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miércoles, 1 de julio de 2026

Benicio.

 






El barrio se fue alborotando a medida que la noticia se extendía.

Encontraron a don Benicio Torres sin vida en el jardín de su casa. Un balazo en pleno corazón lo quitó de su mundo tranquilo, lo alejó de sus partidas de naipes en el café, de sus plantas que tanto cuidaba, de ese mundo simple en el que sus setenta años disfrutaban la vida.

¿Quién lo mató? La pregunta no encontraba respuesta, todos lo querían, lo respetaban, la inseguridad se extendió entre los habitantes del barrio.

Cuando Garmendia y Carmona llegaron, ya los vecinos habían pisado y borrado del jardín cualquier prueba que pudiera analizarse.

Alguien con precaución había cerrado la casa con llave, al menos allí todo estaba según Benicio lo había dejado.

Era la casa de un solterón jubilado, un desorden caótico. Ropa arrojada sobre una silla, zapatillas, ojotas, olor nauseabundo en la cocina, todo señalaba a un hombre al que cuidar de su casa no le importaba, nada se encontró que pudiera señalar una pista. Después de una búsqueda sin resultados, visitaron a los vecinos, todos lo presentaban como una buena persona, desde hacía dos décadas vivía en esa casa y jamás le conocieron familiares, amigos, solo los del barrio lo visitaban, era como si su vida anterior a esos veinte años no hubiera existido, solo la vecina de enfrente no quiso recibirlos, dijo sentirse muy engripada.

¿Novias? Preguntó Carmona a un vecino. La Pocha, respondió, pero hacía meses que ella se había ido a la casa de la hija y no volvió por el barrio. Los más cercanos dijeron que Benicio era muy buen amigo, generoso con su tiempo y dinero con los que estaban en problemas, pero no era igual con las mujeres, la única que duró a su lado fue Pocha, las demás, al mes volaban.

Garmendia averiguó la dirección y fue a visitarla. Carmona por su lado quedó en la casa revisando cajones y buscando en carpetas viejas algún indicio de familiares a los que avisar de su muerte.

La señora Pocha resultó ser una persona agradable, con tranquilidad le refirió a Garmendia que su convivencia con Benicio había durado ocho años, que fue difícil y que su hija la quitó de su lado porque no aceptaba verla siempre llorando.

—¿Benicio era de mal carácter —preguntó Garmendia?

—En realidad era malo, yo lo amaba y buscaba disculparlo, pero se enojaba por todo, si el café no tenía el azúcar justo como él quería, la falta de sal en la comida, todo era motivo de pelea. Con sus amigos era lo contrario, de la casa para afuera era todo sonrisa y amabilidad.

—¿Por eso su hija la sacó de su lado?

—Me enfermé, mi presión estaba siempre por las nubes, así que me vine a vivir con ella.

—De su vida anterior a llegar al barrio, le refirió algo.

—No, Benicio nunca hablaba del pasado, es más una vez insistí preguntando si tenía hermanos y respondió que ese tiempo estaba borrado de su vida, una vez vino un joven a hablar con él y lo echó de mala manera, cuando le pregunté quién era me dijo que no me metiera en sus cosas.

Nada importante les dejó la conversación con la ex novia de Benicio, sólo que era un ser de pésimo carácter. La hija se acercó a al detective y le dijo:

—Ese tipo era loco, gritaba a mi mamá por todo, la trataba peor que a un animal de carga.

La última frase revolvió el estómago de Garmendia, se alejó pensando en lo raras que pueden ser algunas personas cuando se las va conociendo a fondo.

Entre los papeles de Benicio aparecieron varias fotos viejas con una mujer, se los veía jóvenes a los dos.

—Quién puede ser —dijo Garmendia en voz alta— son fotos antiguas, por la moda que están vestidos, deben tener unos treinta años.

Carmona observaba con atención una foto.

—En esta, están en la puerta de un bar, se llama “El esquinazo” voy a buscar en Internet, puede que todavía exista.

El bar estaba cerrado desde hacía años, pero la imagen en Google apareció sin mucho buscar.

—Estaba en el barrio de Almagro —dijo Carmona sonriente— sobre la calle Guardia Vieja, vamos…puede que alguien los recuerde.

En la cortina cerrada del bar, las telarañas y el óxido habían dejado su marca. Preguntaron a los vecinos, les mostraron las fotos y una mujer les dijo:

—Es Marina muy joven, la cuñada del farmacéutico, vive en la otra cuadra, vamos, los acompaño.

Llegaron a una antigua casa pintada de amarillo. La vecina tocó timbre y al segundo se asomó una mujer, era la misma de la foto con muchos años más.

—Marina esta gente te busca -le dijo y se alejó.

La mujer miró a los detectives con desconfianza:

—¿Qué quieren?

Garmendia sacó las fotos, le mostró a la mujer y preguntó:

—¿Reconoce a este hombre?

La cara de Marina al instante se puso roja, le temblaron las manos y sin apartar los ojos de la imagen, dijo:

—Lo reconozco, pero hace muchos años que no lo veo…

Garmendia mostró su placa y pidió permiso para pasar y hacerle preguntas, mientras avanzaban por el pasillo notó que la mujer arrastraba la pierna derecha.

En una pequeña cocina tomaron asiento, mientras ella preparaba café le preguntaron por Benicio.

—Fue mi esposo varios años, hasta que… se fue. Desapareció.

—¿Cómo lo recuerda?

—Mal, mi problema en la pierna se lo debo a sus golpes, era violento.

En ese momento entró un hombre de unos treinta años, los miró sorprendido.

—Es mi hijo Claudio — dijo Marina.

Garmendia y Carmona se presentaron, la cara sonriente con que Claudio había entrado cambió.

—¿Qué buscan? —Dijo con voz tajante.

Garmendia fue explicando el motivo, querían saber quién era Benicio, ya que investigaban su muerte, luego de explicar los detalles de cómo lo encontraron y el desconocimiento sobre su vida anterior, esperaron que Marina dijera al menos unas palabras que los ayudara en la investigación.

La conversación fue densa, Marina no guardaba un buen recuerdo de Benicio, era parca o le costaba hablar, ya que al hacerlo por momentos tartamudeaba. Claudio los miraba con desconfianza y les dijo:

—Ese tipo era una mala persona, dejó a mi mamá en la calle sin tener familia que la ayudara, sola, menos mal que mi tío se apiadó de ella y se quedó en esta casa, ella estaba embarazada de tres meses cuando la abandonó.

La cara del joven se crispaba al hablar.

—¿Era tu padre? —preguntó Carmona.

—Desgraciadamente si, una vez, tendría quince años lo fui a ver, quería conocerlo y me sacó a empujones de su casa, dijo que no quería saber nada de mí ni de mi madre…era una basura…

—¿Tú tío y Benicio se trataban?

—No, desgraciadamente mi tío murió hace tres años, le avisamos y él no se acercó, ni al cementerio…

Garmendia y Carmona se miraron entendiendo que era mejor irse, Marina y su hijo estaban nerviosos, sin querer habían destapado un drama familiar que les hacía mal.

En el viaje de regreso fue Pedro el que comentó:

—Te fijaste que ese muchacho tenía un color amarillento, parecía enfermo…

—Pensé que sería producto de la furia que tenía recordando a su padre.

—Puede que tengas razón.

En los días que siguieron nada nuevo surgió sobre el asesinato de Benicio.

Se encontraban en un laberinto donde la investigación se trababa por momentos; unos odiaban a Benicio y para otros era un santo.

En la casa encontraron escrituras de propiedades, casas que pertenecían a Benicio y entre esos documentos hallaron la libreta de matrimonio de Benicio y Marina.

Pedro se acercó a la casa donde Marina y su hijo vivían, no los encontró, quería entregarle los documentos y escrituras a la mujer, seguramente esas propiedades, podían ser un desahogo a sus problemas económicos. Mientras caminaba hacía su coche, se acercó la misma vecina que había reconocido a Marina en la foto.

—No están —dijo con tristeza —Claudio se descompensó, vino la ambulancia y lo llevaron, quedó internado, pobre chico… que mala suerte.

—¿Qué le pasa? —Garmendia preguntó con temor.

—Está muy enfermo, lo internaron en el Clínicas.

Garmendia fue directo al hospital, preguntó por Claudio Torres y le dijeron que estaba en terapia. Buscó a Marina y la encontró sentada en uno de los pasillos, su cara era el reflejo del dolor más hondo. La mujer le dijo que Claudio padecía una rara enfermedad y que para su tratamiento debía viajar a Méjico, cosa que era imposible; pagar viaje y tratamiento.

Pedro le explicó las propiedades que Benicio había dejado y que ella y su hijo eran los únicos herederos.

A partir de esa noticia y en pocas semanas Marina y su hijo partieron a Méjico a iniciar el tratamiento.

Pero el crimen de Benicio seguía en su misterio.

Fue la vecina de enfrente, la misma que no había querido hablar con los detectives, quien dijo a Carmona que ella había observado una fuerte discusión de su vecino con una mujer y que antes no lo dijo por miedo.

—Eran cerca de las tres de la mañana cuando escuché una discusión, era en la casa de Benicio, creí que otra vez peleaba con la Pocha, pero no era su voz, la mujer gritaba: “Es tu hijo y se está muriendo”

Carmona quedó helado escuchando a la vecina que se estremecía recordando.

—La mujer lloraba y él la insultaba por lo bajo, pero yo lo escuchaba, luego la empujó, ella cayó al piso y escuché un tiro, corrí la cortina no quería que me vieran, no pude ver la cara de la mujer, solo noté que al irse arrastraba una pierna.

 

Garmendia observaba estremecido a Carmona mientras relataba lo que la vecina había escuchado y visto.

—¿Qué hacemos? —la voz de Carmona era un susurro, Garmendia se dejó caer en una silla, movía la cabeza como buscando una idea que lo sacara de tal atolladero.

—Ella está en Méjico, tratando de conseguir una nueva oportunidad de vida para su hijo, tal vez, nunca regresen… dejemos que la cosas fluyan, seguramente la vecina escuchó mal, era de madrugada, estaba algo dormida e imaginó voces y palabras.…

Los dos se miraron, salieron de la oficina en silencio rumbo cada uno a su casa, no era día de cervecitas en lo del gallego, la conciencia les batallaba entre el deber y los sentimientos…cabizbajos, se perdieron calle arriba.

 

 

 

 

 

 

 


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