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viernes, 18 de septiembre de 2026

Descubriendo misterios.


 


La llamada del jefe Mariani puso a Garmendia nervioso, cada vez que pedía que fuera a su oficina, era problema en puerta.

Carmona recién llegaba de Pilar e intentaba contarle a Pedro, el caso que había investigado y no pudo hacerlo, el jefe los apuraba.

Mariani los recibió con café, era raro en él esa amabilidad. Los invitó a tomar asiento y soltó el rollo:

—Tenemos un caso difícil…el ministro Fontana me pidió que fuera a verlo, allí me enteré cuál era su preocupación, algo grave le sucede a su hermano Santiago y quiere que lo solucionemos —hizo silencio buscando las palabras adecuadas— resulta que… Santiago Fontana compró un caserón antiguo en Villa Ballester, uno de los pocos que quedan en ese barrio…y…hay fantasmas…—la voz sonó filosa como un vidrio roto.

Pedro y Carmona observaron al jefe en silencio, se miraron conteniendo la risa, al fin fue Garmendia quien habló:

—Mariani yo lo respeto a usted, pero nos mandó hace unos meses a su pueblo y nos encontramos con árboles endemoniados, luchamos con ellos y salimos airosos por gracia de Dios, pero fantasmas, ya es demasiado.

Se puso de pie, Carmona lo siguió y salieron de la oficina de Mariani a paso redoblado. El jefe fue tras ellos:

—¡Un momento! Son ordenes de arriba.

—¿Arriba de qué? —preguntó Carmona con fastidio.

—¡De Moreno 1550! —la voz de Mariani fue un chillido.

Los detectives se miraron, fue Garmendia el que dijo:

—¿Adónde hay que ir?

 

2)

El caserón era antiguo, en sus tiempos debió ser una mansión muy elegante, pero los años y el abandono lo mostraban como a un viejo patriarca venido a menos.

Los recibió Santiago Fontana, recorrieron las habitaciones, quedaban pocos muebles. En la biblioteca, habían dejado una bella pintura al óleo, era el retrato de una mujer, morena con ojos muy claros y vestida de azul, a la usanza del 1900, Garmendia sintió un estremecimiento al observarla, quedó impactado ante tal belleza, preguntó quién era y Fontana no supo decirle, debe ser un familiar del primer habitante de esta casa, no tiene autor, solo la fecha 1902— respondió.

Fontana no le dio importancia a la pregunta de Pedro, siguió hablando de lo que a él importaba; la situación que estaba viviendo.

—Me quise quedar a dormir y fue imposible, durante la noche se escuchan corridas en la escalera, gritos ahogados y alguien cambia las cosas de lugar, los vecinos dicen que aquí hay fantasmas desde hace años —hablaba con temblor en la voz, Garmendia comprendió que el temor era real.

Carmona observaba, golpeaba las paredes buscando algún sonido hueco y nada aparecía, estaba seguro de que esos fantasmas eran de carne y hueso.

—En estas casas antiguas suele haber, paredes dobles con molduras en muebles que al empujarlos dejan paso a una habitación escondida —dijo Carmona.

—Lo he revisado todo y nada encontré —la voz de Fontana sonada insegura— tal vez ustedes tengan más suerte y hallen algún pasadizo secreto, por algún lado entran, yo no creo en fantasmas, pero....

Fontana era un tipo normal, nada en él, daba la idea de ser un fabulador. Los detectives decidieron que esos vecinos que hablaban de fantasmas, tal vez les dijeran algo importante. Decidieron visitar un viejo almacén y la ferretería, lugares antiguos del barrio y que sus dueños sabían vida y obra de cada familia. El resultado fue peor o mejor, no sabían qué pensar.

La historia, era casi increíble. Esa casa perteneció a un coronel del ejército de apellido Antunez, nadie recordaba el nombre de pila, el personaje en cuestión pertenecía a una Logia Masónica llamada: “Unión del Plata N°1”. Fue el coronel quien edificó la casona a fines del siglo XIX, eran varios los vecinos pertenecientes a esa Logia y juntos construyeron túneles por los que se conectaban para sus reuniones secretas. Esa era la leyenda, cierta o no, nadie lo sabía, los túneles no se habían encontrado.

—Quiere decir —dijo Garmendia— que, si hay túneles, debe haber una puerta de entrada a la casa, tal vez buscamos adentro lo que está afuera.

Recorrieron cada detalle de la casa y nada encontraron.

Hasta que Garmendia observó que el gran parque que rodeaba la casona ocupaba casi media manzana, los detectives se separaron para recorrerlo, Pedro siguió curioso unas antiguas palmeras que seguían una línea como marcando un camino y terminaban en una de las paredes, allí existía una caseta, era un pequeño galpón de herramientas de jardín. Llamó a Carmona, lo abrieron, encontraron algo raro en semejante lugar; una alfombra.

Al levantarla una puerta trampa apareció ante ellos y una escalera de hierro angosta, bajaba y se perdía, Carmona iluminó con su celular y el panorama ante sus ojos era de película de terror. Oscuridad total.

—Bajo yo solo —dijo Garmendia— ante un peligro, grito y llama al 911.

3

La negrura apenas se quebraba con la luz del celular, parecía un depósito de muebles viejos, la pared recubierta de ladrillos dejaba ver telarañas por todos lados. No era un sótano, era un túnel. El piso de tierra mostraba huellas de zapatillas de tenis, ese túnel debía tener la edad de la casa, difícilmente esas huellas pertenecían a los antiguos habitantes. El pasaje era largo, Pedro lo recorrió durante varios minutos, parecía no tener fin, solo halló una mesa con diarios ya amarillos, en uno se leía con claridad; 16 de julio 1934. Decidió salir. Los fantasmas salían por la caseta y entraban a la casa por la ventana del baño, que vieja por los años, se abría con un simple golpe.

Avisaron a las autoridades, que ellos se ocuparan de ver hasta dónde iba ese túnel, por el momento lo mejor sería trabar la puerta trampa. 

A partir de allí los fantasmas desaparecieron. ¿Cuál era el motivo de asustar al nuevo dueño?  Volvieron a visitar a los vecinos que les habían dado la pista de los túneles, pero ellos, nada pudieron aportar.

Una anciana que llevaba 60 años viviendo frente a la casona fue la que abrió la puerta del misterio.

—Esa casa, pasó por varios dueños, en los últimos años la quiso comprar varias veces el Chino Salgado y el propietario no la quiso vender.

—¿Por qué? —preguntó Carmona.

—Dicen en el barrio que Salgado es el líder de una banda de traficantes de zona norte, eso se dice, nadie tiene pruebas y el dueño se negó a venderla.

—Entonces los túneles existen y abarcan varias manzanas— dijo Pedro— Salgado es conocedor del tema, eso le vendría muy bien para su organización y creyó que aterrorizando al nuevo dueño sería muy fácil que le vendiera la casona.

—Exacto, era pan comido —exclamó la anciana.

4

Debieron sellar con concreto la entrada al túnel.

—Deben existir más túneles, las viejas casas que quedan, guardar sus misterios y sus comunicaciones por esos pasadizos oscuros —dijo Pedro— Ya solucionamos el tema de los fantasmas que asustaban a Fontana, ahora serán las autoridades competentes que investiguen, ese tema ya no es nuestro.

Carmona asintió, el tema no le resultaba agradable, así que con una sonrisa se preparó para irse.

Pero Garmendia volvió a la casa, algo lo perturbaba, había quedado impactado con la pintura que había visto en la biblioteca y que fue la única que se conservó del antiguo esplendor de esa vieja casona, la mujer que sonreía desde la tela era tan real que lo había deslumbrado, Pedro subió las escaleras lentamente, llegó ante la imagen y quedó unos segundos admirando la belleza de esa desconocida. Sus ojos parecían tener vida. Giró para irse y se detuvo en seco, frente a él cruzó una dama con un vestido azul era la mujer del cuadro, el corazón de Pedro golpeaba como un tambor, las piernas se le volvieron de cartón y una transpiración helada le bajó por la espalda, no lograba moverse, ella pasó frente a él y salió por una puerta sin verlo y Garmendia quedó clavado en el piso. Al entrar Carmona, verlo tan quieto y tembloroso mirando el hueco de la puerta le preguntó:

—¿Qué te pasa Pedro, estás blanco?

No pudo responder, la voz se le ahogaba en la garganta.

—Vamos, tranquilo… —exclamó Carmona, comprendiendo que a su compañero le estaba pasando algo serio — fue un día muy largo y Emma te está esperando. Carmona decidió que era mejor que Garmendia no manejara, no le gustó la palidez de su cara, regresaron a la oficina sin cruzar palabra, ya tendría tiempo para contarle a su compañero la experiencia vivida.

A partir de ese momento las noches para Santiago Fontana fueron tranquilas, los fantasmas habían desaparecido, al menos eso creía...

 

“Les cuento que esta historia nació después de leer que en V. Ballester se descubrieron túneles muy antiguos, que cruzan la ciudad y no se conoce el origen, estaban señalados por las palmeras de la plaza Roca.”

 




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