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martes, 31 de octubre de 2023

Carita de ángel.

 


A pesar de sus lágrimas y su cara enrojecida, no le creía. Sumaba palabras sin sentido y frases entrecortadas, eso bastaba para convencerlo de que no decía la verdad.

Garmendia le explicó que por el momento iba a quedar detenida, hasta que se esclareciera su situación. Ella cambió la mirada, crispó  su rostro y demostró una furia que hasta ese momento había sabido disimular con su llanto.

Una mujer policía la llevó de nuevo a su celda  y Carmona, que había quedado en un costado sin decir palabra, se acercó y le dijo:

—No te convence la minita… ¿no?

—Hay algo que resulta dudoso, pero todavía no encontré el hilo, que me lleve a la verdad, tal vez estoy equivocado.

—Me pasa igual, es como si detrás de esa carita de nena asustada, existiera otra, la misma que te miró con odio cuando le dijiste que quedaba adentro.

 

Cada vez que Garmendia se encontraba en un caso que no lograba convencerlo  con los primeros detalles, solía  dar vueltas en la oficina, como si en esas vueltas  encontrara una solución. Carmona guardó silencio, sabía que en esos momentos lo mejor era no molestarlo.

Al ver que se sentaba en su desvencijado sillón, le dijo:

—Ella llamó al 911 y fui el primero en llegar con la oficial García, que quedó en la puerta  esperando a los compañeros. Carita de ángel estaba de pie frente al cuerpo, lo observaba concentrada,  no se dio cuenta de mi presencia, había odio en sus ojos,  al verme cambió y se largó a llorar.

Garmendia  volvió a dar  vueltas, cada tanto se detenía y miraba por la ventana, en un momento se detuvo y preguntó::

—¿Quién te abrió la puerta?

—Una mujer  que creo es la hermana, digo yo, se le parece, cuando quise hablar con las dos, fue ella la que dijo que no, que después,  y se encerraron en una habitación, en eso llegaron los de la científica, dejé que ellos actuaran y en ese instante llegaste vos, y ya sabes qué paso, la minita con carita de ángel, se acercó y comenzó a gritar, parecía poseída….

—¿Te pareció  una actuación?

—Sí.

—A mi también…

Garmendia fue repasando los detalles de lo poco que la muchacha logro decirle. “Él se llamaba Gastón Salvatierra, era mi novio,  era bueno, pero cuando bebía cambiaba, se volvía un loco, rompía cosas, me golpeaba, después cuando dormía la mona se levantaba como si nada, era otro hombre,  yo me cansé de esa vida y le dije que quería terminar con él, eso lo puso loco, discutimos y me quiso pegar,  intenté escapar a la calle, me agarró del brazo y tironeamos, estábamos al borde de la escalera yo me  solté y  bajé los escalones a los saltos, me siguió y ya no sé bien qué pasó al intentar abrir la puerta me pegó en la cabeza con el puño,  quede atontada, me alejé y recuerdo que le tiré lo que encontré a mano, creo que fue un florero, lo esquivó y al empujarme contra un mueble le arrojé un caballito de bronce que le dio en la cara y trastabillo para atrás, no recuerdo más.”

Esa declaración no aclaraba nada, el golpe en la cara no fue el motivo de la muerte de Salvatierra, algo estaba ocultando carita de ángel.

Trataron de averiguar en el barrio y solo dos personas se animaron a hablar, contaron  que las peleas eran continuas y los gritos e insultos también, los demás vecinos; no sabían nada.

Garmendia fue a ver a la hermana de Silvia, ese era el nombre de carita de ángel.

Vivía a pocas cuadras, no lo recibió de buen ánimo, fue hosca y sus ojeras daban la sensación de que había pasado una mala noche.

 Lo hizo pasar a la cocina, un pequeño ambiente, una mesa y dos sillas, se sentaron.

Sin preámbulos Garmendia dijo:

—No me convence la historia de la caída y muerte de Salvatierra…

—Qué quiere qué le diga, ese desgraciado se mató  al caer y golpear con la mesa ratona.

—¿Puede relatar detalladamente que sucedió?

El detective la observaba, ella retorcía sus manos en una inquietud constante.  Garmendia no perdía detalles de los gestos de la mujer.

Ella fue repitiendo los mismos pormenores y palabras de Carita de ángel.

—¿Está segura qué eso fue lo que pasó?

—¡Claro que estoy segura!

Respondió  gritando.

Garmendia no hizo más preguntas. Ella quedó sentada y él fue recorriendo la casa y observando los detalles. Muchas fotos de Silvia y Ana, en la playa, en Mendoza, en todas la hermana mayor, se veía siempre igual mientras que Silvia se veía pequeña, en otras adolecente, pero en todas las fotos; solas.  Eso llamó su atención.

—Usted le lleva varios años a su hermana. ¿Cuántos? —preguntó Garmendia.

—Catorce años, ¿y eso que tiene que ver? —se notaba inquieta.

—Curiosidad Ana, simple curiosidad… ¿Cómo se conocieron Salvatierra y Silvia?

—Creo que en un recital,  él era mucho mayor y la deslumbró con su lujo y la ostentación de dinero,  le daba todos los caprichos, pero era un alcohólico empedernido, Muchas veces  le dije a Silvia que no era hombre para ella, pero no me hacía caso, estaba embelesada con la ropa cara y el ambiente de lujo en el que vivían.

Al retirarse Garmendia notó el disimulado suspiro de alivio de Ana.

 

El detective se dirigió a su oficina, algo fluía  cerca de Ana, que no lograba identificar, era una mezcla de tristeza, dolor y cuando hablaba parecía que se iba a largar a llorar en cualquier momento.

 

Carmona lo esperaba con una novedad, al revisar los papeles de Silvia descubrió que era hija de Ana, no su hermana. La llamada del forense cortó la conversación.  Garmendia escuchaba sin decir palabra, hasta que preguntó:

—¿Es seguro lo que me decís? Semejante novedad puede cambiar la caratula del caso…

Colgó y le pidió a Carmona que trajera a Silvia. Carita de ángel repitió la misma declaración, era un libreto estudiado de memoria, entre Ana y ella. No había dudas, habían estudiado  que respuestas dar.

 

Los detectives regresaron a la casa de Salvatierra, Carmona  buscaba cada detalle del salón dónde encontraron  el cuerpo. No sabía  qué, pero algo en esa habitación era muy importante y debía descubrirlo.  Subió al dormitorio, la magnificencia era insultante, en el vestidor la ropa  estaba separada por colores y los zapatos en un armario se contaban por docenas. Era claro que carita de ángel se sintió enamorada de tanto lujo, aunque el que se lo proporcionara fuera un bruto ordinario. Dieron vuelta la casa y nada encontraron.

Garmendia se dejó caer en un sillón del living y abriendo los brazos en un gesto de impotencia exclamó:

—No puede ser que no haya nada que pruebe lo que dijo el forense, un cuerpo pesado le reventó la cabeza a Salvatierra. ¿Pero dónde está?

Nada encontraron. Salieron de la casa con rabia, Garmendia estaba seguro que en ese lujo inmenso estaba oculta la prueba, pero no la habían descubierto ninguno de los dos.

 

La orden del juez de dejar en libertad a Carita de ángel llegó una semana después, no había pruebas y el abogado había logrado previo deposito de una buena cantidad de dinero que la joven quedara libre. Salvatierra desde el más allá seguía con su dinero protegiendo a Silvia.

Garmendia no olvidó el caso, siguió de cerca la vida de Silvia, la joven quedó en la casa de Salvatierra dueña y señora de un lujo que no le pertenecía, pero que amaba.

Después de unos meses el detective regresó a visitarla, lo atendió una mucama que lo hizo pasar con solo mostrar sus credenciales. Silvia apareció, tan elegante que no parecía la misma joven  que había conocido. En poco tiempo Carita de ángel había reformado el salón, el detective no pudo dejar asombrarse por la belleza y el buen gusto que reinaba en cada detalle. Silvia lo miraba expectante mientras él recorría el ambiente, sin meditarlo demasiado Garmendia fue directo a la cocina.

—Oiga, adónde va —alzó la voz Silvia.

—A ver los cambios de la cocina.

Allí no había cambios.

¿O sí? Algo faltaba.

De pronto Garmendia pegó un respingo. El adorno en la pared no estaba. ¿Qué era? Trató de recordar.

—Con qué derecho revisa mi casa —la voz chillona de Silvia se elevaba como un grito— Estoy libre, usted no tiene nada que hacer acá.

La cabeza de Garmendia intentaba recordar, ignorando los gritos de Silvia. Como en una fotografía regresó la imagen. En la pared azul había un palo de amasar de madera maciza, sostenido por dos ganchos blancos igual que el palo. Resaltaba el blanco sobre el azul, por eso recordó.

—¿Dónde está el adorno que estaba en esta pared?

—No sé de qué habla —Silvia se retorcía las manos, había perdido su aplomo— voy a llamar a mi abogado.

Garmendia que en su interior estaba satisfecho, se sentó en el sillón y llamó a Carmona.

El abogado llegó junto con Carmona, que traía una orden de registro.

Buscaron el adorno y nada hallaron. Carmona preguntó a la mucama:

—¿Qué hicieron con los muebles que sacaron por la reformas?

La joven los guío hasta un galpón en la parte de atrás del parque. Allí encontraron  de todo menos lo que buscaban, Garmendia estaba seguro que ese palo de amasar era la clave que necesitaba para condenar a Silvia o a la madre. La mucama seguía de pie vigilando los movimientos de los detectives. Garmendia estaba furioso viendo que nada encontraban, al fin preguntó:

—Señorita buscamos un adorno que estaba en la cocina sobre la pared….

—¿El palo de amasar?

Garmendia y Carmona agrandaron los ojos, respondieron al unisonó:

—¡Sí!

Entre asustada y sorprendida la mucama dijo:

—La señora me mandó tirarlo, pero era tan bonito que sin que ella supiera me lo llevé. Garmendia le dio un beso en la frente a la sorprendida joven y le dijo:

—Vamos a su casa.

 

Tras los análisis de la policía científica se encontraron manchas de sangre en la madera.

Nuevamente fue detenida carita de ángel, esta vez no había escapatoria. Ella o su madre le quitaron la vida a Salvatierra.

¿Cómo hacerlas confesar? Utilizaron el viejo truco de interrogarlas por separado. A cada una le dijeron que la otra la había inculpado. Ana aceptó sin decir nada, solo lloraba. La sorpresa fue Silvia, al decirle que su madre había declarado que ella mató a Salvatierra, volvió a su carita de niña  perdida e inculpó a su madre, pero al decirle que las huellas en la madera le pertenecían, hizo silencio, se crispó su rostro, miró a los detectives con odio y pidió por su abogado.

 

 

Ana salió libre, el juez entendió que no fue culpable  a pesar de mantenerse en silencio y no declarar contra su hija.

Garmendia sintió pena por Ana, el día que abandono la cárcel se acercó a saludarla y  le preguntó:

— ¿Por qué nunca lo denunciaron?

—Silvia tenía miedo, él la tenía amenazada, estaba rodeado de peces gordos de la política y la justicia.

—Lo hubiera abandonado, era  mejor irse en silencio y no desatar semejante discusión  y terminar en una pelea brutal —Garmendia dijo en voz baja—  Silvia no lo amaba, el cráneo hundido, demostró el odió que su hija le tenía.

Ana no respondió, bajó la cabeza y se fue.

 

Al día siguiente era domingo, Garmendia se levantó pasadas la diez, se asomó a la ventana de su dormitorio; llovía fina y suavemente, puso música de Wagner y fue directo a la cocina a prepararse un café, cada día entendía menos la ambición de algunas personas.

Fin.

 

lunes, 9 de octubre de 2023

Olfato.


 

 

 

Desde una mesa en un café de Constitución, una pareja reía, era tanta su diversión que llamó la atención del Detective  Garmendia que tomaba su café con medialunas. Pudo apreciar que evidentemente disfrutaban burlándose de alguien, algunas  palabras llegaron hasta el detective: tonta, ridícula, que buen botín…

Al llegar Carmona, el ayudante de Garmendia, la joven y el señor mayor seguían con su divertida charla. Carmona pidió un café y tomó asiento, al ver a Garmendia interesado en la pareja le hizo un gesto para saber qué sucedía. Por lo bajo el detective le dijo:

—Esos dos no me gustan, hablan muy divertidos de una hazaña que realizaron y creo que no es algo bueno, les escuche decir “que consiguieron una gran ganancia”.

—Vos ves ladrones por todos lados—respondió el ayudante mientras bebía su café.

—Es que no me gustan sus caras, hay algo en ellos que no se explicarte y es más, cuanto más los miro, me parecen conocidos de algún lado, en especial el tipo.

No podía dejar de sentir una mortificante sensación de fastidio, aquellas caras riendo, estaban ironizando a alguien, el hombre denotaba cierta dosis de cretinismo y ella bajo su cara infantil, la soberbia de quien se siente superior.

Carmona comenzó a prestarles atención, ellos llamaron al mozo abonaron su consumición y se retiraron.

—Seguilos —dijo Garmendia.

Carmona dándose prisa bebió el último sorbo, se levantó y guardando distancia  fue tras ellos, en la calle, el viento frío de otoño lo empujó hasta su auto.

Garmendia se acercó a la mesa vacía y se detuvo en cada papel que habían dejado; servilletas, un boleto de tren y un bollo de papel que al estirarlo dejo ver una dirección, no conocía esa calle “Punto cardo” 65.

Al llegar a su oficina busco ayuda en Google, nada encontró, esa dirección no le decía nada. Recordó el boleto de tren: Constitución hasta Gral. Molinos. Rastreo el pueblo y la calle;”Punto cardo” Allí estaba nacía en una plaza y terminaba en la estación de trenes. No conforme con eso, fue a buscar información de estafadores, abrió la pantalla de su notbook, y la ventana correspondiente se abrió; fueron desfilando rostros, la mayoría conocidos. Después de casi una hora descubrió al hombre, se lo veía más joven, pero no había dudas era él, de la joven no halló nada.

Mientras anotaba el nombre, Carmelo Gaite, y una  dirección en San Martín, leyó los antecedentes; ladrón y estafador, desde el año 2008 se lo buscaba por una estafa a un grupo de  jubilados de Brandsen, mientras seguía leyendo el prontuario de Gaite, entró Carmona.

—Están alojados en un hotel de la calle Lavalle. ¿Vos encontraste  algo?

No respondió hizo girar la pantalla y le mostro la cara de Gaite.

Carmona leía y no ocultaba su sonrisa.

—Que olfato tenés, y pensar que creí que ya estabas poniéndote senil…ves una pareja en un bar y ya te parecen mafiosos, ¿cómo haces?

—Los reconozco por el olor —respondió Garmendia.

El detective tomó el teléfono y buscó que lo comunicaran con la policía de Gral. Molinos. Se presentó y preguntó si había sucedido algún robo o estafa en especial a jubilados. La respuesta fue rápida, a jubilados no, pero si a una turista que se hallaba de descanso en el pueblo. Envió la foto de Gaite  y a partir de ahí todo se fue deslizando fácilmente.

La pareja que protagonizo la estafa era un hombre que se hizo pasar por psiquiatra y la mujer joven vestida de religiosa,  habían sugestionado a una mujer con el sonido de un piano y con el cuento del hipnotismo se habían alzado con su dinero y una caja con joyas.

No había dudas eran ellos, partieron rápidos, la alegría les duro poco, cuando llegaron al hotel de la calle Lavalle los pajaritos habían volado.

Tendrían que comenzar de nuevo. Garmendia estaba furioso, abrumadoramente pasaban los segundos, hasta que al fin dijo:

—Si robaron joyas, van a venderlas  en alguna casa de la calle Libertad y el único que compra joyas robadas es Kallman, vamos a verlo.

Kallman negó toda compra, le mostraron una foto de Gaite y juro no conocerlo. Garmendia no se conformó con las respuestas de Kallman, puso vigilancia y  fue a la dirección del estafador en San Martín, seguramente sería la casa familiar y con suerte hubiera regresado al nido. No estaba. El padre, un anciano tembloroso aseguro que hacía años que no lo veía.

Un día después recibieron el llamado de uno de los hombres que vigilaban a Kallman, Gaite estaba en la joyería.

El coche de Garmendia voló hasta llegar a la calle Libertad. Una señorita encantadora los atendió, pero de Kallman y Gaite ni noticias. Sin pedir permiso. Solo con mostrar sus credenciales, salieron por una puerta lateral y siguieron un pasillo hasta el fondo, allí otra joyería se abrió ante sus ojos, varias personas conversaban animadamente, Kallman al verlos cambio de color. Gaite interpretó que algo estaba sucediendo e intento escapar.  El agente que había custodiado el local lo detuvo.

Recuperaron las joyas, Gaite estaba a punto de venderlas cuando Garmendia y Carmona llegaron.

Kallman y Gaite presos. Faltaba la mujercita que se había hecho pasar por monja, no tardaron mucho en hallarla, su compinche  declaró que viajaba a Pinamar con un nuevo incauto al que pensaba estafar.

Llamaron a la mujer a la que habían estafado con la música de piano y el hipnotismo, para que reconociera a los estafadores.

—No hay dudas, son ellos —declaró.

Al ver las alianzas artesanales que pertenecían a su padre, no pudo contener su emoción y confirmó eran de su propiedad, las mismas que le habían robado el mentiroso Dr Garbó y la religiosa con carita de ángel.

 



jueves, 21 de septiembre de 2023

La Madama.



Carmona se acercó al cuerpo que estaba en el piso, resultaba a simple vista una enorme muñeca desarticulada, sin tocarlo y luego de observar unos minutos le dijo a Garmendia:

—La ahorcaron con su fular, pero está llena de moretones, le dieron con ganas.

A los costados varias mujercitas pálidas miraban la escena sin palabras ni lágrimas.

La muerta era la dueña del prostíbulo, “El faro rojo”, una madama rancia y odiosa a la que nadie lloraba.

 

La policía científica se llevó el cuerpo, mientras Carmona hacía preguntas a las chicas, Garmendia daba vueltas buscando algo que ni él sabía que era.

—Quién  encontró el cuerpo —pregunto Carmona.

Una morena muy bonita respondió:

—Yo, salía a acompañar a un cliente y  la vimos en el suelo, pensé en una caída, pero al acercarme vi las marcas en el cuello,  ya no tenía pulso, escuché un auto y corrí a la calle, vi un coche blanco salir derrapando.

— ¿Derrapando?

—Sí a gran velocidad y largando humo…

—¿Y su cliente que dijo?

—Nada, cuando entré estaba parado como un tonto mirando el cadáver y temblando, le tuve que dar algo fuerte y esperar a que se repusiera, parecía un zombi, luego llamé al 911.

 

En otra habitación muy amplia, arreglada  con varios sillones, cortinados y espejos, Garmendia imaginó que sería la sala de espera de los visitantes, se destacaba sobre las paredes las fotos de hermosas chicas, jóvenes y para todos los gustos. Garmendia las fue mirando una por una, de pronto escuchó una voz:

—Todas somos hermosas cuando llegamos, pero en pocos años nadie nos reconoce.

La que hablaba era una mujer rubia, muy delgada y el pesado maquillaje la hacía parecer mayor.

—Soy Nene Solís —dijo mirando  fijo a los ojos del detective.

—¿Cómo era la madama?

–Mala, lo que le ha pasado lo buscó con sus desplantes, alguien se cansó de sus malos modos e insultos… y tomó justicia por sus propias manos, a muchas de las chicas las traía engañadas, llegaban del campo a trabajar en casas de familia, y Maira, por la fuerza las obligaba a quedarse en el prostíbulo —Nene se sentó en uno de los sillones y siguió hablando—le quitaba los documentos, otras veces las dominaba con drogas, algunas creen que Buenos Aires es un lugar de ensueño, pero pronto despiertan y ya es tarde.

—¿Quiénes son las que vinieron obligadas?

—Pregúntele a ellas, ya no tienen miedo, seguro que van a hablar.

Fue Carmona el que  recogió las declaraciones. Las mujeres fueron soltando sus historias, algunas llegaron por su cuenta, otras fueron pescadas por un grupo que tenía la madama a su servicio para esos menesteres, el grupo era una señora mayor a la que llamaban la señora Oribe, que fingía ser una ricachona, necesitada de ayuda en su casona de Buenos Aires y las contrataba como mucamas, pronto las chicas se daban cuenta del engaño y si intentaban escapar, los dos  muchachos integrantes del grupo,  las hacían obedecer, eran unos matones encargados de calmar a golpes a las chicas que se ponían difíciles.

Por el momento necesitaban encontrar al trío, seguramente ellos ya sabían de la muerte de Maite y se habían resguardado en algún  aguantadero.

Las mismas chicas dieron datos y los encontraron en una villa del Gran Buenos Aires. Sin embargo, los datos que aportaron no sirvieron para aclarar el crimen de la madama, ese día, ellos regresaban en micro desde Mar del Plata, casualmente el horario posible del crimen, coincidía con la llegada  a Retiro. Quedaron libres por el momento, pero deberían responder por las denuncias de algunas chicas.

Entre las fotos de las mujeres que se mostraban en el salón de espera, Garmendia pidió a Nene que lo ayudara a reconocer, si todas ellas seguían trabajando  en el “El faro Rojo”.

Garmendia preguntaba nombres, sólo tres ya no figuraban en el  prostíbulo. Dos escaparon juntas y por lo que conocía Nene, vivan en Brasil, comenzaron otra vida  lejos de los burdeles. La tercera, la habían traído del sur engañada. Era castigada continuamente por los matones de Maira, era una rebelde nata, con el último intento de fuga, fueron brutales,  debieron llevarla al hospital, la dejaron abandonada en la puerta del Htal  Fernández y huyeron a toda velocidad, un transeúnte la asistió y entre varios la entraron a la guardia, pero falleció unos días después.

La joven se llamaba Mariela Junco, era de Río Gallegos, ninguno de sus parientes pudo explicar cómo había llegado a Buenos Aires, pensaron que se había escapado con su novio, pero el joven desmintió toda fuga. Lo detuvieron mientras averiguaban sus movimientos desde el día que ella desapareció a la fecha de la denuncia de los padres.

 Las cámaras del aeropuerto demostraron que la jovencita subió a un avión acompañada por una señora mayor, reconocieron a la Oribe y dos acompañantes que las seguían como perritos falderos, ya en la ciudad se perdieron sus rastros. Los padres de mariela no lograban  entender cómo se dejó engañar siendo una chica inteligente y buena. Garmendia sospechaba que la muerte de Mariela y las de Maite y Oribe, una semana después, estaban relacionadas. ¿Pero cómo comprobarlo?

 

 

El detective se encontraba en su oficina cuando unos golpecitos en la puerta anunciaron visitas, era Nene, Estaba furiosa  porque habían clausurado “El farol rojo” y desahogó su enojo con Garmendia que la escuchaba mudo.

—Diga algo, ¿por qué cerraron el salón?

—No fuimos nosotros, es el juez quien ha dado la orden…

—¿Y nosotras qué? Tenemos que trabajar —Nene daba vueltas por la oficina con movimientos nerviosos— diga algo Garmendia, ¿Por  qué?

—Muy simple señora, hay  un crimen y hasta que no se aclare va a permanecer así…

Entró Carmona a paso apurado e interrumpió el enojo de Nene. Casi a los gritos exclamó:

—La  encargada de pescar a jovencitas inexpertas fue encontrada muerta en una casita de la villa “La Cárcova”.

Garmendia y Nene quedaron sin palabras.

—Según declaraciones de los vecinos en esa casa vivía un hermano de la  Oribe, pero él nada pudo aportar, trabajaba en el Correo  y la encontró al llegar a su casa luego de su jornada diaria —así declaró el hermano— sus compañeros confirmaron que no abandonó  en ningún momento sus obligaciones. Su muerte era igual que la de la madama, golpes y ahogo.

 

Los dos crímenes se complicaban y eran pocas las pistas, tanto Garmendia como Carmona  pensaron en las dos chicas que se fueron a Brasil, urgentemente pidieron información  y desde San Pablo las primeras investigaciones recibidas, no ofrecían dudas, las chicas trabajaban en diferentes restaurantes de la zona y desde su llegada, un año atrás, nunca salieron del país vecino.

Las pistas no arrojaban soluciones, pensaron en los padres de Mariela, pero los descartaron eran personas muy mayores, imposible que tuvieran la fuerza para golpear y ahogar a Maite  y a la señora Oribe que eran altas y robustas.

 

La primera pista llegó de la mano de un chico de la villa “La Cárcova”.  Declaró que mientras jugaba en la calle, se acercó un joven  musculoso y le preguntó por la casa del señor Oribe, el que trabaja en el Correo, le dijo. El chico señaló la casa. 

Las primeras calles de entrada a la villa son asfaltadas y tienen cámaras, por ellas descubrieron un hombre joven que caminaba mirando las casas y buscando lo que parecía ser; una dirección.  El joven coincidía  con los datos que había señalado el chico… ¿Pero quién era?

Las mujeres del Burdel fueron las primeras en  reconocer al joven, fue Nene la que ofreció una pista.

—Se parece a Lucas, el hermano de Mariela -----dijo en un susurro.

—Si es él —confirmaron una a una las compañeras.

—Mientras Mariela estuvo internada el hermano, voló a Buenos Aires y se alojó en el “Faro rojo” —dijo otra—es inconfundible, tan alto y musculoso, todas lo conocimos.

Se dio aviso a la policía de Rio Gallegos y el joven fue detenido y trasladado a Buenos Aires.

Lucas confesó que mientras estuvo en la ciudad y alojado en el burdel conoció a la Oribe y las chicas le contaron cuál era su accionar y le dieron su posible dirección, así que fue a la casa con intenciones de vengar a su hermana, cuando llegó la puerta estaba sin llave, entró y encontró a la Oribe muerta. Quedó detenido hasta que se aclarara su situación.

Garmendia daba vueltas en su oficina, se lo notaba nervioso, se acercó al ventanal que reflejaba  la soledad de una siesta de un pesado verano  y dijo entre dientes:

—Estamos en cero  y con dos crímenes.

La voz de Garmendia demostraba la furia que lo ganaba desde las entrañas.

—¿Y de los dos matones qué sabes? —pregunto Carmona.

—Nada.

De pronto, se volvió a Carmona y le dijo:

—Vamos al “El faro rojo” se me ocurrió una idea.

Las calles vacías de un enero caluroso,  les dieron paso sin problemas, media ciudad estaba  de vacaciones.

El local estaba clausurado. Con una ganzúa entraron.

En el costado separado del local, había una puerta  que llevaba al fondo, allí  estaban las piezas de las chicas. Solo Nene y Liliana estaban en la casa. Por ellas Garmendia confirmó lo que le había parecido ver, que el local tenía cámaras sutilmente escondidas en el frente y en el saloncito  de entrada. La mayoría de los burdeles no poseen cámaras para cuidar la privacidad de los clientes.

Con las filmadoras corroboraron lo del auto blanco y rescataron la cara del tipo que lo manejaba, pero ¿quién era?

Los ojos de Nene se llenaron de lágrimas.

—¡Sé quién es ese hijo de puta! —Dijo con furia— Claudio Fuentes Guerra, un mexicano que fue hace mucho tiempo socio de Maira. Fue quien me trajo aquí, primero me enamoró con sus modos y su hablar fino, le creí todas sus patrañas y cuando reaccioné ya estaba dentro de “El farol Rojo”.

—¿Hace mucho que no lo veía?—preguntó Garmendia.

—Si —dijo Nene— tanto que lo creí muerto, Maira ordenó a sus patoteros que lo sacaran de circulación, la escuché dar esa orden y Claudio desapareció del ambiente, la esposa lo vino a buscar creyendo que estaba escondido aquí, lo cierto es que ni la mujer ni nosotras sabíamos dónde estaba, creo que es el único con serios motivos para matar a la madama.

La voz de Nene sonó clara y firme.

—¿Por qué lo dice?

—Nuestra encantadora madama lo dejó en la calle.

Garmendia arqueo las cejas en un gesto de sorpresa, Nene prosiguió:

—Él fue quien puso el dinero para crear este burdel, aparte tenía debilidad con Maite, ella lo manejaba a su antojo, Claudio  traía  dinero del exterior, sus relaciones con un cartel de Colombia y algunos mafiosos de México le daban carta abierta para moverse en  todo el país, Maite lo metió en deudas hasta fundirlo y cuando él  comprendió que lo usaba y se quiso alejar, La madama no se lo permitió y ordenó su muerte. ¿Cómo consiguió escapar a los matones no lo sé?

—Puede que sea cierto y acá aparece la Oribe. ¿Por qué matarla?

—No sé, eso es un tema suyo averiguarlo  Garmendia.

Respondió Nene con una sonrisa burlona.

 

Informaciones desde Colombia dieron por cierto que  Fuentes Guerra entró en ese país en el 2015, por la frontera con Venezuela y de allí se perdió su rastro.  Las autoridades de Colombia y de Brasil sabían de sus salidas  y llegadas a Buenos Aires, pero no dieron aviso a las autoridades Argentinas, lo consideraron sin antecedentes, claro que sus amigos internacionales lo ayudaron.

Garmendia se encontraba en un berenjenal confuso, sin embargo fue Nene quien le brindó una idea importante, buscar a la ex esposa de Guerra, ella no tenía ningún tipo de antecedentes.

Sara Cantero era dueña de una casa de modas y relacionada con la alta sociedad de Buenos Aires. Vigilaron la casa de modas y su domicilio particular. No tardo en aparecer el mexicano.

Por averiguación de antecedentes fue detenido. Negó toda vinculación con Maite, pero al mostrarle el video de su entrada y salida del “El farol rojo” no pudo dar una explicación lógica. La pregunta fue porque había dado muerte a las dos mujeres. Se negó a declarar.

Al investigar sobre el pasado de Guerra, surgió una pareja anterior a la de la actual señora Cantero. De esa relación nació una niña. Luego de varias denuncias por violencia familiar la mujer huyó al sur del país, llevándose a su pequeña. La niña llevaba el apellido de su madre, quien después de unos años la dejo a un matrimonio que la crió como propia.

Las cosas se iban entretejiendo, pero a la vez aclarando; al investigar salió a la luz que esa niña  era Mariela Junco,  hija del mexicano.

Guerra ya en pareja con su nueva mujer, buscó silenciar la presencia de Mariela,  ofreció al matrimonio que la cuidaba dinero suficiente para que vivieran cómodamente y que a la niña no le faltara nada. Mariela sabia su origen y quién era su padre y mantenía contacto telefónico con Guerra, pero no sabía en qué país estaba viviendo.

El odio de Maira por Guerra no se calmó al paso de los años, por el contrario, sabía de su hija y la buscó por cielo y tierra. Al encontrarla mando a la Oribe y a  sus matones a traerla con el embuste de que su padre la necesitaba y que estaba enfermo. Mariela creyó y ese fue su fin.

Antes de morir ella le confesó a su medio hermano Lucas por qué había aceptado viajar a Bs Aires y al ser detenido Lucas confesó lo que Mariela le había relatado.

 

Los crímenes de la Madama y la Oribe tuvieron un mismo motivo; la venganza de Claudio Fuentes Guerra por  la muerte de Mariela Junco, él mafioso amaba a su única hija, hubiera dado su vida por ella y Maite lo sabía, por eso inventó un crimen tan cruel.

La vida de la joven fue nefasta, abandonada por sus padres, encontró la muerte de la forma más trágica a manos de los matones del burdel, quienes fueron condenados a perpetua por el juez a cargo.

—Mi existencia ha sido un desastre desde pequeño, la calle y la droga me convirtieron en un mafioso, sólo Mariela y mi actual mujer han sido lo único puro que me dio la vida, con ellas pensaba retirarme a un pueblo alejado de Italia y disfrutar en paz, pero esa maldita mujer, Maite, no conforme con traicionarme y dejarme en la calle le dio muerte a mi hija —Guerra contuvo el llanto— y tengo soplones que me dijeron que tenía a Sara entre ojos para darle muerte, Maite era una mujer llena de odio y su ladera, la Oribe era igual.

Las declaraciones de Guerra conmovieron al juez y a los fiscales presentes, nadie supo si era un artista o verdaderamente sufrió tanto como dijo.

 

Pero sus conexiones con la mafia están en todos lados,  por eso a nadie asombró demasiado lo que sucedió días después.

 

Guerra escapó de Comodoro Py, cuando era conducido a declarar, nadie de los presentes pudo explicar cómo logró escabullirse de sus guardias y se dispersó entre un grupo de manifestantes.  Un coche blanco lo esperaba y al salir a toda velocidad, aparecieron varios coches mellizos al de Guerra que confundieron a los policías  se dispersaron por varias salidas de la ciudad, solo uno, el verdadero llegó a Rosario y de allí se le perdió la pista.

 

El farol rojo volvió a abrir sus puertas con una nueva Madama; Nene Solís.

A Garmendia y a Carmona les dieron vacaciones por un mes, y con paradero desconocido.

 

 

 

 

 

 

 

martes, 5 de septiembre de 2023

Una dama especial.


 

 

 

 

 

 

Jimena se detuvo frente a una vidriera. Presintió que alguien la miraba, de reojo notó que era un hombre, sospechando un posible avance, se alejó y apuró el paso, entró a una cafetería. Tomó asiento y observó  que ese alguien; se acercaba a ella.

—Hola señorita Jimena. ¿Se acuerda de mí?

Lo miró sin responder. Claro que lo recordaba, era el detective Garmendia.

—Diez años no son tantos, usted luce igual…—dijo él con una sonrisa.

Garmendia había sido el encargado de investigar el robo de las joyas de Emma Smimov, y en el que ella fue la única acusada. Una semana presa, en que agotaron con preguntas a su anciano padre, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Dieron vuelta su casa, investigaron su cuenta bancaria, la hallaron tan flaca que no ofrecía dudas; era una dama de compañía más pobre que una laucha.

Garmendia sonreía, le dijo:

—Puedo sentarme. La invito a un café.

Jimena asintió con un gesto, sin bajar los ojos, fijos en los  del detective.

Garmendia hizo un gesto al mozo y volvió a sonreír.

—¿Qué es de su vida señorita Jimena?

—¿Qué quiere saber? Trabajo, soy empleada en una empresa.

—¿De joyas?

La rabia le sonrojó las mejillas.

—Usted siempre tan irónico Garmendia, cuando se va a convencer que yo no robé esas joyas y que esa historia de la bisabuela rusa que fue amante del Zar Nicolás, es una novela cursi que inventó la vieja Emma.

Quedaron en silencio al acercarse el mozo. Jimena doblaba la servilleta y miraba por el ventanal los rayos del sol que jugaban entre las ramas de los árboles. De pronto, dijo:

—Seguramente la vieja, las guardó en la caja de seguridad de algún banco y lo olvido.

—Eso lo investigamos y no encontramos cajas a su nombre, sus hijas se encargaron de recorrer bancos y nada encontraron.

Jimena frunció la boca y dijo:

—¡Sus hijas! Dos picaras interesadas.

El silencio entre los dos se cubrió de cerrojos con olor a secreto, a años de rabia contenida entre ellos. Garmendia la observaba esperando el pequeño indició de  de temor.

—¿Y ahora que busca detective, el caso fue un hurto, ya debe haber vencido y usted sigue buscando un culpable en la persona equivocada.

—No Jimena, es verdad que he seguido este caso por años y esa búsqueda dio resultado; hace poco encontramos en una joyería de la calle Libertad  los rubíes que estaban montados en una de las pulseras que denunció la señora Emma.

Ella lo miró burlona.

—¡Mire qué bueno! Ya tiene una pista, algo tarde pero es un inició de una nueva investigación. ¿Cómo puede estar seguro de que son los  rubíes de aquella pulsera?

El detective inclinó la cabeza y siguió hablando:.

—Para eso están los especialistas. Los rubíes fueron vendidos en Uruguay y el comprador los trajo a la Argentina.

Jimena no pudo evitar la inquietud de sus manos y se movía de un lado a otro en su asiento. El detective prosiguió:

—Y los detalles de la mujer que los vendió dan justo con sus datos, morena, alta, de unos treinta y cinco años y con el tatuaje de una rosa en la mano derecha. ¿Qué casualidad, no le parece?

Jimena no lograba controlarse, cruzaba y descruzaba las piernas, intentó ponerse de pie y Garmendia le dijo:

—Siéntese, no pienso  reabrir el caso, ya estoy retirado y solo tengo curiosidad, ¿de qué forma sacó las joyas sin que Emma se diera cuenta y dónde las escondió?

—¿Su orgullo de detective que se las sabe todas esta herido verdad?

—Si, es verdad, no puedo entender que un caso tan simple se me fuera de las manos. ¿Y dónde están las demás joyas?

Jimena se puso de pie y dijo:

—Pronto va a tener noticias mías, hoy no, estoy apurada. ¿Su email sigue siendo el mismo?

Él asintió con un gesto y la miró marcharse, Jimena había dejado el café sin tocar sobre la mesa y a Garmendia con una rabia que le brotaba en chispas por los ojos.

Meses después el detective recibió un email que decía:

 

 “Garmendia: Estoy fuera del país y lejos de sus garras. La señora Emma Smimov era mucho más inteligente de lo que aparentaba, tras su sonrisa tímida e inocente y su tartamudeo que también era fingido, se escondía una mujer de gran imaginación. Ella preparó el robo al enterarse que sus hijas viajaban a Buenos Aires, después de cinco años de permanencia en Portugal y que en ese tiempo nunca la habían visitado, ni escrito una carta; regresaban, con la única idea de llevarse las joyas y venderlas a un coleccionista ruso. Emma, no lograba entender que para sus hijas lo único importante fuera el valor de esas joyas que eran su tesoro y su recuerdo de otro mundo lejano del que su abuela le había hablado tantas veces en su niñez.  En ningún momento, sus hijas, pensaron en acompañarla, venían a llevarse las joyas,  porque a ellas les correspondían por herencia y derecho, esas fueron sus palabras. A partir de esa conversación la vieja no dormía, la angustia la mantenía insomne.

Tal vez fue el desencanto y la rabia acumulada, lo que le provocó el infarto. Ella  fue internada y en una de esas noches mientras la cuidaba, me dijo que ya había ideado, cómo debía sacar las joyas de un entrepiso falso en un mueble de su dormitorio, ella conocía mis graves problemas económicos, en ese momento mi padre estaba con serios problemas de salud y Emma consideró que ese dinero me hacía falta, mucho más que a sus hijas, sería una forma de burlarse de ellas y de su egoísmo. Usted se preguntará: ¿Por qué no las hallaron en las requisas que realizaron en mi casa? Los barrotes de mi cama eran huecos, allí puse el tesoro ruso. Ya sabe la verdad, espero que pueda dormir tranquilo. ¿No se esperaba este final verdad Garmendia? Usted que siempre fue cazador, esta vez fue cazado.  

Cariños.

Jimena”.

La carcajada de Garmendia escapó escandalosa por la ventana y no sorprendió a sus vecinos que desde hacía tiempo pensaban que el detective era un tipo muy raro y algo loco.