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martes, 7 de abril de 2026

Historia oscura.


 

 

Salieron de la oficina del jefe Mariani con la rabia entre los dientes.

—Qué se cree este tipo -dijo Carmona- nosotros somos investigadores de crímenes y robos, no de misterios y tiene el coraje de mandarnos a la casa de su familia a descubrir sus problemas oscuros.

—Tenés razón, pero hay que hacerlo, partimos hoy para Saldivar.

 

Los setecientos kilómetros y el calor los agotaron.

Saldivar resultó ser un pueblo en medio de la pampa sin grandes pretensiones. Garmendia miraba a todos lados y dijo en voz alta:

—¿Dónde vivirán los Mariani?

—Él muy maldito nos dijo que preguntemos…todos los conocen.

La respuesta de un paisano de a caballo fue señalar con el brazo hacía el sur.

—Sigan ese camino y los van a encontrar en la lomada, acá no hay calles ni número —exclamó sonriente.

La casa de los Mariani era un casco de estancia encallado sobre una loma, rodeada de eucaliptus y sauces que le daban un aire misterioso. Abrieron la tranquera y entraron. Salió a recibirlos un tipo alto y ancho de cuerpo, junto a una mujer tan alta como él y muy delgada, eran Ramiro y Teresa, los tíos del jefe.

– Nos manda Ramón Mariani -dijo Garmendia.

El hombre sonrió y estrechó la mano de los dos.

Atardecía, un viento frío aliviaba el calor del largo viaje vivido. Les ofrecieron mate y tortas fritas y luego de los saludos, preguntaron cuál era el misterio por el que pidieron ayuda.

—¿Cómo no les dijo? —exclamó Ramiro.

Negaron con la cabeza.

—Han muerto dos personas de manera muy rara, hace años sucedieron otras muertes muy parecidas, situaciones que no tienen explicación, últimamente han llegado a causar algunos estragos peligrosos y comenzamos a sospechar.

—¿Quién produce esos estragos? —preguntó Carmona.

—Cuatro árboles que están camino al río.

Los detectives se miraron, pero quedaron en silencio esperando una mayor definición.

—No piensen que me burlo, es real —dijo Ramiro— son una rara especie que parece ser inteligente y atacan en ciertos días a los que pasan por ese sendero.

Teresa que había permanecido en silencio, habló:

—El primer joven al que dieron muerte fue mi sobrino Lucas, llevaba un rebaño de ovejas y cruzó ese camino, las ramas se desprendieron de los árboles y lo atacaron, fue casi una locura, las hojas rojas, formaron una manta y lo envolvieron, las ramas lo castigaron mientras las ovejas asustadas se dispersaron en distintas direcciones, el muchacho llegó a la estancia, herido y nos contó todo —Teresa hizo silencio el llanto la ahogaba— en las muñecas tenía cortes, por más que lo vendamos perdió mucha sangre, al día siguiente murió.

Quedaron todos en silencio, fue Ramiro quien continuó el relato:

—Dijo el médico que su muerte no fue por la pérdida de sangre, fue envenenamiento, esas hojas largan un líquido rojo que penetra en la piel y es un veneno desconocido y fulminante.

—Dijeron dos muertes… ¿Y qué más? —dijo Pedro.

—El otro fue un médico del pueblo, no sabemos a qué hora sucedió, a la mañana lo encontraron en la orilla del río, con cortes en las muñecas y marcas de golpes en todo el cuerpo, analizaron su sangre y encontraron el mismo veneno que mató a Lucas, los compañeros del hospital dijeron que tenía intenciones de cortar hojas para analizarlas y…murió por eso…

—Aparte —dijo Teresa— desaparecen animales de la estancia y aparecen muertos cerca de los árboles, varias ovejas y dos perros en el último mes…

—Hace años desaparecieron dos chicas y todos creímos que se habían escapado para vivir en la ciudad, el mes pasado encontraron sus restos y se dijo que los lobos las habían atacado, hoy sabemos que no fueron los lobos.

—¿Qué hacen las autoridades?

Pedro se removía en su silla sin poder entender semejante historia.

—Las autoridades no nos creen a todo le encuentran una explicación lógica, dicen que somos supersticiosos, hasta nuestro sobrino no nos cree y es jefe de la policía, Ramón, los mandó para que lo dejemos tranquilo.

Ramiro se encogió de hombros con un gesto de rabia y tristeza.

—Espero que ustedes nos crean y puedan hacer algo —dijo Teresa— mucha gente se fue del pueblo, otros no se acercan al lugar y con eso piensan que ya se pueden quedar tranquilos.

Garmendia todavía incrédulo respondió:

—Vamos a hacer lo posible.

Se acostaron temprano, el viaje largo, el calor y las noticias de esos árboles los había agotado. En el piso superior de la estancia les habían preparado un cuarto cómodo con dos camas, una mesa cerca de la ventana, sillas y un mueble para su ropa.

El canto de un gallo tempranero los despertó. Bajaron y Teresa ya les había preparado el desayuno.

Salieron a conocer a los extraños árboles.

El paisaje de ese principio del verano era agradable, el calor apenas se notaba, caminaron admirando el paisaje, las flores salvajes y los espinillos en flor, eran un deleite a los ojos. Divisaron los árboles por los datos que los Mariani les dieron. Verlos fue peor a cualquier idea que se hubieran formado.

Troncos de color pálido, ramas enormes extendiéndose a los costados se enredaban entre ellas y las hojas grandes como la mano de una persona y rojas, se estremecieron al ver los troncos, un movimiento interno los movía suavemente.

—Parecen respirar —exclamó Pedro— no nos acerquemos.

Recordó que las hojas contenían veneno.  

Se alejaron unos metros, las ramas se agitaban siguiendo sus pasos, el pánico de Carmona lo hizo alejarse más, Garmendia lo siguió.

Las ramas comenzaron a gemir de una forma que ponía la piel de gallina, la respiración de los troncos se elevaba por momentos, se movían, una risa burlona se alzó cerca de ellos, no lograban entender desde dónde llegaba. Lo que creyeron supersticiones del pueblo era una realidad que frente a ellos se alzaba y se burlaba.

—No podemos con esto —dijo Pedro trémulo— mejor regresemos.

El camino de regreso fue diferente, ya no miraron las flores ni el verde paisaje, el pensamiento de ambos estaba en buscar una forma de destruir esa maldad con forma de árbol que acababan de ver.

Subieron a su cuarto sin almorzar, no lograban serenarse, ni articular un pensamiento lógico. De pronto un golpe en los cristales de la ventana los sacudió, eran ramas, las ramas de los árboles, la sorpresa los aturdió, quedaron estáticos sin saber que hacer, si los cristales se rompían estaban perdidos, el ruido fue ensordecedor, los vidrios no soportaron la fuerza de los golpes, en ese momento apareció Ramiro con una guadaña, las fue golpeando hasta hacerlas caer, otras lograron escapar, Ramiro con la fuerza de sus brazos acostumbrados al trabajo del campo las liquidó en segundos. Garmendia y Carmona no lograban volver del espanto vivido, solo al ver las ramas en el piso quietas y sin vida respiraron tranquilos nuevamente.

El terror tardó en dejarlos reaccionar. Bajaron a la cocina, Teresa les sirvió algo fuerte y la conversación con ella y Ramiro los serenó.

—No se puede vivir así, hay que hacer algo, ¿pero, qué?—dijo Pedro— no se me ocurre nada posible para destruirlos.

Fue entonces que Carmona exclamó:

—Tengo una idea, juntemos las ramas que quedaron en el piso las llevamos al campo y probemos con el fuego.

Lo hicieron. Con combustible y algunas maderas, las quemaron. El resultado fue bueno en poco tiempo se consumieron hasta reducirse a cenizas.

—Por lo visto es lo único que puede destruirlos —dijo Carmona —Primero debemos arrancarlos —la voz de Ramiro los trajo a la realidad— ¿Cómo?

Los detectives lo miraron en silencio, era una realidad la que les planteaba.

—Para eso necesitamos maquinaria pesada, para excavar y palanquear y destoconadoras para triturar las raíces subterráneas—dijo Ramiro— ¿Cómo conseguir esa maquinaria? El brazo hidráulico de esas máquinas cava y extrae las raíces.

—Hay que pedir ayuda a Mariani, solo él puede conseguirlas — dijo Pedro.

Fueron al pueblo y desde la única oficina telefónica del lugar, Garmendia habló con el jefe Mariani, que respondió que él no podía conseguir nada, que no tenía fondos y mil excusas.

Pedro furioso le respondió:

—Mariani no podemos hacer nada si no manda ayuda, lo hace o nos vamos y todo queda como está…

Pedro cortó la comunicación.

Días después el pueblo observó extrañado la maquinaria pesada que entraba en Saldivar.

Con las cabinas cerradas de las excavadoras por temor al ataque de las ramas, los operarios comenzaron la tarea llevó casi todo el día arrancarlos, la tierra pareció moverse por la fuerza de los árboles, los gemidos se escuchaban como truenos. Las hojas se desprendieron en un manto que intentó atacar a las máquinas, a medida que pasaba el tiempo y los árboles eran arrancados iban perdiendo fuerza, caían sobre la tierra estremeciéndose en un aullido agónico. Garmendia y Carmona miraban desde su coche y con los nervios a flor de piel, las ventanillas cerradas y el corazón batiendo a mil. Las ramas se retorcieron por horas, una de ellas en un movimiento que no esperaban, se elevó de pronto y se arrojó sobre el coche de Garmendia y Carmona, sin fuerzas resbaló y cayó en tierra.

Al ver a los árboles caídos, sin vida, Teresa y Ramiro no pudieron contener el llanto, la emoción los superaba.

El pueblo de Saldivar fue acercando maderas, cartones y combustible para lograr que el fuego destruyera la maldad que durante tantos años les asoló la vida con el miedo.

Las horas pasaban, las llamas los fueron cubriendo y al día siguiente lograron verlos reducidos a cenizas.

Cubiertos de hollín y agotados los detectives regresaron a la estancia, festejaron, brindaron y luego de un merecido baño durmieron hasta el día siguiente al mediodía que Ramiro los despertó con mate y tortas fritas.

La pregunta salió de Carmona:

—De dónde salieron esos árboles, nunca vi nada igual, si me lo cuentan no lo creo.

—Yo nací en este pueblo —dijo Ramiro— y me contaron mis padres que ya estaban cuando ellos llegaron, solo que en ese entonces o la gente no se daba cuenta o no eran tan agresivos, lo cierto que muchas historias misteriosas se contaban en secreto, pero nadie imaginaba que esas cosas las hacían los árboles.

—Sinceramente todavía estoy asombrado por lo que hemos vivido—exclamó Garmendia.

 

Regresaron a la ciudad, cansados, ojerosos pero felices.

Al verlos, Mariani se acercó y con esa voz chillona y prepotente que lo caracterizaba les dijo:

—Quiero un informe y no me vengan con esa pavada de árboles asesinos, quiero seriedad por favor y nada de andar por los pasillos contando hazañas imaginarias.

La respuesta salió a dúo, pero no se puede reproducir en esté blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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