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lunes, 22 de enero de 2024

La muerte del pintor.


La mujer policía, me tomó del brazo y dijo con voz ronca:

—Vamos a dar un paseo,  Martínez.

Pasamos a una oficina, ella firmó algunos  papeles, me esposó y salimos. Se nos acercó una agente de civil, subimos con ella  a un móvil policial y vi que otro nos seguía de cerca. El día radiante me abrazó y el calor del sol me besó en la cara.

La calle era una marea de personas y árboles que caminaban apurados, tal vez de pura costumbre  y bocinazos, muchos bocinazos.

Llegamos a una casa antigua. La policía  no me soltaba el brazo, cruzamos  un pasillo de baldosas acanaladas, tan viejas que el  color se había fugado con los años y el sol.

Entramos a  un salón amplio, un escalofrío me recorrió la espalda, dos señores y una mujer nos esperaban. Uno de ellos se adelantó, destacando su  figura imponente.

—Soy el fiscal Malabia  —dijo.

Señaló a la mujer y al otro hombre.

—La doctora French,  y el detective Garmendia.

Ellos no hablaron, ni  sonrieron,  recibí de sus ojos  una caricia fría como un témpano.

—¿Reconoce la casa Martínez? —preguntó el detective, un tic en el ojo derecho le daba un gesto burlón.

Negué con la cabeza. La policía  que me llevaba del brazo me soltó, pero no me quitó las esposas. El fiscal me dijo  que recorriera la casa. Atravesé una puerta, era la cocina.  Había desorden,  platos con restos de comida en la pileta. La mesada cubierta de servilletas y botellas.

—¿Qué le parece? —preguntó la doctora French.

—Me da asco —respondí.

Intenté salir y el fiscal cerraba con su amplia figura la puerta. Se corrió.

Subí al primer piso, ellos detrás.  Entré  a un dormitorio.

—Observe  Martínez —dijo French— ¿Reconoce algo?

Garmendia  no me quitaba los ojos de encima.

Al piso de madera lo cubría un polvo gris y sobre la cómoda una sucesión de frascos se amontonaba sin orden. La cama deshecha  dejaba imaginar que alguien había vivido una pesadilla entre sus sábanas, una almohada asomaba por debajo del lecho. En la pared de la cabecera, la pintura de una mujer  desnuda, recostada en un sillón,  sonreía,  ofreciendo  su morena belleza a los ojos de los visitantes. A un costado, otro desnudo, esta vez  una mujer rubia, de espaldas y  junto a una ventana.

—Esa mujer es usted Martínez. —afirmó el fiscal señalando la segunda pintura.

Lo miré incómoda  y pregunté fastidiada:

—¿Qué dice?

—Esa pintura de la mujer frente a la ventana; es usted.

—Esa no soy yo. ¿Usted me vio alguna vez desnuda y de espalda,  para afirmar que soy yo?

Las policías sonrieron y Garmendia miró para otro lado. La doctora French exclamó:

—No sea  soberbia Martínez que no está en posición de serlo. Esa mujer tiene su altura,  el mismo corte y color de cabello  y la contextura física es igual y no se olvide de que uno de los vecinos la vio entrar  en el mismo horario que los forenses calculan la muerte de Petriel.

Volví a mirar detenidamente el cuadro.

—Doctora, esa mujer tiene caderas más  redondeadas que las mías, digamos que hasta tiene algunos kilos más y hay otro detalle…

Hice silencio para crear expectativa. Todos me miraron.

—Yo no sé quién era Hans Petriel, lo conocía de vista ya que vivo a dos casas de aquí.  Por lo que puedo observar era muy buen pintor.  La rosa en el pelo de la mujer morena es tan real que se reconoce el terciopelo de los pétalos. ¿Usted cree que un pintor tan observador dejaría olvidado un detalle importante?   

—¿Qué quiere decir? —exclamó el fiscal que  comenzaba a moverse muy inquieto.

—Debajo de mi cintura del lado derecho tengo dos lunares muy  visibles… ¿Si yo soy esa mujer, por qué Hans Petriel no los pintó? Ustedes se han dejado llevar por el comentario de un viejo aburrido que vive imaginando  y hablando mal del vecindario. Nunca he tenido trato con el señor de esta casa, ni sé quién lo mató.

La doctora French se acercó, me levantó la camisa y bajó la cintura del pantalón. Como dos monedas  pequeñas, aparecieron los lunares.

 

Días después el detective Garmendia pidió hablar conmigo en la hora de visita. Me recibió en una pequeña oficina, sentado frente a un escritorio, jugaba con una lapicera, me dijo:

—Va a quedar en libertad señorita Martínez, no tenemos pruebas en su contra, sólo las palabras del anciano. El fiscal comprobó que a la hora en que él la vio entrar; ya era de noche y que el hombre  tiene mala visión. Cualquier abogado defensor tiraría nuestra hipótesis por el suelo. Va a quedar libre  Martínez, pero un pálpito me dice que fue usted. La delató su gesto al mirar la cama en desorden, su cara se crispó y volvió a hacerlo al mirar la pintura de la cabecera, usted sabia que esa mujer morena era la esposa de Petriel —se puso de pie y dijo— No me voy a quedar tranquilo, siempre alguna prueba surge en el lugar menos esperado;  ese día iré a buscarla, estoy  seguro de que fue usted.

No dijo una palabra más, su ojo derecho me saludó con su guiño burlón y se fue.

Dos semanas más tarde regresé a mi  hogar.

La casa me resultaba enorme; varios meses  lejos de mis rincones, de mis libros, hasta de las plantas, la mayoría se habían secado  y todo por el comentario de un octogenario que sólo sabía espiar detrás de los visillos. La policía científica había dado vuelta  mi casa, gracias a Dios no revisaron dentro de la chimenea.

Desde un hueco interior quité la caja de madera, la abrí, una a una las cartas temblaron en mis manos. Encendí  el fuego y las fui reduciendo a cenizas.  De un sobre, cayó una foto de Hans sonriente.  En la blanca hoja, su letra de garabato me decía: “No me mandes e-mail, ni me visites, cualquier detalle puede hacer que los conflictos con mi ex mujer se agraven, ella vigila mis mínimos movimientos.”  Sonreí, nuestros encuentros  terminaban siempre en algún hotel perdido, era  temeroso  de que alguien lo reconociera. Miré la imagen y como una loca  le hablé a la foto:

“Aquel día fui por primera vez a tu casa, necesitaba explicaciones, te había visto pasar abrazado con tu ex y me habías jurado que nada había entre ustedes, fue otra de tus mentiras. Esperé la noche. La puerta estaba sin llave, entré y te sorprendiste al verme. Me pediste que me fuera, no me dejabas hablar. Mañana nos encontramos en el barcito frente al río, me convenciste. Al llegar a la puerta una  duda me hizo coquillas en la piel. Había nerviosismo en tus ojos y mirabas con insistencia al piso superior, imaginé que allí estaba ella. Subí. En el dormitorio encontré una nueva sorpresa, no era tu ex; era otra, una desconocida.  Dormía profundamente, tan bella y tan joven que sentí pena por ella y por mí. Respiré hondo e intenté bajar la escalera, te pusiste delante diciendo que debíamos hablar, que las cosas no eran como yo las veía. Rabiosa de celos, y sin rumiar las consecuencias, te empujé. Caíste de espaldas por la escalera, en el descanso tu cuerpo dio una vuelta y rodó hasta el primer escalón,  con tal mala suerte que tu cabeza se estrelló contra la maceta.  Escapé”.

Recordé a Garmendia y sus palabras que sonaron como una amenaza, no me extrañaría verlo aparecer  el día menos esperado.

Arrojé la última carta y la foto, vi como tú cara se distorsionaba al calor de las llamas.

 “Adiós mi querido amor. Eras un perfecto mentiroso y un gran pintor; sin embargo, tu error en aquel  lienzo en el  que me  pintaste de  memoria me salvó la vida.”

Me acerqué a la ventana, la cerré, del río comenzaba a llegar un viento helado.

 

 

 

 



martes, 26 de diciembre de 2023

El crimen perfecto.


 


 

 

Los viernes era el día de encuentro, Garmendia, sus  amigos y las partidas  de póker en un antiguo bar de la calle Guardia Vieja, solían extenderse hasta altas horas de la noche.

Un viernes varios de ellos se retiraron temprano. Domínguez, Bertola, y Garmendia, siguieron la charla. Alguien  preguntó:

—¿Existe el crimen perfecto?

Todos miraron a Garmendia, que se encogió de hombros.

—Creo que no, pero muchas veces los asesinos reciben  ayuda  de nuestra impericia o de la suerte — Se sirvió un Whisky, era el primero que bebía esa noche—. Hace muchos años debí investigar el asesinato de una artista plástica: Eugenia Molinos Ruiz. La autopsia demostró que la habían liquidado con  cianuro  Era viuda, vivía sola, su secretaria, Carina, era  su mano derecha, la joven  llegaba por la mañana y se retiraba muy tarde, era casi una esclava de su trabajo, o mejor dicho de la señora Molinos Ruiz.  Durante  la última semana de su vida, Eugenia, no se sintió bien, pero no consultó al médico, pensó que era algo pasajero.  —Garmendia hizo silencio para darle mayor interés a la historia, sus amigos prestaban atención—.Su amigo íntimo y abogado Sánchez Bordón estaba de viaje, al regresar fue a visitarla,  la encontró muerta. Eugenia no había sido una persona querida,  muchos  podrían ser sus potenciales asesinos. Había que investigar.

Me toco el caso y en la investigación salió a la luz la muerte de su hijastra Marcela.

Meses antes, la joven había fallecido en un accidente callejero demasiado evidente, para ser casual, un camión subió a la vereda y atropelló a la chica, la dejo medio muerta y desapareció, un transeúnte que pasaba vio lo sucedido y comprobó que el vehículo no tenía patente ni  identificación. Los amigos de la chica,  conocedores del malestar que había entre Marcela y su madrasta, la señalaron. No se investigó. Hubo muchos comentarios y ninguna prueba, solo el caminante que vio la situación y que declaró en el momento y no dejó sus datos, o no se los tomaron… como ven otro caso turbio, sin resolver, la señora Eugenia tenía demasiados amigos  en la politica.

—¿Quiere decir que fueron dos crímenes perfectos? —sentenció el loco Domínguez— Eugenia y la hijastra.

—Sí. Yo diría que uno motivo al otro. En el de la hijastra, las vinculaciones de Eugenia,  y la falta de pruebas, hicieron que el caso se archivara muy rápido. Siempre creí que ese fue el motivo de la muerte de Eugenia. Alguien tomó  justicia por mano propia.

Bertola se reclinó en la silla y preguntó.

—No sospechaste de alguien en especial.

—Sí. Pero no encontré pruebas. Había sido alguien que tenía debilidad por la hijastra de Eugenia.

—¿Debilidad?

—Alguien que estaba  enamorada de Marcela.

Los ojos de todos se abrieron. Domínguez se sirvió otro Whisky y Bertola, sonriendo maliciosamente exclamó:

—¿Enamorada?

Garmendia asintió.

—Las tortas son bravas cuando se enloquecen con alguna fulana—agregó Bertola.

—No hables de más —dijo Garmendia— Marcela no era torta y Carina la secretaria… es una mujer muy digna.

Bertola hizo silencio.

—¿Por qué los amigos de Marcela señalaron a la madrastra como culpable? —Preguntó Domínguez.

—La chica les había contado que su madrastra la había amenazado, quería hacerle firmar ciertos documentos y ella se negó. Eugenia administraba toda la herencia que el finado padre había dejado a su hija, casi media provincia de Entre Ríos, pertenecía a la joven. Estaba próxima a cumplir veintiún años, momento en que heredaría, no sólo esas tierras, también varios departamentos en Punta del Este. Al morir Marcela, una cláusula del testamento, declaraba que toda la fortuna pasaría a Eugenia.

—¡Que hija de perra!  —La voz de Bertola se elevó con furia— la mató por  la herencia…

Garmendia asintió con la cabeza, terminó su bebida y se puso de pie.

—Bueno yo me voy, son  las tres de la mañana, mi mujer debe estar echa una furia.

Se fueron retirando, al llegar a la puerta de calle, Domínguez  le dijo a Garmendia:

—¿Te llevó hasta tu casa? —le agradeció y subió al auto. Viajaban  en silencio.

De pronto Domínguez preguntó:

—¿Seguro que no encontraste pruebas del crimen?

Pedro lo miró como si un resorte lo hubiera hecho saltar. Le había caído mal la forma que sonó la pregunta, había una ironía en la voz, no respondió. Domínguez  insistió:

—Vos sos un tipo muy ducho en investigaciones, algo debes haber visto o sospechado.

Pedro Garmendia se mantuvo en silencio.

De pronto, largando las palabras como si fueran gotas, dijo.

—Eugenia Molinos Ruiz fue muy mala persona. Le cagó la vida a una piba que lo único malo que hizo, fue nacer rica —se pasó la mano por la cabeza,  estaba nervioso—  en uno de los cajones del taller de Eugenia,  encontré varios frascos con medicinas, averiguando con su abogado..---- me enteré que la señora era una hipocondríaca. Hasta ahí, era casi normal. La que compraba las medicinas era Carina, la secretaria, ella tenía llave de ese cajón, aparte de  Eugenia, y la única que podría haber colocado el cianuro. Revisamos los frascos y nada hallamos.

Domínguez  escuchaba en silencio la confesión de Garmendia. Casi ni respiraba para no interrumpirlo. La ruta era una seda oscura y silenciosa. Conducía sin apuro.

—Llamé a Carina, la invité a tomar un café, y le pedí hablar del caso —dijo Garmendia—  no tenía pruebas pero todas las conjeturas me llevaban a ella. Nos encontramos días después en un café de la Avenida de mayo y la encaré. Ella escuchó, sonrió tristemente y me respondió: ¿Qué quiere que me acuse yo misma?

—No. Tampoco la voy a acusar, no tengo pruebas. Esa semana, usted no estuvo en la casa. Simplemente para que mi ego de investigador no se resienta, le pregunto: ¿Cómo lo hizo?

Asintió bajando la cabeza, no lloró, creí que iba a hacerlo, bebió su café y taza mediante, hablamos.

—Eugenia era de esas personas que siempre estaba enferma, creo que su maldad se expresaba con dolores. Siempre tomaba gotas de Belladona, que es usada para muchos problemas orgánicos, entre ellos los dolores estomacales. Tomé  el frasco de Belladona, lo vacíe a la mitad y coloqué el  cianuro. Durante esa semana no me presenté a trabajar alegando que estaba con fiebre y un resfrío muy fuerte, Eugenia por miedo a que la contagiara, recuerde que era hipocondriaca, me rogó que no vaya a trabajar. Ella tomaba la belladona como si fuera agua. Cuando llegó el abogado y la encontró muerta, me llamó inmediatamente. Llegué al momento que él  se comunicaba con  ustedes, quité el frasco del cajón, lo guardé en mi cartera y limpié con cuidado todos los detalles.

—¿Cómo  consiguió el veneno?

—Detective, tengo muchos amigas trabajando en laboratorios químicos, con dinero todo se consigue, el silencio también. En algún momento Eugenia se iba  a sentir mal, se quejaba continuamente de dolor de estómago. Era seguro que usaría la Belladona.  Nunca llamaba al médico, se recetaba sola,  pensé que con tres o cuatro tomas bastaría para sacarla de circulación. Lo que hizo con Marcela fue  un crimen y nadie lo investigò. No sé quién fue el sicario, sólo sé que la dejaron tirada como una muñeca rota en medio de la calle.  Ella era un ángel, el ser más puro y bello que he conocido y esa bruja maldita le quitó la vida de puro ambiciosa —no pudo contenerse y se largó a llorar, era inconsolable. No se llora así por una simple amiga—  Y ustedes, los policías taparon todo. Nada se investigó. La señora Eugenia fue beneficiada por algún político importante, quien hizo cerrar  el caso bajo el rotulo: accidente callejero —me miró desafiante— Si quiere denunciarme, hágalo, pero no tiene pruebas, voy a negar todo. Ya tendré bastante condena con  mi conciencia.

La miré irse, arrebujada en su tapado, caminaba con la cabeza gacha, era la imagen de la desolación.

—¿La denunciaste? —preguntó Domínguez.

—No, ¿con qué pruebas?  Cómo vez, crimen perfecto no fueron ninguno de los dos,  uno recibió su castigo porque fue encubierto, el otro, fue crimen sin castigo, pero no perfecto.

 



 

martes, 31 de octubre de 2023

Carita de ángel.

 


A pesar de sus lágrimas y su cara enrojecida, no le creía. Sumaba palabras sin sentido y frases entrecortadas, eso bastaba para convencerlo de que no decía la verdad.

Garmendia le explicó que por el momento iba a quedar detenida, hasta que se esclareciera su situación. Ella cambió la mirada, crispó  su rostro y demostró una furia que hasta ese momento había sabido disimular con su llanto.

Una mujer policía la llevó de nuevo a su celda  y Carmona, que había quedado en un costado sin decir palabra, se acercó y le dijo:

—No te convence la minita… ¿no?

—Hay algo que resulta dudoso, pero todavía no encontré el hilo, que me lleve a la verdad, tal vez estoy equivocado.

—Me pasa igual, es como si detrás de esa carita de nena asustada, existiera otra, la misma que te miró con odio cuando le dijiste que quedaba adentro.

 

Cada vez que Garmendia se encontraba en un caso que no lograba convencerlo  con los primeros detalles, solía  dar vueltas en la oficina, como si en esas vueltas  encontrara una solución. Carmona guardó silencio, sabía que en esos momentos lo mejor era no molestarlo.

Al ver que se sentaba en su desvencijado sillón, le dijo:

—Ella llamó al 911 y fui el primero en llegar con la oficial García, que quedó en la puerta  esperando a los compañeros. Carita de ángel estaba de pie frente al cuerpo, lo observaba concentrada,  no se dio cuenta de mi presencia, había odio en sus ojos,  al verme cambió y se largó a llorar.

Garmendia  volvió a dar  vueltas, cada tanto se detenía y miraba por la ventana, en un momento se detuvo y preguntó::

—¿Quién te abrió la puerta?

—Una mujer  que creo es la hermana, digo yo, se le parece, cuando quise hablar con las dos, fue ella la que dijo que no, que después,  y se encerraron en una habitación, en eso llegaron los de la científica, dejé que ellos actuaran y en ese instante llegaste vos, y ya sabes qué paso, la minita con carita de ángel, se acercó y comenzó a gritar, parecía poseída….

—¿Te pareció  una actuación?

—Sí.

—A mi también…

Garmendia fue repasando los detalles de lo poco que la muchacha logro decirle. “Él se llamaba Gastón Salvatierra, era mi novio,  era bueno, pero cuando bebía cambiaba, se volvía un loco, rompía cosas, me golpeaba, después cuando dormía la mona se levantaba como si nada, era otro hombre,  yo me cansé de esa vida y le dije que quería terminar con él, eso lo puso loco, discutimos y me quiso pegar,  intenté escapar a la calle, me agarró del brazo y tironeamos, estábamos al borde de la escalera yo me  solté y  bajé los escalones a los saltos, me siguió y ya no sé bien qué pasó al intentar abrir la puerta me pegó en la cabeza con el puño,  quede atontada, me alejé y recuerdo que le tiré lo que encontré a mano, creo que fue un florero, lo esquivó y al empujarme contra un mueble le arrojé un caballito de bronce que le dio en la cara y trastabillo para atrás, no recuerdo más.”

Esa declaración no aclaraba nada, el golpe en la cara no fue el motivo de la muerte de Salvatierra, algo estaba ocultando carita de ángel.

Trataron de averiguar en el barrio y solo dos personas se animaron a hablar, contaron  que las peleas eran continuas y los gritos e insultos también, los demás vecinos; no sabían nada.

Garmendia fue a ver a la hermana de Silvia, ese era el nombre de carita de ángel.

Vivía a pocas cuadras, no lo recibió de buen ánimo, fue hosca y sus ojeras daban la sensación de que había pasado una mala noche.

 Lo hizo pasar a la cocina, un pequeño ambiente, una mesa y dos sillas, se sentaron.

Sin preámbulos Garmendia dijo:

—No me convence la historia de la caída y muerte de Salvatierra…

—Qué quiere qué le diga, ese desgraciado se mató  al caer y golpear con la mesa ratona.

—¿Puede relatar detalladamente que sucedió?

El detective la observaba, ella retorcía sus manos en una inquietud constante.  Garmendia no perdía detalles de los gestos de la mujer.

Ella fue repitiendo los mismos pormenores y palabras de Carita de ángel.

—¿Está segura qué eso fue lo que pasó?

—¡Claro que estoy segura!

Respondió  gritando.

Garmendia no hizo más preguntas. Ella quedó sentada y él fue recorriendo la casa y observando los detalles. Muchas fotos de Silvia y Ana, en la playa, en Mendoza, en todas la hermana mayor, se veía siempre igual mientras que Silvia se veía pequeña, en otras adolecente, pero en todas las fotos; solas.  Eso llamó su atención.

—Usted le lleva varios años a su hermana. ¿Cuántos? —preguntó Garmendia.

—Catorce años, ¿y eso que tiene que ver? —se notaba inquieta.

—Curiosidad Ana, simple curiosidad… ¿Cómo se conocieron Salvatierra y Silvia?

—Creo que en un recital,  él era mucho mayor y la deslumbró con su lujo y la ostentación de dinero,  le daba todos los caprichos, pero era un alcohólico empedernido, Muchas veces  le dije a Silvia que no era hombre para ella, pero no me hacía caso, estaba embelesada con la ropa cara y el ambiente de lujo en el que vivían.

Al retirarse Garmendia notó el disimulado suspiro de alivio de Ana.

 

El detective se dirigió a su oficina, algo fluía  cerca de Ana, que no lograba identificar, era una mezcla de tristeza, dolor y cuando hablaba parecía que se iba a largar a llorar en cualquier momento.

 

Carmona lo esperaba con una novedad, al revisar los papeles de Silvia descubrió que era hija de Ana, no su hermana. La llamada del forense cortó la conversación.  Garmendia escuchaba sin decir palabra, hasta que preguntó:

—¿Es seguro lo que me decís? Semejante novedad puede cambiar la caratula del caso…

Colgó y le pidió a Carmona que trajera a Silvia. Carita de ángel repitió la misma declaración, era un libreto estudiado de memoria, entre Ana y ella. No había dudas, habían estudiado  que respuestas dar.

 

Los detectives regresaron a la casa de Salvatierra, Carmona  buscaba cada detalle del salón dónde encontraron  el cuerpo. No sabía  qué, pero algo en esa habitación era muy importante y debía descubrirlo.  Subió al dormitorio, la magnificencia era insultante, en el vestidor la ropa  estaba separada por colores y los zapatos en un armario se contaban por docenas. Era claro que carita de ángel se sintió enamorada de tanto lujo, aunque el que se lo proporcionara fuera un bruto ordinario. Dieron vuelta la casa y nada encontraron.

Garmendia se dejó caer en un sillón del living y abriendo los brazos en un gesto de impotencia exclamó:

—No puede ser que no haya nada que pruebe lo que dijo el forense, un cuerpo pesado le reventó la cabeza a Salvatierra. ¿Pero dónde está?

Nada encontraron. Salieron de la casa con rabia, Garmendia estaba seguro que en ese lujo inmenso estaba oculta la prueba, pero no la habían descubierto ninguno de los dos.

 

La orden del juez de dejar en libertad a Carita de ángel llegó una semana después, no había pruebas y el abogado había logrado previo deposito de una buena cantidad de dinero que la joven quedara libre. Salvatierra desde el más allá seguía con su dinero protegiendo a Silvia.

Garmendia no olvidó el caso, siguió de cerca la vida de Silvia, la joven quedó en la casa de Salvatierra dueña y señora de un lujo que no le pertenecía, pero que amaba.

Después de unos meses el detective regresó a visitarla, lo atendió una mucama que lo hizo pasar con solo mostrar sus credenciales. Silvia apareció, tan elegante que no parecía la misma joven  que había conocido. En poco tiempo Carita de ángel había reformado el salón, el detective no pudo dejar asombrarse por la belleza y el buen gusto que reinaba en cada detalle. Silvia lo miraba expectante mientras él recorría el ambiente, sin meditarlo demasiado Garmendia fue directo a la cocina.

—Oiga, adónde va —alzó la voz Silvia.

—A ver los cambios de la cocina.

Allí no había cambios.

¿O sí? Algo faltaba.

De pronto Garmendia pegó un respingo. El adorno en la pared no estaba. ¿Qué era? Trató de recordar.

—Con qué derecho revisa mi casa —la voz chillona de Silvia se elevaba como un grito— Estoy libre, usted no tiene nada que hacer acá.

La cabeza de Garmendia intentaba recordar, ignorando los gritos de Silvia. Como en una fotografía regresó la imagen. En la pared azul había un palo de amasar de madera maciza, sostenido por dos ganchos blancos igual que el palo. Resaltaba el blanco sobre el azul, por eso recordó.

—¿Dónde está el adorno que estaba en esta pared?

—No sé de qué habla —Silvia se retorcía las manos, había perdido su aplomo— voy a llamar a mi abogado.

Garmendia que en su interior estaba satisfecho, se sentó en el sillón y llamó a Carmona.

El abogado llegó junto con Carmona, que traía una orden de registro.

Buscaron el adorno y nada hallaron. Carmona preguntó a la mucama:

—¿Qué hicieron con los muebles que sacaron por la reformas?

La joven los guío hasta un galpón en la parte de atrás del parque. Allí encontraron  de todo menos lo que buscaban, Garmendia estaba seguro que ese palo de amasar era la clave que necesitaba para condenar a Silvia o a la madre. La mucama seguía de pie vigilando los movimientos de los detectives. Garmendia estaba furioso viendo que nada encontraban, al fin preguntó:

—Señorita buscamos un adorno que estaba en la cocina sobre la pared….

—¿El palo de amasar?

Garmendia y Carmona agrandaron los ojos, respondieron al unisonó:

—¡Sí!

Entre asustada y sorprendida la mucama dijo:

—La señora me mandó tirarlo, pero era tan bonito que sin que ella supiera me lo llevé. Garmendia le dio un beso en la frente a la sorprendida joven y le dijo:

—Vamos a su casa.

 

Tras los análisis de la policía científica se encontraron manchas de sangre en la madera.

Nuevamente fue detenida carita de ángel, esta vez no había escapatoria. Ella o su madre le quitaron la vida a Salvatierra.

¿Cómo hacerlas confesar? Utilizaron el viejo truco de interrogarlas por separado. A cada una le dijeron que la otra la había inculpado. Ana aceptó sin decir nada, solo lloraba. La sorpresa fue Silvia, al decirle que su madre había declarado que ella mató a Salvatierra, volvió a su carita de niña  perdida e inculpó a su madre, pero al decirle que las huellas en la madera le pertenecían, hizo silencio, se crispó su rostro, miró a los detectives con odio y pidió por su abogado.

 

 

Ana salió libre, el juez entendió que no fue culpable  a pesar de mantenerse en silencio y no declarar contra su hija.

Garmendia sintió pena por Ana, el día que abandono la cárcel se acercó a saludarla y  le preguntó:

— ¿Por qué nunca lo denunciaron?

—Silvia tenía miedo, él la tenía amenazada, estaba rodeado de peces gordos de la política y la justicia.

—Lo hubiera abandonado, era  mejor irse en silencio y no desatar semejante discusión  y terminar en una pelea brutal —Garmendia dijo en voz baja—  Silvia no lo amaba, el cráneo hundido, demostró el odió que su hija le tenía.

Ana no respondió, bajó la cabeza y se fue.

 

Al día siguiente era domingo, Garmendia se levantó pasadas la diez, se asomó a la ventana de su dormitorio; llovía fina y suavemente, puso música de Wagner y fue directo a la cocina a prepararse un café, cada día entendía menos la ambición de algunas personas.

Fin.

 

lunes, 9 de octubre de 2023

Olfato.


 

 

 

Desde una mesa en un café de Constitución, una pareja reía, era tanta su diversión que llamó la atención del Detective  Garmendia que tomaba su café con medialunas. Pudo apreciar que evidentemente disfrutaban burlándose de alguien, algunas  palabras llegaron hasta el detective: tonta, ridícula, que buen botín…

Al llegar Carmona, el ayudante de Garmendia, la joven y el señor mayor seguían con su divertida charla. Carmona pidió un café y tomó asiento, al ver a Garmendia interesado en la pareja le hizo un gesto para saber qué sucedía. Por lo bajo el detective le dijo:

—Esos dos no me gustan, hablan muy divertidos de una hazaña que realizaron y creo que no es algo bueno, les escuche decir “que consiguieron una gran ganancia”.

—Vos ves ladrones por todos lados—respondió el ayudante mientras bebía su café.

—Es que no me gustan sus caras, hay algo en ellos que no se explicarte y es más, cuanto más los miro, me parecen conocidos de algún lado, en especial el tipo.

No podía dejar de sentir una mortificante sensación de fastidio, aquellas caras riendo, estaban ironizando a alguien, el hombre denotaba cierta dosis de cretinismo y ella bajo su cara infantil, la soberbia de quien se siente superior.

Carmona comenzó a prestarles atención, ellos llamaron al mozo abonaron su consumición y se retiraron.

—Seguilos —dijo Garmendia.

Carmona dándose prisa bebió el último sorbo, se levantó y guardando distancia  fue tras ellos, en la calle, el viento frío de otoño lo empujó hasta su auto.

Garmendia se acercó a la mesa vacía y se detuvo en cada papel que habían dejado; servilletas, un boleto de tren y un bollo de papel que al estirarlo dejo ver una dirección, no conocía esa calle “Punto cardo” 65.

Al llegar a su oficina busco ayuda en Google, nada encontró, esa dirección no le decía nada. Recordó el boleto de tren: Constitución hasta Gral. Molinos. Rastreo el pueblo y la calle;”Punto cardo” Allí estaba nacía en una plaza y terminaba en la estación de trenes. No conforme con eso, fue a buscar información de estafadores, abrió la pantalla de su notbook, y la ventana correspondiente se abrió; fueron desfilando rostros, la mayoría conocidos. Después de casi una hora descubrió al hombre, se lo veía más joven, pero no había dudas era él, de la joven no halló nada.

Mientras anotaba el nombre, Carmelo Gaite, y una  dirección en San Martín, leyó los antecedentes; ladrón y estafador, desde el año 2008 se lo buscaba por una estafa a un grupo de  jubilados de Brandsen, mientras seguía leyendo el prontuario de Gaite, entró Carmona.

—Están alojados en un hotel de la calle Lavalle. ¿Vos encontraste  algo?

No respondió hizo girar la pantalla y le mostro la cara de Gaite.

Carmona leía y no ocultaba su sonrisa.

—Que olfato tenés, y pensar que creí que ya estabas poniéndote senil…ves una pareja en un bar y ya te parecen mafiosos, ¿cómo haces?

—Los reconozco por el olor —respondió Garmendia.

El detective tomó el teléfono y buscó que lo comunicaran con la policía de Gral. Molinos. Se presentó y preguntó si había sucedido algún robo o estafa en especial a jubilados. La respuesta fue rápida, a jubilados no, pero si a una turista que se hallaba de descanso en el pueblo. Envió la foto de Gaite  y a partir de ahí todo se fue deslizando fácilmente.

La pareja que protagonizo la estafa era un hombre que se hizo pasar por psiquiatra y la mujer joven vestida de religiosa,  habían sugestionado a una mujer con el sonido de un piano y con el cuento del hipnotismo se habían alzado con su dinero y una caja con joyas.

No había dudas eran ellos, partieron rápidos, la alegría les duro poco, cuando llegaron al hotel de la calle Lavalle los pajaritos habían volado.

Tendrían que comenzar de nuevo. Garmendia estaba furioso, abrumadoramente pasaban los segundos, hasta que al fin dijo:

—Si robaron joyas, van a venderlas  en alguna casa de la calle Libertad y el único que compra joyas robadas es Kallman, vamos a verlo.

Kallman negó toda compra, le mostraron una foto de Gaite y juro no conocerlo. Garmendia no se conformó con las respuestas de Kallman, puso vigilancia y  fue a la dirección del estafador en San Martín, seguramente sería la casa familiar y con suerte hubiera regresado al nido. No estaba. El padre, un anciano tembloroso aseguro que hacía años que no lo veía.

Un día después recibieron el llamado de uno de los hombres que vigilaban a Kallman, Gaite estaba en la joyería.

El coche de Garmendia voló hasta llegar a la calle Libertad. Una señorita encantadora los atendió, pero de Kallman y Gaite ni noticias. Sin pedir permiso. Solo con mostrar sus credenciales, salieron por una puerta lateral y siguieron un pasillo hasta el fondo, allí otra joyería se abrió ante sus ojos, varias personas conversaban animadamente, Kallman al verlos cambio de color. Gaite interpretó que algo estaba sucediendo e intento escapar.  El agente que había custodiado el local lo detuvo.

Recuperaron las joyas, Gaite estaba a punto de venderlas cuando Garmendia y Carmona llegaron.

Kallman y Gaite presos. Faltaba la mujercita que se había hecho pasar por monja, no tardaron mucho en hallarla, su compinche  declaró que viajaba a Pinamar con un nuevo incauto al que pensaba estafar.

Llamaron a la mujer a la que habían estafado con la música de piano y el hipnotismo, para que reconociera a los estafadores.

—No hay dudas, son ellos —declaró.

Al ver las alianzas artesanales que pertenecían a su padre, no pudo contener su emoción y confirmó eran de su propiedad, las mismas que le habían robado el mentiroso Dr Garbó y la religiosa con carita de ángel.

 



jueves, 21 de septiembre de 2023

La Madama.



Carmona se acercó al cuerpo que estaba en el piso, resultaba a simple vista una enorme muñeca desarticulada, sin tocarlo y luego de observar unos minutos le dijo a Garmendia:

—La ahorcaron con su fular, pero está llena de moretones, le dieron con ganas.

A los costados varias mujercitas pálidas miraban la escena sin palabras ni lágrimas.

La muerta era la dueña del prostíbulo, “El faro rojo”, una madama rancia y odiosa a la que nadie lloraba.

 

La policía científica se llevó el cuerpo, mientras Carmona hacía preguntas a las chicas, Garmendia daba vueltas buscando algo que ni él sabía que era.

—Quién  encontró el cuerpo —pregunto Carmona.

Una morena muy bonita respondió:

—Yo, salía a acompañar a un cliente y  la vimos en el suelo, pensé en una caída, pero al acercarme vi las marcas en el cuello,  ya no tenía pulso, escuché un auto y corrí a la calle, vi un coche blanco salir derrapando.

— ¿Derrapando?

—Sí a gran velocidad y largando humo…

—¿Y su cliente que dijo?

—Nada, cuando entré estaba parado como un tonto mirando el cadáver y temblando, le tuve que dar algo fuerte y esperar a que se repusiera, parecía un zombi, luego llamé al 911.

 

En otra habitación muy amplia, arreglada  con varios sillones, cortinados y espejos, Garmendia imaginó que sería la sala de espera de los visitantes, se destacaba sobre las paredes las fotos de hermosas chicas, jóvenes y para todos los gustos. Garmendia las fue mirando una por una, de pronto escuchó una voz:

—Todas somos hermosas cuando llegamos, pero en pocos años nadie nos reconoce.

La que hablaba era una mujer rubia, muy delgada y el pesado maquillaje la hacía parecer mayor.

—Soy Nene Solís —dijo mirando  fijo a los ojos del detective.

—¿Cómo era la madama?

–Mala, lo que le ha pasado lo buscó con sus desplantes, alguien se cansó de sus malos modos e insultos… y tomó justicia por sus propias manos, a muchas de las chicas las traía engañadas, llegaban del campo a trabajar en casas de familia, y Maira, por la fuerza las obligaba a quedarse en el prostíbulo —Nene se sentó en uno de los sillones y siguió hablando—le quitaba los documentos, otras veces las dominaba con drogas, algunas creen que Buenos Aires es un lugar de ensueño, pero pronto despiertan y ya es tarde.

—¿Quiénes son las que vinieron obligadas?

—Pregúntele a ellas, ya no tienen miedo, seguro que van a hablar.

Fue Carmona el que  recogió las declaraciones. Las mujeres fueron soltando sus historias, algunas llegaron por su cuenta, otras fueron pescadas por un grupo que tenía la madama a su servicio para esos menesteres, el grupo era una señora mayor a la que llamaban la señora Oribe, que fingía ser una ricachona, necesitada de ayuda en su casona de Buenos Aires y las contrataba como mucamas, pronto las chicas se daban cuenta del engaño y si intentaban escapar, los dos  muchachos integrantes del grupo,  las hacían obedecer, eran unos matones encargados de calmar a golpes a las chicas que se ponían difíciles.

Por el momento necesitaban encontrar al trío, seguramente ellos ya sabían de la muerte de Maite y se habían resguardado en algún  aguantadero.

Las mismas chicas dieron datos y los encontraron en una villa del Gran Buenos Aires. Sin embargo, los datos que aportaron no sirvieron para aclarar el crimen de la madama, ese día, ellos regresaban en micro desde Mar del Plata, casualmente el horario posible del crimen, coincidía con la llegada  a Retiro. Quedaron libres por el momento, pero deberían responder por las denuncias de algunas chicas.

Entre las fotos de las mujeres que se mostraban en el salón de espera, Garmendia pidió a Nene que lo ayudara a reconocer, si todas ellas seguían trabajando  en el “El faro Rojo”.

Garmendia preguntaba nombres, sólo tres ya no figuraban en el  prostíbulo. Dos escaparon juntas y por lo que conocía Nene, vivan en Brasil, comenzaron otra vida  lejos de los burdeles. La tercera, la habían traído del sur engañada. Era castigada continuamente por los matones de Maira, era una rebelde nata, con el último intento de fuga, fueron brutales,  debieron llevarla al hospital, la dejaron abandonada en la puerta del Htal  Fernández y huyeron a toda velocidad, un transeúnte la asistió y entre varios la entraron a la guardia, pero falleció unos días después.

La joven se llamaba Mariela Junco, era de Río Gallegos, ninguno de sus parientes pudo explicar cómo había llegado a Buenos Aires, pensaron que se había escapado con su novio, pero el joven desmintió toda fuga. Lo detuvieron mientras averiguaban sus movimientos desde el día que ella desapareció a la fecha de la denuncia de los padres.

 Las cámaras del aeropuerto demostraron que la jovencita subió a un avión acompañada por una señora mayor, reconocieron a la Oribe y dos acompañantes que las seguían como perritos falderos, ya en la ciudad se perdieron sus rastros. Los padres de mariela no lograban  entender cómo se dejó engañar siendo una chica inteligente y buena. Garmendia sospechaba que la muerte de Mariela y las de Maite y Oribe, una semana después, estaban relacionadas. ¿Pero cómo comprobarlo?

 

 

El detective se encontraba en su oficina cuando unos golpecitos en la puerta anunciaron visitas, era Nene, Estaba furiosa  porque habían clausurado “El farol rojo” y desahogó su enojo con Garmendia que la escuchaba mudo.

—Diga algo, ¿por qué cerraron el salón?

—No fuimos nosotros, es el juez quien ha dado la orden…

—¿Y nosotras qué? Tenemos que trabajar —Nene daba vueltas por la oficina con movimientos nerviosos— diga algo Garmendia, ¿Por  qué?

—Muy simple señora, hay  un crimen y hasta que no se aclare va a permanecer así…

Entró Carmona a paso apurado e interrumpió el enojo de Nene. Casi a los gritos exclamó:

—La  encargada de pescar a jovencitas inexpertas fue encontrada muerta en una casita de la villa “La Cárcova”.

Garmendia y Nene quedaron sin palabras.

—Según declaraciones de los vecinos en esa casa vivía un hermano de la  Oribe, pero él nada pudo aportar, trabajaba en el Correo  y la encontró al llegar a su casa luego de su jornada diaria —así declaró el hermano— sus compañeros confirmaron que no abandonó  en ningún momento sus obligaciones. Su muerte era igual que la de la madama, golpes y ahogo.

 

Los dos crímenes se complicaban y eran pocas las pistas, tanto Garmendia como Carmona  pensaron en las dos chicas que se fueron a Brasil, urgentemente pidieron información  y desde San Pablo las primeras investigaciones recibidas, no ofrecían dudas, las chicas trabajaban en diferentes restaurantes de la zona y desde su llegada, un año atrás, nunca salieron del país vecino.

Las pistas no arrojaban soluciones, pensaron en los padres de Mariela, pero los descartaron eran personas muy mayores, imposible que tuvieran la fuerza para golpear y ahogar a Maite  y a la señora Oribe que eran altas y robustas.

 

La primera pista llegó de la mano de un chico de la villa “La Cárcova”.  Declaró que mientras jugaba en la calle, se acercó un joven  musculoso y le preguntó por la casa del señor Oribe, el que trabaja en el Correo, le dijo. El chico señaló la casa. 

Las primeras calles de entrada a la villa son asfaltadas y tienen cámaras, por ellas descubrieron un hombre joven que caminaba mirando las casas y buscando lo que parecía ser; una dirección.  El joven coincidía  con los datos que había señalado el chico… ¿Pero quién era?

Las mujeres del Burdel fueron las primeras en  reconocer al joven, fue Nene la que ofreció una pista.

—Se parece a Lucas, el hermano de Mariela -----dijo en un susurro.

—Si es él —confirmaron una a una las compañeras.

—Mientras Mariela estuvo internada el hermano, voló a Buenos Aires y se alojó en el “Faro rojo” —dijo otra—es inconfundible, tan alto y musculoso, todas lo conocimos.

Se dio aviso a la policía de Rio Gallegos y el joven fue detenido y trasladado a Buenos Aires.

Lucas confesó que mientras estuvo en la ciudad y alojado en el burdel conoció a la Oribe y las chicas le contaron cuál era su accionar y le dieron su posible dirección, así que fue a la casa con intenciones de vengar a su hermana, cuando llegó la puerta estaba sin llave, entró y encontró a la Oribe muerta. Quedó detenido hasta que se aclarara su situación.

Garmendia daba vueltas en su oficina, se lo notaba nervioso, se acercó al ventanal que reflejaba  la soledad de una siesta de un pesado verano  y dijo entre dientes:

—Estamos en cero  y con dos crímenes.

La voz de Garmendia demostraba la furia que lo ganaba desde las entrañas.

—¿Y de los dos matones qué sabes? —pregunto Carmona.

—Nada.

De pronto, se volvió a Carmona y le dijo:

—Vamos al “El faro rojo” se me ocurrió una idea.

Las calles vacías de un enero caluroso,  les dieron paso sin problemas, media ciudad estaba  de vacaciones.

El local estaba clausurado. Con una ganzúa entraron.

En el costado separado del local, había una puerta  que llevaba al fondo, allí  estaban las piezas de las chicas. Solo Nene y Liliana estaban en la casa. Por ellas Garmendia confirmó lo que le había parecido ver, que el local tenía cámaras sutilmente escondidas en el frente y en el saloncito  de entrada. La mayoría de los burdeles no poseen cámaras para cuidar la privacidad de los clientes.

Con las filmadoras corroboraron lo del auto blanco y rescataron la cara del tipo que lo manejaba, pero ¿quién era?

Los ojos de Nene se llenaron de lágrimas.

—¡Sé quién es ese hijo de puta! —Dijo con furia— Claudio Fuentes Guerra, un mexicano que fue hace mucho tiempo socio de Maira. Fue quien me trajo aquí, primero me enamoró con sus modos y su hablar fino, le creí todas sus patrañas y cuando reaccioné ya estaba dentro de “El farol Rojo”.

—¿Hace mucho que no lo veía?—preguntó Garmendia.

—Si —dijo Nene— tanto que lo creí muerto, Maira ordenó a sus patoteros que lo sacaran de circulación, la escuché dar esa orden y Claudio desapareció del ambiente, la esposa lo vino a buscar creyendo que estaba escondido aquí, lo cierto es que ni la mujer ni nosotras sabíamos dónde estaba, creo que es el único con serios motivos para matar a la madama.

La voz de Nene sonó clara y firme.

—¿Por qué lo dice?

—Nuestra encantadora madama lo dejó en la calle.

Garmendia arqueo las cejas en un gesto de sorpresa, Nene prosiguió:

—Él fue quien puso el dinero para crear este burdel, aparte tenía debilidad con Maite, ella lo manejaba a su antojo, Claudio  traía  dinero del exterior, sus relaciones con un cartel de Colombia y algunos mafiosos de México le daban carta abierta para moverse en  todo el país, Maite lo metió en deudas hasta fundirlo y cuando él  comprendió que lo usaba y se quiso alejar, La madama no se lo permitió y ordenó su muerte. ¿Cómo consiguió escapar a los matones no lo sé?

—Puede que sea cierto y acá aparece la Oribe. ¿Por qué matarla?

—No sé, eso es un tema suyo averiguarlo  Garmendia.

Respondió Nene con una sonrisa burlona.

 

Informaciones desde Colombia dieron por cierto que  Fuentes Guerra entró en ese país en el 2015, por la frontera con Venezuela y de allí se perdió su rastro.  Las autoridades de Colombia y de Brasil sabían de sus salidas  y llegadas a Buenos Aires, pero no dieron aviso a las autoridades Argentinas, lo consideraron sin antecedentes, claro que sus amigos internacionales lo ayudaron.

Garmendia se encontraba en un berenjenal confuso, sin embargo fue Nene quien le brindó una idea importante, buscar a la ex esposa de Guerra, ella no tenía ningún tipo de antecedentes.

Sara Cantero era dueña de una casa de modas y relacionada con la alta sociedad de Buenos Aires. Vigilaron la casa de modas y su domicilio particular. No tardo en aparecer el mexicano.

Por averiguación de antecedentes fue detenido. Negó toda vinculación con Maite, pero al mostrarle el video de su entrada y salida del “El farol rojo” no pudo dar una explicación lógica. La pregunta fue porque había dado muerte a las dos mujeres. Se negó a declarar.

Al investigar sobre el pasado de Guerra, surgió una pareja anterior a la de la actual señora Cantero. De esa relación nació una niña. Luego de varias denuncias por violencia familiar la mujer huyó al sur del país, llevándose a su pequeña. La niña llevaba el apellido de su madre, quien después de unos años la dejo a un matrimonio que la crió como propia.

Las cosas se iban entretejiendo, pero a la vez aclarando; al investigar salió a la luz que esa niña  era Mariela Junco,  hija del mexicano.

Guerra ya en pareja con su nueva mujer, buscó silenciar la presencia de Mariela,  ofreció al matrimonio que la cuidaba dinero suficiente para que vivieran cómodamente y que a la niña no le faltara nada. Mariela sabia su origen y quién era su padre y mantenía contacto telefónico con Guerra, pero no sabía en qué país estaba viviendo.

El odio de Maira por Guerra no se calmó al paso de los años, por el contrario, sabía de su hija y la buscó por cielo y tierra. Al encontrarla mando a la Oribe y a  sus matones a traerla con el embuste de que su padre la necesitaba y que estaba enfermo. Mariela creyó y ese fue su fin.

Antes de morir ella le confesó a su medio hermano Lucas por qué había aceptado viajar a Bs Aires y al ser detenido Lucas confesó lo que Mariela le había relatado.

 

Los crímenes de la Madama y la Oribe tuvieron un mismo motivo; la venganza de Claudio Fuentes Guerra por  la muerte de Mariela Junco, él mafioso amaba a su única hija, hubiera dado su vida por ella y Maite lo sabía, por eso inventó un crimen tan cruel.

La vida de la joven fue nefasta, abandonada por sus padres, encontró la muerte de la forma más trágica a manos de los matones del burdel, quienes fueron condenados a perpetua por el juez a cargo.

—Mi existencia ha sido un desastre desde pequeño, la calle y la droga me convirtieron en un mafioso, sólo Mariela y mi actual mujer han sido lo único puro que me dio la vida, con ellas pensaba retirarme a un pueblo alejado de Italia y disfrutar en paz, pero esa maldita mujer, Maite, no conforme con traicionarme y dejarme en la calle le dio muerte a mi hija —Guerra contuvo el llanto— y tengo soplones que me dijeron que tenía a Sara entre ojos para darle muerte, Maite era una mujer llena de odio y su ladera, la Oribe era igual.

Las declaraciones de Guerra conmovieron al juez y a los fiscales presentes, nadie supo si era un artista o verdaderamente sufrió tanto como dijo.

 

Pero sus conexiones con la mafia están en todos lados,  por eso a nadie asombró demasiado lo que sucedió días después.

 

Guerra escapó de Comodoro Py, cuando era conducido a declarar, nadie de los presentes pudo explicar cómo logró escabullirse de sus guardias y se dispersó entre un grupo de manifestantes.  Un coche blanco lo esperaba y al salir a toda velocidad, aparecieron varios coches mellizos al de Guerra que confundieron a los policías  se dispersaron por varias salidas de la ciudad, solo uno, el verdadero llegó a Rosario y de allí se le perdió la pista.

 

El farol rojo volvió a abrir sus puertas con una nueva Madama; Nene Solís.

A Garmendia y a Carmona les dieron vacaciones por un mes, y con paradero desconocido.