Las hijas
lloraban desesperadas, los hijos daban vuelta por la casa sin decir palabra,
hasta que el menor dijo:
-Tenemos
que aceptar lo que nos piden, si esto llega a los diarios la vergüenza nos va a
volver locos.
Sabrina
la hija mayor respondió:
-Tenes
razón, ¿pero de dónde sacamos el dinero? Es un secuestro imposible de pagar, ni
vendiendo la casa de mamá alcanza …
-¿Y si
pedimos a un usurero? -dijo Jaime, otro de los hijos de María Teresa Funes.
-Pobre
mamá… ¿Quiénes serán esos desgraciados que osan alterar su eterno descanso?
Los
hermanos la miraron, la hija menor hablaba como recitando una obra de
Shakespeare.
-Los
desgraciados son mafiosos que viven del robo y el chantaje, a nosotros nos tocó
que secuestraran nuestra madre.
Nuevamente
fue Jaime quien exclamó:
-Pero
secuestrar un cadáver es inconcebible…
Un
llamado en la puerta los sobresaltó. Jaime fue a atender. Un señor alto muy
delgado se presentó:
-Soy el
detective Pedro Garmendia y mi compañero es Carmona López...
Los
hicieron pasar, le informaron que el ataúd con los restos de su madre
recientemente fallecida, había desaparecido del panteón familiar y habían
recibido un llamado reclamando una cantidad de dólares imposible de pagar.
Garmendia
hizo preguntas sobre amigos, enemigos, familiares, intentaba investigar quién podía
metido en semejante delito.
-En una
época fuimos una familia muy rica -dijo Sabrina- pero mi padre era un jugador
empedernido y perdió toda su fortuna jugando al póker y en las apuestas de
caballos, nada nos quedó de aquel tiempo brillante, pero la gente no lo sabe,
ese es el motivo por el que piden tanto dinero.
Garmendia
los escuchaba y Carmona daba vueltas observando las fotografías que lucían
sobre un mueble, señaló una foto y pregunto si esa era la madre, respondieron
que sí.
-Tienen
llave del panteón familiar? ¿cuántas llaves hay?
-Solo
una, siempre está en casa.
Uno de
los hermanos abrió un cajón y mostró la llave.
-Vamos al
cementerio, llévela.
Sin
entender que pensaba el detective lo siguieron.
El
primero en entrar fue Garmendia, lo siguió Carmona, observaban con detenimiento
el piso, parecía buscar algo en las viejas baldosas, los hijos de Maria Teresa
nada decían, el silencio flotaba denso. De pronto Garmendia salió del panteón y
se alejó rumbo a la oficina de entrada, los presentes se miraron sin entender.
Minutos después regresó con el encargado del cementerio, caminaron hasta otra
bóveda, la abrieron y Garmendia pidió a los hijos que se acercaran, solo un
ataúd acomodado de mala forma se encontraba allí, brillaba su madera nueva y
lustrosa, Garmendia preguntó a los jóvenes:
-¿Es el
ataúd de su madre?
Ellos se
acercaron y corroboraron que en la tapa estaba grabado el nombre. Gritos de
alegría y emoción se elevó de sus gargantas, agitando el vuelo de las palomas.
El
responsable del cementerio no hallaba explicación estaba rojo y pedía disculpas
una y otra vez. Fue Garmendia quien explicó lo sucedido:
“Cuando Carmona
vio la foto de María Teresa, comprendio que debía pesar más de cien kilos, así
que los ladrones no pudieron ir muy lejos con su ataúd, por eso mirábamos el
piso, se notaba que allí habían arrastrado algo, era lógico que no pudieron
levantarlo y que muy lejos no pudieron ir con semejante peso, debía estar cerca,
en alguna bóveda vacía y así fue, solo los encargados de mantenimiento pueden
saber que bóvedas están abandonadas…la policía ya los está investigado.”.
-¿Y la
llave, cómo entraron?- preguntó una de las hijas.
- El
encargado en jefe tiene una llave maestra para cualquier caso de urgencia que
algún familiar se la olvide, los de mantenimiento lo saben y de allí la sacaron.
La
familia de María Teresa regresó tranquila cada uno a sus respectivas casas,
mientras Garmendia y Carmona enfilaron para el bar del gallego sabían que los
estaría esperando con una cervecita helada.
Inspirado
en un cuento de Maria Rosa Lojo.
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