sabe si
los padres eran personas de un buen pasar económico?
Mariela
quedó pensando.
—Me
contaba que sus padres hablaban de haber sido muy ricos y que cuando llegaron a
nuestro país, vivían en un bajo perfil, lo obligaban a no hacer ostentación de
dinero.
—¿Le dijo
por qué?
—No, a
veces resultaba un poco raro, era muy bueno, pero tenía cosas que yo no
entendía, era cerrado en ciertos temas.
—¿Qué temas?
—preguntó Carmona.
—Ya le
dije, no gastaba de más, recibía una pensión importante y tenía su jubilación,
no sé qué hacía con el dinero, no se relacionaba con los vecinos, no me dejaba
arreglar su dormitorio, era él quien lo limpiaba y ordenaba, no sé de qué tenía
miedo, jamás le faltó nada mientras trabajé con él…
—¿La
pensión de qué era?
—No lo
sé, pero una vez encontré una carta con estampillado de Alemania que olvidó
abierta sobre la mesa, no entendí el escrito, pero vi una lista de depósitos de
euros en un banco privado de Argentina, no pude ver más porque él entró y
guardó todo en su cuarto.
—¿Una pensión…?
—Garmendia quedó pensativo—Eso lo reciben los que estuvieron en la guerra, pero
el viejo nació aquí, no pasó ninguna guerra, que extraño resulta todo, ¿cada cuánto
tiempo llegaba ese dinero?
Mariela
se encogió de hombros y respondió que no lo sabía.
—¿Sabe dónde
guardaba don Julio los comprobantes de esos depósitos? —volvió a preguntar Garmendia.
—No, esos
papeles desaparecían en sus manos, sólo él manejaba sus documentos.
—Los
sobrinos sabían que algo importante debía guardar el viejo, por eso apenas
murió se dedicaron a buscar en la casa —La voz de Carmona sonó hueca— voy al
dormitorio, tal vez tenga suerte y encuentre el plano de un tesoro.
Garmendia
y Mariela rieron ante semejante frase.
Mariela
preguntó a Pedro:
—¿Qué van
a hacer con la casa? Si los sobrinos quedan presos por asesinato, nadie se va a
ocupar de ella… y yo no tengo donde ir…
—Veremos
que dice el juez, tal vez acceda a dejarla como cuidadora.
Un grito
de Carmona los hizo estremecer, corrieron al cuarto de don Julio, encontraron
al detective sentado en el piso, había arrancado varios zócalos y de un hueco
en la pared se veía una caja de madera, la sacó, pidió a Mariela una cuchilla y
con ella forzó la cerradura, dentro y ante el asombro de los tres; aparecieron varios
lingotes de oro.
Quedaron
mudos.
A partir
de esa novedad el caso se agilizó. Los sobrinos confesaron que tenían noticias
que el tío guardaba un “tesoro”, era casi leyenda familiar que los padres al
escapar de Alemania habían fundido el oro que acumularon, los sobrinos quisieron
adueñarse del “tesoro” que según ellos el viejo guardaba. Con el clonazepam
intentaban doparlo, pero se les fue la mano.
El oro
fue secuestrado por orden del juez y depositado en cuentas judiciales, hasta
que se decidiera su destino, sobre los depósitos que el viejo recibía nada se
supo, los bancos en esas situaciones no permiten abrir las cajas de seguridad, el
magistrado declaró la casa como “herencia vacante” hasta nueva decisión la entregó
a Mariela, esperando que se la reconozca como nueva propietaria titular siempre
y cuando no aparezcan herederos directos.
Intentaron
investigar quién enviaba ese dinero desde Alemania, no obtuvieron respuesta de
los bancos consultados, no encontraron familiares de don Julio Hermann, ni en
Argentina ni en otro país, los únicos eran sus dos sobrinos presos.
El tema
que comenzó para Garmendia y Carmona como un caso simple, resulto un crimen
alevoso. Para sus sobrinos el fiscal pidió perpetua, toda decisión y condena
final quedó en manos del juez.

👍👍👌 Muy buena historia! tiene de todo, misterio, codicia, un crimen y hasta un tesoro escondido. Lo que parecia un caso bastante sencillo termino convirtiendose en un misterio lleno de secretos familiares, ambicion y giros inesperados :O tremendo caso, querida amiga. Siempre buenas tus historias, nunca inbuenas, jejeje.
ResponderEliminarUn beso, buenas noches.