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miércoles, 29 de abril de 2026

El extraño caso del cementerio.


 

Las hijas lloraban desesperadas, los hijos daban vuelta por la casa sin decir palabra, hasta que el menor dijo:

-Tenemos que aceptar lo que nos piden, si esto llega a los diarios la vergüenza nos va a volver locos.

Sabrina la hija mayor respondió:

-Tenes razón, ¿pero de dónde sacamos el dinero? Es un secuestro imposible de pagar, ni vendiendo la casa de mamá alcanza …

-¿Y si pedimos a un usurero? -dijo Jaime, otro de los hijos de María Teresa Funes.

-Pobre mamá… ¿Quiénes serán esos desgraciados que osan alterar su eterno descanso?

Los hermanos la miraron, la hija menor hablaba como recitando una obra de Shakespeare.

-Los desgraciados son mafiosos que viven del robo y el chantaje, a nosotros nos tocó que secuestraran nuestra madre.

Nuevamente fue Jaime quien exclamó:

-Pero secuestrar un cadáver es inconcebible…

Un llamado en la puerta los sobresaltó. Jaime fue a atender. Un señor alto muy delgado se presentó:

-Soy el detective Pedro Garmendia y mi compañero es Carmona López...

Los hicieron pasar, le informaron que el ataúd con los restos de su madre recientemente fallecida, había desaparecido del panteón familiar y habían recibido un llamado reclamando una cantidad de dólares imposible de pagar.

Garmendia hizo preguntas sobre amigos, enemigos, familiares, intentaba investigar quién podía metido en semejante delito.

-En una época fuimos una familia muy rica -dijo Sabrina- pero mi padre era un jugador empedernido y perdió toda su fortuna jugando al póker y en las apuestas de caballos, nada nos quedó de aquel tiempo brillante, pero la gente no lo sabe, ese es el motivo por el que piden tanto dinero.

Garmendia los escuchaba y Carmona daba vueltas observando las fotografías que lucían sobre un mueble, señaló una foto y pregunto si esa era la madre, respondieron que sí.

-Tienen llave del panteón familiar? ¿cuántas llaves hay?

-Solo una, siempre está en casa.

Uno de los hermanos abrió un cajón y mostró la llave.

-Vamos al cementerio, llévela.

Sin entender que pensaba el detective lo siguieron.

El primero en entrar fue Garmendia, lo siguió Carmona, observaban con detenimiento el piso, parecía buscar algo en las viejas baldosas, los hijos de Maria Teresa nada decían, el silencio flotaba denso. De pronto Garmendia salió del panteón y se alejó rumbo a la oficina de entrada, los presentes se miraron sin entender. Minutos después regresó con el encargado del cementerio, caminaron hasta otra bóveda, la abrieron y Garmendia pidió a los hijos que se acercaran, solo un ataúd acomodado de mala forma se encontraba allí, brillaba su madera nueva y lustrosa, Garmendia preguntó a los jóvenes:

-¿Es el ataúd de su madre?

Ellos se acercaron y corroboraron que en la tapa estaba grabado el nombre. Gritos de alegría y emoción se elevó de sus gargantas, agitando el vuelo de las palomas.

El responsable del cementerio no hallaba explicación estaba rojo y pedía disculpas una y otra vez. Fue Garmendia quien explicó lo sucedido:

“Cuando Carmona vio la foto de María Teresa, comprendio que debía pesar más de cien kilos, así que los ladrones no pudieron ir muy lejos con su ataúd, por eso mirábamos el piso, se notaba que allí habían arrastrado algo, era lógico que no pudieron levantarlo y que muy lejos no pudieron ir con semejante peso, debía estar cerca, en alguna bóveda vacía y así fue, solo los encargados de mantenimiento pueden saber que bóvedas están abandonadas…la policía ya los está investigado.”.

-¿Y la llave, cómo entraron?- preguntó una de las hijas.

- El encargado en jefe tiene una llave maestra para cualquier caso de urgencia que algún familiar se la olvide, los de mantenimiento lo saben y de allí la sacaron.

La familia de María Teresa regresó tranquila cada uno a sus respectivas casas, mientras Garmendia y Carmona enfilaron para el bar del gallego sabían que los estaría esperando con una cervecita helada.

 

Inspirado en un cuento de Maria Rosa Lojo.

 

 

 

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