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domingo, 26 de mayo de 2024

Garmendia sale de vacaciones.

La invitación le había llegado a Garmendia como un regalo del cielo. Hacía dos años que no tomaba vacaciones y la oferta de pasar unos días en la costa, en un pueblito pesquero con calles de tierra, sin Shopping, sin cines, solo descanso, sol y playa, le resultó un placer. La vivienda era de un primo que deseaba venderla y pensó que Garmendia sería un posible comprador si se enamoraba de la casa y el pueblo.

En pocos días la piel descolorida de Garmendia tomó un tostado que le dio una apariencia saludable, corría cada mañana y pasaba horas en la playa. Pero no todo suele ser paz, cuanta más pequeña es una comunidad más límites y presión social surgen.

Una tarde un grupo de personas comenzó a deambular por la playa y por las calles, quebrando la tranquilidad que Pedro Garmendia había admirado. El motivo: una joven había desaparecido, la búsqueda no tuvo éxito, hasta que al anochecer encontraron su cadáver en una playa alejada.

Mariana tenía diecinueve años, era empleada en un bar cercano al puerto, concurrido por los pescadores, no tenía novio, vivía con sus padres, llevaba una vida tranquila, sin escándalos, ni malas compañías. ¿Qué había sucedido?

Garmendia no pudo evitar que Bermúdez, el comisario del pueblo, le pidiera su colaboración.

Garmendia pidió a los forenses que no dijeran a los medios, cómo dieron muerte a Mariana, en especial por respeto a los padres de la joven, solo lo sabían  Bermúdez y Garmendia, los medios publicaron que murió debido a golpes.

Octavio el dueño del bar dijo casi al pasar que la mayoría de los parroquianos estaban enamorados de Mariana por su belleza y amabilidad, ella sonreía a todos, pero no se enamoraba de ninguno.Garmendia fue conversando con los asiduos visitantes al bar, buscando descubrir en sus palabras algún indicio de celos, enamoramiento o sentimiento hostil hacia la joven.

Nada descubrió.

Alejada del lugar  que encontraron a Mariana, hallaron una camisa blanca, tenía manchas de sangre y en el bolsillo se veía un desgarrón, alguien había tirado hasta arrancarlo y provocar la rotura. Cabía la posibilidad de que fuera del asesino, no era de las que usan los pescadores, que generalmente son de brin fuerte, era de un algodón de fina calidad. ¿Quién usa este tipo de camisas? Preguntó Garmendia al comisario.

—Cualquier joven vendedor, de supermercados o tal vez los empleados de la oficina de Telefoncal —respondió.

Garmendia se dispuso a investigar. Primero en el supermercado, había uno solo en el pueblo, los empleaos usaban buzos de algodón. En los negocios era variada la indumentaria, generalmente chombas con el logo de la empresa, quedaba Telefoncal, allí  losempleados  llevaban camisa blanca de manga larga, los jefes vestían traje. 

Algo llamó la atención de Garmendia, las jovenes también llevaban camisa blanca. Regresó a la oficina policial. Pidió ver la camisa, Bermúdez la trajo en la misma bolsa en que la habían guardado. El detective la extendió sobre la mesa.

-Es pequeña, no le parece Bermúdez – preguntó.

-Debe ser un hombre muy delgado -exclamó el comisario- o tal vez….

Dejó la palabra en el aire, Garmendia olió la tela.

-Tiene perfume, apenas se huele, creo que vamos a visitar a las empleadas de la Telefoncal.

Los recibió el gerente de la empresa y escuchó sorprendido lo que le informaron, en seguida autorizó que una a una, las tres empleadas pasaran a un box donde Garmendia era el encargado de hacer las preguntas, mientras Bermúdez observaba cada detalle. Las tres dijeron no conocer a Mariana.

Bermúdez las investigó y descubrió que una de ellas estaba casada con el dueño de una lancha pesquera, Javier Salinas y asiduo visitante al bar de Octavio. A partir de ahí fueron a buscar a Salinas. Resultó un tipo amable, buen mozo, se lo veía más joven que su esposa, al nombrar a Mariana, Garmendia descubrió que la tristeza le sombreo la cara.

-Si la conocí, trabajaba en el bar y yo iba todos los días a tomar una cerveza -dijo evitando mirar a Garmendia- ella y yo charlábamos…no éramos amigos, pero conversábamos siempre de nuestras cosas.

-La apreciaba… ¿No?

Salinas inclino la cabeza, se lo notaba turbado

-Si, era un ser encantador, no solo por su belleza, su ternura, sus sentimientos, no entiendo como alguien pudo hacerle daño…

Al decir esto no pudo contener las lágrimas y fue Bermúdez quien aportó su impresión:

-Estimado me parece que usted la conocía bien y sabe más de lo que dice…

-Por favor, que no se entere mi esposa, Mariana y yo nos habíamos enamorado y pensábamos escaparnos al Uruguay apenas yo pudiera vender mi lancha, mi vida con mi pareja, es un infierno, tiene un pésimo carácter y es violenta. Varias veces me agredió por problemas de dinero y celos, en el hospital del pueblo va a encontrar varias entradas mías que figuran por accidentes domésticos, pero en realidad fueron ataques, me provocaba para que yo respondiera y la golpeara y luego denunciarme….

Garmendia entendió que el dolor del hombre era real y casi con temor pregunto:

—¿La cree capaz de matar a Mariana?

—¡No! —exclamó Salinas—No, Silvia es celosa y algo violenta, pero conmigo es así, con otras personas es amable.

Bermúdez palmeo el hombro de Salinas, Garmendia lo saludó con un gesto y salieron.

—¿Qué te pareció?—pregunto Garmendia.

—No le creo, hay algo que no me cierra, el tipo tiene una edad parar razonar que Mariana a su lado era una nena, si la quería tanto porque no la cuido, tal vez la chica se negó a irse con él, perdió los estribos y la mato…no sé, es todo muy confuso.

Fueron caminando en silencio, cada uno enfrascado en sus pensamientos, fue Bermúdez que dijo:

—¿Qué te parece si convocamos a la esposa de Salinas  a la oficina policial? Es una forma de ponerla nerviosa y ver cómo actúa y que dice…

Garmendia asintió, le pareció buena la idea. A la mañana siguiente un uniformado se presentó en empresa de Telefoncal y entregó a Silvia Galeano la orden que debía presentarse en la sede policial.

Silvia Galeano llegó ante Bermúdez y Garmendia con una sonrisa, elegantemente   vestida y con un maquillaje que acentuaba sus bonitos ojos celestes. Fue Bermúdez quien comenzó con las preguntas. Ella lo escuchaba, su sonrisa se fue perdiendo, se la notaba molesta, se movía incomoda en la silla, al fin, fastidiada exclamó:

—Ya les dije el otro día que yo no conocía a la chica. Me entere del caso por el diario del pueblo y por las conversaciones de algunos vecinos, no entiendo por que me han citado… ¿Me pueden explicar el motivo?

—Mariana y Javier Salinas, pensaban escapar a Uruguay -dijo Garmendia en forma pausada y sin dejar de mirarla —queríamos saber su opinión…

—Hace mucho que Javier y yo estamos separados, el tiene derecho de hacer su vida con quien quiera, hasta con una mocosa a la que le dobla la edad y más.

Acentuó las últimas palabras con rabia.

—¿Usted conocía esa relación?

Titubeo, no sabia que responder, al fin asintió con un movimiento de cabeza.

—¿Cree que Javier puede haberla asesinado?

Se puso de pie y dio vueltas por la oficina, los miraba a los dos buscando en ellos una respuesta. Al fin respondió:

—Que se yo, Javier es medio loco, es capaz de cualquier cosa cuando se pone nervioso, hasta de matar a una criatura por celos, en un arranque de furia todos somos violentos.

-¿Hasta  matar?

Volvió a sentarse, parecía más tranquila.

—Matar en un momento de furia resulta fácil, un golpe y puede dejar desmayada a una chica tan delgada y frágil —La voz de Silvia iba subiendo de tono con cada frase— pero ahí no termina la violencia de un hombre como Javier, seguramente ya iba provisto de lo necesario para ahogarla hasta dejarla sin aire, seguramente se cansó de ella, él siempre fue un casanova.

—¿Intento ahogarla a usted alguna vez?

—Nunca logro hacerlo, yo tengo la fuerza de un hombre y se defenderme.

—¿De Mariana también se defendió con su fuerza?

La pregunta de Garmendia sonó burlona. Bermúdez se agarró el cabeza sorprendido por las frases de Silvia. Ella los miraba sin entender que estaba sucediendo, ni por qué Garmendia le hablaban así.

—¿Qué quiere decir Garmendia? ¿Usted se cree que me puede acusar porque es un detective de la ciudad y yo una empleada de un pueblo del interior? —Silvia estaba frenética, le temblaba la voz, se puso de pie con intención de irse, cuando la voz de Bermúdez sonó alta y clara:

— ¡Queda arrestada señora Silvia Galeano!

— ¿Usted está loco? —Dijo mirando con furia a Bermúdez.

—Solo quien asesino a Mariana sabia de que forma lo hizo, nunca se publicó que fue ahorcada y usted lo sabía, encontramos la camisa que Mariana le rompió en la lucha por defender su vida y quedo enredada entre los arbustos de la playa, podemos probar si es de su talle y si el perfume es el mismo que usa usted…y si la sangre que hay en ella le pertenece. ¿Qué le parece?

Silvia golpeó con sus puños la mesa y exclamó:

—Esa mocosa me robaba lo único que tenía, mi amor, yo no podía competir con su juventud y belleza, la cite para hablar, le  suplique que  dejara a Javier, que era mi pareja desde hacía quince años, pero a ella nada le importo, se reía, la tomé por los hombros, la sacudí, mis puños se estrellaron contra su cara hasta dejarla casi desmayada, era frágil como de papel, encontré un cable y lo demás ya lo saben, vi que mi blusa estaba rota, me la saqué y la tiré entre los arbustos, me cerré el bléiser y llegué a mi casa, perdí el control, no se que me sucedió…

Los dos hombres la miraron con lastima,  era un ser destruido, no lloraba, golpeaba despacio  la mesa.

—¿Qué va a ser de mi? —pregunto con un hilo de voz.

—No se preocupe, el juez va a decidir.

 

 

 

 

 

lunes, 6 de mayo de 2024

El novio de la tía Carla.


 

 

 

Era viernes y el día finalizaba, Garmendia esperaba terminar el último informe y salir a tomar una cerveza, sentarse tranquilo en el bar del gallego Paco y mirar el ir y venir de la gente en la calle mientras  bebía y picaba unos maníes, quesitos y jamón.

Pero su plan se vino abajo cuando entró Carmona y le dijo:

—Pedro vas a tener que ayudarme, estafaron a mi tía Carla…

Garmendia se puso  la campera y no respondió.

—Dale viejo es mi tía y le afanaron 9.000 dólares y joyas—insistió Carmona.

—¿Quién fue el desgraciado?

—El novio.

Garmendia se detuvo en la puerta de la oficina, giró y lo miró de frente a su compañero.

—¿Cómo?

—Si el novio, hace poco que salían y ella confió en el tipo, estaba enamorada, vos sabes cómo son esas cosas.

Garmendia movió la cabeza y respondió:

—No, no sé cómo son esas cosas, nunca tuve 9.000 dólares, decime qué sucedió…

—Mi tía lo conoció al fulano en esos sitios de internet en  que se consigue pareja, se trataron un tiempo por chat y al fin se conocieron personalmente, fue un flechazo a primera vista.

—Me imagino ¿qué edad tiene tu tía?

—Sesenta y cinco, pero no los aparenta, es una monada, siempre elegante, bien vestida, maquillada, no le das esa edad.

—Perdón que te interrumpa ¿el fulano qué edad tiene?

—Cuarenta y tres —dijo Carmona casi en un susurro.

Garmendia alzó los brazos y pegó un gemido que fue casi un grito.

—Pero, a tu tía no se le ocurrió que ese tipo venia con otra intención, no estaba enamorado quería robarle la guita…

—Estaba ciega de amor Pedro, creyó en él, le juraba que nunca había sido tan feliz y ella lo dejó instalarse en su casa, a los pocos días desapareció con la guita y las joyas de oro que tenía en la caja fuerte.

—¿Cómo abrió la caja, no me digas que le dijo la clave?

—No, era una caja vieja y la clave era simple, para un tipo del oficio fue pan comido.

Garmendia entro de nuevo a la oficina y pensó; ¡Chau cervecita!

—Mi tía hizo la denuncia pero hasta el momento no encontraron ninguna pista del tipo, tenemos que ayudarla.

—¿Y vos nos encontraste nada que nos pueda ser útil?

Carmona hurgó en el bolsillo de su pantalón y dejó sobre el escritorio una cartilla de fósforos con el nombre de un hotel y en el celular una foto.

—Esto lo encontró Carla cuando le lavó los jean, el tipo no quería fotos, esta se la saco ella en un momento que se había quedado dormido en el sillón.

Siguiendo el dato de la cartilla de fósforos, fueron hasta el “Hotel Carrillón”.

El empleado dijo no conocer al señor de la foto, pero Garmendia descubrió cierta duda al responder.

—Tal vez si vinieran del Afip a preguntarte  se refrescaría tu memoria…—dijo el inspector  con una sonrisa.

El empleado sobresaltado al escuchar Afip, recordó que el personaje solía visitarlos con diferentes señoras, utilizaba varios nombres, pero ellos lo tenían registrado como Felipe Sandoval Fuentes.

No fue difícil dar con Felipe, tenía varios domicilios, de la madre, la hermana y el de un amigo malandra y conocido de la policía que les dio una dirección, lo encontraron en una pensión de Belgrano. Lo detuvieron.

Negó toda acusación, pero cuando vio frente a él a Carla, se aflojó y llorando le pidió perdón. Era un artista de primera, a ella la convenció  su arrepentimiento y estuvo a punto de retirar la acusación cuando fue Carmona quien dijo:

—¿Tía no te das cuenta que está fingiendo?

Fue una escena teatral Carla y el chanta se abrazaron llorando, pero la tía no retiro la denuncia.

Recuperaron las joyas y 8000 dólares, los 1.000 que faltaban, no sabía en qué garito los había perdido.

La tía Carla salió llorando pensando que el pobrecito debió haber tenido una niñez sufrida y que por eso se dedicaba a robar. Carmona la miraba de reojo y no respondió.

—El tipo es un Tránsfuga —dijo Garmendia— no busque explicación, usted no es la única  a la que robó, tiene en su haber siete denuncias y siempre escapaba o compadecidas las mujeres levantaban la acusación.

—¿Siete denuncias? Está bien  déjenlo adentro, el juez ya me va a escuchar… ¡¡Quiere decir que me engañó con siete tipas tontas como yo!!

—No —dijo Carmona—ellas fueron primero, las engañó con usted.

La tía Carla salió llorando, mientras le decía por lo bajo a su sobrino:

—Que simpático es el inspector Garmendia, lo voy a invitar a cenar una noche de estas…

Carmona suspiro hondo y no respondió.

 

 



 

lunes, 8 de abril de 2024

Garmendia y la señora Esquivel.


 

 


 

El inspector Garmendia estaba sentado frente a ella, la miraba sonriente, sin embargo había algo en esa jovilidad que  a la señora Esquivel no le gustaba.

—No entiendo el motivo de su visita inspector Garmendia…

—Le voy a explicar, estimada señora, hace unas semanas, usted viajó con su dama de compañía,  a Chascomus, después visitó Mar del Plata  y en uno de esos viajes se vio envuelta en un robo… ¿verdad señora Esquivel?

La cara de Mariana Esquivel fue cambiando de color, hasta llegar a un pálido descolorido, buscó en su mente las palabras adecuadas, y no las hallaba, al fin exclamó:

—Sí, pero nada tuvimos que ver, en el viaje, se nos acercó un señor que subió en  Constitución,  era muy simpático y casualmente viajamos juntos en el mismo vagón —la señora Esquivel se retorcía las manos  y agrandaba sus ojos al hablar— ese caballero nos utilizó, no fue un caballero, fue un sinvergüenza, bajó en  Chascomus  y nos acompañó hasta el hotel cargando nuestras valijas...por favor señor Garmendia, no me diga señora Esquivel, me llamo Mariana, mis amigos me dicen Maru.

Garmendia sonrió y le explicó:

—Resultó que su amigo simpático era un ladrón especializado  en  gemas preciosas, estimada Maru…—Garmendia quedó en silencio unos instantes, como para darle mayor importancia a sus palabras— El ladrón se llama Ramiro Barrios, es español, lo venimos siguiendo desde hace unos meses, se nos escapa con la agilidad de un gato. Cometió el robo en una joyería  de la Av Alvear, siempre trabaja solo, pero creemos que esta vez ha tenido un cómplice o dos...

La cara de Maru dibujó una sorpresa fingida.

—¿Saben quién es su cómplice?

—Estamos en eso, a su regreso, usted salió de Mar del Plata y llegó a Buenos Aires en micro y por las cámaras de Retiro, el ladrón y usted viajaron en el mismo micro.

Mariana se sobresaltó.

—No lo sabía, le juro que…

El inspector hizo un gesto con la mano para que callara.

—Volviendo al día que llegaron por la mañana a Chascomus,  una de las mucamas me dijo que Barrios regresó por la noche  y pidió saber su habitación. ¿Qué sucedió?

Esquivel se puso de pie, dio vueltas por la habitación, cambió su gesto tranquilo y respondió con los ojos llenos de lágrimas:

—Es verdad. ¡¡Qué momento vivimos!!  Barrios dijo que el día que nos ayudó con las valijas, dejó en el bolso de mano de Raquel, mi acompañante, un paquete y quería recuperarlo.

Garmendia seguía con su sonrisa que ya se había transformado en una mueca burlona.

—Frente a él dimos vuelta el bolso de Raquel y nada encontramos, luego… —La señora se pasaba la mano por la frente, se la notaba agotada— usted no se imagina que mal estábamos las dos, él, furioso, no nos creía, no entendíamos de que paquete hablaba, hasta que en un momento, sacó un arma, nos amenazó y nos obligó a abrir las valijas,  las dio vuelta, buscando su bendito paquete, pero no  encontró nada, hasta que Raquel llorando a moco tendido abrió el fondo de seguridad  interior de su maleta, sacó un bulto envuelto en papel madera y se lo entregó.

Lagrimas de desesperación brotaron de la señora al recordar lo que habían vivido.

—¿Así que Raquel tenía las gemas y se las entregaron  a Barrios?

Garmendia preguntó con esa burla que parecía dibujada en su cara y ser parte de ella, Mariana respondió:

—¡¡Por supuesto!!

Esquivel tomó asiento, ya no lloraba, se la veía muy tranquila.

—No entiendo por qué aparece usted y me hace todas esas preguntas Inspector… —dijo con un gesto de soberbia.

Garmendia cambio la sonrisa por un gesto serio, demasiado serio.

—Las piedras que le devolvieron a Barrios eran simples baratijas que seguramente compraron en algún mercadillo de la zona cercana al hotel y  ustedes se guardaron las verdaderas, detuvimos a Barrios al llegar a la estación Retiro, las iba a seguir para meterse en su casa y obligarlas a que le devolvieran las piedras preciosas.

El rostro de la señora era una luna llena, parecía a punto de desmayarse.

—Seguramente fue un juego divertido para usted —dijo Garmendia— sacar las gemas del hotel sin que nadie sospechara, pero cuando le pregunté a las mucamas si habían detectado algo que les llamara la atención sobre su persona, una de ellas observó que usted al llegar vestía un traje gris perla muy bonito, y al marcharse llevaba el mismo equipo pero, con pequeñas piedras pegadas en la  solapa que lo hacía muy llamativo.

Mariana estaba a punto de desmayarse.

Se escuchó un llanto ahogado, Garmendia se puso de pie y abrió una puerta que comunicaba con un pasillo, allí sentada en el piso y llorando a mares estaba Raquel, la dama de compañía de Esquivel. El inspector la ayudó a levantarse y ella,   furiosa, dijo señalando con el dedo índice a Esquivel:

—Te lo dije, Te lo dije, era una broma peligrosa ese hombre casi nos mata la primera vez y ahora vamos a ir presas por tu intento de ser ladrona y divertirte.

—¡¡Cállate Raquel!! Sos una aburrida, fue una broma que salió mal —lo miro sonriente a Garmendia— si nos hubiéramos quedado con las gemas seriamos ricas… ¿cuánto valen?

—Esas gemas son lo que se llama; diamante rojo, un millón por quilate.

Las dos mujeres pegaron un grito, Mariana se agarró la cabeza y                                                                                                                                                                                                                                                                                                             con el asombró dibujado en su cara, Raquel preguntó:

—¿Y ahora que va a suceder con nosotras?

—Puede que si entregan las gemas y dicen la verdad, que fue todo una aventura y ponen un buen abogado la cosa se resuelva bien, aunque no lo creo, por el momento van a venir conmigo y van a tener que declarar frente a un juez y los abogados  del joyero.

 Raquel volvió a llorar a los gritos, mientras la señora Esquivel se mantenía fría con una roca.

En la puerta las esperaban dos móviles, subieron acompañadas por dos mujeres policías, mientras Raquel seguía llorando, Mariana Esquivel disfrutaba del viaje con una sonrisa y acariciando las gemas de su saco,  soñaba en la buena vida que se hubiera  dado si lograba realizar el robo  y sin llegar a entender el problema en el que se había metido.

 



domingo, 24 de marzo de 2024

El poder de los sentidos.


 

 


El inspector Garmendia entró en la casa, recorrió la planta baja, salió al pequeño parque, las luces con sensor de movimiento se encendieron y pudo apreciar; un limonero y algunas flores,  nada que llamara su atención.

Volvió a la vivienda, subió las escaleras y se encontró con un pasillo, varios dormitorios, al final un baño, una casa normal, al menos lo parecía, sin embargo había sucedido un crimen.

En una de las habitaciones, una joven, demasiado joven, pensó Garmendia, se estremecía entre sollozos entrecortados, Sánchez, la mujer policía trataba de calmarla con palabras suaves; pero había sido demasiado shockeante el momento vivido por la chica.

Haber  entrado al cuarto de su hermano y tropezar con su cuerpo fue un momento difícil de superar para una joven ciega. Ella llamó al 911 y luego a sus otros hermanos.

Garmendia no quiso preguntarle nada, hasta que se tranquilizara, se acercó al cuarto continuo, la policía científica todavía trabajaba en los detalles. El médico forense se acerco al inspector y le dijo:

—Cinco puñaladas, una sola mortal.

—¿Está el arma?

—No. Parece una daga de lamina aplanada… debe haber muerto entre las 18hs y 20hs, me voy, mañana te confirmo y paso el informe.

Garmendia levantó la sábana que cubría el cuerpo. Era joven, no tenía más de veinticinco años, de pie un muchacho de casi la misma edad  lo miraba, se parecían.

—¿Sos el  hermano? —preguntó Garmendia.

—Sí, soy Lucas Marines, nos aviso Clarita, mi hermano mayor y yo trabajamos en un local de antigüedades.

—¿Cómo maneja su hermana el celular?

—Está preparado para ella, tiene botones de memoria.

—¿El fallecido a que se dedicaba?

Pareció dudar al responder.

—Federico… estudia por la noche  en la Usam y durante el día se encargaba de mi hermana ciega, ella se desenvuelve bien, pero, hace dos años intentaron entrar a robar y desde entonces él quedaba durante el día y cuando cerramos el local, nosotros acompañamos a Clarita  y él va a la facultad.

Lucas Marines se dejo caer en un sillón, miró el cuerpo cubierto y la cara se le congestiono de dolor.

—Mejor vaya afuera, en el parque el aire fresco le va a hacer bien—le dijo Garmendia.

Volvió al otro cuarto, la joven se notaba más serena, miró a la agente y esta le dijo con un gesto que la chica estaba mejor.

—Clara, soy el inspector Pedro Garmendia, estoy encargado de resolver qué sucedió con su hermano. ¿Usted, cómo está?

Con un hilo de voz, la joven, respondió que podía hablar, se puso de pie fue a buscar una guitarra, regresó con ella a la silla y dijo:

—Estudio guitarra, lo hago sola, de oído, escuché el timbre, a pesar de la música, luego la puerta de calle, mi hermano abrió desde adentro, alguien subía las escaleras, sus zapatos sonaban fuerte, debía ser pesado, escuché que hablaba con Fede, era la voz de un hombre, algo ronca, luego discutían, deje de practicar y puse el oído en la pared…

Quedó en silencio, acariciaba la guitarra, la abrazaba y suspiraba, en ese silencio entró Lucas, se sentó a su lado y la abrazó.

—Me asusté, no sabía qué hacer, gritaban, escuché golpes, algo que  caía, algo pesado, me asuste más, luego Fede gemía de dolor, me dije que debía llamar al 911, los llamé y también a mis hermanos. Fui al cuarto de Fede y al entrar, alguien que salía me llevó por delante, caí al suelo y el hombre bajó la escalera corriendo, me puse de pie y al entrar tropecé con el cuerpo de mi hermano, le dije; ¡¡Fede!! ¡¡Fede!! y no me respondió…me quedé a su lado, hasta que llegó la policía, la puerta de abajo estaba abierta… subieron… y  nada…eso es todo.

Clara y Lucas se abrazaron, eran dos criaturas llorando desesperados, Carmona, el ayudante de Garmendia se acercó y le hizo un gesto para que lo siguiera. Sobre el piso del cuarto de Fede la científica extendió varios ravioles de Cocaína y tres bolsas  grandes. Garmendia se agarró la cabeza.

—Demasiado para consumo propio —murmuro Carmona.

—En que mafia estaba este pendejo…llama al hermano.

Lucas entró y su mirada fue rápida a las pruebas que desde el suelo se ofrecían como joyas, el joven abrió los ojos, miró uno por uno, al inspector, al ayudante a los de la científica.

—¿Qué es esto?—la voz se le ahogaba en la garganta por la emoción y el sollozo.

—Cocaína —respondió Garmendia.

—Nunca lo vi drogado, no lo puedo creer, tal vez es de otra persona…

—Puede que sea dealer, vendedor, algunos no consumen.

Lucas daba vueltas, gemía, era una fiera herida. Carmona trato de calmarlo.

—Tranquilícese,  ahora los de la científica se van y se llevan el cuerpo y las drogas, le teníamos que mostrar lo que hallaron.

—¿Dónde estaba eso? —preguntó Lucas.

—Escondido en un hueco bajo las tablas del piso, la cama cubría los detalles.

Entró un joven alto y delgado, parecido a Lucas, quedó de pie  mirando la escena, el cuerpo de su hermano menor, la desesperación de Lucas y las bolsas de cocaína en el piso, quedó mudo con la boca abierta a la nada. Se apoyó en el marco de la puerta, su cara fue tomando una palidez de luna, miró a Garmendia y preguntó:

—¿Qué es esto? Soy Marcos, el hermano  mayor, recién llego de la central de policía,  me tuvieron casi dos horas haciendo preguntas, ya no me sostenían las piernas y esos desgraciados me trataban como si yo hubiera sido el asesino —avanzó hasta el cuerpo de su hermano que ya estaba tomando una rigidez post mortem, le quitó la manta que cubría el rostro y lo acarició y le dijo con cariño— ¿En qué te metiste boludo?

Los de la científica se llevaron el cuerpo, solo quedaron acompañando a los hermanos, Garmendia, la oficial Sánchez y Carmona.

—Vamos a la cocina le dijo Carmona a Marcos, Garmendia los siguió. Como un autómata Marcos preparó café.

—¿Quiere que avisemos a alguien?—preguntó el inspector.

La respuesta cargada de tristeza tardó en llegar…

—No tenemos familia, mis padres murieron hace varios años…

Bebieron el café en silencio.

 

Ya en la oficina, Carmona consultó:

—¿Voy a preguntar  en la Universidad?

—Sí. Hay que moverse rápido, creo que este pendejo se quiso pasar de vivo, yo voy a averiguar con “salitre”, él conoce a todos los dealer de la zona.

 

“Salitre” lo miraba por encima de sus anteojos negros, no estaba conforme con los dos mil pesos que disimuladamente Garmendia le paso sobre la mesa, al fin, agregó uno más y el gesto del buchón continuaba fruncido, recién al quinto; habló:

—El pibe Marines vendía en el bar de Carmelo, al salir de la facultad se sentaba, con una cerveza y esperaba, los clientes eran  pibes, a las doce se iba, sé que a veces vendía en la casa y por la calle.

El inspector pidió dos cafés y volvió a preguntar:

—¿Hay algún comentario de quién lo liquido?

—De los conocidos, ninguno, el pibe no afanaba, cumplía con la entrega, era respetado —“Salitre” movió la cabeza intentado decir algo, pero quedó en el intento— dudo  de que haya sido algunos de los vendedores o capos de la zona, yo que vos, averiguaría… sobre los padres de los chicos que compraban.

Garmendia se sorprendió, más que un dato, la frase fue una seguridad.

—¿Hay alguna noticia en el barrio que yo no sé…?

—Hace un mes murió un pibe que era cliente de Marines, dicen que se le fue la mano entre la droga y el alcohol y el padre andaba enloquecido averiguando quién le vendía al mocoso, es lo último que escuche…

 

Carmona regresó de la universidad sin novedades, regresó al barrio y se encargó de investigar quién fue el pibe que murió.

Resultó ser el hijo de un abogado; Gaspar Caminos, profesor de la facultad, el hijo tenía quince años, no tuvo control y  el corazón no le aguantó.

Investigador y ayudante visitaron a Caminos.

El abogado resultó un tipo joven no llegaba a los cincuenta, corpulento y muy elegante, los recibió en su estudio, con amabilidad.

El día que mataron a Fede, él estaba dando clases, la coartada fue controlada y cierta. Garmendia y Carmona quedaron en un laberinto sin salida. Hasta que a Carmona se le ocurrió:

—El tal Caminos es abogado criminalista, ¿quién te dice que entre tantos mafiosos conocidos, no contrató alguno para el trabajo sucio…?

Averiguaron entre los casos del Doctor Caminos y los que tenían antecedentes de ser asesinos por encargo  eran dos y estaban en libertad; el chino Sandoval y Manuel Ardiles.

Sandoval presentó pruebas de haber viajado y estar en esos días en  Río Negro junto a su familia. Ardiles aseguró y lo confirmó su esposa de estar alejado de la mafia, se había retirado a un pueblo en las afueras de Pilar, vivía muy humildemente y se dedicaban a las artesanías que vendían en las plazas y en locales del centro. Carmona confirmó que era cierto.

Mientras tomaban un café Garmendia  meditaba, hasta que en voz baja preguntó a Carmona:

—No te parece extraño que un tipo como Ardiles que siempre tuvo un muy buen pasar económico, que era casi un dandi, se haya dedicado a ser artesano y vivir en un barrio de medio pelo…

—¿Te parece una pantalla para despistar?

—Me resulta extraño… pedí que lo vigilen y otra cosa; ¿Clarita es ciega y según dicen los médicos, los ciegos tiene desarrollado los otros sentidos, habrá notado algún detalle en el asesino…algo tal vez sutil, pero que puede ser una pista?

Carmona asintió.

—Es cuestión de preguntar.

 

 

Pasaban los días y no encontraban pistas posibles. Volvieron a la casa de los Marines, Lucas les abrió la puerta.

—¿Alguna novedad Inspector? —preguntó a modo de saludo.

—Nada por el momento, quería hablar con su hermana, ¿es posible?

Quedaron en la planta baja esperando y a los pocos minutos bajaron Clarita y Lucas. Pasaron a un cuarto pequeño con una mesa y varias sillas, tomaron asiento y Garmendia no dejaba de observar a Lucas, que se movía en su asiento y sujetaba la mano de su hermana sentada a su lado.

Carmona comenzó a preguntar.

Garmendia observaba en silencio.

—Quería preguntarle Clarita, ¿notó algún detalle en la voz del hombre que discutió con su hermano?

La chica no respondió, pensaba…

—Parecía muy enojado, se atropellaba con las palabras, Fede trataba de calmarlo, pero era inútil, el tipo lo insultaba con palabrotas y por momentos tenía un léxico elegante.

Clarita quedó en silencio otra vez. Lucas intervino.

—¿Es necesario que la presionen tanto?

—Nadie la está presionando —respondió Carmona—su hermana tiene los sentidos más sensibles que cualquiera de nosotros, puede captar detalles de la voz u otra cosa…y ayudarnos en dar con el asesino.

—La voz, si la voz, al gritar no, pero al hablar tenía un acento diferente, era como si estirara las palabras… al chocar conmigo me hizo caer de espaldas, era alto y corpulento y otro detalle tenía barba, al levantar mis manos como defensa, lo note…

Garmendia y Carmona se miraron, inmediatamente se pusieron de pie.

—¿Les ayudó lo que les dije? —preguntó la joven.

—Si Clarita, ha sido de gran ayuda —dijo Garmendia.

 

Mientras viajaban de regreso fueron conversando de los detalles que observó la chica y que pintaban de cuerpo entero al abogado Caminos, alto, fuerte y santiagueño, de ahí ese acento que como un cantito estirador de vocales descubrió Clarita,  ahora había que buscar como echar abajo su estrategia de que estuvo en la facultad dando clase.

 

Tendrían que investigar entre los estudiantes y sin levantar sospecha. El abogado Caminos ya conocía a Garmendia y a Carmona, él que se hiciera pasar por estudiante debía ser joven y  una cara desconocida para él.

 

La agente Sánchez se unió al grupo en la hora de clase de Caminos, entre tantos jóvenes su figura paso desapercibida, era una más, con Jean, campera, mochila, anteojos y una carpeta de apuntes.

Entabló charla con uno de los alumnos y le pidió los apuntes del martes anterior, conversando y preguntando se enteró que no hubo entrega de apuntes, que Caminos llegó tarde, después de las 19hs y que solo habló de política y del gobierno, que se trababa con las palabras y que no se le entendía que quería decir, estaba pasado de nervios.

De ahí en más, el abogado fue visitado nuevamente por Garmendia y su ayudante, con una orden judicial, dieron vuelta  la casa, escondido entre las toallas del baño encontraron la daga, lo detuvieron.

Fue difícil hacerlo hablar, pero todo estaba en su contra, las pruebas de Clarita, su llegada tarde a la facultad y el nerviosismo que confirmaron otros de sus alumnos, la daga y la muerte de Fede cercana a las 18hs. En la indagatoria se quebró. La muerte de su hijo fue para él un golpe del que nunca se iba a reponer fueron sus palabras,  matar a Marines era una forma de librar a otros chicos de una muerte segura, se creyó un justiciero y tomó venganza por mano propia. Quedó detenido y a la orden del juez.

 

Algo le había quedado  en el tintero a Garmendia, el nerviosismo de Lucas Marines. Fue a la casa de antigüedades, Marcos no estaba, así que le pidió a Lucas, conversar tranquilo en un bar, el joven cerró el negocio y se fueron caminando hasta un barcito a pocas cuadras.

Garmendia indagó que había sucedido para que estuviera tan inquieto y molesto con las preguntas de los policías, el día que hablaron con Clarita. Primero negó toda molestia, al fin y viendo que el inspector no le creía nada de las explicaciones que daba; habló.

—Yo sabía que mi hermano vendía droga en casa, hasta me daba una parte de sus ganancias para que yo ocultara la verdad a Marcos, es más,  le mandaba clientes… nunca esperé que fuera una acción tan peligrosa, al pensar que el tipo estaba loco de dolor y también hubiera matado a Clarita, me vuelve loco de pensarlo, me siento culpable de la muerte de mi hermano.

No pudo contener las lágrimas, Lucas parecía una criatura, se lo veía desesperado, Garmendia lo dejo desahogarse y después le dijo.

—Las decisiones fueron de tomo Fede, el asunto estaba mal,  pero bueno, él sabía en donde se metía, y usted también, ahora trate de cuidar a su hermana y mirar adelante, la vida de su hermano no la va a recuperar por más que llore.

Garmendia llamó al mozo, pagó la consumición, y se fue. Lucas quedó bebiendo su café frío y llorando lo que ya no tenía solución.

 

 

 

 

viernes, 8 de marzo de 2024

Garmendia y la viuda negra.


 

 

 

Garmendia y la viuda negra.

 

Garmendia entró en la oficina, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero, el gesto de su cara demostraba mal humor.

Carmona lo miraba esperando que dijera algo, pero solo dio un hondo suspiro y se acercó a la ventana. El frío viento de julio agitaba los árboles de la calle  desierta, se volvió y le dijo a Carmona:

—Parece mentira, nunca me resultó tan rápido resolver un crimen, lástima que el final sea tan doloroso.

— ¿Me podes explicar que paso? —dijo Carmona.

—Mientras vos fuiste a Mendoza a ver a tu hermano, me llamaron por el caso de un tipo al que encontraron asesinado, se llamaba Felipe Pelufo, lo encontraron atado a una silla y con signos de envenenamiento y de haber sido golpeado, y según contaron los vecinos, era buena persona, sólo tenía debilidad por cierto tipo de mujeres, las muy altas, rubias y robustas, tipo suecas —Garmendia hablaba y daba vueltas por la oficina—. El caso es muy común, buscaba chicas de la calle, las llevan a su casa, hacían el amor  y ellas se marchaban con su dinerillo y hasta otro día, pero esta vez la cosa fue diferente, la mina lo durmió y se le fue la mano; lo mato, pero me resultó extraño que si lo envenenaron, ¿por qué los golpes?

Garmendia salió al pasillo, fue a la cocina y regresó con dos cervezas.

—¿Cómo sabes que fue una rubia? —pregunto Carmona, mientras abría la cerveza helada.

—La vecina de enfrente, una vieja muy curiosa, los vio entrar abrazados, cantando y un poco borrachitos, luego, las luces de la casa se apagaron y todo fue silencio. Por la mañana llegó el hijo y lo encontró muerto, llamó al 911 y llegué  con varios agentes, Saporiti el forense y el comisario Juárez.

Saporiti se dio cuenta en seguida por el olor en la boca que había sido envenenado, se llevaron el cuerpo y los de la policía científica quedaron levantando huellas mientras yo daba vueltas en la casa.

Garmendia quedó en silencio, se lo veía cansado, terminó su cerveza y la arrojó al cesto de basura.

—La rubia, según comentó el hijo, se llevó hasta la maleta de viaje del padre, seguro que cargó en ella la notbook, las joyas, el dinero que encontró en la casa y menos mal que no pudo abrir la caja fuerte donde el tipo guardaba moneda extranjera, seguramente él no quiso abrirla y por eso los golpes.

—Una asesina brutal y por lo que me decís, una viuda negra ¿la teníamos registrada?

—No — la cara de Garmendia demostraba cansancio —esta es nueva, es sueca, hace unos meses llegó de Uruguay.

— ¡Justo como le gustaban al tipo…!

—Sí, pero esta vez le fue mal, la mina tuvo un cómplice, sola no pudo envenenarlo y atarlo a la silla e irse con la valija sin llamar la atención, te das cuenta, alguien la ayudo… alguien que conocía los gustos del viejo por las suecas y se la presento, o le dijo a ella como acercarse a Pelufo, él se confió y la llevó a su casa.

Carmona acomodó la silla frente a Garmendia y viéndolo tan agotado le preguntó:

—Por qué te sentís tan mal, es una caso más, ya tenes que estar acostumbrado, hace años que trabajas en esto.

—Hay ciertas cosas a las  que no te acostumbras, a la vecina de enfrente, curiosa como pocas se le ocurrió anotar la patente del auto de la rubia, según dijo, el viejo llegó en el auto de ella, pero lo que me puso muy mal es que la mujer se paso la noche esperando que la rubia saliera y para su sorpresa el que llegó  horas más tarde y se fue con la rubia; fue el hijo.

Carmona abrió los ojos asombrados y se echó atrás en la silla.

—¡No te puedo creer…! ¿Quiere decir que la rubia y el hijo fueron cómplices del crimen?

—Así es, como no me voy a sentir mal al ver que un hijo llega a semejante asesinato por dinero, date cuenta que si a la vecina no le hubiera llamado la atención verlo a Pelufo, entrar con una chica joven y borracho, ocurrírsele tomar la chapa y asombrarse al ver entrar al hijo, nunca lo hubiéramos descubierto… las huellas de la rubia no estaban fichadas en la policía, porque hace unos meses que entró al país y las del hijo era normal en la casa del padre…

—Pero, matarlo ¿por qué? —preguntó Carmona.

—Por el dinero de la caja fuerte, investigamos al hijo y descubrimos que estaba en una bancarrota total, había pedido dinero a ciertos mafiosos y estaba amenazado de muerte sino pagaba… le habrá pedido ayuda y el viejo se negó y seguramente ideó este plan que creyó le iba a salir redondo, traerle una minita a su gusto; el hijo sabía que allí había mucho dinero, lo golpeó mientras estaba atado y como el viejo se negó,  lo liquido, su única salida fue el crimen, total cuando la policía abriera la cajea fuerte, el dinero le correspondería a él... pero la vecina le arruinó el plan…

Carmona se rascaba la cabeza y viendo a Garmendia  decaído le dijo:

—Dale, salgamos a comer algo y seguro que con unas buenas empanadas se te pasa el malestar… el caso está aclarado, ahora le toca a los jueces actuar, vamos, acá hace demasiado frío…